sábado, 27 de diciembre de 2014

SUPERLÓPEZ, EL SUPERHÉROE ESPAÑOL DE LA CLASE MEDIA

A buen seguro que la mayoría de la gente de mi generación sabe quién es SuperLópez, pero es más, es posible que los de generaciones más jóvenes también lo conozcan y hayan leído alguna de sus historietas. Y es que, ante todo, la elevación a los altares de la superheroicidad de un español de clase media como Juan López, ya ha pasado a la historia de España; su nombre está ya en la calle como un invitado más de dichos y anécdotas, y todo ello gracias a la pluma del leonés Juan López Fernández «Jan», curiosamente el personaje y su padre artístico tienen el mismo nombre y apellidos.

Nacido este personaje en 1973, lo que tal vez ignore mucha gente es que el personaje sigue vivo, es decir, que Jan sigue sacando cada año unos dos o tres álbumes (de unas 48 páginas) con alguna aventura de SuperLópez. Jan es ya un historietista veterano, nació en 1939, pero por su trayectoria entiendo que continuará al pie del cañón hasta que físicamente se encuentre lúcido y sus manos le permitan desarrollar lo que su mente dicta.

Nacido claramente como contrapunto al Supermán norteamericano, SuperLópez también trabajaba y trabaja en una oficina, donde lógicamente mantiene en secreto su verdadera personalidad. La oficina nunca se definió muy bien, aunque pareciera que se dedican al marketing. En su trabajo es uno más, es decir, un poco arrastrado, sin mucho reconocimiento de los demás, y menos de su jefe, que siempre le está dando la matraca.

Por otro lado, su constante incursión en misiones especiales hace que tenga que mantener ese complejo equilibrio entre llevar bien su burocrático trabajo y cumplir en su defensa del mundo, aparte de cuidar también sus amistades, que sospechan de sus habituales y largas desapariciones.

Aunque reconozco la labor desarrollada por los historietistas, esta vez sintiéndolo mucho no me voy a mostrar tan benévolo con Jan, por algunas razones que voy a explicar. SuperLópez ha sufrido algunos cambios a lo largo de su historia que le han hecho perder su sabor a historieta infantil. El principal detalle es que en sus inicios SuperLópez era un personaje para el público infantil, era un superhéroe que encarnaba los defectos de muchos personajes de historieta, era ante todo un antihéroe. Sus especiales poderes no hacían más que ocasionarle problemas por doquier. Por entonces era un anodino español medio, casado con una mujer de armas tomar, presionado por su jefe y no bien visto del todo por sus ciudadanos, porque cuando solucionaba una papeleta la enredaba a la par por otro lado. Sus historietas, breves, apenas de una página, no solían terminar bien. En estos primeros años, Jan se ayudaba de colaboradores para realizar sus guiones, sencillitos, graciosos, para niños; el más renombrado es Francisco Pérez Navarro (Efepé).

Con el tiempo, pasarían unos diez años, Jan cogió las riendas y generó sus propios guiones para su personaje. Entonces quiso darle una vuelta de tuerca a su superhéroe, sus dibujos mejoraron ostensiblemente, eran mucho más ricos en detalles, y las historietas se presentaban en álbumes, auténticas aventuras que se iban hasta las 64 páginas. SuperLópez se estilizó, dejó a su mujer (o lo que es lo mismo que ya no tuvo mujer sino que directamente era soltero), y ya era un españolito medio, trabajador de oficina, con una medio novieta (Luisa Lanas) a la que da más calabazas que otra cosa. Su ámbito de actuación dejó de ser su barrio o su entorno, y desplegó su acción por el mundo entero, defendiendo a toda la humanidad de villanos, alienígenas, mafiosos y científicos locos.

