lunes, 30 de agosto de 2010

"LOS INVENTORES DE ENFERMEDADES", DE JÖRG BLECH

He conocido desde siempre a personas y, además, muy cercanas a mí, que viven atiborradas de pastillas y medicamentos sin que yo sepa realmente qué enfermedad tienen. Mucha gente tiene una absoluta dependencia de los fármacos, sin que su administración o no tenga como resultado una mayor o menor esperanza de vida. En todo caso, acepto que ese arsenal de medicamentos que reciben muchas personas, especialmente de la tercera edad, no les va a hacer eternos, aunque sí puede que mejore su calidad de vida.

Hace no mucho señalaba en uno de mis articulillos que la Gripe A ha supuesto un gol por toda la escuadra para los gobiernos de los países occidentales. Y no nos engañemos, estamos en un mundo en el que hay un poder que está por encima de los gobiernos, por encima de los medios de comunicación, de grupos terroristas, mafias, etc.; se trata de las grandes compañías farmacéuticas, capaces de “inventar” enfermedades para las sociedades avanzadas, y absolutamente desentendidas de las grandes epidemias del tercer mundo, ya sea para investigar más, para invertir en infraestructuras sanitarias, o para algo tan simple como ofrecer sus medicamentos de forma gratuita o a un precio casi testimonial.

De todo esto trata un libro que hace ya un par de años cayó en mis manos y que, por fin, estas largas tardes de verano me han permitido concluirlo. En “Los inventores de enfermedades”, su autor, el alemán Jörg Blech, antes de la implosión de la Gripe A, ya nos advertía de cómo actúan estas grandes compañías, capaces de cualquier cosa para obtener unos beneficios cuantiosísimos.

Desde hace varias décadas las empresas farmacéuticas medicalizan nuestra vida, convirtiendo los procesos normales de la existencia humana en problemas médicos.

Parece ser que el concepto moderno de salud/enfermedad lo creó un médico llamado Knock. Este galeno francés llegó a principios del siglo XX a un pueblo serrano, donde sus habitantes estaban tan sanos que no iban al médico. El antiguo médico del pueblo, el doctor Parpalaid, comentó a su sustituto que los vecinos le dejarían tranquilo, aunque obviamente no se haría rico con las consultas. Pero Knock no se conformó con eso, contrató al pregonero del pueblo para que anunciara que pasaría su primera consulta gratis para limitar la propagación de enfermedades en esa región. La sala de espera se llenó, diagnosticando a los aldeanos síntomas extraños e inculcándoles la necesidad de un cuidado permanente. Este francés creó un mundo donde sólo había pacientes, bajo la máxima de: “Toda persona sana es un enfermo que ignora que lo es”.

Como decía antes, estamos cada vez más acostumbrados a ver cómo cualquier proceso normal de nuestra vida se convierte en objeto de la medicina: el nacimiento, el envejecimiento, la infelicidad, la sexualidad, la muerte. Y es que cada vez hay una pastilla para una nueva enfermedad; las grandes compañías farmacéuticas obtienen sus beneficios gracias a las personas sanas a las que convencen de que están enfermas.

Pero cómo trabajan estas empresas. Pues sería muy curioso analizar sus gastos, ya que utilizan un tercio de sus presupuestos y un tercio de su personal en sacar nuevas enfermedades al mercado. El apartado de marketing es sencillamente brutal, se gasta más en este concepto que en investigación; se maquillan estadísticas a su antojo; no pocos médicos influyentes están en su nómina de contactos, a cambio de favores tales como subvenciones a sus fundaciones, asociaciones; u organizando seminarios y congresos en lugares paradisíacos, en los que estos mismos médicos dan conferencias sobre las nuevas enfermedades y, en consecuencia, los fármacos creados al efecto, cobrando por ello fuertes sumas de dinero, aparte de vivir unos días de vacaciones en destinos idílicos.

