sábado, 31 de agosto de 2013

EL REPÓRTER TRIBULETE, UN COLUMNISTA SIN PISTA

Personaje del historietista castellonense Cifré, muerto prematuramente en 1996
Un reportero de medio pelo en un diario de medio pelo, esa puede ser la primera lectura de este personaje de historieta que hoy traigo a colación. El repórter Tribulete me pareció desde siempre uno de los personajes de cómic de mi infancia más simpáticos.

Tal vez fuera por su característica negación para las letras y su desacierto para plasmar lo no noticiable en las columnas del “El Chafardero Indomable”, lo cierto es que de los lápices del dibujante castellonense Guillermo Cifré, surgió este J. Tribulete, así firma sus columnas, que en cada una de sus breves historietas te hacía sonreír.

Pensaba, por cierto, que la historietas de este personaje habían perdurado gracias al impulso de su autor hasta hace poco, como ocurre con otros de sus contemporáneos, pero Cifré moriría prematuramente en 1962 con tan sólo cuarenta años, por tanto, lo que yo pude ver y leer fueron reediciones del legado que nos dejó en sus aproximadamente últimos quince años de vida.

El repórter Tribulete que en todas partes se mete, que es como empezaban la mayoría de estas historietas está sumido en una constante tensión. Se trata de un menudo personaje, sonriente y rematado con tres pelos en la cabeza, que vive en un permanente antagonismo con el director del diario (nunca trasciende su nombre) que le está propinando de forma reiterada y sin ningún rubor toda una serie de palizas, bien por no hacer su trabajo adecuadamente y sacar artículos de pacotilla, o porque al filo del cierre de la redacción su empleado no tiene algo noticioso para plasmar en el papel.

Esa tensión efectivamente se traduce en que Tribulete es un pozo de mala suerte, se tira todo el día en la calle, pero la mayor parte de las veces con resultados infructuosos, ya sea porque sigue pistas falsas y eso hace que sus crónicas falten a la verdad o porque se topa en sus propias narices con una noticia fabulosa y no es capaz de verla.

Cuando comento lo de las palizas de su director no es algo interpretable, es la pura de realidad, sin ambages, tanto este como su redactor hablan en casi cada historieta, casi a diario, de la paliza de rigor, y la ilustran. De hecho, es una de las características de este cómic, el director es voluminoso y su subalterno es apenas un tirilla que las más de las veces sale vapuleado y volando de la oficina del primero.

Es esa tensión un sinvivir tal que del pobre Tribulete no trasciende vida social alguna y ocurre que confunde a veces el domingo con un día laborable, día que decide en un dechado de valor llamar al director para decirle que ese día no va a ir a trabajar, o cuando se encuentra la noticia más fabulosa que reportero alguno pudiera imaginar y ese día no puede teclear su máquina.

Como siempre los críticos interesados han querido trazar el doble sentido de las historietas del repórter Tribulete en la época en que se hicieron, la más obvia es la de subrayar la inexistencia de una prensa completamente libre, pues Tribulete se limita a dar noticias de poca enjundia, un robo, un animal que se escapa del zoo, la llegada de incógnito de una estrella al país…, es decir, lo que era la prensa del régimen, en la que se podía hablar de asuntos mundanos, pero de lo importante no. Sinceramente dudo mucho que este fuera el matiz que Cifré quería darle, pues no hay que olvidar que el reclamo principal de los tebeos eran niños y jóvenes, a los que no les pasaba por la imaginación que de la historieta pudiera derivarse un doble sentido.

Me inclino más a pensar, como apuntan otros, que la única crítica que se pudiera deducir, es la de los propios historietistas, dibujantes y redactores de revistas de cómic, que en esa época tenían que trabajar de sol a sol por un sueldo miserable. En este sentido, también imagino que los encargados de publicar sus historias aceptaban con resignación y cintura esta crítica dado el éxito de su personaje.

