lunes, 30 de agosto de 2010

"LOS INVENTORES DE ENFERMEDADES", DE JÖRG BLECH

He conocido desde siempre a personas y, además, muy cercanas a mí, que viven atiborradas de pastillas y medicamentos sin que yo sepa realmente qué enfermedad tienen. Mucha gente tiene una absoluta dependencia de los fármacos, sin que su administración o no tenga como resultado una mayor o menor esperanza de vida. En todo caso, acepto que ese arsenal de medicamentos que reciben muchas personas, especialmente de la tercera edad, no les va a hacer eternos, aunque sí puede que mejore su calidad de vida.

Hace no mucho señalaba en uno de mis articulillos que la Gripe A ha supuesto un gol por toda la escuadra para los gobiernos de los países occidentales. Y no nos engañemos, estamos en un mundo en el que hay un poder que está por encima de los gobiernos, por encima de los medios de comunicación, de grupos terroristas, mafias, etc.; se trata de las grandes compañías farmacéuticas, capaces de “inventar” enfermedades para las sociedades avanzadas, y absolutamente desentendidas de las grandes epidemias del tercer mundo, ya sea para investigar más, para invertir en infraestructuras sanitarias, o para algo tan simple como ofrecer sus medicamentos de forma gratuita o a un precio casi testimonial.

De todo esto trata un libro que hace ya un par de años cayó en mis manos y que, por fin, estas largas tardes de verano me han permitido concluirlo. En “Los inventores de enfermedades”, su autor, el alemán Jörg Blech, antes de la implosión de la Gripe A, ya nos advertía de cómo actúan estas grandes compañías, capaces de cualquier cosa para obtener unos beneficios cuantiosísimos.

Desde hace varias décadas las empresas farmacéuticas medicalizan nuestra vida, convirtiendo los procesos normales de la existencia humana en problemas médicos.

Parece ser que el concepto moderno de salud/enfermedad lo creó un médico llamado Knock. Este galeno francés llegó a principios del siglo XX a un pueblo serrano, donde sus habitantes estaban tan sanos que no iban al médico. El antiguo médico del pueblo, el doctor Parpalaid, comentó a su sustituto que los vecinos le dejarían tranquilo, aunque obviamente no se haría rico con las consultas. Pero Knock no se conformó con eso, contrató al pregonero del pueblo para que anunciara que pasaría su primera consulta gratis para limitar la propagación de enfermedades en esa región. La sala de espera se llenó, diagnosticando a los aldeanos síntomas extraños e inculcándoles la necesidad de un cuidado permanente. Este francés creó un mundo donde sólo había pacientes, bajo la máxima de: “Toda persona sana es un enfermo que ignora que lo es”.

Como decía antes, estamos cada vez más acostumbrados a ver cómo cualquier proceso normal de nuestra vida se convierte en objeto de la medicina: el nacimiento, el envejecimiento, la infelicidad, la sexualidad, la muerte. Y es que cada vez hay una pastilla para una nueva enfermedad; las grandes compañías farmacéuticas obtienen sus beneficios gracias a las personas sanas a las que convencen de que están enfermas.

Pero cómo trabajan estas empresas. Pues sería muy curioso analizar sus gastos, ya que utilizan un tercio de sus presupuestos y un tercio de su personal en sacar nuevas enfermedades al mercado. El apartado de marketing es sencillamente brutal, se gasta más en este concepto que en investigación; se maquillan estadísticas a su antojo; no pocos médicos influyentes están en su nómina de contactos, a cambio de favores tales como subvenciones a sus fundaciones, asociaciones; u organizando seminarios y congresos en lugares paradisíacos, en los que estos mismos médicos dan conferencias sobre las nuevas enfermedades y, en consecuencia, los fármacos creados al efecto, cobrando por ello fuertes sumas de dinero, aparte de vivir unos días de vacaciones en destinos idílicos.