Por otro lado, a veces un médico de cabecera de provincias, suficiente tiene con pasar unas siempre multitudinarias consultas para preocuparse por hacer un análisis sofisticado de los nuevos medicamentos, y se basan en pautas médicas formuladas a nivel general por otros colegas que sí tienen tiempo para separar la paja del trigo. Pero he aquí que esos colegas no dictan doctrina de forma gratuita, los grandes laboratorios están detrás. Muy revelador resulta un dato que nos refleja este libro y es que un grupo independiente de médicos escribieron una carta a ciento noventa y dos de esos responsables en Estados Unidos y Europa de establecer las pautas médicas, preguntándoles si tenían relación con industrias farmacéuticas, casi la mitad no respondió; y de los que respondieron, el 87% se relacionaba con dicha industria, el 59% vinculados con las empresas cuyos productos habían recomendado en las pautas, el 38% asesores o empleados directos de dichas industrias y el 6% poseían acciones en sus empresas. Precisamente, hace pocos días se reveló la identidad de los quince expertos que formaron el comité de urgencia de la gripe A en la Organización Mundial de la Salud, la Biblia en este caso, y al menos cinco de ellos tenían relación directa con farmacéuticas. Después de esto, sólo cabe decir ¿en manos de quién estamos?

También se está generalizando en las grandes capitales unas campañas en las que se invita a la gente a hacerse un diagnóstico gratuito para tal o cual enfermedad, cuyo fin obsceno es el de atraer a nuevos enfermos que no sabían que lo eran, gracias a que las compañías farmacéuticas van cambiando los niveles en los que se puede diferenciar a una persona sana de una enferma. Y ello porque los niveles de azúcar en sangre, la tensión arterial, el colesterol, han ido variando con el tiempo gracias a las farmacéuticas, que han forzado para que el número de habitantes afectados por los niveles insanos sea cada vez mayor. Y claramente hoy uno puede ser un enfermo crónico por tener un tratamiento de por vida para la hipertensión, con unas cifras que hace treinta años lo habrían declarado como una persona perfectamente sana.

Sin ir más lejos, hasta 1974 en Estados Unidos se consideraba una enfermedad, hasta que la Asociación Americana de Psiquiatría por votación decidió que ya no lo era; esa gratuidad en las decisiones es lo que preocupa al autor de este trabajo, que las enfermedades aparezcan en nuestra vida sin saberlo, cuando son aspectos naturales y a veces triviales de la misma, sino a qué viene tanto medicamento para el aburrimiento, la calvicie, las orejas de soplillo, el trabajo (estrés postvacacional), la soledad, el ser feo, la piel de naranja...

¿Y qué nos depara el futuro? Pues para Jörg Blech, no parece muy halagüeño, pues las farmacéuticas van a seguir trabajando con el objetivo primordial de aumentar sus cuentas de resultados, poniendo cada vez más productos en el mercado y haciendo que su clientela potencial seamos la mayor parte de los ciudadanos que estamos en países desarrollados. Por si fuera poco también se vislumbra la amenaza de los análisis genéticos que basados en generalidades (como los horóscopos), tratan de descubrir taras que desconocías para convertirte en un dependiente de algún medicamento que previene “la posibilidad”, a veces mínima, de que esa enfermedad que tiene uno latente, despierte.

Finalmente, este libro deja una aguda y preocupante reflexión acerca del papel del médico en nuestra sociedad. Si vamos a cualquier ambulatorio o centro de salud más cercano, siempre nos encontraremos con un buen porcentaje de gente mayor. De algún modo, las visitas a sus facultativos es un modo de ocupar el tiempo y abandonar la soledad y el aburrimiento; se trata de un momento propicio en el que la persona se siente protagonista, hay alguien que escucha y comprende sus problemas. ¡Qué importante es la labor de psicólogos que tienen que hacer nuestros médicos! Por no hablar del tremendo efecto placebo que esos medicamentos tienen, algunos expertos consideran que más de un 50%. De hecho, muchos médicos reconocen que el mismo hecho de recetar ya supone la primera pastilla para que un enfermo sane.

Para terminar, he de decir que la lectura de este libro me llevó a una profunda conclusión: yo de mayor quiero trabajar en una gran compañía farmacéutica.

lunes, 23 de agosto de 2010

DE ANDRÉS SOPEÑA A ROBERTO ALCÁZAR Y PEDRÍN

La historia que hoy traigo a colación tiene una cierta curiosidad y, como siempre, desde la distancia del tiempo pasado ahora me resulta simpática y agradable. Esta entrada surge de mi interés, de mi afecto por los cómics, y se me ocurrió que podía enlazar un hecho pasado con esta pequeña pasión por las aventuras dibujadas, por los personajes de ficción que tanto han divertido siempre a la juventud y a la infancia, aunque en la actualidad esto esté por ver.

