sábado, 28 de enero de 2017

LA COLECCIÓN DE SELLOS DE UNIFORMES MILITARES ESPAÑOLES (1973-1978)

Zapador del Regimiento
Real de Ingenieros - 1809
Yo sé que lo de coleccionar sellos no es que no esté bien visto, sino que somos tan pocos los que quedamos en este país y es una afición tan minoritaria, que simplemente el solo hecho de hablar de filatelia hace que nuestro entorno social nos tenga como bichos raros.

Realmente y lo afirmo con absoluta sinceridad, que eso es encerrarse un tanto, es como no ver el bosque porque hay unos árboles delante que te lo impiden. Pero es que, además, no es necesario ser coleccionista de sellos para tener sellos en tu casa. Yo voy de vez en cuando a un bar cercano a mi domicilio y tienen como decoración un cuadro colgado con sellos en él, son sellos de muy poco valor, pero con los veinte o treinta sellos que hay en la composición se perciben un montón de colores diferentes, el resultado final es que el cuadro es llamativo y mucha gente se para a contemplarlo.

Los sellos no solo son decorativos, sino que puntualmente son conmemorativos y uno podrá no haber comprado un sello dentado en su vida pero sí tener de recuerdo aquel que sacó Correos para celebrar el primer aniversario de la fundación de tal o cual club de fútbol (y esto es muy cierto porque a Correos le encantan este tipo de aniversarios en favor del deporte rey, porque piensan que van a vender más efectos), o algún monumento de su ciudad.

Colecciones de sellos hay muchas en la historia postal de nuestro país, en concreto, a la conclusión de 2016 algo más de 5.600 sellos, 5.600 motivos diferentes, en los que se ha tocado de todo o casi de todo. Y de calidad también de todo, en este sentido, yo soy muy clásico y me encantan los sellos elaborados por los grabadores existentes en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre tras la posguerra, personalizados en José Luis Sánchez-Toda, personas amantes de su trabajo, profesionales como la copa de un pino, pero además, profesionales en el sentido estricto, de fichar a la entrada y a la salida y hacer su trabajo muy bien, eran artistas y hacían obras de arte, sin mayor reconocimiento que el de su sueldo y la satisfacción de que sus trabajos se vieran plasmados y que luego circularan por miles de manos, pero ciertamente grandiosos artistas en la sombra. Grabadores absolutamente desconocidos como Antonio Manso, Miciano Becerra, Carlos Tauler o Núñez de Celis que apenas tuvieron ni tienen reconocimiento público, aunque espero que lo hayan tenido privado; yo ya les hice mi modesto homenaje.

Abanderado del Real Cuerpo
de Artillería - 1803
Y precisamente hoy reivindico una colección que tal vez no sea de las más brillantes de la historia filatélica de nuestro país, pero que a mí siempre me ha gustado mucho, prácticamente desde que era pequeño, será porque de niño muchos de estos sellos los tuve entre mis manos. Se trata de la serie de «Uniformes Militares» que en diferentes entregas se fueron emitiendo en España entre los años 1973 y 1978 realizándose en nueve bloques de cinco sellos cada uno para completar un total de cuarenta y cinco efectos postales. La técnica utilizada para su realización fue la del huecograbado.

Una de las razones por la que destaco esta colección es porque puede ser un plato muy apetecible para los amantes de la historia en general y de la historia militar en particular, es decir, entre otros, mis amigos los recreadores de época, con los que comparto buenos ratos y alguna que otra decepción. Esta es una colección muy bonita porque recorre en esos pequeños efectos, que yo muchas veces llamo joyitas, la historia de los uniformes militares de nuestro país entre los siglos XV al XX.

No es, desde luego, una colección científica y exacta en el sentido de que sea un documento oficial y fidedigno que recoja los uniformes más relevantes de los últimos cinco siglos, pero dada la pulcritud, rigor y meticulosidad del servicio de Correos en esos años, no solo, por la calidad de los trabajos de los grabadores, sino por la gran labor de investigación que me consta que se hacía y que, por supuesto, dista un abismo con lo que se hace actualmente, donde esa indagación documental brilla por su ausencia, debo concluir en que supone una visión muy cercana a lo que sería una muestra bastante fiel de la evolución de la uniformidad militar en la historia de España en las últimas cinco centurias.