Esas aventuras tal vez buscaban captar a un mayor público, probablemente sin esquinar al infantil por aquello de que era un tebeo; Jan quiso que su clientela de la década de los 70 acompañara al crecimiento de SuperLópez en su nueva faceta de mesías mundial. Las historietas tenían mucha miga, eran claramente para un público juvenil e incluso adulto, para un niño son excesivamente intensas y los diálogos y escenas no entendibles, aunque es verdad que hay mucha acción, y eso compensa lo intrincado de estas aventuras.

Por otro lado, y es la principal crítica que yo hago al bueno de Jan es que estas aventuras han ido maleándose, en las de 64 páginas al principio y últimamente de 48 hay demasiada paja, muchas viñetas de relleno que no aportan nada, y las historias son tan rebuscadas y liadas que son difíciles de seguir incluso para mí. Con todos estos ingredientes SuperLópez ha pasado a ser una historieta aburrida y algo incomprensible. Desde luego tenía más salsilla el SuperLópez de antaño.

Aparte hay que decir que este mesiánico SuperLópez, sigue teniendo caracteres de antihéroe, pero en realidad sus aventuras terminaban bien ahora, es decir, a la postre vence a toda esa caterva de malos malísimos que atenta contra el mundo entero, aunque bien es cierto que eso no le reporta réditos importantes a Juan López, porque desatiende a su trabajo, desatiende a Luisa Lanas, y no puede ver tranquilamente un partido de fútbol, comer o simplemente descansar, porque SuperLópez es un héroe particular. SuperLópez es un héroe que se cansa, que a veces le dan para el pelo, que no es tan resolutivo como Supermán y eso que se enfrenta a enemigos que son bastante lelos.

La relación con Luisa Lanas es muy inestable, hay atracción de Luisa a Juan, pero no hay reciprocidad. Luisa se empeña en ir al cine, y Juan está constantemente excusándose, aparte de tener que desaparecer para convertirse en superhéroe. Las apariciones repetidas de SuperLópez casi como continuación a la «huida» de Juan López, no son nada bien vistas por Luisa, que no soporta al superhéroe porque entiende que siempre está metiendo la pata, y lo llama repetidamente de forma despectiva como «supermedianía de acero».

Hay que decir también y eso no hace nada bueno a esta historieta que, de vez en cuando, hay lamentables faltas de ortografía en los diálogos, y siendo el tebeo un vehículo de transmisión cultural, se convierte en un error imperdonable, y que debiera haberse cuidado más por su autor y por los editorialistas.

No obstante, hay algo extraordinario en este tebeo que no es ni más ni menos que el trabajo artístico de Jan, en este cómic casi como en ningún otro el dibujo supera ampliamente el contenido. La pluma de Jan es genial, con muchos detalles, con mucho color y tremendamente expresiva. El darse una vuelta por sus historietas aunque lo que cuenta sea un rollo puede merecer la pena. Por cierto, que en los últimos años, colorea por ordenador, algo que como él señala no es comodidad, tarda lo mismo que de forma manual, sino que es una razón de calidad y control de los resultados.

Por cierto que esta deriva del personaje de SuperLópez hacia un público más generalista provocó que el propio Jan, diera una especie de paso atrás, creando a los hijos gemelos de SuperLópez fruto de una relación no deseada por este, pero que permitió que nacieran Jolín y Jolina, que viven con su abuela (la madre de SuperLópez), y que han salido en parte a su padre, es decir, tienen parte de sus poderes, entre ambos se complementan. No tuvo demasiado éxito esta historieta, pues las aventuras son muy forzadas y poco atractivas para el público infantil, y de hecho, Jan se ha prodigado poco a este respecto.