Pues resulta que corría el año 1992 cuando me quedaba la asignatura de Derecho Internacional Privado para terminar mi carrera, y estaba en Granada haciendo el servicio militar, por lo que tenía que intentar sí o sí, hacer coincidir el fin de ambos episodios. Como no era fácil tener tiempo en el ejército, tenía que intentar meterme en un grupo, donde el profesor fuera el más accesible y “enrollado” para entender mis especiales características y tenerme en cuenta por si me podía levantar la mano, mientras cumplía con mi deber patrio.

Creo que no tuve dudas, porque por aquel entonces en la Facultad escaseaban los profesores accesibles, ya que por regla general eran personas muy de departamento hacia adentro con poco o nulo trato con el alumnado, más allá de las clases. Por otro lado, en las clases reconozco que ese profesorado no era un dechado de pedagogía, las más de las veces te encontrabas con personas que se limitaban a soltar un rollo anodino, a dictar apuntes, o a contar batallitas sin ninguna gracia ante su patente falta de conocimientos pedagógicos que yo creo que en muchos momentos, no era más que un recurso ante la falta de conocimientos de su propia disciplina.

Cuando un profesor se salía de la estela del resto, eso era comentado ampliamente por la comunidad universitaria, profesores como Cazorla Pérez o Liñán Nogueras, eran de ese tipo de docentes que de cada clase hacían una obra de arte (ahí entendí lo que era dar una clase magistral en toda su magnitud), tanto si fuera de su asignatura como si contaran alguna anécdota personal, te dejaban embobado y sus clases se te hacían cortísimas; además eran de los que solían llenar el aforo, y es que el absentismo universitario era hace veinte años norma común y ahora imagino que será igual o peor.

Pues otro que era de ese distinguido y limitadísimo club de los buenos docentes fue mi último profesor, Andrés Sopeña Monsalve, una suerte de bicho raro que siempre andaba rodeado de alumnos, tanto en los pasillos como en la cafetería de la Facultad, dispuesto a charlar amigablemente con cualquiera que le ofreciera buena conversación; y para colmo era un gran profesor, muy querido y sus clases efectivamente estaban repletas para asistir a una asignatura que podía ser un pestiño o una joya dependiendo de quién las dirigiera.

Así que a principio de curso conseguí fácilmente hablar con él al salir de una de sus clases, le expuse mi exclusiva situación, y él fue todo lo afable que puede ser un profesor, comentándome que él no pretendía ser mi calvario para esta última etapa de mi carrera, a poco que me esforzase, tratara de ir alguna vez a clase y cubriera unos suficientes conocimientos de la materia; es decir, que no me iba a regalar el aprobado, pero que implícitamente no quería que lo recordara por ser el mamón que me zancadilleó antes de llegar a la meta, y es que ya había tenido antes otro profesor de infausto recuerdo, de esos horrorosos, de esos decimonónicos, de esos que contaban chistes malísimos en clase y tenías que hacer como que te reías.

Aprobé la asignatura con Andrés Sopeña, cumpliendo sus requisitos y, eso sí, haciéndome ver de vez en cuando, con alguna pregunta en clase o a la salida, para que me recordara como el universitario militar.

A partir de ahí era claro suponer que se me irían olvidando nombres, caras e historias de mi pasado universitario, pero siempre recordaría al último profesor que tuve.

Apenas un par de años después, Andrés Sopeña salió de su relativo anonimato docente y se hizo famoso con un libro titulado “El florido pensil”, un obra de ensayo en la que repasaba los métodos educativos de la España franquista.

En “El florido pensil”, mi buen profesor analizó con muchísimo sentido del humor cómo el aparato de la dictadura envolvió cualquier manifestación educativa, cultural y lúdica que tuviera como destinatarios a niños y jóvenes durante casi cuarenta años. Con un repaso por los libros de texto, tebeos, películas, etc., saca punta a las barbaridades y excesos que se llevaban a cabo para señalar a España y los españoles como centros del universo.

Recuerdo con ilusión que al publicar el libro, Andrés Sopeña fue notablemente entrevistado por radios y televisiones, y cuando eso ocurría y yo estaba atento, siempre señalaba con ilusión: “este hombre fue profesor mío”.

