viernes, 27 de diciembre de 2013

EL LACROSSE, UN DEPORTE QUE NADA TIENE QUE VER CON CAZAR MARIPOSAS

La influencia que genera en todo el mundo la sociedad estadounidense es más que notable; haciendo nuestras particulares abstracciones a veces la presión mediática favorece que algunas costumbres, usos o arraigos culturales de esa nación se nos metan de lleno en nuestra cotidianeidad sin darnos cuenta.

Sin ir más lejos, el fenómeno «Halloween», mezclado con el Día de los Santos y de los Difuntos en España, es ya una realidad implantada a nivel social y, por supuesto, comercial, ya que los establecimientos han encontrado ahí un buen producto para vender y captar almas consumistas.

Dicho esto, hoy quiero hacer mención a un curioso deporte que, de vez en cuando, se cuela en alguna serie de televisión o película estadounidense. Vemos a alguien vestido con ropa deportiva y, lo que llama más la atención es un instrumento con el que se juega a cierto deporte, se trata de una especie de cazamariposas. Detrás de ese aparente simpático elemento se esconde el lacrosse, un deporte que en nada tiene que ver con esa afición al coleccionismo de bichitos voladores de la naturaleza, ni en su origen ni en la actualidad.

Ciertamente los antecedentes de este deporte se remontan a las tribus indias que vivían en Estados Unidos antes de su colonización por europeos, en concreto, se tiene constancia de que los nativos que lo practicaban de forma habitual eran los iroqueses. Realizaban esta actividad en la que se disputaban una bola hecha de cuero, trasladándola con palos que en su extremo tenían una red. Más allá de un deporte, se consideraba casi una cuestión de honor, en el campo de juego (que podía tener varios kilómetros y durar el choque varios días) se solucionaban los problemas tribales, de una forma «pacífica», porque en la contienda estaba casi todo permitido y se consideraba al que moría en la disputa como un héroe. A veces se practicaba esta lucha como una especie de ofrenda a su dios, para pedirle algo: buenas cosechas, la sanación de un enfermo...

Los estadounidenses no perdieron la oportunidad de rescatar ese juego, de domesticarlo, de hacerlo suyo, y construir un deporte que es plenamente norteamericano, pues en Canadá también es muy popular, y que después se ha extendido con cierta difusión a otros países de habla inglesa como Australia, Nueva Zelanda y Gran Bretaña, más Japón.

El origen del nombre «lacrosse» es incierto aunque por la etimología francesa de la palabra, me inclino a pensar en la versión que señala que los primeros misioneros franceses en Norteamérica descubrieron este juego, cuyo nombre tradicional era «Guh-Chee-Gwuh» y le impusieron un término más fácilmente pronunciable, tomando como referencia «la cruz», queriendo significar que el palo terminado en red que utilizaban los iroqueses se asemejaba en su tamaño y disposición a las cruces que ellos mismos portaban.

Uno de los elementos que definen al lacrosse es su espectacularidad, fundamentalmente porque en categoría masculina se permiten los contactos físicos y estos son muy duros, se hacen un poco al estilo del fútbol americano o del hockey sobre hielo, con la particularidad de que llevas un palo en las manos y que de, vez en cuando, lo sacas a pasear siendo una extensión de tu propio cuerpo. Por supuesto, los jugadores llevan casco y protecciones. Los choques son a veces tan tremendos que no es inusual ver peleas en los campos de juego, en las que los jugadores se quitan el casco y se lían a mamporrazos, con los árbitros como testigos de excepción.

En categoría femenina, todo es más liviano, apenas hay contactos, y las jugadoras no llevan protecciones, sólo ocular, van vestidas como si jugaran al hockey sobre hierba, y sospecho que al igual que este deporte, sus practicantes llevarán protección bucal, por si hay un golpe mal dado o un bolazo.

Por cierto, que para que el manejo del palo, técnicamente el stick, no sea muy caótico, las reglas dicen que siempre hay que asirlo con las dos manos a la vez.

Contribuye a la espectacularidad el hecho de que la regla hable de que el que lleva la bola no puede ir andando, o tiene que estar quieto o corriendo. Por otro lado, también hay varias reglas sobre el número de pases mínimos que hay que realizar y jugadores diferentes que tienen que participar antes de poder meter gol, tiempo máximo de posesión por un jugador..., normas que, en definitiva, tratan de que el juego sea muy dinámico, y que se metan muchos goles. Y se meten muchos goles, ya que la bola se mueve tan rápido que cuando se lanza sobre la portería va a tal velocidad, que el portero ni la ve, imagino que mueve su stick por intuición (también pasa mucho en el balonmano). Por cierto, también tiene su guiño al balonmano, pues existe un área prohibida, circular, que es donde está la portería donde no pueden entrar los jugadores de campo, sólo el portero.

El lacrosse se practica en terrenos al aire libre, con similares dimensiones a un campo de fútbol y, de hecho, casi el número de jugadores y disposición de los mismos es similar al fútbol, son diez jugadores, y hay obligatoriamente defensas, medios y delanteros.

También hay un lacrosse indoor, en el que se utilizan canchas de pabellones deportivos, dispuestos con césped artificial, donde se reducen el número de jugadores, y permite que la disputa de competiciones (universitarias) sea a lo largo de todo el curso escolar, pues en muchas zonas de Estados Unidos y Canadá los inviernos son muy rigurosos y sería imposible practicarlo en campo abierto.

Aunque aparentemente pueda parecer un deporte algo rarete, lo cierto es que llegó a ser olímpico, concretamente en San Luis 1904 y en Londres 1908. Al respecto de este detalle, cada vez que me acerco a los anales de las primeras Olimpíadas, descubro que estas fueron un paripé y que verdaderamente debieran eliminar el medallero general los resultados de los cinco o seis primeros Juegos Olímpicos, donde apenas participaban una quincena de países, es decir, no tenían un carácter global, ni se podía, por tanto, saber si en realidad el campeón era el mejor del mundo en su especialidad, seguro que no.

En el caso del lacrosse, en 1904 participaron sólo tres equipos de clubes (uno compuesto por los indios mohawk de Canadá) y en 1908 las selecciones de Canadá y Reino Unido, que se repartieron oro y plata respectivamente. Hay una curiosidad con la selección de indios mohawk que fue medalla de bronce en 1904 y es que se conocen los sonoros nombres de sus componentes: Águila Negra, Asustado de Jabón, Chaqueta Roja, Cola Manchada, Comeserpientes, Halcón Negro, Halcón Nocturno, Hierro Plano, Lluvia en cara, Media Luna, Pie Ligero y Voz Todopoderosa. No me quiero imaginar si Asustado de Jabón compartía vestuario con sus compañeros y manifestaba su poco higiénica costumbre, o a lo mejor era una táctica para gasear e intoxicar a sus contendientes.

Existe el lacrosse en España, aunque no estoy seguro de que haya una competición masculina de forma estable, es posible que se haga por concentraciones, pues la página web de la asociación de este deporte no ofrece muchos datos, y sólo hay seis clubes, aunque es cierto que existen más, que entiendo que no tienen presupuesto para desplazarse, ni a lo mejor nivel. En todo caso, España ha participado en un Mundial, el de 2010, obteniendo la 16ª plaza, y en un Europeo, logrando la 13ª. Parece ser que participaremos en este 2014 en el Mundial de Denver (Estados Unidos).

Lo que parece más improbable es que hubiera clubes femeninos hasta hace muy poco, ya que en esa web de la Asociación Española de Lacrosse, sólo hay dos competidores, Madrid Osas y Cuenca.

sábado, 21 de diciembre de 2013

"GUARDIANAS NAZIS", DE MÓNICA G. ÁLVAREZ

Me he aficionado últimamente a leer libros y ver películas o documentales acerca de la 2ª Guerra Mundial, especialmente aquellos relacionados con el holocausto, y obviamente no es porque tenga un interés morboso, sino que creo que con la divulgación de estos cooperamos a que, en primer lugar, nunca olvidemos esta barbarie para que no vuelva a repetirse y, en segundo lugar, para desmontar a esos grupúsculos que han surgido no hace mucho y que defienden que la «solución final» fue un montaje pergeñado por los vencedores de la contienda bélica, son los llamados negacionistas.

Precisamente este fin de semana que he estado fuera de mi casa en compañía de amigos, hemos tenido la oportunidad de echar buenos ratos de tertulia, y comentábamos al hilo de este libro que la humanidad tiene mala memoria y que se han venido sucediendo los genocidios, así se me vienen a la cabeza la feroz carnicería en Ruanda entre hutus y tutsis, el conflicto en la antigua Yugoslavia y actualmente lo que está ocurriendo en Siria, Mali, R.D. Congo, Sudán del Sur o Rep. Centroafricana. Es tal vez en África donde más enfrentamientos étnicos existen, y lo digo con conocimiento de causa; la lucha entre etnias está a la orden del día, y la gente mira muy mucho el tono del color de la piel, básicamente si eres más o menos negro.

También comentábamos que en una guerra, en una situación límite, no sabemos cómo puede reaccionar una persona normal como tú y como yo; como quizá le ocurrió a estas mujeres, a estas guardianas de campos de concentración, personas anónimas hasta ese momento, sin antecedentes de ningún tipo que hubieran inducido a pensar que se convertirían en bestias, y que hicieran del asesinato, de la depravación, de la crueldad su rutina.

Desde luego, se quedan cortos a mí y a cualquiera los sinónimos con los que se puede calificar lo ocurrido en estos campos de exterminio, supera la mente humana. Tan sólo con la muerte de una persona ya me parecería una barbaridad, pero es que fueron millones de personas las asesinadas, por una simple razón de limpieza étnica, pues muchas personas de las que murieron claramente no podían ser una amenaza para los nazis: mujeres, niños, ancianos, discapacitados... Fue el llevar una filosofía del horror, la de que hay razas superiores a otras, a sus últimas consecuencias.

El análisis de este libro nos refleja, como no puede ser de otro modo, un sinfín de situaciones en las que estas guardianas actuaron con una fiereza absoluta, propia de animales, de alimañas, que atrapadas por el sectarismo nazi las lleva a cumplir a rajatabla lo dictado desde arriba, cuando no a extralimitarse en el cumplimiento de sus funciones, y proporcionar previamente a una muerte segura un sufrimiento añadido a las víctimas.

La periodista Mónica G. Álvarez indaga en las andanzas de diecisiete guardianas nazis, en su perversidad, en sus aires de grandeza y superioridad, y amén de todo esto, en que muchas no fueron capaces ni de arrepentirse y en las más de las ocasiones negaron los hechos.

Resulta curioso que a esas guardianas que no tuvieron la más mínima piedad con sus víctimas, se les organizaran procedimientos judiciales con todos los visos de legalidad, en los que no se trataba de demostrar que hubieran colaborado en crímenes contra la humanidad, porque se podía alegar obediencia debida, sino que los abogados acusadores fueron buscando testimonios de supervivientes del holocausto para demostrar asesinatos directos provocados por cada una de estas mujeres. Es curiosa la delicadeza de los tribunales en este sentido ya que en muchos casos la ausencia de testimonios (porque no quedó nadie para contarlo o fue difícil de hallar) impidió severas condenas. Algunas terminaron en la horca, en su mayoría sin el más mínimo arrepentimiento, clara demostración del nivel de ausencia de humanidad al que llegaron estas supervisoras de los campos de exterminio; pero otras tuvieron condenas más cortas y que por buena conducta o por especiales razones de salud fueron puestas en libertad de forma anticipada, es decir, que se tuvo con ellas un trato de favor, el mismo que estos verdugos pudieron haber puesto en práctica, pero jamás fueron capaces de ofrecer a sus víctimas.

