sábado, 26 de junio de 2010

EL LABERINTO DE LA TELEFONÍA

No soy de esos que ven “Españoles por el mundo”, y le gustaría largarse de aquí para vivir en otro sitio, sobre todo, porque soy de ese tipo de personas, de esa mayoría de personas, que cuando llevan un tiempo fuera de su casa, ya estás deseando volver, ya estés en el pueblo de al lado o en la Conchinchina.

No obstante, con esto de la aldea global es muy fácil contar con información de lo que acaece en otros países, y quieras que no, caes en la tentación de comparar, y envidias a veces determinados aspectos de otras latitudes que te gustaría que se copiaran en tu propia tierra.

Todo esto viene a colación porque desde que se generalizó la utilización de los teléfonos móviles y el acceso a Internet, ha proliferado salvajemente el número de empresas de telefonía.

Con una estrategia cada vez más agresiva, tarde o temprano terminas siendo el protagonista de alguna de sus ofertas. Además, con similares características sea la empresa que sea, es decir, te ofrecen el oro y el moro para que te cambies a su compañía, te embaucan con todo tipo de beneficios, regalos, descuentos..., te sientes un rey con tanto agasajo, terminas o no aceptando un contrato verbal en poquísimos minutos y desde el momento que te han pillado, pasas de ser el rey a convertirte en la última boñiga.

Ponte ahora a reclamar, porque los problemas surgirán, y te adentrarás en un mundo insondable, misterioso, sórdido, lleno de vericuetos y en el que difícilmente encontrarás la salida. Sí, porque tenemos el móvil de última generación, hace fotos, vídeos, se conecta a Internet, reproduce música, imágenes, es un ordenador..., la tecnología está bien pero el servicio no es acorde, o sea, la organización humana que hay alrededor de esto no funciona igual de bien.

Y es que observo cada vez con mayor habitualidad que una conversación que se ha instalado en nuestro diario es “mis problemas con la telefonía”. Antes esto era impensable, sólo había teléfonos fijos y de una sola compañía, ahora ya sabemos la variada oferta; pues creo que muy pocos son los que no han tenido un problema, por pequeño que sea, con su fijo o móvil, y la mayoría hemos tenido que pasar nuestro particular calvario para hallar la solución, con resultados dispares. Nuestras cotidianas tertulias se salpican con nuestras aventuras personales en este mundillo y cómo se las arreglan esas empresas para que protestar o reclamar se convierta en una odisea. Lo que antes era amabilidad y simpatía, ahora es grosería y casi desprecio.

Por eso, cuando ves o conoces lo que ocurre en países más avanzados que el nuestro, uno siente envidia de esa mala, porque en España no llegamos a esos niveles. Es más, España es el típico país en el que en algunos asuntos somos muy avanzados (muchos de cara a la galería) y en otros tremendamente retrógrados y cada uno puede sacar conclusiones. Aquí, desde luego, en el apartado que estoy tratando, el consumidor está muy desprotegido; las compañías telefónicas siguen campando a sus anchas y no hay forma o no hay ganas de meterles mano, de romper toda esa maraña que se genera cuando eres tú el que intentas pedir explicaciones.

Estoy convencidísimo de que en países más avanzados que el nuestro, los escandinavos por ejemplo, esto no ocurre de semejante manera; el administrado, el ciudadano es lo primero, y ay de aquella compañía que comienza a poner trabas, a formar un laberinto para intentar eludir su responsabilidad o cansar y enervar al cliente, que seguro que las autoridades les meten en cintura rápido.

Y no voy a culpar taxativamente a los pobres telefonistas, mal pagados y sometidos a presión, incentivados para hacer nuevos contratos a toda costa, y persuadidos para entorpecer y dilatar cuando hay que reclamar, está claro que los que rigen las compañías, esos directivos que cobran millonarios sueldos y que sólo quieren ver como la gráfica de la empresa sigue una línea ascendente.

