sábado, 28 de julio de 2012

Y JOSÉ DURÁN SE COLÓ EN NUESTRAS SOBREMESAS PARA SER CAMPEÓN DEL MUNDO DE BOXEO

Reconozco que no soy un gran seguidor del boxeo, pero de vez en cuando me gusta ver alguna pelea por la tele, incluso si es antigua, en la que puedo degustar alguno de los muchos iconos que ha generado este deporte que, en muchos lugares de este mundo, es auténticamente de masas.

Y no debe sentarme muy mal ver boxeo cuando aun reconociendo la violencia intrínseca de este deporte, bien llevado puede ser una disciplina física como cualquier otra en la que no tiene por qué haber secuelas posteriores para el deportista, más allá de alguna cicatriz en la cara.

Se decía cuando se instauró la democracia que Franco propugnaba en la televisión las corridas de toros y el boxeo, y que el nuevo régimen político eliminó estos dos pilares para dejarlo descansar sobre uno solo: el fútbol. No le faltó razón a este aserto, pues el boxeo desapareció de la televisión pública durante mucho tiempo, y sólo con la aparición de las privadas muchos años después de la llegada de la democracia, pudimos recuperar el boxeo en la pequeña pantalla, si no recuerdo mal en Telecinco. Ahora habitualmente Marca TV (que no me gusta demasiado porque más que la televisión del deporte es la televisión del fútbol), tiene un espacio semanal donde retransmite algunas veladas en directo o rescata peleas de antaño.

Lo cierto es que llevaba tiempo queriendo escribir el artículo de esta semana, porque tenía en mi mente desde siempre, que cuando era pequeño asistí en la tele a una histórica pelea de la que sólo recordaba escasos detalles, pero me puse a indagar de una vez y ya di con la tecla.

Veamos, yo era un niño y se trataba de un púgil español que competía por ser Campeón del Mundo de su peso, no era en España, la pelea fue a mediodía porque era fuera de España, era un día laborable porque recuerdo que había llegado del cole (salíamos a las 12.30 h., era cuando todavía teníamos clases por la mañana y por la tarde), y lo más importante, nuestro púgil se apellidaba Durán.

Así que me fui al bulto con el apellido y no me fue difícil descubrir la historia del boxeador español José Durán, siempre llena de luces y sombras como cualquier deportista pero más si cabe en este complejo mundo del deporte del boxeo, donde del estrellato al abismo siempre hay una finísima línea que la separa el hecho de salir victorioso en un combate.

Durante mucho tiempo pensé que Durán no era español, mejor dicho que sí lo era, pero que era sudamericano nacionalizado español, sin embargo, es madrileño y afincado en Vallecas para más señas. Pero vayamos al grano, es evidente que me acordaba de esa pelea, porque la echaron en la tele, en la única cadena, en un horario inusual y a esa hora mi familia y millones de familias españolas estaban comiendo delante del televisor, y lo que es más importante porque José Durán se proclamó Campeón del Mundo del peso superwélter (eso lo he sabido después) y eso fue muy grande, especialmente en una época en la que los triunfos deportivos en nuestro país brillaban por su ausencia. Se comentó bastante este combate, incluso en mi cole, y recuerdo que se decía que la mujer de José Durán era de Linares, pero esto me suena a leyenda urbana, pues siempre he oído que las mujeres de muchos famosos son de Linares, y tengo en mente por lo menos a cinco.

Pues nada, ahora viene el resto de la historia gracias a lo que he podido averiguar, que no ha sido nada complicado bien es cierto. La pelea fue efectivamente un día normal y corriente, un martes para ser exactos, el 18 de mayo de 1976 y fue a las 13.00 horas, el escenario era la Nihon University de Tokio y Durán era el aspirante al cetro mundial que defendía el potente Koichi Wajima que era el favorito de todas las quinielas, pues su currículum así lo presagiaba. A decir verdad, José Durán llegó a esta pelea de rebote, pues había tenido combates previos donde no había salido victorioso y, por tanto, había otros boxeadores que tenían el derecho a pelear con Wajima pero al parecer no se atrevían, no obstante, la Asociación Mundial de Boxeo le dio la oportunidad de luchar y el propio japonés también, entiendo que porque el riesgo estaba calculado.