De la historieta en sí, poco se puede añadir más, pues todas sus entregas son bastante estereotipadas en el sentido que ya he comentado, y únicamente añadir que aparece de vez en cuando un personaje en la redacción bastante arrastrado, es decir, el típico pelota del jefe, que se llama significativamente señor Cepillo. Por cierto que el competidor de “El Chafardero Indomable”, no puede tener otro título más gráfico, es “El Chismoso Insumergible”, ahí es nada.

Tuvo su homenaje en un sello español de 1996, el cual como buen amante de la filatelia que soy, acompaña esta entrada.

sábado, 24 de agosto de 2013

"UNA MISMA NOCHE", DE LEOPOLDO BRIZUELA

No puedo decir que esté teniendo una gran suerte este verano en cuanto a la elección de mis libros vacacionales, este que hoy traigo me ha salido un poco rana, bastante para ser sincero, y me duele porque el libro tenía buena pinta y sobre todo porque el argumento y la historia que narran merecían mi atención y respeto.

Pero no, estamos ante una novela escrita con un cierto estilo vanguardista, y es que últimamente les da a los autores por escribir con saltos en el tiempo, qué manía, con lo fácil que es escribir de manera cronológica. Empieza bien la novela con tensión, con el adorno de lo que puede ser un texto entretenidísimo, pero se va desvaneciendo y por más que pasas páginas no remonta el vuelo y cae en el abismo.

Y me sabe mal, porque una vez más no puedo estar más en desacuerdo con el jurado del Premio Alfaguara que tuvo a bien otorgarle este galardón en 2012, porque bajo mi punto de vista, la narración hace aguas por todas partes; será eso o tal vez yo entiendo poco de literatura, estoy chapado a la antigua, y no dejo de ser un vulgar lector y un vulgar y anónimo individuo, que teclea el ordenador para ahogar su ilusión vacua de haber querido escribir alguna vez un libro.

La historia se enclava en la Argentina casi actual, en 2010, y el protagonista, el escritor Leonardo Bazán (curioso también que esta es la tercera novela en este verano en la que el protagonista de la misma es escritor, las otras “Soy un escritor frustrado” de José A. Mañas y “La verdad sobre el caso Harry Quebert” de Joël Dicker), presencia un robo en una casa contigua a la suya, un robo ejecutado con maestría y hasta con la policía científica participando y mantiene una actitud ciertamente pasiva. Eso le traerá desagradables recuerdos cuando “una misma noche”, es decir, una noche con muchas similitudes de hace más de treinta años, concretamente en 1976, época de la dictadura militar, también asaltan esa misma casa para llevarse a una joven judía, teóricamente beligerante del régimen, y encima su padre colabora pateando la puerta, pues se ha formado en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada), institución que en dicha dictadura se convirtió en centro de detención, tortura y exterminio; desde allí partían muchos de los “vuelos de la muerte”.

Pero esos saltos constantes en el tiempo y los largos circunloquios por los que atraviesa Leopoldo Brizuela (también empieza por Leo su protagonista y por B su apellido, ¿otro que escribe de sí mismo?) para introducir la lucha interna de su protagonista terminan por exasperar a cualquiera, porque en definitiva, ese robo de 2010 le traslada a lo que ocurrió en 1976, cuando poco o nada podía hacer, cuando era apenas un imberbe sin capacidad de influir en nada ni en nadie.

Hay que entresacar que el protagonista sufre porque en esos más de treinta años, no se le ha visto el pelo, y llega la hora de desenmascarar sus traumas, pues bendita la hora, porque ya han pasado muchos años. Y, sufre, y la mayor parte del libro son las elucubraciones de Leonardo Bazán, y a veces son un rollo insufrible que no hay por dónde meterle mano. Sí, porque se pierde el hilo y uno no sabe en qué fase se encuentra.

Aparecen personajes irrelevantes en la historia y, además, demasiados para mi gusto, porque no sabes qué pintan y casi tienes que tener una libreta al lado para ir apuntándolos y saber en qué lugar del puzle hay que ubicarlos.