En todo caso, no olvidemos que ante todo SuperLópez es un personaje conocidísimo y, por cierto, se habla de que puede haber un proyecto cinematográfico este próximo 2015, desarrollado por personajes reales (¿José Mota de protagonista), es decir, que no será un producción de animación; estaremos al tanto. Mientras Jan continuará dando vida a este superhéroe español por el que no pasan los años y que, eso sí, se hace eco, como una forma de crítica, de los fenómenos presentes en la sociedad: política, corrupción, fundamentalismo o xenofobia.

viernes, 19 de diciembre de 2014

"EL DÍA DESPUÉS" ERA EL DÍA ESPERADO POR LOS FUTBOLEROS

Yo andaba estudiando en Granada y aquello se vendió como la revolución en televisión, un nuevo canal, una nueva manera de enfocar el producto y, sobre todo, un nuevo concepto: se trataba de Canal Plus. Para empezar el concepto más novedoso y que hasta ese momento jamás habíamos visto los televidentes era que necesitabas un descodificador para acceder a la mayoría de sus contenidos o de lo contrario lo verías todo borroso, o lo que era lo mismo, que lo verías con unas rayas y unas voces espantosas, imposibles de sacar nada en claro.

En Granada, lo recuerdo bien, había unos coches de publicidad con un enorme remolque sobre los que posaba una pantalla gigantesca donde se difundían las exquisiteces de este modernísimo canal de televisión. Aquello verdaderamente llamaba la atención, parecía realmente lo último, nuevas voces, perspectivas inéditas en televisión, las últimas películas, el mejor partido de fútbol de cada fin de semana, los toros y hasta una película pornográfica.

Con lo de los toros (echaban todas las corridas de San Isidro), estos de Canal Plus fueron los primero en acuñar el término «cámara superlenta», aparte de unos primeros planos de los lances que nos adentraban en una nueva dimensión de este arte, arte para algunos y tortura para otros.

Lo de la película pornográfica tenía su aquel, el que más o el que menos ha sentido la curiosidad de observar esos movimientos mecánicos y repetitivos, casi petrolíferos, que se adivinaban entre las rayas de la tele. Aquello tuvo sus fieles seguidores, recuerdo que salieron estadísticas de telespectadores siguiendo esas películas incluso codificadas, cifras nada despreciables. Es más, salieron los que señalaban que entornando los ojos se veía mejor. Total era una curiosidad que realmente a mí no me ofrecía más allá que la sonrisa de ver algo imposible de interpretar.

Eso sí, aquellos usuarios que contrataron el Canal Plus daban envidia a los demás porque tenían el partido del domingo, y aquello sí que era una gozada. Si el fútbol es un espectáculo por sí mismo, las realizaciones de este canal le daban un atractivo añadido. Tenían más cámaras que nadie, vistas del terreno de juego que nunca se habían adoptado por las realizaciones convencionales, cámaras que seguían a jugadores concretos con gran nitidez y otras que enfocaban directamente al graderío, al público.

Corría el año 1990 y uno tenía ilusión de ir a ver el fútbol a casa de alguien que tenía más posibles que tú, a la par que tú probabas inútilmente a teclear el dígito del mando en tu casa (en mi casa y en muchas el 4) por si alguna vez a los de Canal Plus se les había olvidado codificar la señal y tú te aprovechabas. Pero eran exactos como un reloj suizo, los prolegómenos eran en abierto hasta que el árbitro señalaba el pitido inicial, entonces todo terminaba, o sea, a escucharlo en la radio.

No sé si surgió un leve hálito de condescendencia por parte de Canal Plus, pero aproximadamente un año después del inicio de sus emisiones, el programa «El día después» paso de ser codificado a ser abierto. Fue un impacto ya que un programa que analizaba la jornada concluida de la liga española de fútbol los lunes por la tarde – noche y que estaba en el extremo opuesto a «Estudio Estadio» ya era mucho adelanto. Así que comenzó a correr como la espuma este nuevo programa y yo me enganché de inmediato y estuve durante algunas temporadas siendo un fiel seguidor.

El alma del programa no era, curiosamente, su presentador, sino el colaborador o segundo presentador, se trataba de Michael Robinson, un buen jugador inglés no una estrella, que había militado en el Osasuna. La característica fundamental de Michael es que realizaba comentarios muy acertados y pedagógicos, con alguna broma del perfil humor británico, decorado todo con una pronunciación del español lindera con lo espantoso. Robinson es el típico extranjero que conoce el idioma perfectamente pero no tiene preocupación por mejorar su pronunciación, de hecho, ahora hablar igual que hace veinte años; aparte de fondón, es decir, poco preocupado por hacer deporte.