Como es lógico y si he llegado hasta aquí es por algo, al japonés y a todo el público nipón les salió el tiro por la culata. Digamos que la voz cantante la llevó Wajima, pero Durán utilizó una estrategia de desgaste e hizo gala de una excelente forma física, en cada asalto iba a más y sus golpes, más espaciados que los de su contrincante, iban poco a poco minando la moral y la integridad del japonés, dos veces mandó a la lona Durán a Wajima, en el sexto y en el decimotercer asalto (el combate estaba fijado en catorce rounds) y el asiático estaba ya pidiendo la hora en el último episodio, agachándose y tratando de escabullirse, Durán sólo tuvo que esperar el momento en que su rival abrió un poco la defensa y le asestó un derechazo que fue como un martillo en la cara de Wajima que estuvo viendo pajaritos durante un rato.

Lo interesante de la historia es que no ha sido difícil dar con ella en Internet, por declaraciones del propio Durán, sino porque la pelea está colgada en “youtube” y con la retransmisión que hizo TVE, es decir, con los comentarios en español de la época que me ha traído muy buenos recuerdos. Al parecer ni el mismo Durán tenía grabación de la pelea y había reclamado durante tiempo que alguien la subiera a la Red. No la he visto completa y si me he detenido en el último asalto, donde el español vence, los escasos seguidores españoles (cuerpo técnico y periodistas) suben al cuadrilátero y el propio Durán hace las primeras declaraciones. Por cierto que se ve al mítico y malogrado periodista Juan Manuel Gozalo de RNE con el micrófono. Es curioso pero un exultante Durán repite en dos ocasiones que viva España pero que en nuestro país no le apoyaban mucho, ¿de qué me suena? También estaba su mujer Luisa Ramos que hace unas breves declaraciones y no, no se notaba que el acento fuera andaluz, o sea, que no es de Linares.

Dato interesante el que refleja las declaraciones calientes e intensas de Durán al proclamarse Campeón, y es que antes en España realizar deporte más allá del fútbol era complejo y ser alguien en un deporte minoritario casi una temeridad. Por suerte, algo ha cambiado en el panorama deportivo patrio, ahora se siguen más otras disciplinas, aunque el rey indiscutible sea el fútbol.

A propósito, Durán llegó a ser Campeón algo maduro ya, con casi 31 años, tenía una larga trayectoria, habiendo sido, entre otros detalles, olímpico en México 1968. No tenía la pinta de ser un boxeador de estos con cara de lelo y que masculla palabras como si estuviera sonado; no parecía un cateto y decían de su aspecto que era el de un actor de cine, porque prácticamente no tenía señales en la cara. Una de las cosas que menos me gustan del boxeo es que todos los boxeadores son un poco fanfarrones y están más para allá que para acá y Durán no lo parecía, estaba casado, la mujer se expresaba bien, tenía tres hijos y daba la impresión de que tenía la cabeza bien amueblada.

Es evidente y no hace falta ser un erudito en la materia que Durán no se hizo rico ni con esta pelea ni con otras, particularmente la defensa posterior del título que perdería en Madrid, con esta última le dio para comprarse un piso. Ahora dirige un gimnasio en Vallecas y sigue entrenando a aficionados, por lo menos ha conseguido vivir dignamente, alguien que fue historia efímera del deporte de nuestro país.

Como curiosidad, de los datos que he podido recabar en estos días atrás, los aficionados y seguidores del boxeo coinciden en una apreciación que yo tenía, y es la gran escisión que hay de asociaciones y consejos en este deporte, lo que hace que haya varios campeones del mundo de la misma categoría; creo que esto no hace nada bien al boxeo.