En definitiva, el autor recrea con pensamientos internos toda la historia, los diálogos son escasos, y cuando los hay me parecen confusos; tal vez sea deformación profesional del escritor, ya que el señor Brizuela, un autor de éxito con diferentes premios, también cultiva los talleres de escritura creativa, y en este sentido, a mí me ha parecido excesivamente enrevesado, pues se podría haber comentado una historia que tenía buenos mimbres, de otra forma, lo que hubiera resultado mucho más brillante.

Para colmo, el jurado del Premio Alfaguara, entre otras exquisiteces señala de Brizuela y de este libro “quien con economía expresiva, consigue crear un texto perturbador e hipnótico”. A mí no me ha parecido hipnótico, ya que a ratos he deseado dejarlo, y la economía expresiva puede ser porque no es un libro largo, pero para asociar un concepto o un sentimiento, el autor ha tenido que dar mil vueltas.

Afrontaba este texto con el respeto a la tragedia humana que se vivió en aquella Argentina represiva, contada desde la distancia temporal de un autor oriundo de ese país, con el vocabulario rico y peculiar de los argentinos que te obliga a mirar el diccionario de vez en vez, pero me ha desilusionado, y en cierta manera, no puedo decir que este texto bajo mi visión, dignifique la memoria de tantas víctimas, las que se fueron y las que siguen sufriendo por la pérdida de sus seres queridos.

En fin, no es ese mi problema, tan sólo puedo decir que he tenido en mis manos un libro con el que pretendía entretener mis tardes veraniegas y ha sido un plato difícil de digerir, y no me lo he dejado a medias, porque uno siempre busca que el texto tome otros derroteros o que te sorprenda, incluso a última hora, pero eso no ha ocurrido, así lo he visto y así lo cuento.

Prefiero mil veces “La verdad sobre el caso Harry Quebert” que critiqué hace un par de semanas, por tener fallos argumentales, pero que al fin y al cabo entretiene, que no este ensayo para enaltecimiento de la capacidad literaria del escritor.

domingo, 18 de agosto de 2013

BARES, ¡QUÉ LUGARES!

Lo he comentado en más de una ocasión con mi cuñado Jose, con quien comparto con cierta habitualidad unas cañas en los bares con su correspondiente tapeo, que uno no puede montar un bar para enseñarse, que el que pone un bar para intentar lidiar la crisis sin tener ni idea de hostelería está abocado al fracaso y que, desde luego, en este sector las improvisaciones están muy limitadas y los experimentos, pues como casi siempre, en casa y con gaseosa.

Y es que, de vez en cuando, a mí me ocurre, e imagino que a muchos españoles que acudes a un bar y terminas cabreado porque algo no funciona bien: la comida, el servicio, el precio o el mismo establecimiento en sí, entre otros elementos.

Es cierto que en este país nos hemos vuelto tal vez un poco sibaritas en la mesa y yo no tengo ánimo de serlo en este articulillo; a ello han contribuido los diversos programas de cocina que llevan años en nuestra parrilla televisiva y últimamente hay que recordar dos programas de mucho éxito como son “Masterchef” y “Pesadilla en la cocina”. Es posible que estos hayan elevado el sentimiento crítico en la población española, pero bienvenido sea porque hay sitios adonde vas, que hacen agua por todos lados y eso te exaspera, a mí por lo menos.

Podemos decir que el concepto de bar o taberna tal y como lo conocemos en España es casi autóctono de nuestro país. Es decir, son restaurantes en sí pero no con la formalidad de estos; hay carta aunque esta se fundamenta en pequeños platos que como todos saben se denominan tapas, la verdadera contribución española a la gastronomía mundial, pues es como alguna vez escuché a un reputado cocinero, la cocina en miniatura, y ahí he de decir que en Andalucía se tapea francamente bien, máxime cuando con el precio de la bebida llevas “gratis” la tapa y en muchos sitios comes con ella, vaya si comes. Y en el norte de España estarán muy bien los pinchos, muy sofisticados, pero para que te quedes satisfecho tienes que tirar de cartera.