Aunque bien es cierto que algunas veces nuestra ira la pagan esos telefonistas y ellos también contigo, ya sea porque no te enteras de lo que dicen, y no digo nada por no herir susceptibilidades, o porque te llaman a las cuatro de la tarde, “sí señorita, estaba durmiendo la siesta y Vd. ya me la ha fastidiado, no, no quiero un móvil de última generación con tropecientas mil utilidades”.

domingo, 20 de junio de 2010

"CIUDAD DE DIOS", DE FERNANDO MEIRELLES Y KÁTIA LUND

Me habían hablado bien y había podido leer muy buenas críticas de esta película brasileña, pero he tenido el placer de experimentar que es mucho más que eso.

Pese a su relativa juventud, es de 2002, está considerada como la mejor película de la historia del país sudamericano. Es precisamente su procedencia la que separa a este trabajo de ser considerado como uno de los veinte mejores de toda la historia del cine, y creo que no exagero.

Una película que te deja sin aliento pese a sus dos horas de metraje, pues tiene tal ritmo y engancha de tal forma que ese frenético suceder de la acción, provoca lo que uno siempre espera del cine, que te entretenga tanto que el tiempo transcurrido te haya parecido un suspiro.

Ciudad de Dios es una barriada chabolista de Río de Janeiro donde niños y jóvenes compiten por ser los dueños del suburbio y en él se vive de manera cotidiana con armas, tiroteos indiscriminados, redadas, droga, corrupción y todos los estereotipos de la marginalidad.

Los niños desde bien pequeños crecen con la referencia de sus hermanos que tienen como único oficio el robo. Ese caldo de cultivo no puede ser más peligroso, porque cada vez el bautismo de fuego es más prematuro, y los infantes de apenas ocho años ya manejan pistolas sin discernir claramente la frontera entre el juego y la realidad, entre la vida y la muerte.

La historia, por tanto, se va tornando más y más beligerante, pues los niños van creciendo con naturalidad en un barrio donde tener un arma es como tener un juguete y, en este contexto, aparece la droga, un negocio menos dramático en apariencia que el robo y que reporta mayores beneficios.

El personaje central, Buscapé, narra en primera persona la historia de esta sórdida favela, y cómo Ciudad de Dios termina siendo el territorio en el que tras constantes luchas intestinas y la sucesión de cabecillas, se establecen dos clanes rivales, los de Ze Pequeño, por un lado, y los de Cenoura por otro, que rivalizan en el control estratégico del barrio: la droga, las armas, los comercios, la gente...

En esta historia de personas imperfectas, a Buscapé las circunstancias de la vida, le han hecho ser más reflexivo que sus semejantes y trata en este clima viciado de ser una persona de provecho, aunque eso no le sirva de principio para obtener beneficios, ni económicos ni sentimentales.

La suerte hace que la vida de Buscapé, en plena adolescencia, cambie definitivamente y por esas casualidades de la vida se encuentra con el regalo inesperado de lo que siempre fue su sueño, tener una cámara fotográfica. Ze Pequeño le proporciona la cámara para que le haga fotos con su cuadrilla y una de esas fotos termina apareciendo en la portada de uno de los diarios más importantes de Río.

A partir de ahí Buscapé descubre que ser habitante de Ciudad de Dios y tener una cámara fotográfica va a resultar el salvoconducto para su futuro. Ahora el diario en el que trabajaba de repartidor tiene el mejor corresponsal en un barrio hasta ese momento inaccesible.

Buscapé narra con su cámara la batalla final entre los clanes rivales y cómo después de la muerte de Ze Pequeño y el encarcelamiento de Cenoura; se instalará un nuevo clan compuesto de niños de corta edad que volverán a radicalizarse y a establecer su imperio de terror.

La película tiene tal fuerza que incluso lo que podría parecer un exceso de violencia, la cadena de ejecuciones a sangre fría con motivos o sin ellos, se engranan perfectamente en las secuencias para darle más sentido si cabe al guión.

Por otro lado, cuenta con una fotografía de enorme factura, y un montaje de la cinta hábil y moderno, donde las sorprendentes regresiones que aparecen están muy medidas; lo que al espectador le hará percibir que está ante un trabajo de muchísima elaboración.

Un mensaje secundario es que tiene también sentido el nombre del barrio ”Ciudad de Dios”, pues los brasileños viven una extraña comunión entre la transgresión y la religión y las creencias que no se dejan de lado.