Que este anónimo mito español perdiera pronto el título es algo que no me interesa, para mí fue un ídolo en su momento, los niños hablábamos de José Durán Pérez y queríamos parecernos a él, pero fue Campeón del Mundo en 1976 y no en nuestros días, entonces llenaría portadas de periódicos y espacios en los telediarios, ahora casi vive en el olvido del deporte y, por ende, del público en general que aquel martes de mayo de hace muchos años nos hizo vibrar en nuestras sillas mientras nos comíamos…, a ver, en mi casa los martes se comía lentejas, pues eso, degustando un buen plato lentejas.

viernes, 20 de julio de 2012

UNA VEZ CONOCÍ A UN DEPORTISTA OLÍMPICO

Se acercan los Juegos Olímpicos, ya están a la vuelta de la esquina, y si hay algo que me enamora de unos Juegos es que por unos días cobran protagonismo una serie de deportes que en cuatro años, le hemos hecho poco o nulo caso. Es el minuto de gloria para deportistas españoles y extranjeros que salen por un rato del ostracismo para cobrar relevancia.

Una pena, sin duda, porque no son tan famosos como Rafa Nadal o Pau Gasol, que me caen muy bien, ni tan ricos como Messi o Cristiano Ronaldo, que no me caen tan bien, pero eso sí, seguro que entrenan igual o más que ellos y merecerían mucha más fama y dinero que los que les depara su minoritario deporte. A todos esos deportistas anónimos, hombres y mujeres, que tienen el privilegio de competir por sus países en unos Juegos Olímpicos les deseo más allá de sus éxitos deportivos, suerte en sus vidas, una vez que sus provisorias carreras deportivas se extingan.

Pues dándole vueltas a la olla me he planteado estos días si yo había conocido a algún olímpico, pero no conocer de haberlo visto por la calle o haber tenido la suerte de verlo practicar su deporte en vivo, que más o menos, a algunos he visto, en especial recuerdo al gran Fermín Cacho que vive en Andujar y que he estado cerca de él varias veces; me refiero a alguien con el que haya hablado en alguna ocasión. Por desgracia, no tengo la suerte de haber trabado amistad en mi vida con un deportista olímpico, pero si he podido hablar alguna vez con un olímpico que lo fue y que seguramente si lee esto alguna vez ni me recordará.

Pues corría el año 92, año olímpico para más señas, cuando yo perdía el tiempo durante nueve meses realizando el servicio militar, y fueron nueve meses perdidos le moleste a quien le moleste. Por entonces yo estaba en Capitanía en Granada (c/. Pavaneras) en la Secretaría del General al lado del Capitán Rubio, buena gente. Por entonces, imagino que ahora también, los militares se dividían en dos (perdóneseme la simplista división): simpáticos y tontos. Los tontos eran esos tipos de escasa personalidad que tenían que imponer el orden y el rango, que eso era muy importante, pegando voces y tratando a la gente, a la tropa, de forma despectiva (a alguno me dio ganas de decirle cuatro verdades cuando terminé la mili, pero se me pasó el calentón y seguro que no merecía la pena que yo me rebajase al nivel de esos militares rastreros y chusqueros).

Y eso, también estaban los simpáticos, esos militares educados y educadores, que no tenían que levantar la voz para imponer el respeto que merecían, mi Capitán Rubio era uno de ellos, y también estaba un amigo suyo que se dejaba caer de vez en cuando por nuestra oficina, el Teniente Meana, otro tipo afable y serio que honraba el uniforme que lucía.

Venía por allí y hablaba de temas mundanos con el capitán, y al poco supe de la afición de este Meana, que no era otra que la del tiro olímpico, y el caso es que al tiempo me enteré que había sido olímpico en Los Ángeles 1984, concretamente en la especialidad de pistola de velocidad 25 metros, una modalidad en la que los tiradores realizan sus disparos con una pistola semiautomática en posición de pie.