Es más, hubo algunas que en el caos del fin de la guerra se escondieron, se perdieron, rehicieron sus vidas y pasaron a ser amas de casa modélicas; pero algunos cazadores de criminales nazis (el más célebre tal vez fue Simon Wiesenthal) dieron con sus paraderos y muchos años después también tuvieron su juicio con todas las de la ley; y lamentablemente con el paso de los años estas bestias, ya maduras o ancianas, tampoco tuvieron el más mínimo atisbo de disculpa. Algunas, dicho sea de paso, terminarían eludiendo la justicia o cadenas perpetuas, y como han intentado llevar vidas absolutamente anónimas, podrían estar aún disfrutando sus últimos años de vida en algún recóndito lugar del mundo, tal vez tres puertas más abajo de tu casa.

Este libro, como toda la historia de esta barbarie, nos deja unos inolvidables (en el peor sentido de la palabra) nombres sonoros de los campos de concentración, palabras preñadas de sílabas y vocales, enrevesadas hasta que cuesta pronunciarlas, pero que cuando las tienes en la cabeza son fáciles de recordar: Auschwitz, Majdanek, Bergen-Belsen, Ravensbrück, Stutthof..., hubo decenas de ellos, con su particular historia truculenta a sus espaldas y su testimonio de muerte y horror.

Las páginas de este libro no pueden dejar de sobrecogernos por más que hayamos leído, visto y escuchado lo que ocurrió en los campos de exterminio, aunque las personales vicisitudes de estas dieciesiete salvajes nos acerca a comportamientos que no caben en el espíritu humano, por mucho lavado de cerebro que hubiera. Como he dicho antes, llevaron hasta sus últimas consecuencias las órdenes recibidas, pero elevando al máximo nivel el dolor y la humillación de las víctimas, alimentando las más perversas fábulas, algunas que sólo de contarlas ponen la piel de gallina, de estas ejecutoras.

Los apodos que recibieron estas guardianas ofrece una pista de sus manejos: la sádica, la bestia, la de los perros, o el ángel de Auschwitz, referido este con siniestra ironía a la joven Irma Grese, en la que contrastaba su rostro límpido con la fiereza de sus acciones.

Alguna discordancia en la narración de la escritora es el único pero de este ensayo literario, especialmente porque a veces se pierde el hilo discursivo y le falta un pelín de organización, aunque es evidente que el fin justifica los medios, y que es más nutritivo el conjunto que las pequeñas pegas que uno pueda poner.

Para terminar no puedo eludir el comentar la fotografía de la portada, la cual es muy acertada, se ve en primer término a dos guardianas rubias con gestos poco agraciados, Irene Haschke y Hertha Bothe, con una pinta de brutas que espanta, mandíbulas prominentes y gesto severo el de Irene. Con la lectura del libro esa foto cobra más relevancia si cabe, hasta el punto de que puede producir miedo, de hecho, mi hijo ha visto el libro pulular estos días con mi casa y le he comentado muy de pasada de qué iba, así que el otro día no se pudo dormir pensando en la portada de ese libro y en sus terribles protagonistas, y le dije que ya no lo tenía, que lo tenía prestado, así que he tenido que terminarlo a escondidas.

viernes, 13 de diciembre de 2013

JOSÉ MARÍA GARCÍA, OJO AL DATO, CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO

JOSÉ MARÍA GARCÍA ES POSEEDOR DE UNA INFINIDAD DE FRASES HECHAS, OJO AL DATO
Salvo niños y jóvenes, dudo que haya alguien en este país que no conozca o sepa algo de José María García, el famosísimo periodista deportivo, azote de políticos y dirigentes deportivos a lo largo de muchísimos años, y que lleva más una década apartado de forma profesional de los micrófonos.

José María García creo que producía sentimientos encontrados en todo el mundo, yo por lo menos así lo experimentaba. A mí me gustaba que fuera ácido con aquellos que amasaban fortunas aprovechándose del deporte, que buscara el momento de gloria de deportes y deportistas minoritarios que con no poco esfuerzo trataban de superarse y se encontraban, por ejemplo, con que un ayuntamiento utilizaba sus instalaciones deportivas como almacén. Lo que menos me gustaba era que al final en sus programas se hablaba poco de deporte y sí de política deportiva o simplemente de política, y también que el trato que tenía con sus colaboradores era a veces abusivo, no era inusual que de los más cercanos se riera un poco y que a los pobrecitos locutores de provincias les pegara unas bullas impresionantes en vivo y en directo, con cientos de miles de escuchantes asistiendo al espectáculo.

Lo que no se le puede negar a José María García es que creó un estilo, una forma de hacer radio y, más que nada, el abrir un nuevo universo radiofónico, que no era otro que el de gestar un programa de éxito en el que se hablaba de la actualidad y opinión deportivas en un horario que hasta ese momento (comenzó realmente con cierta presencia con su proyecto Supergarcía en 1982, y lo mantuvo en diversas cadenas de radio) estaba perdido para las radios, las 12 de la noche, era una especie de nicho de mercado. Y García llegó para acompañar en sus veladas y en sus camas a muchísimos españoles, fundamentalmente hombres, que no conciliaban el sueño si antes no habían escuchado a este tipo menudo de verbo fácil y mordaz que cada día, cada noche, sacaba su látigo y castigaba sin piedad a aquel dirigente deportivo que hubiera cometido el más mínimo error.

Es evidente que a lo largo de los muchos años que estuvo en antena, veinte, cometió algún error, y a punto estuvo de dar con sus huesos en la cárcel, por extralimitarse en sus palabras (derecho al honor, calumnias...) y por enfrentarse a algún personaje que no le tuvo miedo y que le echó el pulso en los tribunales, adonde se le bajan los humos a muchas personas. No obstante, y a pesar de estas tachas, hay que decir que el efecto social, casi de servicio público, su influencia y el innegable poder que tenía, hicieron que lograra muchos de sus propósitos y que colaborara, como amante del deporte que eso no creo que nadie pusiera en duda, a que el deporte efectivamente se promocionara por los cauces debidos y sacara a España de ese estado de subdesarrollo deportivo que teníamos antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992; ese grano de arena más o menos grande también hay que agradecérselo a él.

Una de sus estrategias era casi similar a la de la tortura china, y es que como le diera por alguien no paraba, cada día de forma metódica lo machacaba hasta la saciedad; desde luego era su forma de llamar la atención y a fuer de ser sinceros que muchas veces conseguía el acoso y derribo de su objetivo, el cual prefería resolver lo que fuera, largarse o llegar a algún acuerdo, cuando no la absolución de García, lo cual no era fácil.

Hubo muchos mártires de su palabra, personajes que ahora desde la distancia, si recordamos sus crónicas, sus vicisitudes casi nos provocan una sonrisa, así, se me vienen a la memoria Pablo Porta, el que fuera el presidente de la Federación Española de Fútbol o José Luis Roca que también fue presidente de la misma Federación.

Tampoco se puede obviar que ese estilo de periodismo radiofónico estaba decorado por su chistosa y elocuente forma de enfrentar sus causas, sus frases hechas, sus giros, sus muletillas, su singular vocabulario aún perviven en nuestros días. Aquel famoso «ojo al dato», o el no menos celebérrimo «chupópteros y abrazafarolas», son dos ejemplos de las muchas aportaciones que José María García ha hecho al idioma español de la calle.

El ocaso de José María García vino precisamente porque otros periodistas sacaron provecho de la fórmula que tanto éxito le había proporcionado a él. Se instalaron programas de similares características en las radios generalistas a la misma hora que Supergarcía, incluso con locutores que habían crecido con él, y además más jóvenes, lo que hizo que el público comenzara a desplazar sus gustos. Tal vez la competencia más feroz, porque además el enfrentamiento era latente, fue la protagonizada por José Ramón de la Morena en la Cadena Ser con El larguero, el cual desbancó a García a mediados de los 90.

Alguna vez comentó que tenía una ilusión o una deuda con los españoles y era la de hacer un programa de televisión, con formato de radio al estilo de Carrusel deportivo, los domingos por la tarde; esto lo hacía La Sexta recientemente (creo que esta temporada ya no, imagino que por la locura de los horarios), aunque con dudoso seguimiento. Ese proyecto nunca vio la luz y, desde luego, si García hubiera estado al frente eso sería sinónimo de éxito asegurado.

Tuvo un problema José María García a mi parecer y es que el estatus y el poder que poseía lo endiosaron, y a veces ya era cargante, prepotente, demasiado chulo, y eso terminó por exasperar a la audiencia. ¿Colaboró en eso el que fuera multimillonario? Realmente lo era, primero porque lo decía y segundo porque las astronómicas cifras que se manejaban en sus años buenos eran de general conocimiento; eso le permitía hacer lo que le daba la gana y a veces se pasaba.

Y bueno, pasados los años, su aparición en medios de comunicación es más que esporádica, también es cierto que ha atravesado por un cáncer que ha conseguido superar. Ya no se le ve ni para el deporte ni para nada, y no estaría de más que en estos tiempos de crisis de valores, casi más dura que la económica, este hombre se dejara caer de vez en cuando por algún programa de debate para ilustrarnos con una opinión que seguro que no deja indiferente a nadie, tal y como ocurrió en su carrera profesional.

sábado, 7 de diciembre de 2013

LA MUERTE DEL SELLO DENTADO EN ESPAÑA, A GOLPE DE «FRANQUEO PAGADO»

Sí, lo vengo percibiendo desde hace tiempo, tal vez mucho tiempo, el sello dentado y la filatelia están heridos de muerte; ni desde la institución de Correos, que se denomina oficialmente Sociedad Estatal Correos y Telégrafos, S.A., ni desde la Comisión Filatélica del Estado (la que se encarga, entre otros detalles, de proponer los motivos que han de aparecer en las emisiones de sellos cada año), ni especialmente por la Subdirección de Filatelia de Correos que se supone que debe velar más directamente por esta manifestación cultural y artística, son capaces de promover que la filatelia no ya que crezca, sino que por lo menos se mantenga, en los niveles mínimos y casi indecentes que tiene en la actualidad.

Es más a estas alturas, pienso que el pobre Modesto Fraguas, a la sazón Subdirector de Filatelia, será un mindundi sin capacidad alguna de decisión, porque el sello muere y uno no ve que este haga nada por él. Cero promociones, cero difusiones, escasa presencia en el tráfico postal, precios abusivos...

El problema es de base, aunque ya ocurría antes de, lo cierto es que la privatización de Correos, visible desde más o menos finales del siglo XX, y aunque la participación del Estado sea mayoritaria, no deja de ser una privatización, que más allá del concepto es el espíritu de dotar a una empresa de sistemas de gestión privados, ya no es tanto el servicio público y sí esas manidas palabras justificativas, en muchos casos, de estrategias de negocio opresoras (con los trabajadores), tales como eficiencia, eficacia, agilización, competitividad, etc.