Como decía antes, son varios elementos los que contribuyen al éxito de un bar, pero me centraré en los dos que yo considero esenciales, la cocina y el servicio. Un bar puede tener mala cocina y buen servicio y tendrá un estrellato limitado, y al revés del mismo modo. Hasta cierto punto un buen camarero puede salvar un mal plato con simpatía, con inteligencia, con alternativas, con saber estar en definitiva, y algunos saben hacerlo muy bien.

Lo que no es de recibo es que haya bares, muchos, donde el servicio no sea capaz de sonreírte, esté negado para venderte el producto, no pueda o no sepa venderse con palabras agradables o te traiga lo que no has pedido o directamente no te lo traiga. Y es que hay camareros que te reciben con desconsideración, con ese halo de estar quemados de la clientela desde que el mundo es mundo; pero ese no es mi problema, yo cuando entro un bar, entre otras cosas, contribuyo a que ese negocio perviva, el cliente ha de ser sagrado, o que el propietario (el encargado de seleccionar su personal) hubiera puesto otro negocio donde no es necesaria la atención al público y uno puede descargar su agresividad apretando un tornillo o amasando una rosca de pan.

Y todo este largo preámbulo viene porque ahora que estamos verano y se sale más, hace unos días sufrí con mi familia uno de esos enésimos capítulos de pésimo servicio; y precisamente en un establecimiento que yo mismo había recomendado hace unos meses en este blog, el Pancho de Roquetas, los dueños son abnegados y entregados a su negocio, pero falta que le presten más atención a su servicio y que lo coordinen mejor. Era domingo a las 14.00 horas, no era tarde pues, pero ya estaban la mayor parte de las mesas reservadas, las mejores; quedaban libres unas cuantas al sol, y en vez de que me hallaran la solución los camareros, que poco menos que me dijeron que me buscara la vida, fui yo el que cambié mesas de sitio hacia una zona de arbolado donde con la proyección del sol iba a empezar a dar sombra en breve. Después el servicio fue pésimo, ni una sonrisa, ni un gesto agradable, allí parecía que éramos culpables de habernos sentado y de hacer lo que un cliente debe hacer, que es pedir. El camarero que nos tocó era cualquier cosa menos profesional, ante la zozobra de las bebidas y las tapas (estas últimas llegaban tarde), cuando le pedíamos que nos llenara siempre decía que esperáramos que tenía otras mesas. ¿Cómo puede ser que alguien que se llama camarero no se lleve en la libreta lo que hemos pedido aunque tarde en servirlo y se obligue a sí mismo a hacer un nuevo viaje para tomar la comanda? Y ocurrió lo que ocurrió que transcurridos cerca de cuarenta y cinco minutos sin que el camarero volviera decidimos marcharnos; a todo esto la cuenta estaba mal y nos pretendían cobrar más de lo que habíamos tomado.

Observamos un detalle de organización que era francamente inadmisible en la hostelería, dicho bar tenía una amplia terraza y había tres camareros en la misma, pero sin ningún orden, nuestro castigo de camarero nos servía a nosotros que estábamos en un extremo, y a la par a otras mesas que estaban justo en la otra punta de la terraza, es decir, que el tío hacía media maratón a lo largo de la jornada, cuando debieran haber dividido en zonas de proximidad 1, 2 y 3, y así se ahorrarían muchos kilómetros.

Podíamos haber hecho un “simpa” perfectamente que no sólo no se darían cuenta de que nos íbamos sin abonar (y estamos más de diez personas) pasando por delante de sus narices que no se hubieran dado cuenta ni en ese momento, ni después, ni nunca.