Los directores Fernando y Kátia, hacen un magnífico trabajo, una película que ofrece una imagen fidelísima (de hecho, está basada en hechos reales) del submundo de las favelas brasileñas. Toda una aventura para aquellos que quieran experimentar lo que es la marginalidad en otras latitudes.

viernes, 11 de junio de 2010

ESPAÑA EN LA ENCRUCIJADA DEL MUNDIAL 2010

No, el fútbol ya no desata en mí la pasión de hace unos años. El culto a una serie de señores multimillonarios, que difícilmente pueden sentir los colores de sus clubes y que no sudan ni trabajan más que otros deportistas anónimos que luchan por metas y no por dinero, es suficiente argumento para haberme apartado decentemente de este deporte que, bajo mi punto de vista, ha perdido en las últimas dos décadas la esencia de antaño.

Podía haber titulado la entrada de esta semana de varias maneras, de hecho, el escribir acerca de fútbol ya es una odisea para mí, en un blog que tenía definido desde su concepción como atípico; pero la actualidad me puede y también ese poso que dejó en mí aquel arrebato y que me llevaría en 1994 a Estados Unidos a seguir la mayor parte del Mundial y asistir en directo en Chicago a los partidos España – Alemania (1 – 1) y España – Bolivia (3 – 1).

Pensé en titular este artículo “España no ganará el Mundial”, y me hubiera quedado tan pancho, sobre todo porque la estadística y la historia, pese a la euforia que pueda existir, están ahí como una realidad palpable, insoslayable, cruel, y esto no es fruto de la casualidad. Nuestra España lleva sesenta años, muchos Mundiales, sin llegar a semifinales, es decir, no ha estado jamás, ni tan siquiera en la antesala del triunfo final, no es nadie en la historia mundialista. No obstante, he preferido dejar un título más abierto, porque no me gustaría ser tan agorero y tener luego que tragarme mis palabras, lo cual desearía con todo mi corazón.

Y es que no puedo ser optimista porque al fin y al cabo, qué ha cambiado para España desde los últimos cinco o seis Mundiales, pues que hemos sido Campeones de Europa hace dos años y que el equipo juega objetivamente bien, pero no que seamos más favoritos ahora que antes; no hay Mundial que recuerde, y ya he vivido varios, en el que nuestros medios de comunicación patrios, señalaran la vitola de favoritos de los seleccionados, las más de las veces sin fundamento.

Ahora mismo percibo algunos síntomas que no me gustan, por un lado, ese exceso de euforia, de favoritismo que yo pienso que no nos beneficia y que cae a plomo sobre los futbolistas y les provoca mayor ansiedad, eso lo alimentan los medios de comunicación; por otro lado, un mal que siempre nos ha afectado y es el de asumir que somos mejores y que todo depende de nuestro juego, de nuestra eficacia y de que ganamos independientemente del rival que tengamos enfrente; y ahí está el problema porque el rival juega, el rival hace goles y tiene el mismo interés, la misma responsabilidad que nosotros y un público detrás con el mismo deseo de triunfo que cualquier aficionado español, y no hay más peligro histórico en el fútbol que ningunear de principio al contrincante. El año pasado, sin ir más lejos, éramos favoritos en la Copa Confederaciones, pero llegó un contendiente sin nombre en el concierto futbolístico internacional, Estados Unidos, y nos bajó de la nube, no contamos con que ellos, pese a sus limitaciones, también saben meter goles y encerrarse atrás. No podemos pensar en jugar la final cuando todavía no hemos jugado el primer partido.

Es difícil razonar acerca del porqué nuestra selección no es nadie en los Mundiales, quizá habría que atender a una serie de factores que tienen que ver más con lo filosófico que con lo deportivo. Sin duda, un torneo eliminatorio como este, a España no se la ha dado bien históricamente, y eso puede tener su explicación en la capacidad competitiva, en la mentalidad, en el exceso de responsabilidad de nuestros futbolistas en los encuentros clave; de ahí que seamos muy buenos en liguillas de clasificación, donde un error es subsanable y donde escasean los partidos definitivos.