Yo soy coleccionista de sellos y quiero ver sellos dentados, las comunicaciones postales han perdido ese carácter personal que tenían antes, a esto han contribuido las nuevas tecnologías no lo voy a poner en duda, y han quedado más para las comunicaciones entre organismos públicos, empresas, los particulares ya se cartean poco. De tal manera que ver un sello dentado en una carta es raro; todavía hasta hace unos años Correos tenía unas pegatinas con el valor postal (etiquetas EPELSA) que prácticamente también han desaparecido, y ahora lo que prevalece es un sellado de máquina, realizado normalmente en las propias oficinas que señala «Franqueo pagado».

Curiosamente en mi trabajo, en una Administración, abro el correo diariamente y la presencia de sellos dentados está por debajo del 2%, siendo algo exagerado; en cuanto al correo personal que recibo en mi domicilio ese porcentaje quizá suba algo, hasta el 5%, así quién quiere coleccionar sellos, qué niño se puede ilusionar al ver los sellos en el correo que cada día se reciben en su buzón. A la vista está que el perfil de los aficionados a la filatelia en España y los que tienen un negocio, cada vez menos, nos define como un hombre, mujeres hay pocas, de avanzada edad y con un nivel cultural por encima de la media; ¿jóvenes?, muy pocos.

A la postre esos coleccionistas españoles van muriendo y dejan en herencia sus sellos a familiares que piensan en hacer negocio con esos sellos. Recibo de vez en vez algún correo electrónico en el que algún joven ha recibido esta herencia y me pide que le tase la colección. El problema, ya lo he comentado en alguna ocasión, no es tanto la valoración, sino el poder venderlos, porque casi no hay mercado, por eso recomiendo a la persona que se quede con ellos, como la mejor forma de dignificar al ascendiente que se lo legó, y que no creo que estuviera entre sus prioridades desembarazarse de sus joyitas para sacarle rentabilidad, no, porque uno colecciona por gusto y no para especular.

Por cierto que en otros países no pasa esto, en Alemania u Holanda, la filatelia es muy respetada, sus servicios postales cuidan con mimo a estas personas, y en los centros comerciales (hipermercados), hay secciones dedicadas al coleccionismo. Aquí en España sería impensable ver en Alcampo o Carrefour estantes dedicados a vender colecciones de sellos.

Dicho esto, yo mantengo la costumbre, que se está convirtiendo en rara tal y como está el panorama, de seguir pegándole sellos dentados a mis cartas personales, y tengo sellos de varios años atrás; como la tarifa va cambiando pues iba manteniendo hasta ahora sellos de la serie básica de poco valor, entre uno y cuatro céntimos, para complementar esas subidas y llegar a lo que vale hoy una carta ordinaria de formato normal, treinta y siete céntimos. Antes acudía a Correos o estancos y podía comprar fácilmente esos sellos de escaso valor, ahora ya resulta imposible.

De hecho, estuve en la oficina central de Correos en Jaén hace unas semanas, donde algunas veces me habían proporcionado pliegos completos, y un señor que casi no me miró a la cara, será por aquello de la eficiencia, me dijo que ahí no tenían de eso, es decir, que en Correos no tenían sellos, por muy pequeño que fuera su valor.

Esta vez me decidí y escribí un correo electrónico al Servicio de atención al cliente de Correos, señalándole en suma que dónde puedo encontrar sellos dentados de escasa cuantía, y me contestan de esta manera tan gráfica:

Le informamos que, actualmente, no es precisa la utilización de ningún tipo de sellos como signo de franqueo. Para la admisión sus envíos, sólo tiene que entregarlos en la Oficina Postal, donde nuestros empleados les pondrán una estampación mecánica en la que se indica el importe de la tarifa correspondiente.

Si usted dispone de sellos de años anteriores con un valor inferior al preciso para el franqueo actual, puede seguir usándolos, acudiendo a cualquiera de nuestras Oficinas para que, allí, le completen de forma mecánica el franqueo que le falta.

Con la eliminación de las estampillas, hemos conseguido agilizar el acceso de nuestros clientes a los servicios que ofrece nuestra empresa.

Reciba un cordial saludo.


Vamos que si esta no es la sentencia de muerte del sello dentado que venga Dios y lo vea, pues esta empresa se enorgullece en decir que la eliminación de la estampillas ha contribuido a agilizar bla, bla, bla. Es decir, que los sellos dentados molestan, tipos como yo molestan, y este es el más claro signo de que hay una evidente intención, dirigida y planificada, de cargarse el sello dentado.

Por otro lado digo que «me contestan» porque no hay cosa que más me supere que la impersonalidad de las grandes empresas. Si yo hago mi consulta en Internet con mi nombre y apellidos, digo donde vivo y hasta el nombre de mi perro, ¿por qué el que me contesta no me dice su nombre y se ampara en «el equipo de atención al cliente», que así fue como me respondieron?

En fin, Correos tiene esta estrategia, que además coincide con la escasa o nula atención que tiene la filatelia en las oficinas postales (salvo que el funcionario de turno sea también coleccionista y ese es otro cantar), en las que los que estamos en el meollo sabemos que tienen sellos dentados pero no les dan vida, porque eso no agiliza.

Cuando he estado en alguna presentación de algún sello que tenía un motivo provincial, los gerifaltes provinciales de Correos, no estaban más que para la foto, si les hablabas de promoción de la filatelia te miraban como un bicho raro y seguían adorando a su Mesías, el dinero y el mandamás que venía de Madrid con el nuevo maná y un nuevo catecismo de la gestión de este servicio.

Y para colmo, como el sello no puede morir, aunque a la filatelia y el coleccionismo de sellos terminen por asfixiarlo, a los que somos abonados del Servicio Filatélico Nacional nos obsequian con unas series carísimas que no tienen utilidad real en el tráfico postal, amén de que los motivos son muy erráticos y los diseños así así; y cuya única intención es hacer caja, aunque al final les va a salir el tiro por la culata, porque mucha gente amante de este arte, está decidiendo darse de baja del Servicio por lo abusivo.

Así está el asunto y el que no quiera verlo que mire para otro sitio, aunque lo peor de todo es que el que tiene que velar por esto es el principal interesado en enterrarlo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

"LA SAGA DE LOS RIUS", LA AUTÉNTICA SAGA FAMILIAR

No sé sinceramente, a las alturas del partido, si fue primero la gallina o el huevo; pero tengo que afirmar que, en mi humilde opinión, esta serie que hoy traigo a colación, creo que produjo en el español hablado y escrito la popularización de la palabra «saga», hasta el punto de que se ha utilizado su significado más allá que lo que recoge el diccionario de la RAE, pues «saga» es un relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una familia, y se ha extendido tanto su uso y se ha desnaturalizado su esencia que ya se habla de saga, para hablar de una familia sin más. No sé si opinará igual mi compañero de trabajo y, a la sazón, amigo, Nicolás Linares, que se ha convertido en las últimas fechas en seguidor fiel de este blog y cualificadísimo corrector ortográfico y de estilo del mismo, desde aquí mi más sincero agradecimiento.

Lo cierto es que esta era una de esas series de televisión que yo me perdí de niño, o para ser más exactos que, en cuanto empezaba la sintonía de cabecera (los domingos por la noche en TVE allá por 1976 - 1977), y aparecían los rombos, uno, quizá dos, ya sabíamos que había que ir a calentar la cama.

Pero merecía la pena que recordara esta serie, porque fue una de las grandes producciones de Televisión Española en los años 70, y porque fue repuesta en diferentes ocasiones y no tuve tiempo ni oportunidad para engancharme.

Para empezar hay que decir que este relato novelesco que dio lugar a esta «saga» no existió como tal, y sí una serie de novelas, cinco concretamente que escribió el autor barcelonés y periodista de profesión Ignacio Agustí a lo largo de varios años, en lo que se conoce como la pentalogía «La ceniza fue árbol»; no obstante, esta serie televisiva sólo incluye sus dos primeras novelas, «Mariona Rebull» escrita en 1943 y «El viudo Rius» creada esta en 1944.

Fue, en su momento, una de las series más caras de Televisión Española; todo un dechado de medios que efectivamente se percibe al visionarla por la cuidada elección de los decorados, objetos y mobiliario de época, indumentarias, así como la esmerada identidad de los exteriores con lo que se quiere contar. No sólo los personajes estaban vestidos de época, sino que su apariencia también estaba muy trabajada: maquillajes, peinados, barbas o bigotes en los hombres...

Esa meticulosidad en los detalles podría desembocar en el único punto de crítica en la serie y es que el coste que imagino que implicaba el montaje de escenarios o la redecoración de interiores, o la búsqueda de exteriores, conllevaba en muchas ocasiones el que hubiera escenas muy largas, en las que no pasa nada, en la que sólo hay lucimiento para los cámaras, la fotografía y el montaje posterior. Sí, yo creo que esa era la crítica principal a esta serie, que era un poco lenta, sus trece capítulos a tenor de lo que se narra en esta saga, en esta aventura familiar, podrían haberse comprimido algo más si se hubiera obviado ese enaltecimiento de lo nimio. Por si fuera poco, en cada capítulo se empezaba con un resumen un poco largo de lo sucedido en el anterior (una costumbre que se mantiene) y a veces no contenía lo verdaderamente relevante, como pasa ahora.

En cualquier caso, su director Pedro Amalio López con el guión de Juan Felipe Vila San Juan, concibió un producto televisivo fastuoso y fabuloso, en el que la trama es en realidad el discurrir de una familia de la burguesía empresarial catalana de finales del siglo XIX y principios del XX. No hay un único hilo argumental sino que los elementos principales que representan los hitos de la familia Rius se van sucediendo a lo largo de su historia y van tomando su debido protagonismo.

En cualquier caso, sí hay una columna vertebral y es la fábrica, la industria textil que los Rius poseen y sobre la que gira el devenir de los personajes de la familia; personajes que, por otro lado, son pocos en los que es la familia estricta, pero que sobre ellos giran otros muchos.

Esa fábrica es una forma de vida para Joaquín Rius, interpretado por Fernando Guillén (fallecido precisamente este año 2013 y este papel que encarnó me invitó también a ver la serie), podríamos decir que es casi su vida, porque en muchos momentos de esta saga es capaz de sacrificar a su familia e incluso su integridad para defender su negocio.

Joaquín Rius en un nuevo rico y, como tal, no es bienvenido por la burguesía tradicional catalana, algo que pesará en la familia Rebull, con amplia tradición en el negocio de la joyería y que muy a regañadientes Don Desiderio Rebull accederá a enlazar a su joven y bella hija menor, Mariona (interpretada por una belleza como Maribel Martín), porque al final «la pela es la pela». No obstante, esa distancia familiar a la que he aludido anteriormente, le pasará factura de inmediato, pues la diferencia de caracteres, edad, intereses..., entre Joaquín y Mariona provocará que este volcán de mujer eche sus redes por otras aguas, y las manifiestas desavenencias tendrán un final trágico, pues Mariona muere en un atentado en el Liceo de Barcelona, cuando compartía palco con su amante. Son intensas las secuencias en las que Joaquín sale de su palco y recorre de lado a lado el Liceo, sorteando heridos, cadáveres y caos, hasta llegar al sitio donde sabía que se encontraría. Mariona deja a un marido maltrecho y agraviado, y a un bebé de escasos meses, Desiderio.