El mejor contrapunto a Robinson lo protagonizaba el presentador Nacho Lewin, un periodista curtido en la radio que manejaba el programa con muchísima profesionalidad, e intercambiaba momentos serios con otros en los que sacaba punta a algunos de los colaboradores.

La novedad del programa es que era un programa de fútbol que no echaba los reportajes de los partidos de la jornada del fin de semana, es decir, rompía con el formado caduco de «Estudio Estadio» (que aún se mantiene aunque con variables), e introducía secciones muy interesantes. Probablemente la que más llamara la atención a los televidentes era «Lo que el ojo no ve»; y es que gracias al impresionante despliegue de cámaras, y algunas de largo alcance, que Canal Plus hacía en un montón de campos de juego era capaz de no perderse detalle de lo más curioso que se veía en la grada, naciendo personajes entrañables que seguro que sin la existencia de este programa no hubiéramos descubierto nunca, como por ejemplo la abuela del Betis. Pero además, estas cámaras curiosonas se metían por todos lados y eran capaces de captar lo que el árbitro hablaba con los linieres; es célebre aquel «No me jodas Rafa, ¿qué has pitado?» o algo similar; y también recuerdo un monumental rapapolvo que Benito Floro le echó en el vestuario a su equipo cuando era entrenador del Real Madrid y perdían al descanso en un campo de un conjunto modesto.

Esa sección no sólo estaba dedicada al reconocimiento de los grandes, no. El programa tenía la gran virtud de acudir a otros focos de la noticia, aunque esa noticia estuviera en un partido de regional, o de 2ª B, eso era muy bonito.

Por otro lado, también tenía «El día después» un espacio dedicado al análisis de las estrategias, y del mismo modo, vimos por primera vez el uso de ordenadores adaptados a los posicionamientos en los terrenos de juego. Veíamos esas pizarras electrónicas que ahora se utilizan en los colegios y los expertos nos hacían observar esas estrategias, las posiciones de los jugadores, los marcajes, las virtudes de los equipos y también sus huecos. Era, sinceramente, una buena manera de entender más del fútbol, es más pienso que a día de hoy no ha llegado la revolución informática a este deporte como en otros, donde la existencia de programas informáticos que analizan jugadas, espacios y movimientos están muy presentes; en el fútbol sigue siendo todo más analógico.

Por supuesto, también había espacio para la moviola, en la sección «Lo que el árbitro no ve», donde el inefable Ramos Marcos ejercía de abogado del diablo de sus antiguos compañeros, y sacaba a relucir sus errores o sus aciertos.

Y aparte de todas estas secciones, había algún espacio para entrevistas, algún reportaje especial, a veces noticias en directo, cualquier detalle que hacía sin lugar a dudas a este programa muy dinámico y entretenido.

Se tiró muchos años el programa con este formato, hasta 2005, pero las circunstancias de la vida me hicieron abandonar el placer de verlo, pero en esos primeros años, a partir de 1991, era un asiduo seguidor. Al parecer desde 2009 goza de una segunda etapa en Canal Plus, pero es que ese canal ya no es generalista y hay que pagar para verlo, así que adiós, hasta siempre y feliz recuerdo del genuino programa de los años 90, qué buenos ratos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

BAÑOS DE LA ENCINA, BELLA ESTAMPA DE SIERRA MORENA

Nada como improvisar un día para que el plan salga redondo, es como una extraña Ley de Murphy que suele cumplirse; será porque como no tienes grandes expectativas, con que todo vaya bien y no tengas problemas ya te parece algo magnífico.