En esta misma semana fuimos a otro bar, con una carta relativamente generosa, y mi hijo quería tortilla, ya se sabe lo que pasa con los niños, que son de sota, caballo y rey, es decir, que no le venía bien nada de la carta, y ahí no aparecía tortilla. En la mayoría de los bares y restaurantes, incluidos los de lujo, son capaces de prepararte una tortilla, o un par de huevos fritos con patatas porque para eso tú eres el cliente y vas a pagar religiosamente lo que te pidan por ese plato extra. Pues la muchacha que nos tocó se puso muy seria y poco menos que dijo que si no estaba en la carta no había nada que hacer; el universo gastronómico de ese bar, por cierto lo voy a decir, era “El Albero” en Águilas (Murcia), terminaba en esa carta, y tras eso estaba la nada. A regañadientes y tras rogarle que le comentara al cocinero que hiciera una excepción muy de favor, la muchacha trajo la tortilla y detrás una cara de estar perdonándonos la vida.

En fin, yo creo que hay un problema fundamentalísimo en muchos establecimientos españoles y es que no sólo hay un mucho personal inexperto, sin tablas, y también falta personal directamente. En los bares el hecho de contratar uno o dos camareros más, rentabilizaría perfectamente ese gasto, y es más estoy convencidísimo de que haría ganar más dinero a la empresa. Yo lo tengo muy claro, cuando voy a un sitio a beber y tapear quiero que me atiendan con prontitud, si el camarero me llena apenas tengo vacía mi copa o a punto de expirar, yo consumiré más, estaré a gusto y repetiré en el futuro. En la pasada Navidad me ocurrió justo lo contrario en un establecimiento de Bailén, donde transcurridas dos horas no llevaba ni dos cervezas y las tapas tardaban una eternidad. No me vale que los dueños digan que “os habéis puesto de acuerdo para venir todos el mismo día”. Yo soy cliente y voy cuando me da la gana, es Vd. el encargado del establecimiento el que tiene que dimensionar su plantilla para los días que es posible, no necesariamente probable, que haya más afluencia de público.

Y viene todo esto del personal a colación de que hace unos años, ya bastantes a propósito, que estuve en Estados Unidos de vacaciones, los restaurantes tenían más personal casi que mesas, era excesivo pero era agradable, había una persona que se dedicaba exclusivamente a llenar vasos de agua en las mesas, otro que tomaba nota, otro que te lo traía, y otro al que le pagabas. Todo era robótico, organizado, pero es evidente que tanto personal estaba claramente amortizado, sino de qué el hecho de que tuviera a un tipo encima que apenas bebías un sorbo de agua estaba detrás de tu oreja para avituallarte del líquido elemento.

Otra cosa puede ocurrir y es que hay muchos establecimientos que son monolíticos, que se han acostumbrado a tener un esquema de trabajo y no quieren más gente, no quieren ganar más dinero, se mantienen sin más; es respetable aunque en los picos de afluencia de gente, sufren y la clientela se resiente, especialmente la ocasional.

Luego tenemos establecimientos de éxito con una cocina mala pero con un servicio excepcional, y se salvan. En este país somos así, preferimos que nos den por el lado del gusto, que nos soben la oreja…, y hay bares y restaurantes que son malos de solemnidad, y guarros también, y poco imaginativos, pero si el camarero es bueno y profesional, casi te parecerá que estás comiendo un manjar y bebiendo ambrosía.

Y como esta entradilla no deja de ser un repaso a bote pronto de experiencias negativas que he tenido en el mundo de la hostelería, voy a comentar una muy graciosa. Fuimos hace unos años a un restaurante en Baños de la Encina (Jaén), un día de Semana Santa, con bastante gente en las mesas, algunos de los que íbamos solicitaron al supuesto jefe de sala que qué era la pierna de choto al estilo de Baños, el artista en cuestión apenas pudo decir un ingrediente del plato, “pues con tomillo y eso”, dijo el individuo, ¡qué artista vendiendo el producto! Aun con esa presentación tan plena de verborrea, se pidieron unas tres piernas. Eran las 14.30 h. cuando anotaron la comanda, transcurrieron más de dos horas y habiendo advertido que se estaba sirviendo piernas a mesas que habían llegado después que nosotros; dos horas después, digo bien, vino el “profesional” de verbo fácil diciendo que se les habían agotado las piernas. Nuestro cabreo fue monumental, porque eso se sabe a las 14.30 h. cuando se pide el plato no dos horas después, es decir, un desastre total y absoluto. Por eso muchas veces pienso que aunque el programa “Pesadilla en la cocina” magnifica y teatraliza algunos de los defectos de los locales a los que acude, en la vida real te encuentras barbaridades organizativas y faltas de profesionalidad como esta.