Otra razón de nuestra historia de fracasos es que el fútbol es de los deportes con un mayor índice de incertidumbre, es decir, es uno de los deportes que por la escasez de anotación (a diferencia de otros deportes como el baloncesto, balonmano, tenis...), no necesariamente gana el que mejor juega, ni siquiera el que más oportunidades tiene. Si el fútbol fuera un combate de boxeo y se valoraran las acciones positivas, las oportunidades de gol, el tiempo de posesión, es posible que España hubiera llegado a semifinales, incluso hubiera ganado alguna Copa del Mundo.

Y, por último, y en descargo de algunas generaciones magníficas de futbolistas españoles, luego debe existir una importante dosis de suerte. La suerte o la desgracia en este caso, nos ha echado de varios Mundiales: La lotería de los penaltis que nos largó del Mundial de Japón – Corea del Sur 2002, y del de México 1986; los fallos arbitrales que nos hubieran permitido cambiar el destino, así el codazo de Tasotti a Luis Enrique en 1994, penalti a todas luces (el Mundial que yo viví en directo y estoy seguro de que teníamos la mejor selección de nuestra historia), o las pifias de Al Gandhour en el partido contra Corea del Sur en 2002, que nos arrebató dos goles legales; fallos garrafales de los jugadores, como la cantada de Zubi en Francia 98 (rememorando la de Arconada en la final de la Eurocopa también en Francia en 1984), y goles errados estrepitosamente con la puerta casi vacía como Salinas en 1994 ante Italia, o el celebérrimo “gol” de Cardeñosa ante Brasil en Argentina 78.

Yo me planteo este Mundial con moderada lejanía, creo que la regla de oro es asumir que la posibilidad de fracaso existe para no llevarse una desilusión, una más. Así, intentaré no ver a España en la fase previa, salvo que alguien se empeñe en invitarme a ver algún partido, y luego depende de cómo discurra todo a lo mejor me apunto, a la parte final.

Y es que otra de las claves para encarar un Mundial es ir de menos a más, prefiero que se juegue mal y se gane (“el fin justifica los medios” que argumentaba Maquiavelo), que empezar arrasando para ir desinflándose, por eso el otro día casi me molestó que España ganara a Polonia 6 – 0, porque eso contribuía a alimentar una ilusión con pies de paja y si luego fallamos, la caída será brutal. Prefiero, en este sentido, la filosofía de otras selecciones, que no han estado brillantes en los últimos meses, ni siquiera en su clasificación previa, pero luego siempre están indubitadamente ahí, es decir, saben a lo que juegan, saben competir, matan en el momento preciso aunque no jueguen bien, aunque sean ultradefensivas, y son estas las auténticas favoritas: Italia, Alemania, Francia, Brasil y Argentina. Manifiesto con duda otras dos posibles aspirantes, Holanda e Inglaterra, por aquello de que Sudáfrica, es una especie de segunda patria por la colonización llevada a cabo hace más de dos siglos, aunque bien es cierto que los blancos sudafricanos se han decantado por el rugby y la fiesta del fútbol se la han arrogado los negros.

Hay un par de detalles que sí me gustan, uno es el entrenador, sobrio, moderado y tranquilo como pocos; a Vicente del Bosque no paro de observarlo en sus declaraciones y tiene bien asumido que el exceso de favoritismo y euforia es un malísimo compañero de viaje, y reitera que el partido más importante no es el último, sino el primero y el siguiente, es decir, hay que ir dando pequeños pasos pero firmes. Otro detalle, pues que no tenemos un líder en la selección, una gran figura por encima de las demás, uno que tire del carro, ya acabó la era Raúl y la de otras estrellas que acaparaban el protagonismo; eso provoca que el compromiso y las tareas de cada jugador, se distribuyan equitativamente.