Anónimamente yo también a lo largo de estas más de dos décadas desde que terminé la mili he ido siguiendo los pasos de este Eduardo Jiménez Meana con el que conversé en algunas ocasiones en aquel cuartel granadino, gracias a que este hombre no era de los que miraban la graduación para hablar contigo sino a las personas. Sin duda, estamos ante uno de los prohombres del deporte en Andalucía y en nuestro país. Pero estamos hablando de un deporte tan minoritario como el tiro, por tanto, conocido en el gremio de ese deporte y desconocido para el gran público.

Y lástima para el bueno del que puedo considerar mi Teniente, que por edad ya debe estar en la reserva y seguro que habrá ascendido en el escalafón; porque ha hecho mucho, muchísimo por este deporte, no sólo desde su labor como entrenador, sino en especial por la promoción del tiro, llegando a ser el Presidente de la Federación Andaluza de Tiro, creo que sigue siéndolo, y Vocal de la Federación Española, y desde ese pedestal ha conseguido mover los hilos para que nuestra región cuente con unas instalaciones únicas para la práctica de este deporte, como es el Centro Especializado de Alto Rendimiento de Tiro Olímpico Juan Carlos I en Las Gabias, a las afueras de Granada. Inaugurado en 2005 ya se han celebrado allí algunos eventos deportivos de renombre como el Campeonato de Europa de Tiro en 2007, y para el 2014 está prevista la disputa del mayor acontecimiento de este deporte por detrás de los Juegos, como es el Campeonato del Mundo.

Como es de recibo, espero y deseo que nuestros deportistas de tiro, que sé que están muy bien preparados, puedan brillar en los Juegos, creo que alguna medalla caerá, y seguro que en una pequeña porción habrá tenido que ver, la preparación en este modélico centro deportivo en el que Jiménez Meana tuvo mucho que ver para su consecución.

En fin, este es Eduardo Jiménez Meana en una breve y humilde reseña, melillense de nacimiento y granadino de adopción; al que he podido ver en algún escrito en Internet tapando la boca a algún político de esos que creen saber todo y no saben nada cuando criticaba el exceso de armas deportivas en nuestro país; Meana argumentaba la seguridad de este deporte, donde la accidentalidad era nula pese al riesgo implícito que pudiera haber en un arma de fuego, pero son responsables sus practicantes y férreas las instrucciones que se les dan en las instalaciones donde han de hacer sus competiciones.

Es obvio que mi acercamiento a él fue circunstancial y pasajero, pero conocí a un militar que honraba a su profesión y que sentía pasión por el tiro. He dicho más arriba que perdí nueve meses de mi vida en la mili, es cierto, en ese tiempo vi demasiado escaqueo y holgazanería, pero aunque sólo fuera por Meana, otros militares y algunos amigos que conocí allí, algo sí mereció la pena.

sábado, 14 de julio de 2012

JUGANDO A LA RUEDA POR TODO EL MUNDO

Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo, los niños de ahora en la sociedad occidental tienen muchos juguetes, demasiados, y eso no ayuda a desarrollar su intelecto. No favorece desde luego su imaginación, como los niños de mi generación y, por supuesto, tampoco comparten las experiencias de tantos otros niños de diferentes partes del mundo que no gozan de juegos empaquetados, y que ante esa falta de recursos se tienen que buscar la vida.

Tengo un hijo desde hace poco, adoptado, y en apenas un mes que lleva con nosotros ha acumulado más juguetes que los que yo he podido tener en toda mi vida infantil. Es cierto que las costumbres han cambiado y las economías también, pese a la crisis, y aparte de la familia, el círculo de amistades es ahora más amplio que antaño y ahora se estilan, antes no, que todo el mundo regale. También es obvio que ha contribuido a esto el hecho de que ahora hay muchos juguetes de baja calidad y precio muy asequible, basta darse una vuelta por “el chino” de nuestro barrio.