En definitiva, esta es una crítica al camarero de circunstancias, al camarero borde y sin presencia, al camarero que lleva años de experiencia y sigue siendo un inexperto. Y, por supuesto, es un canto a favor de los camareros diligentes, rápidos, de esos que le pides cinco cosas diferentes y no las tienen que apuntar en una libreta ni un artilugio digital, al camarero profesional de toda la vida que defiende su profesión como si le fuera la vida en ello aunque no sea dueño del negocio.

sábado, 10 de agosto de 2013

"LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT", DE JOËL DICKER

Pues sí, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, eso digo yo, ¿dónde está la verdad? Uf, no acostumbro a leer los best seller de la temporada, pero este me vino de regalo y con el antecedente de que su autor, el suizo Joël Dicker, apareció a finales de junio en el Telediario de la 1, presentándose como la bocanada de aire fresco literario de este verano, y la verdad, esa verdad, en mi humilde opinión no es tal, la novela me provoca sentimientos encontrados.

Hay aspectos muy interesantes del libro, es una novela entretenida, el tema de las desapariciones, investigaciones policíacas doradas con misterio, así como unos personajes un tanto histriónicos son ingredientes para que la oferta se postule atractiva.

La desaparición en extrañas circunstancias de Nola, una joven de 15 años en un pueblecito costero del Estados Unidos profundo y anónimo en 1975, y hallados sus restos en 2008 en el jardín del afamado escritor Harry Quebert generan una ola de acontecimientos que llevarán al discípulo de este, el joven Marcus Goldman, a tratar de buscar la verdad sobre este caso.

Se me antoja un poco forzado todo el argumento, dado que ya es arriesgado pensar que un jovencito treintañero (imagino que el autor, que también tiene esa edad, se habrá representado a sí mismo), sea capaz de desenmarañar lo que ocurrió treinta años antes. Y por mucho que tenga a la Policía de su lado, los personajes parecen abrirse en canal para desvelar detalles sobre lo que ocurrió hace tres décadas, y en aquel momento nada o poco se les preguntó, o no quisieron hablar; este detalle es ciertamente sospechoso.

Y los personajes, ¡y qué personajes! dicen medias verdades o mienten como bellacos. Y los que ya no están, incluida la propia Nola, no son lo que parecen, son demasiado rebuscados, tan raros, todo muy raro. Por eso, te vas dando cuenta de que es todo un engaño, y hasta uno mismo piensa que el libro en sí es un engaño, es decir, ¿tanto ruido para estas nueces?

Lo peor de todo es que aunque la historia avanza bien trabada, al final cuando trata de hacer giros para sorprender al lector, consigue liar tanto que se pierde un poco el hilo y las tramas, y yo terminé pensando que algunos razonamientos argumentales son ciertamente inconsistentes.

En todo caso, no nos engañemos, Dicker sabe qué producto ha hecho, lo tiene muy claro y algunas virtudes tiene, más allá del lanzamiento mediático de sus editoriales. Como digo, la historia no aburre, tiene muchos diálogos y no se para en circunloquios estúpidos, aunque es tal vez demasiado larga, no cansa y se deja leer bien.

