sábado, 14 de julio de 2012

JUGANDO A LA RUEDA POR TODO EL MUNDO

Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo, los niños de ahora en la sociedad occidental tienen muchos juguetes, demasiados, y eso no ayuda a desarrollar su intelecto. No favorece desde luego su imaginación, como los niños de mi generación y, por supuesto, tampoco comparten las experiencias de tantos otros niños de diferentes partes del mundo que no gozan de juegos empaquetados, y que ante esa falta de recursos se tienen que buscar la vida.

Tengo un hijo desde hace poco, adoptado, y en apenas un mes que lleva con nosotros ha acumulado más juguetes que los que yo he podido tener en toda mi vida infantil. Es cierto que las costumbres han cambiado y las economías también, pese a la crisis, y aparte de la familia, el círculo de amistades es ahora más amplio que antaño y ahora se estilan, antes no, que todo el mundo regale. También es obvio que ha contribuido a esto el hecho de que ahora hay muchos juguetes de baja calidad y precio muy asequible, basta darse una vuelta por “el chino” de nuestro barrio.

Ya digo, no me gusta esta acumulación de juguetes, pero no es cuestión de crear una crisis familiar ni indisponerse con las amistades; aunque lo cierto es que mi hijo ejerce ya de occidental, es decir, ante tanto exceso de estímulos, apenas hay ya un juego que le llame la atención durante mucho tiempo, más bien al contrario, se cansa con mucha facilidad y la rotación de juegos es enorme, cada cinco o diez minutos quiere cambiar de juego.

Desde luego no deseo, y eso sí que lo intentaré, que mi vástago se desarrolle en una habitación en la que esté literalmente enterrado en una montaña de juguetes, y donde el principal entretenimiento sea destrozarlos o destriparlos. No, sobre todo, cuando he vivido en primera persona las carencias de muchos niños que soñarían con tener el más tonto de las decenas de juegos de que ¿disfrutan? nuestros hijos hoy.

Y es que cuando no hay, la imaginación aflora, y hay que buscar alternativas para hacer lo que todos los niños hacen en cualquier confín de este malvado planeta: jugar; porque un niño ya tenga más o menos medios, no deja de ser un niño y tiene las mismas necesidades de desarrollo, de atención y de expectativas.

Ahí es donde nace el juego de la rueda, uno de los juegos de calle más extendidos del mundo. Algo tan simple como rescatar una rueda desechada o cualquier cosa con forma circular como la llanta de una bicicleta o de un carro, la ruedecilla de una máquina de coser…, para que con la ayuda de un palo, nos divirtamos llevándola por las calles de un lado para otro, dominando su velocidad, acelerándola y frenándola, girándola a izquierda y derecha, incluso atreviéndonos con algún malabarismo, alguna virguería, atreviéndose a manejar dos a la vez, etc.

No, las fotos que aparecen en esta entradilla no son mías, salvo la última, pero en los días que estuve en Etiopía vi a algunos niños jugando a la rueda, lástima que no llevaba la cámara de fotos a mano, o no me dio tiempo a sacarla. Me recordó mi infancia, tampoco hace tanto, estamos hablando de la década de los 70 y los 80 del siglo pasado, y rememoro con notable alegría que el niño que en mi obrero barrio tenía algún día una rueda era un afortunado, no por la dificultad de conseguir sus componentes, sino porque sabíamos todos que jugar con una rueda era regocijo y entretenimiento durante horas y horas, luego la dejabas en la calle porque no te la podías llevar a casa.

En ese lenguaje sencillo y callado de los niños, generaciones y generaciones sin excesos han jugado y jugarán a la rueda, ha bastado con que en muchas partes de este desigual mundo esos niños lo hayan visto hacer a otros niños mayores que ellos, para repetirlo una y otra vez, para que este juego universal no muera jamás. Y así, mientras escribo esto y mientras alguien ha tenido a bien llegar a este punto, ahora mismo en algún remoto lugar, en América, Asia o África estará golpeando con toda seguridad una rueda, y haciendo de una simpleza un auténtico divertimento.

Por cierto y para terminar, la foto que ilustra este párrafo sí que es mía, el mayor valor de un juego no es directamente proporcional a la emoción, satisfacción o diversión que causa, en mis días en Etiopía alguna vez salí a la calle con este simple perrito – marioneta de mano, un juguetillo que adquirí en un Ikea por poco más de un euro; pues ese simple muñequillo acercado a los ojos de los niños provocó más de una sonrisa en mis paseos por las calles de Addis Abeba, algo que llevaré en mi corazón para siempre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Haces bien con más juego y menos juguetes.
Jesús F.B.