Tal fue el éxito editorial y comercial de “El florido pensil” que al poco tiempo se hizo una obra de teatro con el mismo nombre, y en el año 2002 hasta una película del director Juan José Porto, con un gran plantel actoral, entre los que destacaban artistas como Natalia Dicenta, Chus Lampreave, Fernando Guillén, María Isbert, Emilio Gutiérrez Caba o el Gran Wyoming.

La verdad es que me alegré mucho del éxito de mi profesor y siempre deseé, y espero que así haya sido, que esto le reportara unos suculentos ingresos, capaces de hacerle más dichosa su vida; porque cuando una persona te cae bien, ha sido honesta y buena en su dimensión privada y profesional, siempre anhelas que los hados le acompañen, porque se lo merece.

Y bueno, en realidad quería llegar a este punto para hablar de los cómics en la dictadura, esos que yo aún viví en mi infancia y que perduraron en los primeros balbuceos de la democracia. Por entonces, todavía daban sus últimos coletazos los personajes de ficción que alentaron a los niños y jóvenes en la posguerra, Roberto Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno, Jabato...

De todos ellos, el que más me gustó siempre fue Roberto Alcázar y Pedrín, quizá porque como cada lector, uno siempre se identificaba con el joven acompañante del célebre detective español, Pedrín, además tocayo.

Como bien resaltaba Andrés Sopeña, de una lectura actual con todo lo pasado y lo que uno ha vivido y aprendido, estos personajes te parecen un poco sobredimensionados, seres perfectos, invencibles, políglotas, un tanto racistas, que anticipaban el problema antes de que ocurriera, y lo que ahora deja un poco fuera de juego, siempre juntos los dos, un hombre y un niño, sin relación familiar entre ellos, y a la par a Roberto Alcázar nunca se le conoció hembra...

Ya digo, ahora releo las historias de estos personajes por sus múltiples aventuras y todo te puede resultar un poco vano y convencional, demasiado estereotipado, los buenos muy buenos, y los malos malísimos entre los que se sobresale el diabólico Svimtus, pero no hay problema porque al final ganan los de siempre.

En descargo del padre de las criaturas, el escasamente recordado dibujante valenciano Eduardo Vañó, que contó con varios guionistas a lo largo de diferentes épocas, tampoco en España estábamos haciendo nada distinto a lo que se hacía en otros países; de algún modo, los superhéroes americanos no dejan de parecerme seres superiores nacidos en EE.UU. para defender al mundo del mal. Bueno, al menos se acordaron los de Correos que, por fortuna, le dedicaron un sello hace unos años, el que encabeza este artículo.

Lo único que ocurre en este país es que solemos avergonzarnos bastante de nuestro pasado, no lo hemos elegido, es el que tenemos. Roberto Alcázar y Pedrín, cayeron prácticamente en el olvido casi como sus progenitores y quedará en el recuerdo, grato en la mayoría de las ocasiones, de miles de infantes que con su lectura, quizá, se olvidaron de un presente no muy dichoso. Por cierto, que el Capitán Trueno (otro día hablaré de él), que tiene muchos de los estereotipos que aquí se han comentado, sí va a recibir el debido homenaje y ahora mismito se rueda una película que, si dan en el clavo, puede resultar un éxito rotundo, porque mimbres hay para ello.

lunes, 16 de agosto de 2010

ASTURIAS, PATRIA MUY QUERIDA

Cuando lancé por primera vez mi blog y comencé a escribir, no sabía exactamente qué dimensión tomaría, aunque si tenía muy claro por qué lo quería hacer: me gusta escribir y quería tener un espacio propio para hacerlo con una frecuencia semanal. Ahora tras más de siete meses de vida, observo otra razón como es la de ofrecer mi punto de vista, mi opinión sobre asuntos diversos, con la idea de ser un elemento de debate constructivo, de alegre charla con mi círculo de amistades, como una forma de darle un poquillo de salsa a nuestra existencia que a veces pasa por tramos anodinos.

Sabía más o menos lo que quería abordar, lo que aparece en el título general de esta bitácora entre paréntesis, pero poco a poco mi alma escritora me dicta algunos aspectos que me salen del corazón plasmarlos en este espacio virtual.