Dicho esto, entiendo que la afición a la historia debe ser algo más que el conocimiento de un episodio puntual, de una fecha concreta, ni tan siquiera de una parte singularizada de la misma, representada en una batalla exclusivamente. Si nos quedamos con la historia militar en particular, de algún modo, desdeñamos la historia política, la historia cultural y tantas y tantas expresiones de la historia. De ahí que yo recomiende para los amantes de la historia que se hagan con esta colección, que pertenecería a una subárea de la historia militar, y que perciban la evolución de varios siglos en esa indumentaria, no solo la de un apartadito del siglo XIX, por ejemplo.

Coronel de Infantería
de Línea - 1802
La vocación divulgativa de Correos entre 1950 y 1980 era mucho mayor que la de ahora, pues aparte del poco impacto cultural y mediático de las emisiones actuales, la rigurosidad ha desaparecido, la falta de planificación en lo que se emite también y, por supuesto, no se percibe un propósito divulgativo. En esas emisiones posteriores a 1950, que filatélicamente hablando inició un nuevo ciclo denominado Centenario del sello español, sí que se pulsaba un más que evidente interés pedagógico, tal es el punto que las colecciones, como esta, emitidas en sucesivas entregas a lo largo de varios años, tenían no solo el rigor ya subrayado, sino que para su más perfecto conocimiento y organización, cada uno de los sellos que la componían llevaban una numeración. En este sentido, esta colección no puede ser más práctica y organizadita, porque cada sello tiene su número en el pie de cada efecto, desde el nº 1 hasta el nº 45.

Bellos sellos, realizados con detalle y minuciosidad, pequeñitos pero precisamente por ese carácter llama más la atención la finura con la que trabajaban nuestros grabadores. Sellos con cierto colorido y realizados de una forma muy seria, realmente asemejan a láminas de un libro de historia; igualmente en contraposición con los diseños actuales, muy erráticos y donde, de vez en vez, nos sorprendemos con figuras históricas que más que un profesional parecen haber sido dibujadas por un niño pequeño y eso que ahora se cuenta con herramientas que antes no existían como los ordenadores y un montón de potentísimos programas especializados.

Dicho esto, he de recordar que en el mundillo de la historia, hay de todo como en botica, y no voy a decir que abunde pero sí es cierto que surge a veces la figura por todos conocida del historiador erudito que ha erigido su cátedra luego de haber leído poco más de la contraportada de un libro de historia, con lo que esta colección incrementaría su bagaje.

En fin, valga esta pequeña licencia humorística para marcar el camino a los muy amantes de las guerras dieciochescas, de la Guerra de la Independencia, por ejemplo. Dentro de esta colección de cuarenta y cinco efectos, únicamente en la quinta entrega de esta serie, en 1975 y antes de que se produjera la muerte de Franco, se muestran cinco sellos que abarcan trajes desde 1785 a 1809, y en concreto, de ese último año data la indumentaria del Zapador del Regimiento Real de Ingenieros (la foto que muestro en la portada de esta entradita), aunque los otros cuatro de fechas anteriores tienen mucha pinta de que esos mismos o parecidos también se usaron en la Guerra de la Independencia. Estos sellos, en el conjunto de la colección, tienen señalados los números 21 al 25.

Así que aprovecho para recomendar a la gente, con mayor o menor apego, con más querencia o menos a los sellos, que no tengan miedo ni vergüenza a comprar. Esta colección completa, he mirado un par de sitios web muy rápido, no cuesta más de diez euros, ¡y encima es barato!

Pero no solo esta colección y ya de paso tiendo la mano a cualquier ciudadano, en esos miles y miles de sellos de la historia postal española que antes he referido, a buen seguro que hay alguno que tenga algún interés para cualquier persona: un escritor, un monumento, una ciudad, un evento histórico... ¿Por qué no disponer de ese recuerdo?