Así que nos dispusimos a dar una vuelta, ya rondando el mediodía, por Baños de la Encina, en una especie de domingo tonto de esos que era el preludio de día tendido en el sofá sin tener muchas esperanzas en que algo relevante ocurriera, lo que viene siendo un largo día con aroma de aburrimiento.

Y ahí estaba Baños de la Encina esperándonos, un destino cercano, pero tan sorprendente cada vez que lo ves, que no hace falta que pase mucho tiempo para que puedas ir y te puedas seguir enorgulleciendo de que es parte de ti.

Un mediodía algo gris pero apacible a la vez, es de esos ambientes en los que la tristeza del día no invita a salir a la calle, aunque la temperatura tampoco sea muy rigurosa. Así que los vecinos de Baños nos permitieron un paseo casi solitario, al punto de que mi hijo preguntó si en ese pueblo no vivía nadie.

Pero ahí está lo bueno, y me encanta, nada como perderte racionalmente, como parecer extraño en un lugar que conoces, y pasear por calles silenciosas que en decenas de miradas te transportan a escenarios y momentos pretéritos.

Tuerces una esquina y tienes ante ti una calle solitaria y serena con edificios antiguos de piedra que se presentan ante ti como testigos mudos del trascender del tiempo, y piensas que muchos como tú pudieron pensar y pisar como tú unos cuantos siglos atrás.

El legado histórico de esta localidad es notable y lo que es más importante, es que se mantiene razonablemente bien cuidado. Con el paso del tiempo la amplia zona que representa el casco histórico tiene más casas en buen estado que otras en estado ruinoso. Los vecinos han hecho un esfuerzo por respetar o poner en valor sus fachadas de piedra, y mira que en Andalucía hemos abusado de la cal para perder la naturaleza de las edificaciones, aparte de que las puertas de madera se mantienen en su mayoría en buen estado, bien barnizadas o pulidas; de igual modo, que se pueden ver en los recibidores o en los patios delanteros, las que los tienen, macetas con plantas de gran porte que siempre dan alegría al invitado.

Es curioso que esto ocurra en Baños, una localidad rural en la provincia más pobre de España, por estadísticas, y que uno visite otras ciudades donde rezuma mayor poder adquisitivo donde es más evidente el deterioro histórico-urbano. Hace unos años visité Ávila, no sé cómo estará ahora, pero en el interior del recinto amurallado había muchísimas casas, tal vez demasiadas, en situación ruinosa, y poco movimiento, y eso que era antes de la crisis. Y aunque sea en la misma provincia, nuestra capital Jaén, que sí la visito con más asiduidad, también tiene muchas partes de su rico, y desconocido para muchos, casco histórico, que están sumamente descuidadas, y muy sucias.

Y es que, a propósito de Ávila, Baños es un pueblo atípico por su fisonomía, más parece en esa zona antigua un pueblo de esos castellano, un pueblo recio, con casas de piedra, calles empinadas y empedradas, y escaleras imposibles.

Y un domingo por la mañana en Baños de la Encina podías ver también con cierta sorpresa las calles limpias, eso no es tarea exclusiva del servicio de limpieza. Por más que se diga por activa o por pasiva, no deja de tener vigencia, y es que no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia. Y por suerte, sospecho que los vecinos de Baños saben que un simple gesto como el no tirar papeles a la vía pública, reporta unos beneficios inopinados al conjunto del municipio, y que revierten sí o sí en cada uno de sus habitantes.

Pues sí, fue un paseo plácido y poético, inhóspito y tranquilizante, que como punto obligado de paso o de llegada siempre está su castillo, el Castillo de Burgalimar, honestamente bien conservado, para su edad, y que tiene una excepcional belleza paisajística. Es cierto que todos los castillos dominan las localidades, pero desde el promontorio donde se halla este pocos habrá, porque tiene el pueblo a un lado en un descenso suave del relieve, y a otro lado tiene un descenso más brusco en el que se mete la lengua del pantano del Rumblar, conocido por los alrededores popularmente como el pantano de Baños. No lo visitamos por dentro pero ha quedado pendiente.