Por otro lado, a veces un médico de cabecera de provincias, suficiente tiene con pasar unas siempre multitudinarias consultas para preocuparse por hacer un análisis sofisticado de los nuevos medicamentos, y se basan en pautas médicas formuladas a nivel general por otros colegas que sí tienen tiempo para separar la paja del trigo. Pero he aquí que esos colegas no dictan doctrina de forma gratuita, los grandes laboratorios están detrás. Muy revelador resulta un dato que nos refleja este libro y es que un grupo independiente de médicos escribieron una carta a ciento noventa y dos de esos responsables en Estados Unidos y Europa de establecer las pautas médicas, preguntándoles si tenían relación con industrias farmacéuticas, casi la mitad no respondió; y de los que respondieron, el 87% se relacionaba con dicha industria, el 59% vinculados con las empresas cuyos productos habían recomendado en las pautas, el 38% asesores o empleados directos de dichas industrias y el 6% poseían acciones en sus empresas. Precisamente, hace pocos días se reveló la identidad de los quince expertos que formaron el comité de urgencia de la gripe A en la Organización Mundial de la Salud, la Biblia en este caso, y al menos cinco de ellos tenían relación directa con farmacéuticas. Después de esto, sólo cabe decir ¿en manos de quién estamos?

También se está generalizando en las grandes capitales unas campañas en las que se invita a la gente a hacerse un diagnóstico gratuito para tal o cual enfermedad, cuyo fin obsceno es el de atraer a nuevos enfermos que no sabían que lo eran, gracias a que las compañías farmacéuticas van cambiando los niveles en los que se puede diferenciar a una persona sana de una enferma. Y ello porque los niveles de azúcar en sangre, la tensión arterial, el colesterol, han ido variando con el tiempo gracias a las farmacéuticas, que han forzado para que el número de habitantes afectados por los niveles insanos sea cada vez mayor. Y claramente hoy uno puede ser un enfermo crónico por tener un tratamiento de por vida para la hipertensión, con unas cifras que hace treinta años lo habrían declarado como una persona perfectamente sana.

Sin ir más lejos, hasta 1974 en Estados Unidos se consideraba una enfermedad, hasta que la Asociación Americana de Psiquiatría por votación decidió que ya no lo era; esa gratuidad en las decisiones es lo que preocupa al autor de este trabajo, que las enfermedades aparezcan en nuestra vida sin saberlo, cuando son aspectos naturales y a veces triviales de la misma, sino a qué viene tanto medicamento para el aburrimiento, la calvicie, las orejas de soplillo, el trabajo (estrés postvacacional), la soledad, el ser feo, la piel de naranja...

¿Y qué nos depara el futuro? Pues para Jörg Blech, no parece muy halagüeño, pues las farmacéuticas van a seguir trabajando con el objetivo primordial de aumentar sus cuentas de resultados, poniendo cada vez más productos en el mercado y haciendo que su clientela potencial seamos la mayor parte de los ciudadanos que estamos en países desarrollados. Por si fuera poco también se vislumbra la amenaza de los análisis genéticos que basados en generalidades (como los horóscopos), tratan de descubrir taras que desconocías para convertirte en un dependiente de algún medicamento que previene “la posibilidad”, a veces mínima, de que esa enfermedad que tiene uno latente, despierte.

Finalmente, este libro deja una aguda y preocupante reflexión acerca del papel del médico en nuestra sociedad. Si vamos a cualquier ambulatorio o centro de salud más cercano, siempre nos encontraremos con un buen porcentaje de gente mayor. De algún modo, las visitas a sus facultativos es un modo de ocupar el tiempo y abandonar la soledad y el aburrimiento; se trata de un momento propicio en el que la persona se siente protagonista, hay alguien que escucha y comprende sus problemas. ¡Qué importante es la labor de psicólogos que tienen que hacer nuestros médicos! Por no hablar del tremendo efecto placebo que esos medicamentos tienen, algunos expertos consideran que más de un 50%. De hecho, muchos médicos reconocen que el mismo hecho de recetar ya supone la primera pastilla para que un enfermo sane.

Para terminar, he de decir que la lectura de este libro me llevó a una profunda conclusión: yo de mayor quiero trabajar en una gran compañía farmacéutica.

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