Curiosamente el pueblo donde resido, Bailén, no cuenta con ningún sello en la historia, ni el pueblo ni su célebre Batalla. Cuando se podía (en la dictadura franquista) no sé por qué circunstancia no se acertó con incluir algún efecto en las planificaciones anuales. Cuando no se podía, ahora, el Ayuntamiento solicitó con insistencia la correspondiente estampilla. Y no se podía ni se puede, porque igual que en la dictadura y antes de ella, hablar de historia militar (como esta colección de uniformes), de batallas y de guerras, se entendía como una manera de ensalzar los valores patrios. Desde hace ya décadas desapareció de las programaciones postales españolas todo rastro de guerras, como si molestáramos a otros países por el hecho de que la historia que tenemos, con victorias o derrotas, es la que es y no la podemos cambiar, y eso pudiera levantar ampollas, no me puedo contener con semejante estupidez. Y al hilo de esto, yo que analizo concienzudamente las emisiones de Correos desde hace años observo que hay una deriva hacia asuntos políticamente correctos, mucha pamplina de celebrar eventos que no le interesan a nadie, muchas vírgenes (el tema religioso les interesa con un inopinado fervor) y mucho centenario de clubes de fútbol, incluso el del Villaliebres de Abajo, C.F.

sábado, 21 de enero de 2017

"SI BEETHOVEN PUDIERA ESCUCHARME", DE RAMÓN GENER

Fue casi por casualidad que un día, teniendo en mis manos el mando de la tele de mi casa (quien tiene el mando tiene el poder), en las raras veces que mi hijo no lo controlaba, vi en La 2 de TVE un poco del programa «This is opera», básicamente un espacio en el que de forma amena un hombre de mediana edad y con aspecto desenfadado, incluso pijo, nos acercaba de una manera cercana lo que era la ópera, Ramón Gener.

Esa imagen desenfadada la transmitía no solo por la forma de presentarnos la ópera, abriéndola para todos aquellos que jamás habían ido a un espectáculo de esos, sino porque daba la impresión de ser un tipo normal, de la calle, un tipo en vaqueros, aunque eso sí, con una voz penetrante, de periodista, la que le forjó para ser un barítono profesional.

Más allá de ese programa observé a través del Círculo de Lectores, mi principal proveedor de literatura, que Ramón Gener había escrito un libro que es este del que hoy hago una reseña. Configurado no como una extensión de su programa televisivo, sino más bien como una autobiografía limitada a la experiencia musical a lo largo de su vida.

En realidad «Si Beethoven pudiera escucharme» no es un ensayo al uso, no tiene grandes pretensiones pero llena. Yo lo definiría como el relato de una pasión por parte de un amante de la música. Porque Ramón Gener aprovecha para contar su vínculo con la música desde que era niño y las vicisitudes y crisis por las que atraviesa para mostrarnos cómo está de presente la música en nuestras vidas y también trata de tocar nuestra fibra sensible haciéndonos reflexionar sobre la historia de la música, de los grandes compositores, incluso de músicos actuales, para que sigamos amándola cada uno en su entorno personal, a la manera de cada cual.

Desde mi propio punto de vista he de decir que hubo un momento en mi vida, no muy lejano, que tuve la necesidad de conocer algo más de la música, no solo a la hora de escucharla o para hablar de ella como hago en este blog, sino saber mínimamente qué se escondía en una partitura. Estuve algunos años con un aprendizaje muy suave, a la par que tocaba el saxofón, instrumento que elegí en este pequeño reto; ya lo dejé, aunque no descarto retomarlo en el futuro, y en buena parte de este recorrido, conseguí el objetivo de leer un poco las partituras, las claves, las tonalidades; digamos que ese bagaje me ha enriquecido y ahora puedo ver la música con un enfoque más amplio.

Dicho esto, uno de los buenos posos que me ha dejado este libro es que hay muchos aspectos de la música en los que no reparamos y que Ramón Gener se propone descubrir para nosotros, gracias a la experiencia de una vida muy orientada hacia este arte.