Si Joaquín Rius era, hasta ese momento, un hombre distante en su vida social, la muerte de su esposa le provocará un mayor ensimismamiento, mayor introversión y que se centre casi en exclusiva en su negocio, dejando un poco de lado la educación de su hijo Desiderio.

Con el nuevo siglo, en una Barcelona convulsa, la que dio lugar al atentado en el Liceo, también comienza a haber reivindicaciones laborales(en carruajes tirados por caballos) al Puerto de Barcelona; a la vuelta y ya de vacío es atacado por un piquete y el propio empresario hiere de muerte a uno de sus atacantes. Jamás le perdonarán esta afrenta y el haber roto la huelga con una actitud arrogante, así que grupos radicales le tenderán una emboscada poco después y lo herirán en una pierna (quedará cojo para los restos), pero matan a su fiel secretario Llovet.

Tendrá algo de tiempo también D. Joaquín Rius para formar parte de esa influyente burguesía catalana que acude a Madrid para exigir el necesario protagonismo de la pujante Cataluña, ya se sabe, cuotas de poder, proteccionismo para las industrias, y dinero, la historia no cambia. De paso, Rius mantendrá un escarceo amoroso con una joven de dudosa reputación, personaje que interpreta la exuberante actriz, en aquella época, Ágata Lys.

Tras esos años convulsos, donde hubo serios problemas económicos para los Rius, la 1ª Guerra Mundial supone el espaldarazo para su negocio textil, buena parte del mundo en guerra requiere de indumentaria y ropa militar y los catalanes se especializan en este menester. Comienzan los cambios en la factoría de los Rius y afrontan una importante reforma de sus instalaciones.

A todo esto, aquel niño Desiderio Rius (el actor Emilio Gutiérrez Caba) ya se ha hecho mayor, pero no ama la fábrica como su padre, le va la buena vida, montar a caballo, gastar dinero, hacer negocios para ganar sin dar un palo al agua, y es ciertamente díscolo como su madre, pues para colmo mantiene una doble relación; por un lado, la novia oficial, la chica de buena familia y con posibles, modosita y educada, Crista Fernández (encarnada por la actriz Victoria Vera) y, por otro lado, con la francesita Jeannine (la belleza europea de Teresa Gimpera), una maniquí de modas, lo que hoy sería una modelo, de vida un tanto ligera, y que vuelve loco a Desiderio.

Los últimos episodios narrarán esa doble relación, la cierta distancia y no querer saber lo que pasaba de Don Joaquín Rius, y desde luego las estrategias de acoso y derribo por parte de la madre de Crista Fernández para intentar que Jeannine se apartara de Desiderio; a la postre lo logrará con la partida de la francesa hacia Sudamérica.

El casamiento de Desiderio con la novia buena, la fetén, la oficial, supondrá el culmen de las familias Fernández y Rius, especialmente para Don Joaquín Rius que verá como su estirpe se mantiene y cuidará el buen honor de su apellido y sobre todo que seguirá con la tradición familiar transmitida de generación en generación en el boyante negocio textil.

Es particularmente brillante el papel de Fernando Guillén como Don Joaquín Rius, probablemente uno de los mejores de su carrera, esta sencillamente sensacional. En general hay muy buenas interpretaciones, tal vez la que se queda poco convincente es la de Emilio Gutiérrez Caba, al que no lo veo demasiado metido en el papel, lo veo un tanto insulso.

Al parecer se escuchó después de la emisión de esta serie que tal vez TVE pudiera continuar con la saga, rescatando las tres novelas restantes de la pentalogía de Ignacio Agustí, tituladas «Desiderio», «Diecinueve de julio» y «Guerra Civil». Al final eso obviamente no se llevó a la realidad, lo que podría haber sido un golpe de efecto, y hoy tampoco tendría sentido, pues ello implicaría que perdiera el espíritu que le imprimieron los actores y escenarios utilizados hace casi cuarenta años.

viernes, 22 de noviembre de 2013

COYOTE OLDMAN, LA LLAMADA DE LAS FLAUTAS ANCESTRALES

Vuelvo hoy a la despensa de la música New Age, a Estados Unidos, pero esta vez lo hago con un curioso grupo que ha conseguido fusionar como pocos las músicas tradicionales e instrumentos de ese país, con la atmósfera espiritual y tenue de los sonidos de vanguardia.

Efectivamente, los estadounidenses, llamados popularmente por generalización americanos, se sienten orgullosos de su país, con independencia de donde hayan nacido o de sus orígenes, y la mayoría enarbola banderas en sus casas sin temor a ser tachada de nada, algo impensable en España (aunque con esto de los triunfos de «La Roja», se ha dulcificado la concepción facha de amar a tu propia bandera). Por extensión, los estadounidenses mantienen un idilio sentimental con su breve historia y nos la recuerdan por doquier en películas, series de televisión, anuncios, etc.; con lo que la venida de un grupo como Coyote Oldman que fue capaz de aunar tradición y modernidad, tenía todas las trazas de ser un proyecto bienvenido.

He querido aprovechar la cercanía en el tiempo de uno de los días más señalados para las familias estadounidenses, como es el Día de Acción de Gracias, que este año se celebra el próximo jueves, para aproximar este grupo que exalta las raíces de su país.

Echo de menos que en España no abunden fusiones de este carácter en la New Age, no que no las haya, pero que se profundice más, es aún una asignatura pendiente. Los intentos que se hacen en el sur, en mi sur, son apelando siempre al folclorismo, al flamenco, con intentos nunca bien engrasados de acoplar con músicas árabes. Sin duda, bajo mi punto de vista, lo que más se acerca a poner en valor el acerbo cultural hispano a través de la New Age, está en el norte con grupos como Luar na Lubre, o los gaiteros Hevia y Carlos Núñez. Por cierto que, hablando de asignaturas pendientes, todavía no he sacado en mi blog un grupo o compositor español y lo voy a poner a cocer en mi mente.

Pues bien, Coyote Oldman, que suena un poco jocoso es, en realidad, un dúo de músicos de New Age, compuesto por los instrumentistas de flautas nativas americanas Barry Stramp y Michael Graham Allen. Al parecer el nombre Coyote Oldman sugiere el arquetipo del pícaro o embaucador en la mitología indígena norteamericana.

Parece ser que a ambos les unió un sentimiento, digamos alternativo, pues se conocieron en una tienda de comercio justo en el marco de una feria de artesanía en 1981 en la localidad de Oklahoma City e idearon este proyecto musical tan curioso.

Técnicamente su música es New Age electrónica, pero han fusionado en una música puramente ambiental donde aparecen guitarras y teclados, los rasgos de lo autóctono: zampoñas, ocarinas y flautas de los nativos americanos; sin desdeñar una evolución tecnológica donde están presentes flautas procedentes de Asia, niponas e hindúes, también sudamericanas, entre otras.

Podríamos decir que se unieron para este proyecto musical desde dos puntos de partida diferentes, Barry Stramp es un hombre formado musicalmente a través de lo que en España sería un conservatorio; mientras que Michael Graham Allen es más autodidacta, ya que era fabricante de flautas hechas a mano y como tal fue aprendiendo a tocarlas y afinarlas gracias a su oficio, sin maestro, documentándose con bibliografía y visitando museos y colecciones a lo largo y ancho de Estados Unidos. Además, en una incesante evolución, sus flautas, externamente tradicionales y ancestrales, fueron incorporando algunas innovaciones musicales para hacerlas más prácticas y abarcar muchos más sonidos y posibilidades.

De algún modo, Stramp es el modernista y Allen el tradicional, en lo que viene siendo una cohesión perfecta.

La música de Coyote Oldman es una melancólica, dulce y suave mezcla de tecnología y cultura, es decir, se afanan en buscar los sonidos del pasado y rebuscan en la historia para construir flautas, totalmente artesanales, que se tocaban por los nativos hace siglos y que casi habían caído en el olvido. Esa comunidad de sentimientos fue la que los hizo explorar en este proyecto que tiene, amén de la vertiente musical, otra cultural pues las flautas que ellos mismos tocan y fabrican las venden en su web, hay muchos modelos y muy vistosos, por cierto.

Es más, las manos del artesano Graham Allen cuidan al detalle estas flautas y la tradición de sus ancestros, están hechas de madera de cedros de Arkansas, que además cortan expresamente para él unos amigos suyos, los Foster; son pintadas a mano con un tinte natural no tóxico. Pero todo ese respeto al pasado no rompe con la modernidad y son piezas sólidas para soportar el traqueteo diario, para que duren eternamente y para ser tocadas en cualquier sitio, lo mismo en una casa como en una sala de concierto. Además, partiendo de esa filosofía de comercio justo que mantienen los promotores de Coyote Oldman, venden sus creaciones a precios más que razonables, pues desean que la persona que adquiere una de sus flautas tenga la sensación de que recibe algo que es superior a lo que ha pagado. Yo ciertamente no entiendo de flautas pero, si realmente son para toda la vida, no parece que adquirir una flauta nativa por 120 euros (la más barata), que es para toda la vida y que es un auténtico instrumento musical profesional sea un precio sangrante.

Por cierto, que como ocurre muchas veces en la música New Age, alguna sintonía de radio y televisión donde suenan flautas, bien pudiera ser alguna composición de Coyote Oldman, porque se cifra que su música ha llegado a más de medio mundo.

Esta nueva introspección en la música norteamericana ha tenido algunos imitadores, pero este dúo es el genuino, pues logran un equilibrio perfecto entre el hombre y la naturaleza, la tierra y el cielo, el sonido y el espacio.

Desde 1987 hasta hoy han publicado doce álbumes, el último es de 2008. Si la escuchamos con atención observamos que no sólo es música nativa, es algo más, hay evocaciones a himnos medievales, música espacial o cósmica de este siglo, cantos tibetanos... Se trata, en definitiva, de una música ideal para la meditación, profunda y sugerente, angelical y preciosa.

sábado, 16 de noviembre de 2013

STEVEN BRADBURY, O LA MEDALLA DE ORO MÁS ROCAMBOLESCA EN LA HISTORIA DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS

Dándole el otro día vueltas a la cabeza acerca de la dificultad que entraña ser un deportista de élite y, sobre todo, llegar a lo más alto a la gloria de ser el mejor, mérito que alcanza un porcentaje ínfimo de los que practican un deporte de forma profesional, también me preguntaba cuál sería la medalla de oro más «fácil» de unos Juegos Olímpicos, o sea aquella en la que alguien la consiguió casi por la gorra.

No sé si la historia que hoy traigo a colación atiende a esa concepción de medalla más fácil, lo que si es verdad es que por su cercanía en el tiempo, cómo sucedió y porque tenemos el documento gráfico que atestigua lo que acaeció, realmente me atrevería a decir que si no fue la más fácil, a buen seguro que será la medalla de oro más rocambolesca de unos Juegos Olímpicos.