Es también visita obligada, como no puede ser de otro modo, dicho pantano. Cada pantano tiene su singularidad y este es de los que están enclavados en una sierra, en este caso, es la de Sierra Morena; para los que nos hemos criado cerca de esta sierra, nos parece de las más bonitas del mundo, es parte de nuestro acerbo. Tiene esas cosas únicas, el olor a monte mediterráneo potenciado aún más si ha llovido (jara, aromáticas, encinas, pinos...), la presencia siempre presumida y a veces maravillosamente descubierta de algún ciervo o jabalí, dueños de esta parte de la sierra. Ese bosque inmenso de pinos alberga en época otoñal muchas variedades de setas y hongos, ahí lo dejo para el que quiera aventurarse, no es afición que vaya conmigo, para otras cosas soy paciente para esta no.

Hay otra particularidad que converge en la Sierra de Baños, llamémosla así a esta subárea, y es que la geología se une para hacer más maravilloso el marco. Y es que este pantano aprovechó el lecho de pizarra que lo orilla en buena parte, porque hay que recordar que esta roca es impermeable y funciona perfectamente para la retención de aguas. De hecho, no es un pantano moderno, es de los más antiguos de la provincia de Jaén y data de 1841, es decir, que ya nuestros ingenieros del siglo XIX, con sus limitados medios y conocimientos, ya sabían cómo optimizar los recursos escasos y rentabilizar las características del terreno para sus fines.

Uno de mis pequeños placeres es tirar piedras al agua y hacerla saltar, pues para el que tenga conmigo esta inocente afición encontrará en las pizarras el súmmum. Estuvimos no menos de media hora mi hijo y yo lanzando piedras, que algunas sin exagerar saltaron quince veces, y al final parece que flotaban en saltos casi infinitos, como si caminaran por las aguas, emulando a un Jesucristo ahora pétreo. Reflexioné con mi hijo sobre los estudios científicos, que los hay, sobre el tamaño y la forma ideal de las piedras saltarinas, es una tontería obviamente y creo que se trataba de un canto rodado de forma triangular. Y bueno, aquí sí que había pizarras triangulares (también son fáciles de cortar y cortan, porque me rajé un dedo nada más empezar a lanzar), y muy planitas que hasta me excito con pensar que tengo una entre las manos y una extensión de agua serena para lanzarla. Eso sí, el latigazo repetido durante mucho rato y el hecho de que no puedo lanzar a diario, me provocaron importantes agujetas al día siguiente, pero mereció la pena.

Para rematar la faena nada mejor que cerrar la tarde tomando un cafetito desde ese Hotel Baños que situado también en un lugar privilegiado permite tener una visión igualmente magna del entorno, el pueblo, el castillo, el pantano, y una Sierra Morena que en un día de nubes y poquitos claros fue el perfecto colofón a la visita a este plácido paraíso, cercano y sorprendente.

sábado, 6 de diciembre de 2014

HERMINIO MENÉNDEZ, RAMOS MISIONÉ, CELORRIO Y DÍAZ-FLOR, UN CUARTETO DE PIRAGÜISTAS PARA LA HISTORIA

Quiero pensar y así estoy convencido de que desde muy chiquitito ya me gustaba el deporte, tanto practicarlo como verlo, de hecho, tengo conciencia de que desde que tengo uso de razón ya estaba enganchado a la tele viendo tal o cual acontecimiento deportivo, así recuerdo mi primer Mundial de fútbol en 1974 (Alemania) y mis primeros Juegos Olímpicos en Montreal 1976; y antes de eso la nada, pues en 1974 yo tenía seis años y mis primeros recuerdos sólidos se sitúan en los cinco añitos aproximadamente.