En este recorrido autobiográfico del escritor, dividido por pequeños capítulos no numerados y que son titulados con pequeños lemas: imaginación, libertad, sentimientos, amistad, curiosidad, pasión..., en cada uno de ellos este realiza un relato muy didáctico en el que hace referencia a alguna canción o algún tema musical con su letra, y este le ayuda a hacer una reseña histórica de la música a través de algún compositor, por último, esto lo enlaza con su realidad, para crear referencias que le han acaecido en su vida. En este sentido, los hitos más importantes de la vida musical de Ramón Gener fueron un inicio en la infancia de enseñanza musical, impuesta por sus padres, y aceptada a regañadientes por él, tanto que lo dejó al poco; posteriormente, casi de casualidad vuelve a ella gracias a la sensacional soprano Victoria de los Ángeles, y vive una explosión y madurez de su experiencia musical en la que se convertirá en barítono; y finalmente, tras una nueva crisis, esa madurez devendrá en que el propio Ramón Gener se convencerá de que no será un excepcional barítono, pero descubre que es un gran divulgador, fase de la vida en la que actualmente se encuentra.

Ramón Gener me ha servido para conocer más detalles de la música, realiza muy sabias reflexiones que solo un profesional de este ámbito puede llevar a cabo y que una persona con una modesta afición a la música como yo, no puede abordar.

El libro, que es muy interesante, y que tiene capítulos que me han llenado algunos más que otros, tiene pasajes que me han llamado la atención especialmente. Muy al principio, Gener nos adentra en el significado de la música, es decir, ¿la música nos evoca un mensaje en la cabeza a todo el mundo por igual? En realidad no, particularmente la música sin letra o sin interpretación y sin contexto (en un ballet, en una película...), no nos hace experimentar a todos las mismas sensaciones. Si preguntas a un grupo de personas que escuchan un tema musical sin letra e inédito y sin información previa, es posible que haya tantas interpretaciones como personas.

Culturalmente hemos aprendido qué es una música triste y cuál alegre, la que deberíamos utilizar en una discoteca o en un funeral; pero es imposible que pensemos en las evocaciones que quería transmitirnos el compositor; si quiere que imaginemos un cisne nadando plácidamente en un lago, necesitamos más datos, necesitamos un escenario que nos muestre esa imagen o una letra que nos ofrezca un contexto. Y yo coincido con Ramón Gener en que eso es lo bueno de la música, que es democrática, que es libre, que es universal, que cada uno la oye y puede pensar lo que quiera, y mi pensamiento es mío y no coincidente con el de los demás. En este sentido, la música es pura libertad.

No soy muy aficionado a hacer cortas y pegas, pero he querido pararme en un párrafo, de los muchos que tiene el libro que ofrecen mensajes de calado, y que dice lo siguiente: «Si ahondamos en el sentido filosófico de la trascendencia, nos daremos cuenta de que todos podemos sobrepasar nuestros límites naturales sintiendo e imaginando y que, por los tanto, todos tenemos la capacidad de comprender la música. La universalidad de la música no se debe a que su lenguaje sea el mismo para todos. No se de debe a que una corchea sea y se escriba igual aquí o en la otra punta del mundo. No. La universalidad y la trascendencia de la música se deben a que habla a todo el mundo. La música habla sin hacer distinciones. La música abraza a todos. Todos podemos entenderla. (…). Cuando suena, las notas que oímos son las miasma para todo el mundo, pero su significado, lo que recibimos, lo que sentimos, lo que cada uno de nosotros entiende, es diferente. Esta es su trascendencia. Esta es su magia».

En fin, existen muchos pasajes en el libro que te ayudan a apasionarte más si cabe por la música y, por supuesto, Gener no pierde la oportunidad de hablarnos un poco de la historia de la música a través de los compositores que más le han llenado a él, a través de sus anécdotas y de sus vidas siempre jugosas. Por cierto que para este barítono su preferido es Beethoven, el que le da nombre al libro y explica sus razones para ello.