Es muy probable que en el balbuceo de los Juegos Olímpicos modernos se consiguieran medallas relativamente fáciles, ya que asistían pocos competidores y países, y muchas disciplinas deportivas que estaban en el programa olímpico eran practicadas por unos pocos, con lo que bastaba casi practicar un deporte con una cierta continuidad, a base de tiempo y una economía saludable, lo cual no era tan común hace cien años, para colgarse una medalla al cuello.

No obstante, la historia que voy a contar relata una competición que se celebró en 2002, con ocasión de los Juegos Olímpicos de invierno de Salt Lake City en Estados Unidos, además viene al caso porque estamos a apenas un par de meses de los Juegos Olímpicos de invierno en Sochi; y su inopinado protagonista fue el patinador australiano Steven Bradbury.

La disciplina en la que competía este deportista es el patinaje de velocidad sobre pista corta, más conocido por su denominación anglosajona short track. A diferencia del patinaje de velocidad en pista larga, en el short track no se compite contra el reloj, sino que es una carrera pura y dura, donde no hay calles y donde los patinadores tienen que utilizar su cuerpo para coger la mejor zona que es la más cercana al interior para tener que gastar menos energías. Es una disciplina muy espectacular ya que mientras que en el patinaje de velocidad las carreras se hacen sobre un óvalo de unos 400 metros, estas pistas son mucho más cortas, miden poco más de 100 metros y, por tanto, la lucha entre los patinadores, los roces, el cuerpo a cuerpo están a la orden del día y, por supuesto, estamos ante un deporte que es muy eléctrico, no apto para personas de sangre fría.

En el short track se corre sobre varias distancias y nuestro protagonista vivió su momento de gloria en la prueba de 1.000 metros. No era malo en esa disciplina aunque con toda seguridad estaba en ese momento no menos del puesto 15 o 20 en el ranking mundial, es decir, que no ya para el oro, sino para acceder a la gran final y conseguir una medalla de otro metal debían de darse una sucesión de acontecimientos ciertamente inesperados.

En estas carreras compiten cinco patinadores. Ganó bien su carrera de clasificación, pero fue encuadrado en cuartos de final en una serie muy fuerte, donde se tenía que ver las caras con el favorito del público, el estadounidense Apolo Ohno, y el canadiense Marc Gagnon, en ese momento el Campeón mundial sobre la distancia. A la siguiente fase siempre pasaban los dos primeros, en esta carrera quedó tercero, pero los jueces eliminarían a Gagnon por obstruir a otro patinador.

En la carrera de semifinales el entrenador Ann Zhang le comunicó a su pupilo, la poco competitiva estrategia de situarse a la zaga de sus oponentes a la espera de que se cayeran por delante y ya se sabe que a río revuelto..., y se cayeron dos, con lo que llegó el segundo, y el tío se metió en la finalísima.

Y no iba a ser menos, pues, en semejante cita que ser fiel a lo que había estado haciendo hasta ese momento, es decir, mantener una postura conservadora, a sabiendas de que era con mucha diferencia el más flojo de todos. En esa carrera de cinco, Bradbury se mantuvo a cierta distancia de sus otros cuatro competidores, para que se pelearan entre sí, y vaya que si se pelearon, en la última curva todos se cayeron y este tipo que «iba dando un paseo» a unos quince metros de ellos, atravesó la meta con los brazos en alto, conocedor de que había ganado probablemente la medalla de oro más insólita de unos Juegos Olímpicos.

No soy muy dado a poner enlaces a otras web por motivos de privacidad y todas esas pamplinas, pero es muy fácil ver el vídeo de la carrera en Internet, prácticamente escribiendo el nombre de este deportista, aparte de que esta historia la recordaba por haberla visto en la tele, ya que cuando ocurrió tuvo cierta difusión.

También resulta curioso ver la entrega de medallas, ya que también es una entrega un poco atípica, a Bradbury se le ve alegre, pero casi pidiendo perdón, es la impresión que a mí me da, pues había ganado un oro sin merecimientos deportivos, y sus otros dos compañeros en el podio, el estadounidense Ohno y el canadiense Turcotte miran al horizonte con melancolía y casi una mirada inquisitiva como queriendo decir «ya le vale». Y para colmo, Bradbury tenía y tiene cara de chiste, cara de dibujos animados, con lo cual todo parecía más cómico si cabe.

Pero ya está, Bradbury consiguió a sus veintiocho años lo que seguramente había anhelado durante mucho tiempo, el sueño de cualquier deportista de élite, conseguir la medalla de oro en unos Juegos Olímpicos.

De paso logró otro hito importante y es que le daba la primera medalla de oro a Australia en unos Juegos Olímpicos de invierno. Bradbury sería recibido como un héroe en su país y sería condecorado con posterioridad con la OAM (Orden de Australia), una distinción similar a la Orden del Imperio Británico, más conocida por estos lares.

El hecho de que consiguiera esa medalla de oro para Australia no es nada baladí, esa gloria similar la viviríamos en España en 1972 con el oro en Sapporo de nuestro añorado Paquito Fernández Ochoa aunque de forma muy limitada en un país hasta ese momento con escasa tradición deportiva y menos en los deportes de invierno; pero es que Australia es un país idílico para el deporte, con menos de la mitad de la población de España, consigue unos resultados espectaculares en los Juegos Olímpicos de verano, es célebre la enorme escuela de natación que existe en ese país y la cantidad de campeones mundiales y olímpicos en numerosas pruebas de ese deporte. Los australianos son buenos en muchísimos deportes, es un país que vive por y para el deporte, y me atrevería a decir que es de los cinco primeros países del mundo con mejores infraestructuras y estructuras deportivas.

De hecho, en Australia tan volcado con el deporte todo el mundo conoce a Steven Bradbury, doblemente famoso, por la medalla y por la rocambolesca forma de ganarla; es un auténtico ídolo nacional. Y además, se incorporó al acerbo australiano el dicho «doing a Bradbury», algo así como «hacer un Bradbury», para indicar un logro accidentado o inesperado, con importantes dosis de suerte.

En fin, que lo mejor de todo para este australiano es que su medalla es absolutamente lícita y que cuenta en las estadística del mismo modo que las que gana, por ejemplo, Usain Bolt. Al final la gente recordará más el éxito y no tanto la forma, es como ocurre en los partidos de fútbol que si uno gana o pierde injustamente, al final se olvida si se pitó o no aquel penalty, o si el gol fue o no en fuera de juego. El mismo Bradbury, como no podía se de otro modo, reconoció que no se merecía la medalla por esa carrera sino por toda una vida deportiva plena de duro trabajo.

En fin, siempre me hincha el ánimo recordar estas historias, porque me emociono por lo que el futuro nos puede deparar. De paso, es razonable pensar que la suerte existe y la mucha suerte también, aun considerando que esta disciplina del short track da pie a muchas incidencias, pero si aquel día de febrero de 2002 yo hubiera estado en la final, en el hipotético caso de que supiera patinar, a día de hoy no está entre mis habilidades, yo habría ganado esa carrera.

sábado, 9 de noviembre de 2013

DON PÍO, UN HOMBRECILLO QUE SE ACTUALIZÓ O QUE LO ACTUALIZARON

Las historietas que yo leía cuando era niño eran un auténtico reflejo del tiempo que se vivió unas décadas antes, y los célebres tebeos o revistas infantiles que comprábamos en los quioscos o que conseguíamos en los puestos de feria, seguían manteniendo su vigencia aunque no fueran recientes, aunque hubieran sido adquiridos por el vendedor al peso y fueran editados varios años atrás.

Realmente uno, como niño, no conseguía descubrir el matiz que podía imprimir el auge de los nuevos tiempos, porque parecían realmente próximos y actuales, en cierto modo eran atemporales y lo siguen siendo. Es más, ahora desde la distancia, si las historietas y los historietistas eran testigos de su tiempo, tampoco me imagino que en mi espíritu de niño pudiera caber el doble sentido que estos gráciles magos de la pluma y el pincel proporcionaban a sus personajes. Y es que uno se fijaba en la historia directa y en el colorido de los dibujos.

De la pluma del castellonense José Peñarroya, surgió Don Pío, un personaje al que he rescatado del olvido recientemente para repasar sus andanzas; y nuestro peculiar protagonista tenía ese doble sentido, claro que lo tenía, si no de qué iba a meter mano la censura de la época para llevar por el camino recto a este personaje.

Don Pío es un hombrecillo de mediana edad un tanto enclenque, con bigotito, y siempre viste chaqueta oscura, pantalón claro y remata con un bombín del que casi nunca se desprende. Su mujer, Doña Benita es clara y significativamente más alta y voluminosa que él. De hecho en la primera época, hasta 1950 más o menos, ejercía una actitud autoritaria hacia él, le atizaba con cierta habitualidad, lo tenía frito casi hasta el límite de la ¿separación?, aunque también sacaba la cara por él. Era una pareja española, llevada a lo satírico, es decir, ninguna pareja era ni es una balsa de aceite, y todos tenemos nuestros más y nuestros menos. Pero hete aquí que la censura de la época tomó cartas en el asunto y reconvino a Peñarroya para que dulcificara a los personajes, sobre todo a la esposa, porque no se podía consentir que se percibiera el más mínimo atisbo de ruptura matrimonial, todo tenía que ser perfeccionado y perfecto, todo había de discurrir según los cánones del régimen, o sea, una realidad imaginada en sus propias mentes.

Y así fue, Peñarroya decidió «cortarle» un poco las manos a Doña Benita y a partir de 1950 ya no fue tan cruel con su esposo, ahora su influencia sobre Don Pío era mucho más sutil. Por si fuera poco también le cambió el color del pelo, del negro «español», a un rubio moderno y ciertamente algo sofisticado. Y el remate del tomate para intentar solapar las diferencias familiares fue el instalar en la historieta al sobrino Luisito, que vivía con ellos en una especie de adopción irregular (quizá también era el reflejo de una época, donde estas situaciones estaban socialmente aceptadas), y todo ello porque no parecía muy de recibo que Don Pío y Doña Benita estuvieran en edad procreadora y era más fácil inventarse a este vástago impostado.

No fue el único cambio al que tuvo que someterse Peñarroya, también hasta 1950 Don Pío era un individuo que carecía de recursos y estaba siempre de trapicheos para llevar algunas perras al hogar, lo pasaba mal en verdad. Pero esto tampoco podía ser, en España nadie podía estar vagando por ahí para lograr su sustento, había que trabajar y había trabajo para todos (je, je), de manera que Don Pío progresó y fue colocado en una oficina donde ejercía su profesión como cualquier hijo de vecino, aunque nunca trascendía a qué ramo pertenecía.

Con estos ingredientes fue como verdaderamente nació el personaje para los restos, tal y como lo conocieron la mayoría de los niños de mi época, es decir, un hombre normal de clase media, con un trabajo decente, con una mujer algo dominantona y con un hijo (sobrino) para armonizar el hogar.

No obstante, Peñarroya continuó con sus sutilezas con el objeto de sacarle el jugo a su personaje. En el trabajo tenía que soportar a un jefe un tanto tirano y sin escrúpulos, y unos compañeros que se aprovechaban de la bonhomía de Don Pío.