Ya digo, no me gusta esta acumulación de juguetes, pero no es cuestión de crear una crisis familiar ni indisponerse con las amistades; aunque lo cierto es que mi hijo ejerce ya de occidental, es decir, ante tanto exceso de estímulos, apenas hay ya un juego que le llame la atención durante mucho tiempo, más bien al contrario, se cansa con mucha facilidad y la rotación de juegos es enorme, cada cinco o diez minutos quiere cambiar de juego.

Desde luego no deseo, y eso sí que lo intentaré, que mi vástago se desarrolle en una habitación en la que esté literalmente enterrado en una montaña de juguetes, y donde el principal entretenimiento sea destrozarlos o destriparlos. No, sobre todo, cuando he vivido en primera persona las carencias de muchos niños que soñarían con tener el más tonto de las decenas de juegos de que ¿disfrutan? nuestros hijos hoy.

Y es que cuando no hay, la imaginación aflora, y hay que buscar alternativas para hacer lo que todos los niños hacen en cualquier confín de este malvado planeta: jugar; porque un niño ya tenga más o menos medios, no deja de ser un niño y tiene las mismas necesidades de desarrollo, de atención y de expectativas.

Ahí es donde nace el juego de la rueda, uno de los juegos de calle más extendidos del mundo. Algo tan simple como rescatar una rueda desechada o cualquier cosa con forma circular como la llanta de una bicicleta o de un carro, la ruedecilla de una máquina de coser…, para que con la ayuda de un palo, nos divirtamos llevándola por las calles de un lado para otro, dominando su velocidad, acelerándola y frenándola, girándola a izquierda y derecha, incluso atreviéndonos con algún malabarismo, alguna virguería, atreviéndose a manejar dos a la vez, etc.

No, las fotos que aparecen en esta entradilla no son mías, salvo la última, pero en los días que estuve en Etiopía vi a algunos niños jugando a la rueda, lástima que no llevaba la cámara de fotos a mano, o no me dio tiempo a sacarla. Me recordó mi infancia, tampoco hace tanto, estamos hablando de la década de los 70 y los 80 del siglo pasado, y rememoro con notable alegría que el niño que en mi obrero barrio tenía algún día una rueda era un afortunado, no por la dificultad de conseguir sus componentes, sino porque sabíamos todos que jugar con una rueda era regocijo y entretenimiento durante horas y horas, luego la dejabas en la calle porque no te la podías llevar a casa.

En ese lenguaje sencillo y callado de los niños, generaciones y generaciones sin excesos han jugado y jugarán a la rueda, ha bastado con que en muchas partes de este desigual mundo esos niños lo hayan visto hacer a otros niños mayores que ellos, para repetirlo una y otra vez, para que este juego universal no muera jamás. Y así, mientras escribo esto y mientras alguien ha tenido a bien llegar a este punto, ahora mismo en algún remoto lugar, en América, Asia o África estará golpeando con toda seguridad una rueda, y haciendo de una simpleza un auténtico divertimento.

Por cierto y para terminar, la foto que ilustra este párrafo sí que es mía, el mayor valor de un juego no es directamente proporcional a la emoción, satisfacción o diversión que causa, en mis días en Etiopía alguna vez salí a la calle con este simple perrito – marioneta de mano, un juguetillo que adquirí en un Ikea por poco más de un euro; pues ese simple muñequillo acercado a los ojos de los niños provocó más de una sonrisa en mis paseos por las calles de Addis Abeba, algo que llevaré en mi corazón para siempre.

sábado, 7 de julio de 2012

"LLÁMAME BROOKLYN", DE EDUARDO LAGO

Tengo la insana costumbre de leer todos los libros que compro o que me regalan, pese a que puedan ser tochos infumables. Pero, no sé, tal vez lo haga por aquello de que es posible que a medida que avancen sus páginas el texto se recupere, o quizá porque no es de recibo tirar a la basura, tal y como están los precios de la literatura, una novela por penosa que sea, aunque a veces uno se lo piensa mucho. Para ser sincero, no me gusta, odio dejarme cosas a medias y esto me ha pasado aquí también.