Por último, recuerdo con cierta curiosidad que, si la música clásica es para la mayoría de nosotros un pequeño espacio de nuestra mente, si tuviéramos que hacer una lista, aun pequeña, de los compositores clásicos que nos suenan, a buen seguro que esa lista tiene muchos apellidos germánicos. Y digo que es curioso porque, de forma un tanto callada, la historia de la música le debe mucho a Alemania y a Austria, y estos países no alardean especialmente con esto, tal vez debieran estar más orgullosos de los Mozart, Brahms, Schubert, el mismo Beethoven, Bach, Haydn, Wagner o Telemann.

Un libro interesante para reflexionar sobre y con la música, para seguir aprendiendo y apasionándonos cada día más sobre este arte que nos hace evadirnos, aunque sea por un momento, de una vida que a veces no es fácil.

sábado, 14 de enero de 2017

¿PROGRAMAS ANTICRISIS EN TIEMPOS DE CRISIS?

Partiendo de la base de que ya hemos superado la crisis económica, aunque no estamos bien del todo mientras sigamos teniendo a tanta gente en el paro; si tuviéramos que medir la sensibilidad del conjunto de los españoles en estos años críticos, hay que decir que hubo de todo, los que lo pasaron mal y no hicieron alardes, o casi; dentro de los que nos mantuvimos hubo los que ayudaron y otros que alardearon; y de los ricos también de todo, los que les dio igual y si acaso contribuyeron a agravar la crisis y aquellos otros a los que se les ablandó el corazón e hicieron esfuerzos para minimizar los efectos de semejante depresión económica en su zona de influencia.

Y dicho esto, hay que subrayar y no me lo invento yo, que hubo mucha gente afectada por la crisis, pero las estadísticas hablan de que también hubo vencedores, y los medios de comunicación se encargaron de recordarlo, y estos fueron los ricos, aquellos que tenían dinero aprovecharon, entre otras estrategias, para pescar en río revuelto, enriqueciéndose por ejemplo, a base de comprar chollos a tres perras porque la gente estaba asfixiada.

Puede ser noble ese afán por beneficiarse, aunque algunos lo hicieran con cierta ruindad no importándoles quién había detrás de esas propiedades que compraban. Por cierto que si hablamos de falta de sensibilidad, desde luego los bancos están en la cúspide de la falta de escrúpulos, y hoy tiene una parte «mala» de su gestión que es la que representa un montón de inmuebles que son hoy de su propiedad, que no consiguen vender y que, en el peor, de los casos, están siendo devaluados a pasos agigantados por esas familias okupas que se han instalado en ellos. Curiosamente muchos bancos que tuvimos que rescatar con dinero de todos los contribuyentes y que ya nos han dicho los economistas que ese dinero jamás se recuperará.

Por si no estuviera mal el panorama, recuerdo con verdadero asco cómo algunas televisiones echaban aceite hirviendo sobre la herida, contribuyendo a ofrecer no solo un panorama contrario a la realidad sino que mostraban determinados mundos paradisíacos que levantaban verdaderas ampollas a la mayoría de la población.

Por empezar a poner ejemplos, probablemente el más conocido era «Españoles por el mundo», sobre todo porque se emitía en un horario de máxima audiencia y en TVE que, como televisión generalista y pública, suele ser una elección casi automática para la mayoría de los españoles.

Ojo, hay que advertir que el programa bien pudiera haberse llamado «Españoles triunfadores por el mundo», es decir, aquellos que habían llegado a tal o cual país y allí tenían una vida placentera. Es decir, se trataba de una imagen muy sesgada; los había que vivían en países menos avanzados que el nuestro, o del tercer mundo, y allí vivían por el éxito que habían cosechado mejor que en España. Pero también los había de esa nueva generación de inmigrantes provocados por la crisis que rápidamente habían encontrado un buen empleo en países más ricos que el nuestro y que en poco tiempo comentaban todo tipo de excelencias de su nuevo exilio.