Pues eso, mis primeros Juegos Olímpicos fueron en Montreal y de ellos tengo un tenue recuerdo, como chispazos en mi mente. Curiosamente no se vivía en España un idilio con los deportes como ahora se vive, que tampoco, porque ahora es todo fútbol, fútbol y más fútbol, básicamente como antes, aunque matizado. Así que no habiendo hace cuarenta años una cultura deportiva firmemente asentada en la población, más allá del fútbol, que por su manera de desarrollarse es casi el antideporte por antonomasia, pues a mí ya me iba gustando de infante todo lo que tenía que ver con competición en todo tipo de disciplinas.

La realidad es que damos por hecho que España es un país desarrollado en materia deportiva y que acudimos a los Juegos Olímpicos con muchas expectativas de medalla, no es exactamente así, porque hay países menos poblados que el nuestro y menos desarrollados económicamente donde se trabaja el deporte de forma mucho más planificada y científica que aquí; el caso paradigmático quizá sea Cuba, especialista en varias disciplinas deportivas, no en muchas, que es capaz con tres o cuatro deportes fuertes (boxeo, judo, lucha y atletismo), de situarse siempre por encima de España en la clasificación del medallero.

En España tenemos muy desequilibrados los esfuerzos, amén de que la inversión en infraestructuras y estructuras deportivas deja mucho que desear, esto hace que nuestra posición en dicho medallero siempre se sitúe de forma natural por detrás de no menos de veinte países. Y no hablemos de los Juegos Olímpico de invierno, porque seguimos como siempre, es decir, sin medallas, aunque hay que reconocer la labor de algunos/as valerosos/as que se buscan la vida hipotecando su vida, por amor a su pasión. Con todo no es peor que hace apenas treinta años en los «deportes de verano», donde nuestra presencia en dichos Juegos era casi testimonial, a excepción de algunos lobos solitarios que esculpían artesanalmente su preparación física, su planificación y la búsqueda de fondos.

El punto de inflexión del cambio de tendencia no radical pero sí sólido, vino con los Juegos de Barcelona, donde dimos el do de pecho y logramos veintidós medallas, de las cuales trece de oro, encaramándonos al sexto lugar del medallero. Desde entonces, sin contar esa excepcional participación en nuestro propio país (mientras no se demuestre lo contrario que Barcelona es España), la media actual de medallas ronda las diecisiete.

Sólo con las medallas de Barcelona casi igualamos el total de las conseguidas en toda la historia de nuestro país hasta ese momento. De hecho, hasta aquella fecha yo casi me sabía de memoria todas las que habíamos conseguido, ya que tampoco eran tantas. Recuerdo que Correos, después de Barcelona sacó una colección de sellos rindiendo homenaje a todos nuestros medallistas históricos, ahora ya sería impensable, porque ya tenemos unas cifras más consecuentes para la situación económica, social y deportiva de nuestro país, aunque siempre opinaré que nunca es suficiente y seguimos algo subdesarrollados en relación con los países de nuestro entorno.

Haciendo un rápido análisis del medallero histórico de España se podrían sacar más conclusiones aún. Desde los primeros Juegos Olímpicos en los que participamos, los de 1900 en París hasta Munich 1972 inclusive, habíamos ganado nueve medallas. Y hubo una pequeña vuelta de tuerca en los cuatro Juegos que hubo entre 1976 y 1988 donde se alcanzaron un total de diecisiete, unido a que en estos años hubo sucesivos boicoteos de cariz político.

Pues bien, en ese recuerdo preclaro de las medallas que conseguíamos en esos años, que por su escasez eran fáciles de retener en la memoria; honestamente no sé si será mi primer recuerdo de un acontecimiento deportivo en los Juegos Olímpicos, pero estoy seguro de que fue el primero que viví con intensidad. Se trataba de un deporte de esos que te parecían raros y que tú ni por asomo pensabas que lo podrías practicar en tu vida, el piragüismo.

