sábado, 10 de agosto de 2013

"LA VERDAD SOBRE EL CASO HARRY QUEBERT", DE JOËL DICKER

Pues sí, “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, eso digo yo, ¿dónde está la verdad? Uf, no acostumbro a leer los best seller de la temporada, pero este me vino de regalo y con el antecedente de que su autor, el suizo Joël Dicker, apareció a finales de junio en el Telediario de la 1, presentándose como la bocanada de aire fresco literario de este verano, y la verdad, esa verdad, en mi humilde opinión no es tal, la novela me provoca sentimientos encontrados.

Hay aspectos muy interesantes del libro, es una novela entretenida, el tema de las desapariciones, investigaciones policíacas doradas con misterio, así como unos personajes un tanto histriónicos son ingredientes para que la oferta se postule atractiva.

La desaparición en extrañas circunstancias de Nola, una joven de 15 años en un pueblecito costero del Estados Unidos profundo y anónimo en 1975, y hallados sus restos en 2008 en el jardín del afamado escritor Harry Quebert generan una ola de acontecimientos que llevarán al discípulo de este, el joven Marcus Goldman, a tratar de buscar la verdad sobre este caso.

Se me antoja un poco forzado todo el argumento, dado que ya es arriesgado pensar que un jovencito treintañero (imagino que el autor, que también tiene esa edad, se habrá representado a sí mismo), sea capaz de desenmarañar lo que ocurrió treinta años antes. Y por mucho que tenga a la Policía de su lado, los personajes parecen abrirse en canal para desvelar detalles sobre lo que ocurrió hace tres décadas, y en aquel momento nada o poco se les preguntó, o no quisieron hablar; este detalle es ciertamente sospechoso.

Y los personajes, ¡y qué personajes! dicen medias verdades o mienten como bellacos. Y los que ya no están, incluida la propia Nola, no son lo que parecen, son demasiado rebuscados, tan raros, todo muy raro. Por eso, te vas dando cuenta de que es todo un engaño, y hasta uno mismo piensa que el libro en sí es un engaño, es decir, ¿tanto ruido para estas nueces?

Lo peor de todo es que aunque la historia avanza bien trabada, al final cuando trata de hacer giros para sorprender al lector, consigue liar tanto que se pierde un poco el hilo y las tramas, y yo terminé pensando que algunos razonamientos argumentales son ciertamente inconsistentes.

En todo caso, no nos engañemos, Dicker sabe qué producto ha hecho, lo tiene muy claro y algunas virtudes tiene, más allá del lanzamiento mediático de sus editoriales. Como digo, la historia no aburre, tiene muchos diálogos y no se para en circunloquios estúpidos, aunque es tal vez demasiado larga, no cansa y se deja leer bien.

Joël Dicker pretende dar una vuelta de tuerca a la novela moderna, hace numerosos giros inusuales, es innovador porque sorprende con ese modo novedoso de afrontar su trabajo, para eso le ayuda el que se sitúe la trama en varios espacios temporales, y hay algo fundamental y es una de sus esencias: el libro cuenta la historia de cómo se fragua ese libro a sí mismo, desde las presiones editoriales iniciales, hasta el éxito arrollador del joven escritor.

Pero también es cierto que en las seiscientas y pico páginas da espacio para meter de todo y, en este sentido, es de lo que menos me ha gustado, se convierte en una especie de “todo 100”, en el que tenemos amor, odio, drama, humor, deporte, literatura, poesía, violencia, tensión, burla, seducción y hasta geografía norteamericana, es decir, luces y sombras, entremezcladas. Este batiburrillo es de dudoso tenor literario, por mucho que la novela se vista de modernidad. Es decir, la técnica está bien, pero este pandemónium discursivo deja mucho que desear. De hecho, al propio Dicker le costaba definir de qué estilo era su novela, si thriller, si drama, si ensayo, y es todo eso, algunos críticos dijeron que era un río literario.