Joël Dicker pretende dar una vuelta de tuerca a la novela moderna, hace numerosos giros inusuales, es innovador porque sorprende con ese modo novedoso de afrontar su trabajo, para eso le ayuda el que se sitúe la trama en varios espacios temporales, y hay algo fundamental y es una de sus esencias: el libro cuenta la historia de cómo se fragua ese libro a sí mismo, desde las presiones editoriales iniciales, hasta el éxito arrollador del joven escritor.

Pero también es cierto que en las seiscientas y pico páginas da espacio para meter de todo y, en este sentido, es de lo que menos me ha gustado, se convierte en una especie de “todo 100”, en el que tenemos amor, odio, drama, humor, deporte, literatura, poesía, violencia, tensión, burla, seducción y hasta geografía norteamericana, es decir, luces y sombras, entremezcladas. Este batiburrillo es de dudoso tenor literario, por mucho que la novela se vista de modernidad. Es decir, la técnica está bien, pero este pandemónium discursivo deja mucho que desear. De hecho, al propio Dicker le costaba definir de qué estilo era su novela, si thriller, si drama, si ensayo, y es todo eso, algunos críticos dijeron que era un río literario.

Algunos comparan a este joven escritor entre otros con Nabokov, por aquello de que hay un amor prohibido por razones de edad, o con Larsson, el de la trilogía de Millennium. La primera comparación es interesada y falta de criterio, y en cuanto a la segunda, me sigo quedando con el autor sueco, porque la personalidad arrolladora de Lisbeth Salander, y un argumento creíble y bien resuelto son razones poderosas.

Y a todo esto Dicker ya se ha forrado y ha paseado su rostro por medio mundo occidental, así que algo bueno debe tener, y no critico su estrategia, entre otro detalle sibilino, porque en cierta manera a quién no le gustaría ser la revelación del verano y forrarse con un libro en forma de tocho; por cierto, que más tarde que pronto, este libro tiene toda la pinta de tener su correspondiente secuela cinematográfica.

Por último, en este breve paseo, y por aquello de que el argumento de “La verdad sobre el caso Harry Quebert” tiene episodios donde se cae a cachos, propongo al lector que ha llegado hasta aquí que no siga, si va leer el libro o lo está haciendo en estos momentos, si no quiere que le destripe el final, porque el siguiente párrafo es un spoiler (revelación de la trama), para justificarme de qué defectos adolece ese argumento.

Pues nada, que resulta que la resolución de la historia es una pura casualidad, el sargento Gahalowood y Goldman tienen veinticuatro horas cada uno para resolver el caso (el límite se lo marcan su superior y su editor respectivamente) y es que a Robert Quinn le pilla la Policía un poco nervioso y con barro en los pantalones, ha ido a tirar al lago dos pruebas esenciales para la resolución del caso. Si Robert hubiera decidido ir a tirar esas pruebas a alta mar o a cualquier otro sitio insondable, o se las guarda tranquilamente en casa, o ese día la Policía no hubiera establecido el control, hubiera expirado el plazo y el caso Harry Quebert no habría tenido resolución, pero qué curioso todo ocurre increíblemente, ¡qué casualidad! Y por cierto, el propio Harry Quebert es un mentiroso, ¡qué decepción!

sábado, 3 de agosto de 2013

"LA SEMILLA DEL DIABLO", DE ROMAN POLANSKI

Puedo decir que es una de las películas que más me ha envuelto en los últimos meses, de estas que tienen un inicio un tanto cándido e inocente, pero que poco a poco va tejiendo una densa tela de araña que te obliga a avanzar más y más hasta buscar el desenlace.

Es sorprendente ya que se trata de un guión muy atrevido (no es original, proviene de una novela de Ira Levin) para desarrollarlo en 1968 por el genial cineasta, y controvertido a la postre, Roman Polanski, director francés de origen polaco. A lo largo de algo más de dos horas, Polanski creará un ambiente onírico, una atmósfera de misterio, de alegorías, de dobles sentidos, donde todas las escenas desde el principio hasta el final tienen su porqué, no hay ni un solo momento en el que puedas pensar que tal diálogo es gratuito o que tal pasaje sobra.