Curiosamente con estos españoles que tuvieron que inmigrar por mor de la crisis, parecía que alguna mente pensante nos mandaba un mensaje subliminal y casi involuntario de que dejáramos España para irnos a ese nuevo paraíso de las oportunidades. El mensaje más allá de su involuntariedad calaba, vaya si calaba, esos españoles que aparecían en Dinamarca, Noruega o Nueva Zelanda, nos ponían los dientes largos cuando expresaban las bondades de las ayudas sociales, los sueldos, los avances tecnológicos en ciudades o pueblos, que dejaban en mantillas a un sistema como el nuestro que, como las comparaciones son odiosas, se nos antojaba absolutamente arcaico. Medio en broma medio en serio, no pocas veces mi mujer me decía, «pues vámonos a vivir allí», comentario que seguro que hicieron muchísimos españoles, y con total certeza el programa impulsó a algunos que no tenían futuro en nuestro país a abandonarlo con tristeza, porque no olvidemos que pese a todo lo malo de España, nos sigue valiendo que como aquí no se vive en ningún sitio y que como la comida de mamá, el jamón serrano y las cervecitas con tapa del mediodía no hay nada.

Por si no fuera suficiente la dosis semanal, cada televisión autonómica también hizo su propio clon, con similares características y con unas consecuencias idénticas, seguir mandándonos mensajes sobre las excelencias foráneas, en un bombardeo continuo.

Yo ya no sé si algún directivo sesudo de TVE o del propio Gobierno, cayeron en la cuenta, tal vez ya demasiado tarde, de que había de dejar de enviar mensajes subliminales porque todo el mundo se estaba coscando del asunto, y particularmente «Españoles por el mundo», dejó de estar en ese horario de máxima audiencia, para pasar a otro menos impactante y aleccionador.

Vendrían después otros programas, más actuales, en los que se ofreció una imagen más cercana de la realidad, la de esos otros españoles no triunfadores por el mundo. Ahora ya sí que vemos con más habitualidad a familias que viven en Berlín, en Oslo o en Londres y el marido, con un currículum fabuloso y una ingeniería de telecomunicaciones se las arregla para sacar un sueldecillo medio qué, limpiando mierdas en los servicios de un centro comercial, mientras la mujer trata de hacer encaje de bolillos con ese salario exiguo y mantener a los dos niños pequeños en un piso superenano en el suburbio de una gran ciudad, a la par que acude a los centros de beneficencia para que le procuren algo de comida y ropa, mientras observan por la ventana que todo está nevado y tienen que estar todo el día con la calefacción puesta, acordándose, por supuesto, del buen tiempo que hacía en nuestra España, donde la nieve es siempre una excepción y una alegría por su escasez.

Por eso, cuando el nuevo Ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, manifestaba semanas atrás acerca de los españoles que emigraban «lo que muestran es una inquietud, una amplitud de miras, una adaptabilidad a nuevos horizontes..., ir fuera enriquece, abre la mente, fortalece habilidades sociales», realmente pensé que ya teníamos con nosotros al nuevo tonto del año, un tipo capaz de soltar por la boca este tipo de lindezas y gilipolleces para contentar a su propia bancada; sinceramente vomitivo, tendría que estar un día limpiando mierda en Manchester.

Por desgracia estos programas indecentes y provocadores se sucedieron en otras cadenas, no exactamente del mismo perfil, pero con un afán no premeditado de enervar a la clase media y baja de este país.

Así estaba uno denominado «Mujeres ricas», este emitido en La Sexta en plena crisis y en el que, mientras muchos españoles comían la sopa boba y adelgazaban por necesidad, estas señoras superfantásticas y con tipitos espectaculares, derrochaban su dinero a base de bien, con gastos que se nos escapan de nuestra mente.

Yo siempre lo he dicho, soy una persona corriente en un mundo mediocre, y sobre todo en cuestiones económicas soy muy inocente, tanto que aunque sé que es verdad no logro concebir que un jugador de fútbol gane las barbaridades que gana, y que cualquier día de trabajo ingrese lo que yo en un año. Y me cuesta trabajo pensar que alguien puede comprarse una botella de vino de 6.000 euros y bebérsela en una comida, o ir a un hotel donde la noche vale 3.000, o ir al casino (esto lo he visto con mis propios ojos) y jugarse en un minuto mi sueldo de todo el mes.