Sí porque Don Pío pretende ser el hombre perfecto, el hombre que lo controla todo, que sabe de todo, que aspira a ser el mejor vecino, el mejor esposo y padre y, por supuesto, el mejor empleado de la oficina. Y es que su mujer medra mucho a ese respecto, pues siempre tiene presunción de ser más de lo que es, tiene ciertos aires de grandeza, porque quiere acercarse a amigos y conocidos que están en un escalón social y económico superior al de ellos. Por eso, el pobre Pío quiere ser el mejor trabajador y sus compañeros de trabajo no escatiman esfuerzos para dejarle las tareas más engorrosas y menos fructíferas, que las más de las veces no encuentran la recompensa a través de su jefe.

A todo esto la P de Pío, no sé si a caso hecho o por casualidad también, como he dicho antes, es la P de Perfecto; a Don Pío no se le escapa una, pero ese propósito de perfección es vano, porque nuestro personaje en su particular afán cometerá errores o despistes, porque no es ni puede ser lo que él quiere ser, y eso le lleva a terminar las historietas malparado.

Por cierto, que el personaje del sobrino Luisito pienso sinceramente que es lo menos acertado de la historieta, con su incorporación forzada, no aporta demasiado al personaje, más allá de la razón armonizadora, no es ni bueno ni malo, es muy plano, es un niño más; quizá podría haberle sacado más partido pero sus razones tendría Peñarroya.

Por último, no puedo resistirme a rescatar la opinión de Joan March, un historietista también de aquella época aunque más joven, que señalaba que el humor de Peñarroya y Don Pío no era explosivo como podía ser el de Ibáñez (padre de Mortadelo y Filemón), sino que era un humor más sutil, más de continuo, donde interviene mucho la fuerza del dibujo, y manifestaba que sería más entendible por los orientales que por los españoles, porque los españoles «somos un poco bestias».

Peñarroya nos dejaría en 1975 a la edad de 65 años proporcionándonos una decena de entrañables personajes que han quedado grabados en la historia de toda una generación.

viernes, 1 de noviembre de 2013

NUEVOS TIEMPOS, NUEVAS FORMAS DE HACER POLÍTICA EN ESPAÑA

Veía la pasada semana a Pérez Reverte en el exitoso programa «Salvados» de La Sexta, y hacía varias reflexiones acerca de la situación actual de crisis; hubo una que me llamó particularmente la atención y era aquella en la que señalaba que no había diferencias entre la élite política y la económica, que eran manifestaciones de un mismo concepto, es una reflexión que sinceramente comparto.

Es curioso como en este país se ha ido degradando la figura del político y no conozco, en mis cortas miras de niño que nació en los estertores del franquismo y vivió el nacimiento de nuestra democracia moderna, que en esta época reciente los políticos hayan estado bien mirados. Basta acercarse a las encuestas de opinión y comprobar que reiteradamente nuestros políticos siempre suspenden o aprueban raspando. La profesión política no genera brillantez.

Para muestra un botón, el otro día escuchaba al que fuera Director de Prensa con Adolfo Suárez, Fernando Ónega que indicaba que tras varios años de desprecio por parte de los españoles, la figura de Suárez comenzaba a ensalzarse debidamente como motor de la transición, justo cuando su deterioro físico y mental empezaba a aflorar. Ónega, señalaba que aun con los errores que cometió como todo humano, no pudo «en vida» disfrutar del reconocimiento de la gente. Yo también recuerdo en aquellos años convulsos de inicios de los 80 que todo el país deseaba con saña que se largara, ante la presión del terrorismo, crisis económica, revueltas sociales, etc.

Pero seamos francos, todo el mundo hace chistes de políticos, todo el mundo denosta a la clase política, y tal vez no nos paramos a pensar que, lo queramos o no, los políticos son necesarios, y alguien tiene que asumir esa responsabilidad poco rentable socialmente. Ahora bien, vista la realidad de un oficio que no genera simpatías, ¿tenemos los políticos que nos merecemos?

Por continuar con las citas o referencias de personajes clave de nuestro país, también escuché en la primavera pasada a Alfonso Guerra en “El Hormiguero” que decía que tenía la convicción de que en la transición y los 80, los mejores de cada profesión acudían a la política para ayudar a su país, y que entendía que ahora eso no estaba ocurriendo. Yo también tengo esa sensación, la de que aquellos que nos mandan no son los más brillantes en el oficio del que provienen. Tal vez sea por eso que comentaba antes, porque acudir a la política para saber que uno va a ser vapuleado, entiendo que no es un plato de gusto ni todo hijo de vecino está preparado para ello, aunque existen otros beneficios.

En cualquier caso, hasta no hace falta ser el mejor en tal o cual profesión, baste con ser buen político, de eso es de lo que se trata, porque para tomar decisiones hay que rodearse de buenos profesionales (asesores y técnicos); pero ahí está la otra vuelta de tuerca, que tampoco están los mejores en la Administración (y que conste que yo pertenezco a la misma), básicamente porque la empresa privada ofrece, si obviamos la crisis, mejores oportunidades económicas y de promoción profesional.

No creo que las nuevas generaciones que vienen, las que hoy están en la universidad y que deben gobernarnos en un par de décadas, estén peor preparadas que la mía, más bien al contrario. Aunque con la educación primaria y secundaria tengo mis dudas (informe PISA mediante), pienso que la universidad española está a la altura del resto de Europa, de otro modo nuestro capital humano, ese que está emigrando, por mucho que la ministra Báñez quiera denominarlo eufemísticamente movilidad exterior, no se rifaría en medio mundo. Es verdad, estamos gastando un montón de dinero público para tener a miles de españoles bien preparados, pero esa inversión la están aprovechando otros.

Dicho esto, un detalle me da vueltas en la cabeza acerca de las soluciones a la crisis y el papel que encarnan nuestros políticos y es ¿cómo puede un político gestionar una crisis si nunca sabrá de primera mano lo que es? Es decir, el discurso no puede ser más cicatero por mi parte, los políticos en nuestro país son claramente una élite social, tienen mejor sueldo que la media de los españoles, mejor casa, en un barrio bueno y mejor coche, algunos hasta tienen un patrimonio, no quiero entrar en si gracias a la política, que casi los definiría como «nuevos ricos». Para ellos la crisis no existe, en su familia cercana no hay hambre, ni problemas de fin de mes, pueden irse de vacaciones adonde quieran cada verano, ir a restaurantes caros, mandar a los hijos a estudiar al extranjero... O sea, ¿puede un político verdaderamente ponerse en la piel de esa familia que no tiene nada y que malvive con la pensión de los abuelos y de la caridad de instituciones, familiares y vecinos? Sinceramente no lo sé, creo que no, porque el pertenecer a esa élite social y económica los condiciona, y aunque estén preocupados, habrá un momento en que desconecten y vuelvan a su vida plácida y acomodada.

Para colmo, en este país la manera de hacer política no es la más sana posible, en eso nos puede el hecho de que nuestra democracia sea demasiado joven y falta de tradición. Esa estrategia de «cuanto peor, mejor», es la que esgrimen todos los partidos políticos que están en el lado contrario; no importa tanto aunar esfuerzos para sacar a este país del hoyo en el que se ha introducido, como aprovechar todo lo malo que existe y que siempre lo habrá, para despotricar del que tengo enfrente con objeto de ocupar su sillón lo más rápido posible.

Sinceramente pienso y pensamos muchos que las nuevas generaciones políticas, las que ya empiezan a tener responsabilidades de gobierno o influencia en los partidos opositores, y las que efectivamente nos gobernarán en un futuro cercano, deben tratar de cambiar los males que aquejan a la clase política actual: elitismo, oportunismo, escasez de independencia (las estructuras fagocitan cualquier opinión discordante), aprovecharse del mal ajeno, distanciamiento de la realidad social...

Mientras voy escribiendo esto, yo mismo me doy cuenta de que esto es una batalla perdida, sobre todo porque percibo que el elitismo se da en las altas instancias, pero también a pequeña escala. Sí, la política ha creado una nómina infinita de dioses territoriales, que mandan o gobiernan en un espacio muy concreto, y tienen ínfulas de ministro, con coche oficial, secretarios personales, agenda institucional, y toda una parafernalia que le precipitan a creerse más que el resto y a separarse por voluntad o por el desarrollo de los acontecimientos a ver la realidad social desde la distancia.

Por si fuera poco los partidos políticos españoles que propugnan la democracia, son ante todo, sí amigos, profundamente antidemocráticos, esos caciquillos territoriales están repartidos por todos lados y no desean que nadie les levante la mano, si lo hacen, la estructura los liquida. Elecciones internas pocas, y aquí es estar conmigo o contra mí. Qué razón tenía el movimiento 15-M cuando pedía Democracia Real Ya. No la hay, nuestra democracia es una pura falacia.

Alguien me preguntó el otro día que de qué partido era yo, y respondí lo primero que me salió, «yo quito partidos políticos del poder». Así es, creo que a lo largo de mi vida he pasado por varias fases, en mis años mozos era comunista visceral, pero el discurso de Izquierda Unida se me agotó (ahora sí vende, es verdad, porque en época de depresión, a río revuelto...) y luego he ido alternando votos a izquierda y derecha, colaborando en derrocar a aquel que se había estado sentando en el poder y lo había hecho mal o había mentido al electorado no cumpliendo sus promesas (lo que está ocurriendo ahora con el PP).

Como decía, el discurso actual de Izquierda Unida no puede ser más oportunista, dan a la mucha gente que hoy tiene necesidades lo que quiere oír, se bañan en el mar de la crisis para recoger todos los muertos posibles, pero luego cuando gobiernan, lo hacen en Andalucía, no alcanzan a plasmar sus ideas revolucionarias, y se limitan a ser un eslabón de la cadena del PSOE andaluz.

Parece que UPyD tiene un discurso coherente y puede ser una buena alternativa al bipartidismo, es un partido buenista, intenta recoger el sentir de la clase media española, tiene congruencia lo que proclama, incluso en materias tan sensibles como el independentismo catalán o el terrorismo. La duda estriba en saber si realmente pueden arrastrar a tanta población española para ser esa alternativa y si luego por aquello de «del dicho al hecho», serían capaces de poner en práctica lo que dicen, o la economía global, llámese Merkel, absorberán sus ansias de cambio. Es decir, nunca han gobernado y no sabemos si el día en que pudieran hacerlo podrán defender lo que hoy defienden.

Por su parte, malos momentos vive el PSOE con Rubalcaba a la cabeza; en Cataluña sus hermanos del PSC son díscolos y es incapaz de sofocar el fuego allí existente; y por otro lado, en buena parte de España hay compañeros que están intentando moverle la silla. Sinceramente pensaba que a Rubalcaba, un político muy veterano, lo habían mandado a las Elecciones Generales de 2011 para sacrificarlo (como los romanos que mandaban a la arena a sus esclavos para que fueran devorados por los leones), en unos comicios que iba a perder el PSOE sí o sí con rotundidad. No obstante, poquísimos meses después se descubrió sorprendentemente que este profesor universitario de química, es una especie de fórmula alquimista, se aferraba a su poltrona, demostrándose a sí mismo y a sus correligionarios que su muerte en el coliseo no había sido en vano; así de paso cercenaba a una política de gran proyección como Carmen Chacón. Esa querencia de Rubalcaba al poder, su estilo de hacer política (como todos, aprovechándose del mal contrario), su falta de carisma (parece que da clase cuando habla y aburre), su edad, tendrá 64 años en las próximas Generales, y sobre todo que no saca rédito a la pérdida de votos del PP, han hecho que las voces en el PSOE se multipliquen solicitando unas nuevas primarias (es Secretario General desde febrero de 2012), con objeto de «preparar» a un nuevo candidato, que bien pudiera ser candidata, para luchar contra el PP por el Gobierno de este país en 2015.