Bien, pues algo así me ha ocurrido con este engaño que traigo hoy a escena, atraído uno por la crítica previa que la señalaba como una pedazo de novela, y los reconocimientos la avalaban, nada menos que Premio Nadal 2006, así como Premio de la Crítica de narrativa castellana y el Premio Ciudad de Barcelona.

Pero, lo siento, la he leído y es insufrible, así que o los encargados de dar los premios se cansan de novelas convencionales y buscan algo nuevo, o directamente tienen una capacidad de discernimiento superior a la mía (va a ser eso), o estaban algo fumados cuando se leyeron la novela.

Yo no he podido darle ni un aprobado raspando, lo siento, “Llámame Brooklyn” es un engendro sin pies ni cabeza. No dudo de las dotes literarias de Eduardo Lago, que se ve que domina bien el lenguaje y la prosa, pero su lectura es insufrible. Es un relato escrito para sí mismo en el que se suceden una impresionante panoplia de personajes que habría que estar apuntando en una libreta para conseguir tejer un mínimo hilo discursivo que yo no estuve dispuesto desde el principio a respaldar, tal vez porque esperaba que la novela llegara a algún sitio.

Definitivamente no llega a ningún sitio, vas pasando páginas y no pasa nada, al estilo de una telenovela de sobremesa pero sin orden cronológico. Se trata de una novela escrita en estilo vanguardista, de esas en las que se van sucediendo relatos inconexos. El autor alude a que es un escritor que está escribiendo una novela en la que se entrelazan sus pensamientos que no tienen nada que ver con el hilo principal (hilo principal bastante vago, por cierto), y que no aportan nada. Es de las pocas veces en mi vida en donde me ha saltado párrafos completos. Pero sobre todo y ante todo, la historia principal, teóricamente una historia de amor, es un pestiño, sin emoción, vacía, con escasas agarraderas para engancharse a ella.

Y ya digo, lo peor de todo es que en este relato plagado de microrrelatos inconexos, estos últimos si de por sí el discurso principal es flojo, son de órdago, irritantes hasta la saciedad, amorfos, de esos que uno se pregunta por qué habrá utilizado el autor, o es que pretende reírse de sus lectores.

He creído descubrir entre sus páginas indicios de que efectivamente este novelista va de farol: “…y ahora me dirijo a vosotros, aspirantillos a escritores, hay una ley que jamás debéis perder de vista: lo último que se puede hacer es aburrir al lector…”; yo no lo podía haber expresado mejor. O estas que no tienen desperdicio: “Escribía constantemente, pero no era capaz de imprimirle un sentido de totalidad a lo que hacía…”, y “La escritura no era fácil de seguir (…) por el lenguaje (…) solipsista, casi críptico, de una sintaxis deshilvanada, el lenguaje adelgazado de alguien que escribe para sí mismo”. Pues eso.

La historia principal, que cuesta al principio reconocer entre tantísima morralla, avanza lenta, sin recursos, sin novedades, insulsa… Y lo peor de todo es que para que ocurra lo mejor que tiene la novela, es decir, llegar al final, te tienes que tragar algo más de cuatrocientas páginas, que es chica la broma de Eduardo Lago, que se habría quedado descansando, así como los que decidieron con su premios y su crítica que esto era algo muy bueno.

Como digo, lo mejor de la novela es el final, no su final, sino el de un lector como yo o como cualquiera como yo que haya superado este trance y que acabó este bodrio; porque definitivamente es que ahora uno tendrá tiempo y espacio para leer otra novela, espero no equivocarme, y no me deshago del libro porque uno tiene respeto al trozo de árbol que tuvo que ser talado para que llegara a mis manos.

En fin, ha sido un error haber adquirido esta novela y recomiendo encarecidamente su no adquisición, para que nadie experimente esa sensación de haber perdido varias horas de su valioso tiempo.