Por eso en las etiquetas de este blog, va a aparecer por primera vez la de “Lugares”, donde voy a ir en la medida que surjan en mi vida y tenga gana o ilusión por contarlo, aquellos lugares que he visitado en el presente en el pasado y que merecen la pena quedar en mi memoria y en la de este humilde recoveco.

Este pasado mes de julio tuve la oportunidad de visitar por primera vez en mi vida, en compañía de mi familia, la región de Asturias. Un viaje entrañable con unas connotaciones personales muy fuertes que será para mí y para todos los que lo disfrutamos, imborrable.

Para empezar soy de los que opinan que un viaje puede ser fantástico o una pesadilla más por la gente con la que vas que por el sitio que visitas. Partiendo de esta premisa en mi vida he tenido viajes horrendos en lugares pintorescos y otros fantásticos aunque fuera el lugar más feo y con menos atractivo del mundo.

En este caso, sin duda, mi viaje ha sido de los inolvidables. Asturias es un paraíso, un oasis en el norte de España donde todo es una explosión de naturaleza, de verdor, un cuadro polícromo por doquier. Además entramos desde la provincia de León y en apenas unos kilómetros cambias de comunidad autónoma y de paisaje de forma brutal.

Tuvimos una bienvenida apoteósica porque coincidió con el día más glorioso de la historia del deporte español, que yo ya anticipaba las jornadas anteriores que era poco menos que decir que de la historia de España. Me alegré enormemente haber errado en mis vaticinios y haber vivido lo que nunca jamás pensé que ocurriera, que nuestros jugadores levantaran la copa del Mundial de fútbol. Pues allí estábamos, en un chigre asturiano, Bar La Bolera de Anayo, bebiendo sidra natural y comiendo algunas exquisiteces de la gastronomía regional rodeados de parroquianos, que algo más fríos que nosotros estaban ansiosos por cantar el gol. Se dejó querer, pero cayó con justicia el tanto, lanzaron unos cohetes y entre el cansancio del viaje y los efluvios de la popular bebida asturiana, sólo deseé dormir y despertar para convencerme de que no era un sueño, ¡no fue un sueño!

En esos días pudimos disfrutar de una Asturias que a casi mil kilómetros de distancia de mi casa, es tan España como en Andalucía, y uno se siente bien, porque es más, los asturianos son amables y acogedores, muy orgullosos de lo suyo pero sin cargar, sin imponer, porque eso es lo mejor, yo ahora soy un hombre nuevo, yo ya soy de sidra natural. De hecho, la foto que he utilizado para esta entrada tiene su razón de ser, es el tiíllo que suscribe, apenas dos días después de la gloriosa jornada, a los pies de la estatua de Don Pelayo en Cangas de Onís, considerado el primer rey de España, que iba simpáticamente ataviado con la bandera de nuestro país.

Si la naturaleza es el elemento cohesionador de Asturias, hay otros elementos que le dan coherencia a esa región. A consecuencia de esa naturaleza, de su abrupta geografía y de ser una franja de terreno acariciada por el mar Cantábrico, tiene un clima que en nuestro tórrido mes de julio andaluz, podríamos calificar como de benigno. Nunca nos conformamos con lo que tenemos, e imagino que como nosotros ahora renegamos del calor, en invierno ellos se cansarán de las lluvias, pero que nos quiten lo bailado, porque sus veranos son suaves, casi tropicales, con decir que un par de días encendimos la chimenea de nuestra casa rural.

Y luego Asturias tiene eso, tiene gastronomía, la sidra, el cabrales, sus carnes... Ese ganado que pasta a todas horas por prados interminables. Tiene ríos que le dan la esencia a muchos pueblos. Tiene una arquitectura peculiar con casas predominantemente de madera y pintadas con vivos colores.

Y, por último, sitios, los sitios que visitamos y que siempre son el reclamo turístico de estas tierras, Oviedo y Gijón, las urbes; Covadonga, el santuario y la llegada de la Vuelta Ciclista a España; Ribadesella, Cangas de Onís, Arriondas, Infiesto, Villaviciosa, Colunga, Lastres... Hasta siempre o hasta pronto.

lunes, 9 de agosto de 2010

"MEMENTO", DE CHRISTOPHER NOLAN

Quizá sea una de las películas que con menor número de días de rodaje (veinticinco) más tinta ha hecho correr. La cinta “Memento” de Christopher Nolan, gana adeptos y mito a medida que pasa el tiempo; una película complicada pero imprescindible al mismo tiempo.