Hay un dato más que es muy relevante, y es que aparte del distanciamiento entre políticos y pueblo llano, los políticos no oyen a este. La gente de la calle hace constantes proclamas y más allá de opiniones movidas por un calentón, la gente normal en un razonamiento pausado odia que los políticos se tiren los trastos a la cabeza, quieren que sean más humildes, desean que se entierre el «eh tú, pues anda que tú», sueñan con que alguna vez los partidos de distinto signo sean capaces de ponerse de acuerdo en algo.

Es más, si le preguntas a la gente qué políticos son los que más les gustan, todos coincidimos en una serie de personas que se caracterizan por ser los «menos malos» y por tener un discurso que se acerca al ideal de lo que esperamos de un político en España, y curiosamente no son los que están más arriba.

Necesitamos urgentemente que el presente de la política española dé un paso al frente con nuevas formas de hacer política, de relacionarse con el contrario y de acercarse a la sociedad. Que los razonamientos sean claros e inequívocos significa que mi discurso debe basarse en propuestas que yo hago para el cambio o para la mejora, y no exclusivamente en criticar lo mal que lo está haciendo el otro.

Necesitamos políticos que enseñen y que no vociferen, y necesitamos políticos nacidos y criados en la clase media que estén impregnados del sentir de la sociedad y que sepan acercarse a los problemas del ciudadano con pleno conocimiento de causa.

Beatriz Talegón
En el PSOE por encima de las citadas disensiones internas, quiero también creer que hay una serie de políticos capaces, capaces de liderar no el cambio de este país, que también, sino el cambio que requiere la manera de hacer política en nuestro país. Así, me gusta mucho Eduardo Madina, un joven político vasco contra el que ETA atentó hace unos años, tiene un discurso sensato, razonable, se ve que es un tipo inteligente. Me gusta igualmente Antonio Hernando, lo he escuchado algunas veces en la tele y en la radio, y aunque le aquejan los males de despotricar del contrario, no lo hace de forma agresiva, lo he visto algunas veces alabando actuaciones del PP y eso es muy de valorar. Hay también una chica, Beatriz Talegón, que salió a la palestra hace unos meses, perteneciente a la Internacional Socialista de carácter juvenil, y que se atrevió a criticar en un foro internacional a las élites de su partido, precisamente por muchas de las cosas que yo comento aquí; ella misma pregona con su discurso apasionado que, efectivamente, hay nuevas maneras de hacer socialismo. Incluso me gusta mi paisano y concejal de mi Ayuntamiento, Felipe Sicilia, actual Diputado en el Congreso, un tipo con verbo fácil, bien preparado, salido de la clase media y que debiera crecer en el PSOE en los próximos años y jubilar a unos cuantos. Por último, soy de los que piensa que Carmen Chacón sería una candidata idónea para sustituir a Rubalcaba, tiene cierta moderación y sensatez, creo que aglutina bien los nuevos derroteros de su partido, y ha llegado su momento, ha llegado el momento de que España tenga una presidenta del gobierno.

Borja Sémper
En cuanto al PP, también siento especial predilección por sus dirigentes vascos, al igual que en el PSOE se trata de gente que ha tenido que soportar la ignominia de sus convecinos, y le han echado un par de bemoles jugándose su propia vida. Ahí está Borja Sémper que no tiene pelos en la lengua y es capaz de decirle a los palmeros actuales del radicalismo vasco lo que todos pensamos. También me parece un tipo brillante Iñaki Oyarzábal, que rompe con la imagen de «niños pijos» de sus compañeros de partido y que, en algún momento ha sido un punto discordante en su formación, básicamente porque ha reconocido su propia homosexualidad y eso creo que escocerá a muchos. Antes me gustaba Gallardón, quizás el hombre más inteligente que hay hoy en política en nuestro país, creo que era el político del PP que más gustaba a la gente de izquierdas, pero sus decisiones recientes en materia de justicia han dinamitado su futuro. Por último, también creo al igual que me he referido a Chacón en el PSOE, sea por un lado o por otro, espero que antes de diez años tendremos una presidenta del gobierno; en el caso, de este partido de derechas, la clara candidata es Soraya Sáenz de Santamaría, una muchacha culta y bien preparada, que se ha arrogado el papel de portavoz moderada del partido, en clara confrontación con el perro de presa que es María Dolores de Cospedal, ya saben la de la «indemnización en diferido en forma de simulación» acerca del caso Bárcenas.

Y esto es todo, que sueño con levantarme un día y ver que mis políticos, esos que son necesarios, obligatorios para nuestro país, sepan ponerse de acuerdo y luchar juntos por lo que nos beneficie, que sean más humildes y que se acerquen, bajen más a la arena y tanteen con mayor conocimiento de causa lo que requiere la sociedad.

sábado, 26 de octubre de 2013

DEL ABURRIMIENTO DE LA FÓRMULA 1 AL ROMANTICISMO, EMILIO DE VILLOTA Y COCHES DE SEIS RUEDAS

«Me aburro», ese es el soniquete con el que mi sobrino Alfonso ha estado martilleando mis oídos a lo largo de muchos momentos de su vida; en fin, la eterna historia de que los jóvenes se aburren... Algo así puedo decir yo de la Fórmula 1 de esta temporada y de la de muchas temporadas atrás. Puedes levantarte temprano para ver la salida, si es el caso de que se celebre el Gran Premio en remotas latitudes, y ver los diez primeros minutos, que después te puedes echar una gran siesta hasta la hora de que suenen los himnos porque con mucha seguridad puedes acertar lo que va a ocurrir.

Ya podrá decir uno de los calvos más famosos de España, Antonio Lobato, eso de «¿quién dijo que la Fórmula 1 era aburrida?», pues yo lo digo y qué pasa. Es que es muy aburrida, no pasa nada, nada de nada (que es menos que nada, como dice ese humorista que tanto me gusta como es José Mota).

Y aunque el susodicho calvo intenta hacer atractivo el asunto, a veces no hay donde rascar; para colmo el tal Lobato creo que ya está de vuelta, aunque lo más probable es que «muera» con Fernando Alonso, porque todos reconocemos que el tándem informador – piloto es perfecto y, además, parece que son buenos amigos. No le niego a Lobato el enorme mérito que ha sido el de elevar los conocimientos de automovilismo en la población española, gracias el empuje de Alonso, figura que es difícil que se repita en nuestro país en décadas, ojalá me equivoque. No obstante, ocurre que el calvo de la Fórmula 1 es a veces demasiado alonsista, en realidad, lo es hasta la saciedad. Como buen español, a todos nos pasa en materia deportiva, ha asumido que ganamos o perdemos por méritos o deméritos propios, no porque el rival es mejor; nos ocurre en fútbol (mucho), en tenis, en baloncesto y, entre otros, también en la Fórmula 1, y muy concretamente con Fernando Alonso, porque me niego a creer que Alonso, que me gustaría que ganara siempre, es el mejor piloto de Fórmula 1 de la actualidad; sinceramente creo que es Sebastian Vettel y ya está.

Dicho esto, creo que actualmente la relación de valor del coche / pilotaje, puede ser en torno al 80% - 20%, y esto es lo que provoca que las carreras sean tan aburridas y que no tengamos conciencia de si a lo mejor uno de los últimos en carrera como es el finés Valtteri Bottas sería mejor que Hamilton, por ejemplo, si pilotara su coche, o si Vettel podría sacar mayor rendimiento a un Caterham que los pilotos de esa escudería.

Y que no pasa nada de verdad, que a mí me terminan pareciendo todos los circuitos iguales, quitando el de Montecarlo o el de Laguna Seca este último en motociclismo, todos tienen lo mismo, rectas, curvas, chicanes. Nadie se atreve a hacer un circuito realmente diferente, arriesgado, con peraltes, al estilo del famoso circuito de Indianápolis, con rectas de cuatro kilómetros, con calzadas que midan treinta metros de ancho (con bastante sitio para adelantar), no lo sé, a lo mejor estoy diciendo una barbaridad, pero la Fórmula 1 se estanca porque no evoluciona y encima Fernando Alonso ya no gana, con lo que todavía nos aburrimos más. ¿Y los coches? Los coches son exteriormente todos iguales salvo las pinturas y los logotipos. Los cambios de ruedas se hacen tan velozmente que no tiene ningún atractivo, tendrían que hacerlo con el gato de mi coche. Ya que ponen cámaras subjetivas en los coches, podrían darnos alguna información relevante sobre consumos, temperatura o, yo que sé, cuánta agua ha bebido el piloto en la carrera, para saber si está sufriendo más o menos. Es todo tan plano que ha habido más de un Gran Premio a lo largo de la historia en el que no ha habido ningún adelantamiento en carrera, o sea, que no sé que entretenimiento puede tener el ver coches dar vueltas a un circuito como si fueran un «Scalextric» con una sola vía.

Viene todo este preámbulo a colación de que antes la ratio que he señalado de valor del coche / pilotaje, aunque seguía teniendo preponderancia el coche, el porcentaje del valor que tenía un piloto y su pericia era mayor que ahora. Con toda seguridad a medida que retrocedemos en el tiempo el piloto tenía más importancia y, por supuesto, el bólido menos fiabilidad (también los circuitos eran más inseguros que los de ahora); eso hacía que hubiera más lucha, no había tanta dictadura como ahora. Realmente la dictadura actual la imponen las escuderías, la que hace mejor los deberes en invierno tiene todas las papeletas para triunfar en la temporada.

Me impactó el otro día la noticia de la muerte de María de Villota, y por un momento pensé en su padre, un tipo que allá por la década de los 70 del siglo pasado provocó que la gente viera la Fórmula 1 en la tele, aunque lógicamente no con el mismo impacto que ahora.

Emilio de Villota
Cuando he repasado la historia de Emilio de Villota en la Fórmula 1 me ha parecido que fue más un pequeño mito que otra cosa, porque su participación en grandes premios fue casi testimonial. Un aspecto interesante de aquella época es que aparte de las grandes escuderías, se permitía participar a aquel piloto privado, imagino que con una buena cuenta corriente, que adquiriera un monoplaza reglamentario, compitiendo al margen de las marcas oficiales y del campeonato de constructores. Por aquel entonces, incluso había una previa clasificatoria, en la que participaban los menos competitivos, que permitía acceder a la carrera de clasificación, es decir, que había bastante movida y no estaba todo tan cerrado como ahora. Pues bien, de Villota estuvo bregando en la Fórmula 1 varios años, en concreto, participó en los años 1976, 1977, 1978 y 1982. Sus resultados fueron francamente modestos, pues participó en la previa de catorce grandes premios, consiguiendo la clasificación definitiva en sólo dos. Los dos grandes premios en los que a la postre estuvo en la parrilla de salida fueron en 1978, quedando en España en el puesto 13º y en Austria en el 17º. En fin, tenía la sensación de que la estela de Emilio de Villota, del que recuerdo que hablábamos los niños en la calle, era más alargada, pero tal vez fue más relevante el hecho de que sus intentos por ser piloto de Fórmula 1 estuvieran trufados de dificultades, escasos medios, equipo limitado, etc.