Y mira por dónde que en Montreal, no teníamos a uno ni a dos ni a tres, sino a cuatro hercúleos jóvenes que en una larga canoa estaban dispuestos a plantarle cara a todo el mundo mundial, ¡qué bárbaro! Para colmo quiso la suerte y el destino que no se llamaran López, Pérez o Sánchez, sino apellidos menos comunes y que unidos los cuatro como una especie de salmodia forman parte de la historia del deporte español para siempre.

Efectivamente ese increíble mérito les correspondió a Herminio Menéndez, Ramos Misioné, Celorrio y Díaz-Flor, el mítico equipo de K-4 1.000 metros de Montreal '76. Fue una unión realizada ex profeso, considerando que procedían de puntos diversos de nuestro país: dos gallegos de Lugo, un zaragozano y un ceutí; probablemente se buscara a los piragüistas individuales más potentes y se les sugiriera este proyecto que nació en noviembre de 1972. El caso es que lo de este éxito no era flor de un solo día, los nuestros venían con la vitola de campeones del mundo y eran el rival a batir. Ya, tras la conquista del entorchado mundial se quejaba nuestros deportistas amateur (o sea, que no eran profesionales) de que poca repercusión tuvo ese triunfo y le tenían que poner dinero a su afición y mucho sacrificio.

Únicamente 25 centésimas, menos que un suspiro, un impulso final, separaron a nuestros bravos representantes del oro, siendo superados por la escuadra soviética, estos últimos parece ser que favorecidos por una calle, la 2, que estaba más preservada del viento, mientras que los españoles paleaban por mitad del canal, en la calle 5. A partir de ahí ya comenzó a oírse el soniquete de los cuatro nombres, héroes de un país que había plantado cara al mundo y que había tuteado a la mismísima Unión Soviética. Hay que considerar que estábamos en la transición y que todavía estaba muy asentado el sentir anticomunista.

Los ecos de aquel logro y el efecto multiplicador perduraron en el tiempo, de hecho, en Moscú '80, Herminio Menéndez con Guillermo del Riego, conseguirían otra plata pero en esta ocasión en la modalidad de K-2 500 m.

Es evidente que un hito de estas características cambió la vida a este cuarteto, no sólo que con solo nombrarlos a mucha gente le suena, sino que ellos mismos, todos, han seguido vinculados al deporte, dedicándose fundamentalmente a la gestión: Díaz-Flor es Director del Centro de Alto Rendimiento de piragüismo en Aranjuez (Madrid); Herminio Menéndez, probablemente el más célebre de todos, es profesional de la gestión deportiva y ha estado vinculado a innumerables proyectos y clubes; Celorrio es el actual presidente de la Federación Aragonesa de Piragüismo; y Ramos Misioné es funcionario de la Xunta de Galicia en la Dirección General de Deportes, que simultanea con el cargo de vicepresidente en la Federación Gallega de piragüismo y la dirección deportiva de un club en Lugo.

El piragüismo en España ha sido siempre un vivero de grandísimos deportistas, ahí tenemos a David Cal, y nos ha reportado muchas medallas en todo tipo de competiciones. La geología y el clima de nuestro país favorecen la práctica de este deporte. No obstante, ningún cuarteto de K-4 ha podido reverdecer los laureles de aquel mítico equipo, o al menos hasta ahora. Sí porque hay un fabuloso grupo que ya está cosechando éxitos, en mayo pasado fueron primeros en la Copa del Mundo de Milán, y una inhabitual rotura de la varilla del timón en el Mundial de este año, que incluso pensaron que había sido un sabotaje, los descalificó cuando afrontaban los últimos metros, apuntando ya a lo más alto.

Ah, y para colmo de la curiosidad, que esto es una cuestión mía, que a veces soy un poco maniático, pues el cuarteto no tiene apellidos comunes como Martínez, González o García, sino que son los muy sonoros Hernanz, Germade, Carrera y Peña, ¿tendremos sucesores de los Herminio Menéndez, Ramos Misioné, Celorrio y Díaz-Flor cuatro décadas después? En Río 2016 lo sabremos.