Puede que estemos ante uno de los ejemplos más recientes, producida en el año 2000, en el que un presupuesto nada exorbitado permite ofrecer un resultado final bastante sugerente. Mucho tendrían que aprender las grandes producciones de experiencias de este carácter.

En esencia todo gira alrededor de la enfermedad de su protagonista Leonard Shelby, interpretado por el actor Guy Pearce, que señala: “No puedo crear recuerdos nuevos”. A consecuencia de un golpe en un momento crítico de su vida, la violación y asesinato de su mujer, este pierde su capacidad para crear memoria reciente, en una suerte de rara enfermedad denominada amnesia anterógrada.

Lo curioso de la trama y que ha sido el factor que ha provocado que se convierta en una película de culto, es la inversión de la secuencia temporal de los hechos. Rememorando al relato más conocido por todos en “Pulp fiction”, en vez de haber una correlación de escenas sin orden cronológico, sucediéndose de forma teóricamente anárquica las más recientes en el tiempo con las más lejanas; en “Memento”, hay una clarísima regresión secuencial, desde el presente hasta el pasado, de modo que el principio de la película es realmente el final.

No obstante, lo interesante de este ejercicio es que cada escena pasada va ofreciendo el porqué de la anterior, de modo que vas construyendo el guión con cada nueva escena, que explica y justifica la anterior. Sin duda, una película rara y difícil de ver, que a medida que se revisa y se escruta cada escena, ofrece nuevos puntos de vista. Aparte se alternan algunas escenas en tiempo real (en blanco y negro), con otras regresivas (en color), no obstante, la sustancia se obtiene de la vuelta al pasado.

La atmósfera en la película no puede ser más angustiosa y agobiante, porque el protagonista, fiel al terrible mal que padece, debe generarse su propio código para sobrevivir y desvelar quién asesinó a su mujer. De esta manera se vale de una cámara de fotos instantáneas, y va tomando pruebas de todo lo que le rodea a la par que anota en ellas informaciones trascendentales. Del mismo modo, se va tatuando en su cuerpo las claves que le ayudarán a descifrar este intrigante rompecabezas.

En cualquier caso, es una película que tiene acción pero a la vez mucho diálogo y muchas citas que hacen reflexionar acerca de la memoria y los recuerdos. Con toda seguridad que si se analiza “Memento” en profundidad siempre nos dejará dudas, deliberada y suspicazmente colocadas por Nolan para ofrecer al espectador un abanico de hipótesis que podrían dar pie a numerosos debates en un hipotético cine fórum.

Sin duda, una película imprescindible para el buen amante del cine, más allá de la calidad narrativa y argumental, por el juego secuencial. Atrevida y sórdida a tramos, pero que no dejará indiferente, siempre te arrojará algún interrogante. Suerte que tengo memoria reciente, pero suerte también que vivimos para olvidar, porque igualmente sería angustioso que lo recordáramos todo.

martes, 3 de agosto de 2010

LA ESTÉTICA DE NUESTRO SERVICIO POSTAL

Para los que somos aficionados a coleccionar sellos, el mundo postal nos apasiona a la par que solemos ser críticos con cualquier cambio o evolución que se produce en nuestro servicio patrio. Y es que el hecho de coleccionar sellos hace que siempre estemos atentos a nuestro referente en España, Correos, que es el que nos provee de nuestros nuevos sellos cada pocos días, pero también de otras subcolecciones a las que los amantes de lo postal estamos más o menos enganchados: matasellos, ATM, marcas postales...

Precisamente la progresiva transformación de Correos de ser un ente netamente público hacia una empresa que dice ser pública en la que los intereses económicos priman por encima del servicio público, ha hecho que los amantes de la filatelia en general tengamos demasiadas quejas sobre las diversas prestaciones de sus cometidos.