Por último, hay un componente emotivo que hace a este Mundial especial, precisamente el fútbol, el deporte de masas por excelencia, hace un regalo a un país que, siendo mayoritariamente de raza negra, mantuvo relegada y segregada a esta población hasta hace apenas veinte años, con el apartheid. Es el mayor evento deportivo de la historia celebrado en el continente africano y donde los sudafricanos en general, pero los de raza negra en particular lo van a vivir con inusitada alegría. Todo un triunfo para esa nación y una llamada a la esperanza para la siempre olvidada y depauperada África.

domingo, 6 de junio de 2010

"ESPERANDO A GODOT", DE SAMUEL BECKETT

Aunque alguna vez pasó por mis manos y creo que comencé a leer esta obra, realmente no ha sido hasta ahora cuando he reunido algunas ganas y tiempo para abordarla. Y digo abordarla porque esta obra de teatro supone un ejercicio arriesgado de lectura, y que no pocas veces te deja al borde del colapso, del desistimiento de esta causa.

No es una lectura fácil, es como un cuadro impresionista, desde cerca lo ves y no distingues nada, es desde lejos donde lo comprendes y lo ves todo. En esta obra se entrelazan diálogos absurdos de personajes imposibles que esperan permanentemente a Godot (es un juego de palabras, God es Dios en inglés), que no es ni más ni menos que su destino.

Fue hace unos setenta años, cuando Beckett fraguó este proyecto, cumbre del existencialismo; quizá el momento de su realización, en paralelo con la consolidación de otras corrientes artísticas de vanguardia, hizo de esta obra un auténtico símbolo del teatro alternativo.

En esa distancia, en ese leer entre líneas es cuando se le saca el auténtico provecho y la riqueza a “Esperando a Godot”, máxime si nos imaginamos la fuerza interpretativa de sus personajes, que nos revelan con sordidez lo animal, lo groseramente bestial (tómese bestial de forma peyorativa) que es la condición humana.

En las idas y venidas de cada escena se suceden los temores de los personajes, sus alegrías y sus inquietudes; es como un escaparate magnificado de lo que un ser humano hace a lo largo de su vida, es bueno, es malo, es ruin, es cobarde, es solidario pero a la vez egoísta, y el mensaje más allá de lo que puedan señalar otras criticas es la profundidad que tiene el destino para nuestras vidas. Cuanto más desesperanzados estemos en ese destino más frustrados y más irascibles somos hacia los demás y, al contrario, aquel que consigue estar de buenas con su futuro es más alegre en la vida.

Ya digo que estos personajes, con sus vaivenes, están fundamentalmente frustrados, buscan su egoísmo, buscan denigrar a su semejante, que no es otra cosa que enterrarse a sí mismos, hacerse más animales, convertir al ser humano en ese animal que muchas veces es más irracional que otros a los que llamamos salvajes o bestias.

No soy de los que piensan que un autor hace una obra literaria con una determinada intención, eso sería estrechar el cerco de sus interpretaciones. El teatro, la poesía, la narrativa en general, máxime cuando son ejercicios vanguardistas, algo complejos de asimilar como este, tienen que ser necesariamente abiertos a la búsqueda de las múltiples variables que deliberadamente o no, ha puesto el escritor. Desde luego, “Esperando a Godot”, no tiene naturaleza unidireccional y es un perfecto ejemplo de cómo a través de su introspección podemos sacar numerosos flujos de debate.

A mí me deja un regusto amargo, no por la excelencia de una literatura arriesgada e innovadora para su época, sino porque la evolución de la obra, pese a que no es demasiado larga en su puesta en escena, calculo que no más de cuarenta minutos, te va impregnando de una atmósfera cada vez más inmunda, más agobiante, una sensación de que no hay destino para sus personajes principales, Vladimir y Estragón, y deben decidir entre seguir esperando o pasar a otra dimensión a través del suicidio, la horca.

Sin duda, una lectura obligada si queremos conocer y ahondar en lo que es la vanguardia, lo abstracto, más allá de un cuadro con colores abigarrados en el que no podemos saber qué hay dentro. Un libro al que hay que acceder sin prejuicios, sólo leer y deducir dentro de cada uno, a qué Godot esperamos nosotros.

Por último, y ya desde la vertiente interpretativa, se me antoja que preparar esta obra en el escenario, tiene que ser de una cierta complejidad, los actores han de ofrecer muchos registros y ser capaces de generar una atmósfera que a veces unos diálogos inocentemente absurdos, parecen no ofrecerte.