Aparte del romanticismo que supone el recuerdo de Emilio de Villota, más si cabe por el triste protagonismo que ha cobrado recientemente, no es menos romántico el hecho que ahora voy a relatar, que es verdaderamente o casi, el motivo que me indujo a realizar esta entradilla, yo recordaba que en aquella época en la que nos asomábamos a la caja tonta para ver si ese español tan peculiar podía codearse con los grandes de esos tiempos (Fittipaldi, Lauda, Andretti, Scheckter, Reutemann, Hunt, Stewart) había un coche que era diferente al resto, ¡tenía seis ruedas!

Así que con la participación o no de Emilio de Villota, si me sentaba con mi padre en el segundo lustro de la década de los 70 yo quería que ganase ese peculiar bólido de seis ruedas. No me ha sido difícil conocer la marca y la historia de este coche, o esos coches de seis ruedas.

Tyrrell P34
Aunque a lo largo de la historia hubo tres proyectos de coches de seis ruedas el más famoso y que realmente cuajó fue el Tyrrell P34, las ruedas de atrás eran del mismo tamaño que el resto de las escuderías, pero delante llevaba dos parejas de ruedas, más pequeñas que las otras, que pretendían incrementar la penetración del aire y ofrecer menor resistencia en los desplazamientos, dicho esto de una manera un poco burda y simple.

Este curioso monoplaza compitió en dos temporadas, 1976 y 1977, con unos resultados más que prometedores. En 1976 los pilotos de Tyrrell eran el francés Patrick Depailler y el sudafricano Jody Scheckter; pues bien este último y con este monoplaza conseguiría la tercera plaza del Mundial de pilotos, y Depailler la 4ª. Tyrrell, por su parte, ocuparía la 3ª plaza del Mundial de constructores. Además, el momento culminante de este bólido ese año fue en el Gran Premio de Suecia cuando Scheckter y Depailler coparon las dos primeros puestos del podio.

Al año siguiente, curiosamente Scheckter abandonó el equipo alegando que el coche era una basura y lo sustituyó el sueco Ronnie Peterson. En 1977 los resultados no fueron tan brillantes y el monoplaza acusó problemas de suspensión (por el sobrepeso que suponía la pareja de ruedas) y también calentamiento excesivo de los frenos. Hubo muchas retiradas en carrera, pero aun así esta pareja tocaría pelo, es decir, lograrían algunos podios; Depailler conseguiría un segundo puesto y dos terceros, y Peterson un tercero.

Por cierto, sin quitarle mérito a los pilotos actuales, pero advirtiendo que en la actualidad las medidas de seguridad protegen por fortuna la vida de estos profesionales; antes los que conducían un bólido de Fórmula 1 estaban expuestos a numerosos peligros por la escasa adecuación de los circuitos y los propios coches, tanto Depailler como Peterson morirían años después por sendos accidentes con ocasión de su participación en la Fórmula 1.

La historia del Tyrrell P34 moriría en 1978, de hecho ya no volvió a participar ese año en competición oficial, los problemas que arrastraba en 1977 y que originaron los numerosos abandonos en carrera, fueron insalvables y ahí culminó este romántico proyecto.

March 2-4-0
Por cierto, en la historia existieron dos proyectos más de coche de seis ruedas, uno de ellos con una diferencia sustancial con respecto al Tyrrell, y es que la pareja de ruedas iba en la parte trasera, se trataba de la escudería March y el modelo se denominaba 2-4-0; los pilotos de ese equipo pudieron comprobar que no se ganaba más tiempo con el par de ruedas traseras que con las convencionales, por otro lado, era una marca con pocos recursos y tampoco pudo superar sus problemas de fiabilidad. Por último, también hubo otro modelo similar al Tyrrell, fuel el Williams FW08B pero tuvo problemas con la transferencia de aire en la parte delantera.

En cualquier caso, no queda sobradamente claro que cuatro ruedas motrices en la parte delantera de un bólido de estos y con los medios y avances actuales, no sería un monoplaza competitivo; de hecho, aparte de estos tres coches relativamente famosos, parece ser que con mayor o menor secretismo algunas escuderías probaron coches de seis ruedas, y algunas con resultados alucinantes, pero la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), desconozco las razones, prohibió los coches de más de cuatro ruedas y zanjó de raíz lo que podría ser un atractivo añadido en las tediosas y soporíferas carreras de Fórmula 1, ¡qué pena!

viernes, 18 de octubre de 2013

"YOL", DE YILMAZ GÜNEY Y SERIF GÖREN

Yol (El camino), esta película turca de 1981, seguramente desconocida para el gran público, brutal en cuanto a su argumento, temática, música y fotografía, es la más clara demostración de que lo comercial no es necesariamente lo mejor. Una dirección y un montaje impecables nos permiten acceder a un cine diferente, que te deja abierta la puerta a muchas otras producciones que merecen la pena ser vistas y que los circuitos tradicionales te impiden que alcances. También me llena de esperanza, la esperanza de que existe, escondido por ahí, mucho cine que tengo que ver y que me puede dejar sin aliento, como esta película.

En realidad Yol es el camino de regreso de cinco presos comunes en un permiso de una semana hacia sus orígenes; la aparente alegría no es más que una engañosa mueca, un truco de chistera que nos hace adentrarnos a nosotros y a sus personajes en un aventura de retorno que se convierte en una auténtica penuria, en una prolongación de su cautiverio. Ahí fuera les espera una realidad más dura que la propia cárcel, en esa vuelta a la vida habrán de redimirse, tendrán que solucionar los problemas acumulados de varios años de ausencia en apenas unos días.

Yol nos introduce en la Turquía de los años 80, pero además en la más tradicional, en la de los pueblos recónditos, las tradiciones ancestrales, las penosas condiciones de vida... Por momentos la película parece un documental, hace un repaso geográfico del país, de sus gentes y sus costumbres, y va intercalando la historia de los cinco presos que en su camino físico y mental a sus casas.

A uno de ellos, el más alegre y el que menos problemas tiene en apariencia, recibirá su castigo inmediatamente, perdiendo su salvoconducto y quedando retenido en un calabozo pocas horas después de salir de la prisión.

Otro habrá de enfrentarse con las tradiciones, con un matrimonio preparado a medida, con una relación vigilada, donde su margen de maniobra es mínimo; él tratará de ir más allá, liberándose por otras vías ajenas a la tradición, y expresando con severo gesto las normas de una relación tradicional turca.

Pasan ligeramente de soslayo estas dos historias, mientras se intercalan las tres restantes, y cada una de ellas tiene a cual más impacto y más minutos en la película, y efectivamente el curso de las historias va aumentando de interés y de tensión; todas las tramas van creciendo hasta explotar en el desenlace. El final, los finales, son duros, pura adrenalina, el margen para la condescendencia es mínimo.

La tercera historia en interés es la de un vital kurdo que acude a su pueblo en la frontera con Iraq, donde las rencillas bélicas entre esta minoría étnica y la propia Turquía nos adentran en un escenario convulso, pero también en unas gentes que viven en un escenario de terror, desalentador; niños que llevan escrito el miedo en sus ojos, mayores que callan a gritos, casas toscas, rostros toscos. Al personaje de esta historia le llega el permiso coincidiendo con un momento de recrudecimiento de las hostilidades en el que parte de su familia es protagonista, él es un protagonista pasivo y sólo puede tomar decisiones a posteriori.

Por lo que respecta a Mehmet, acude al suburbio en el que viven su mujer y sus dos hijos, a este sí que le espera su auténtica pena. Debe pagar el hecho de que abandonara y dejara tirado a su cuñado moribundo en un robo (por eso está en la cárcel) y que se largara sin ayudarlo, como si de un vulgar perro se tratara; aunque durante mucho tiempo manifestó por miedo que él no tuvo culpa, ahora vuelve con la verdad. Su familia política no le perdonará eso, aceptará a regañadientes que se lleve a los suyos (no tiene intención de volver a la cárcel tras el permiso), no sin antes recibir la reprimenda física y moral de los que les dan definitivamente la espalda. No obstante, en el viaje de regreso hacia una nueva vida, recibirá una desagradable sorpresa, no toda la familia política ha quedado en paz.

No obstante, cualquiera que vea esta magnífica cinta coincidirá en que la historia más potente es la de Seyit, un sobrecogedor «camino» en el que el protagonista tendrá que superar un valle nevado, en unas condiciones durísimas para llegar a la remota aldea donde se encuentran su hijo y su mujer. Esta última ha sido repudiada por su propia familia por haberse metido a prostituta y lleva ocho meses encadenada a base de pan y agua. Los familiares de la mujer esperan y desean que Seyit haga la justicia que ella se merece y que han dilatado hasta su vuelta, pero él decide en una visible lucha interna llevársela consigo y a su hijo. No obstante, la vuelta por los campos nevados será un obstáculo imposible para la esposa, sin fuerzas y mal abrigada. Seyit tendrá un último acceso de perdón y tratará de evitar que muera, llevándola en sus propios hombros. Las escenas que nos muestran estos pasajes son implacables, no dejan lugar a la indiferencia.

Hay que destacar, en la intrahistoria de esta película que su guionista y director principal Yilmaz Güney, un kurdo comunista, estaba en la cárcel al inicio del rodaje, consigue escapar y rodará desde la distancia, entre París y Suiza. Por supuesto, tampoco hay que quitarle mérito a su lugarteniente Serif Gören que supo plasmar las indicaciones de Güney y realizar un trabajo fastuoso a pie de cámara. Parece ser que Güney tomó prestadas las historias de lo que le contaron algunos de sus compañeros de prisión; en principio, iban a ser once narraciones, pero luego se redujeron a seis, y finalmente a cinco, es decir, casi podemos decir que está basada en hechos reales, lo cual conmueve aún más.

Por otro lado, tampoco hay que desdeñar las dificultades que seguro que atravesaría el rodaje de la película; no en vano en la misma se muestra una crítica (no es velada es nítida) al régimen represor de la Turquía de inicios de los 80, a un país anclado en tradiciones ancestrales, donde tal vez la representación más palpable es el tratamiento de la mujer como un ser completamente sometido al hombre, sin decisión, sin futuro, un auténtico cero a la izquierda.

Esta producción obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes de 1982, no es casual. Invito a todo el que llegue a este punto que se interne en Yol y que haga los diferentes caminos que los directores nos invitan a recorrer, se encontrará ante un trabajo bello, con personajes reales, con rostros custridos, con sentimientos que parece que van a sobresalir de la pantalla, y una música (de Sebastian Argol Kendal), delicadamente situada en cada pasaje sensible de esta obra maestra del cine.