A Correos está claro que ha dejado de interesarle el sello dentado y lo mantiene casi como un reducto trasnochado para tipos rarillos, aunque bueno, creo que somos más de un cuarto de millón de abonados al Servicio Filatélico Nacional y algunos beneficios les reportará nuestra minoritaria afición. Lo cierto es que la venta de sellos en los estancos ha decrecido con los años de forma notable y comprar sellos dentados en una oficina de Correos es a veces una misión imposible. Antes con las etiquetas adhesivas y ahora con los matasellos de “franqueo pagado”, han asumido que el tiempo es dinero y que esto es más rápido y más fácil que cortar unos bonitos sellos dentados ajustando la cuenta para llegar al importe deseado. Quieren cantidad de envíos por encima de la calidad, y eso lo da estas nuevas opciones de servicio que no lo diferencian prácticamente nada de una empresa privada de transporte urgente o de paquetería, luego, ¿dónde está el servicio público?

Es curioso, pero si hoy hecho una carta en un buzón de Bailén, de los cinco o seis que hay distribuidos en su casco urbano, y el destinatario es mi vecino bailenense de la casa de más abajo, la recibirá en dos o tres días, matasellada en Granada. Correos, de igual modo, habrá hecho sus cálculos y habrá pensado que eso de matasellar en cada población de España es una pérdida de dinero para sus arcas y ha generado por zonas los denominados Centros de Tratamiento Automatizado, donde una máquina se encarga de hacer la labor de muchas personas. Total, que se cargaron el coleccionar las marcas postales españolas, e irá a más.

Esto, sin duda, tiene sus desventajas, para empezar que la carta tarda normalmente un día más en llegar a mi casa (qué lejos quedan aquellos tiempos en que algunos carteros veteranos me contaba que repartían mañana y tarde, y hasta los domingos), por ese viaje extraordinario que tiene que hacer para volver a la ciudad desde donde se envió la carta, que las máquinas se equivocan y además son fáciles de equivocar; ya me comentaron mis amigos del Grupo Filatélico Virgen del Carmen de Jaén, que podías enviar cualquier carta con un sello ya matasellado, español o de cualquier otro país que llegaría a su destino con seguridad cierta. Así es, ya lo había intentado en Bailén, y ahora que he estado una semana de vacaciones en Asturias, me he enviado a mi mismo, a mi casa, varias postales con sellos matasellados de Francia, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, Filipinas..., y me han llegado todas sin excepción. No creo que a Correos le preocupe especialmente esta simpática triquiñuela. Tan sólo me queda, cuando tenga algo de tiempo diseñar mi propio sello, con mi cara, o la de algún familiar mío, o la de mi perra Lúa, editarlo en impresora y mandarlo tal cual; de hecho, circulan ya diseños muy curiosos de El Fary, Tejero, Torrente y otros personajes que nunca tuvieron su sello auténtico.

En todo caso, como se suele decir “mal de muchos...”, porque según me cuentan, yo no lo he probado todavía, pero lo probaré pronto, puedes enviar una postal desde el extranjero con un sello matasellado y de otro país, que te llegará a casa, porque allí tampoco hay una persona que se fije en esas cosas y las máquinas aún no llegan a ese estricto nivel de sofisticación.

Por si fuera poco, la apatía de Correos también la puedo apreciar en la excesiva tardanza que a veces se acumula con determinados envíos; he llegado a recibir cartas que tardaron más de un mes y medio desde que se enviaron en Albacete hasta llegar a Bailén, y una postal que me envié desde Asturias ha tardado dos semanas y eso que estaba correctamente franqueada (o sea, que las que iban con los sellos de pega han ido más rápidas).

Por último, y como decía al principio, los coleccionistas de sellos somos críticos con Correos, pero en realidad es porque somos unos enamorados del mundo postal y nos gustaría que este servicio funcionara mucho mejor, en realidad con otros criterios bien diferentes, y para terminar lo que no puedo soportar es que Correos esté desdeñando y menospreciando cada vez más su propia imagen, que no puede ser que vea a sus trabajadores, especialmente los que están en la calle, los carteros y carteras, vestidos de cualquier manera, con una estética de turistas con carrito del mercado, que también es feo con rabia, ahora en verano con bermudas y chanclas de la playa. ¿Dónde están sus uniformes?, ¿dónde está la marca Correos? Eso sí lo he visto en otros países, los funcionarios de los diferentes servicios postales van impecablemente vestidos, con sus camisas, polos, pantalones, chubasqueros para la ocasión y gorras; no puede ser que aquí en España nuestros carteros no tengan ninguna distinción, ¿tan bajo hemos caído?, ¿o también es una cuestión de ahorro y economía de medios?