Los Woodhose, una joven pareja, deciden instalarse en un antiguo pero elegante edificio de pisos del centro de Nueva York; aun alertados de que a lo largo de la historia han ocurrido acontecimientos extraños entre sus muros, acondicionan su hogar de manera muy acogedora.

Sus vecinos, los ancianos señor y señora Castevet, simpáticos y encantadores, comenzarán a entrometerse en sus vidas, al principio de manera soslayada y finalmente parecen controlarlo todo, como si fueran unos segundos padres. Este control se traduce en que comienzan a ocurrir acontecimientos extraños en el seno de la joven pareja. Al hombre, un actor de anuncios televisivos, todo le empezará a ir sobre ruedas en detrimento de su competidor principal que sufre una repentina ceguera. La chica, Rosemary (grandiosa interpretación de Mia Farrow) no lo pasará tan bien, conseguirá el objetivo de la pareja, sí, concebir un nuevo hijo, pero en medio de muchos dolores y sueños tremendamente icónicos. A la par, también fallecerá su mejor amigo Hutch de forma sorpresiva, su antiguo casero, justo después de haberle advertido de los antecedentes de brujería en la familia del señor Castevet.

Los vecinos seguirán influyendo en la pareja y, sobre todo en ella, surtiéndola de alimentos nutritivos y toda una serie de brebajes de aparente origen natural. De hecho, en la película se presenta un componente siniestro: la raíz de tanis. A Rosemary le regalarán a modo de amuleto una esfera con dicha raíz, la cual despide un olor ligeramente nauseabundo. Esa raíz parece ser también la base de la dieta que los viejos administran a la chica, la cual obedece a rajatabla las indicaciones del doctor Sapirstein que sigue las evoluciones de su embarazo.

Una fiesta en casa de los Woodhouse será el punto de inflexión para Rosemary que, aconsejada por sus amigas, entiende que hay un complot contra ella y que no es de recibo que sufra dolores tan fuertes en su embarazo; complot en el que estarían implicados su marido, los Castevet, parte del vecindario y hasta su doctor; de hecho, en cuanto deja de tomar los bebercios que le suministran encuentra notable mejoría.

En esa progresión de acontecimientos, Rosemary decidirá romper con todos y acudir a otro médico, al que cuenta todas sus averiguaciones, incluyendo la convicción de que el ser que lleva dentro no es completamente humano, todas ellas contadas del tirón y en una chica que parece estar fuera de sí, todo parece muy rocambolesco. Ahí surgirá la duda en el espectador, este nuevo doctor le dará un calmante, sumirá en un sueño ligero a Rosemary, y cuando despierta se encontrará con su marido y el viejo doctor Sapirstein que la conminarán para volver a casa, pues se da a entender que la chica ha montado su propia historia, fruto de sus propias alucinaciones. Ella no se resiste y continuará intentando librarse de ellos, de sus enemigos.

Y no cuento más, el final de la película es el desenlace al enigma, ¿están todos en contra de Rosemary y han hecho que lleve dentro de sí al hijo del demonio?, o efectivamente, ¿Rosemary se ha montado un entramado de fantasías sin base alguna, fruto de que está enajenada y es una paranoica? Sea cual fuere el final, ese desenlace merece las dos horas de entretenida espera.

Mia Farrow en el papel de Rosemary está excepcional, y también debo decirlo, guapísima; con esa mezcla de niña que no ha roto un plato en su vida, enfermiza y medio ida. Tampoco se queda corto el matrimonio Castevet, que le da a la película un aire enternecedor en medio de una atmósfera que siempre está enrarecida.

Por cierto que, tal vez, lo que no me ha terminado de gustar es este título que se eligió para España, y es debido al reiterado y eterno empeño de las distribuidoras de nuestro país por cambiar los nombres de las películas para ¿hacerlas más atractivas? Yo siempre apostaría por la traducción literal del título original, que fue Rosemary’s Baby o El bebé de Rosemary para Hispanoamérica.