Algunos comparan a este joven escritor entre otros con Nabokov, por aquello de que hay un amor prohibido por razones de edad, o con Larsson, el de la trilogía de Millennium. La primera comparación es interesada y falta de criterio, y en cuanto a la segunda, me sigo quedando con el autor sueco, porque la personalidad arrolladora de Lisbeth Salander, y un argumento creíble y bien resuelto son razones poderosas.

Y a todo esto Dicker ya se ha forrado y ha paseado su rostro por medio mundo occidental, así que algo bueno debe tener, y no critico su estrategia, entre otro detalle sibilino, porque en cierta manera a quién no le gustaría ser la revelación del verano y forrarse con un libro en forma de tocho; por cierto, que más tarde que pronto, este libro tiene toda la pinta de tener su correspondiente secuela cinematográfica.

Por último, en este breve paseo, y por aquello de que el argumento de “La verdad sobre el caso Harry Quebert” tiene episodios donde se cae a cachos, propongo al lector que ha llegado hasta aquí que no siga, si va leer el libro o lo está haciendo en estos momentos, si no quiere que le destripe el final, porque el siguiente párrafo es un spoiler (revelación de la trama), para justificarme de qué defectos adolece ese argumento.

Pues nada, que resulta que la resolución de la historia es una pura casualidad, el sargento Gahalowood y Goldman tienen veinticuatro horas cada uno para resolver el caso (el límite se lo marcan su superior y su editor respectivamente) y es que a Robert Quinn le pilla la Policía un poco nervioso y con barro en los pantalones, ha ido a tirar al lago dos pruebas esenciales para la resolución del caso. Si Robert hubiera decidido ir a tirar esas pruebas a alta mar o a cualquier otro sitio insondable, o se las guarda tranquilamente en casa, o ese día la Policía no hubiera establecido el control, hubiera expirado el plazo y el caso Harry Quebert no habría tenido resolución, pero qué curioso todo ocurre increíblemente, ¡qué casualidad! Y por cierto, el propio Harry Quebert es un mentiroso, ¡qué decepción!

2 comentarios:

sudmex dijo...

Personajes flojos: una mamá que es tonta-tonta, un editor que es codicioso-codicioso, un esposo (Robert Quinn) faldero y mustio, un chofer horrible-horrible con alma de artista y enamorado de una mujer bella (¿dónde lo hemos visto, dónde?), un escritor bloqueado, un escritor enamoradísimo que expresa el amor con un lenguaje de niño de secundaria, pero eso sí, está a la altura se Saul Bellow. Todos unidimensionales, no salen de esas casillas.

Trama floja, a la mitad ya sabes que: el chofer, principal sospechoso, no es el culpable; los homicidas no actúan solos; el esposo mustio es capaz de cosas increíbles; el escritor bloqueado, héroe, se convierte en investigador. El asesino no es tal como tres veces distintas. Todo súpercantado, ¿cómo se sabe todo desde antes? Porque todos esos son clichés literarios y cinematográficos vueltos a sobar por Joël Dicker.

Recursos tramposos para con el lector, de esas cosas que se sacan de la manga los autores de las telenovelas: la heroína no es tal, solamente es una desequilibrada; el papá de la heroína, que lo sabe cosas importantísimas, siempre guarda un silencio estúpido; el escritor investigador tiene acceso a toda la investigación prácticamente sin obstáculos; el escritor enamorado al final era un don nadie papanatas que aún así forjó el talento de un joven escritor que es genial en la medida que -ojo- vende millones de ejemplares. Dicker pide muchas concesiones al público.

Un buen mago te deja preguntándote "¿Cómo lo hizo? ¿Por qué no me di cuenta?" pero Dicker más bien es un mago al que se le notan los trucos en el escenario.

Un libro tan entretenido como el vendedor telefónico de tarjetas de crédito, te distrae a tu pesar.

Pedro Manuel Martos Jódar dijo...

Estimado sudmex, no puedo estar más de acuerdo con tus palabras. Convendrás conmigo en la sobrevaloración que tiene.

Aun así, te distrae, que viendo lo que hay alrededor es mejor eso que nada.