En fin, por más que reconozca que hay gente que es multimillonaria, no me cabe en la cabeza que puedan, porque pueden, gastar enormidades. Las tales mujeres ricas, tenían un séquito alrededor y casas con chorrocientas habitaciones superlujosas. Ciertamente que al final las vidas de todos los humanos coinciden, afortunadamente, en que en muchas cosas somos muy iguales y tenemos los mismos problemas; y las vidas de estas señoras terminaban siendo vulgares, con la única diferencia de que debían quemar dinero.

Recuerdo a una moza almeriense guapa y de buen cuerpo, no sé si con ayudas de quirófano, casada con un empresario de la construcción de aspecto entre vulgar, cateto y vestido por su condición social a pedradas, o sea, que el traje le sentaba como las pistolas a un santo; es decir, prototípica imagen de pareja de hombre feo y con cuenta corriente de siete cifras y mujer guapa, enamorada de los dineros de su marido y también enamorada, aunque a más distancia, de su marido, que era feo. La buena señora preparaba una fiesta y se entretenía en gastarse 1.000 euros en los días previos para que una manicura, peluquera y esteticista la dejaran como un palmito para tan fastuoso evento.

También en este programa salía la mujer del que fuera jugador argentino de fútbol de varios clubes europeos hace un par de décadas Claudio Caniggia, que tenían su residencia en Marbella, y la señora (esta no era muy bella y sí muy reparada) tenía unas importantes comeduras de olla, y lo mismo, coincidía en que su vida giraba en torno a cómo gastar dinero, y lo que era más deplorable para los sufridores telespectadores, es que ella misma detestaba lo vulgar, no sé, comprar en el Mercadona, ir a una playa con su arena y niños molestando, o comer alimentos que la clase media comía. Semejante payasa...

Luego había otro programa, tal vez no era tan sangrante, se llamaba «¿Quién vive ahí?» y también de La Sexta. Este también era una especie de bofetón para la mayoría de los españoles que vivimos en una vivienda humilde y con las habitaciones y el espacio justo. Esos casoplones no solo habían costado una millonada en su construcción, sino que la decoración tenía que ser acorde con el diseño del edificio y con la posición social de la persona. Era otra especie de «Españoles triunfadores por España».

Pues sí, porque escocía que nos plantificaran en nuestras narices a esos ciudadanos y convecinos nuestros que se podían permitir el lujo en plena crisis de mantener una casa con cinco cuartos de baño, un gimnasio, una sala de cine y una cocina del tamaño de un polideportivo, pagando sueldos por su mantenimiento que en un mes podría suponer lo que yo gano en tres años.

Todas estas manifestaciones vergonzantes demuestran la poca sensibilidad y el escaso tino de algunas televisiones, ahora ya no se ve tan mal, pero en aquellos años no tan lejanos, yo no entendía cómo la gente no salía a la calle y se rebelaba, quizás hubiera una razón, y es que muchos españoles en su inocencia y en su humildad veían el programa de forma masoquista, a lo mejor yo también, porque aspiraban alguna vez, por un golpe inopinado de fortuna, a ser protagonistas de esas historias.

sábado, 7 de enero de 2017

"588 RUE PARADIS", DE HENRI VERNEUIL

Soy un hombre de costumbres, y de costumbres rarunas, no lo puedo evitar. El primer día de este año 2017 hice exactamente lo mismo que el primer día de 2016. Visto que con la edad confirmo que cada año que pasa me gusta trasnochar menos en las nocheviejas, aunque este año me colé un poco, y que probablemente ni en mi juventud esto me gustó demasiado; me levanté habiendo dormido menos de lo habitual y pese a que el sol ya iluminaba ampliamente las calles, las consecuencias de una noche atípica de jolgorio dejaban un sesgo desértico y casi posapocalíptico en las mismas. Pues yo a lo mío, si el 2016 lo inauguré viendo la película de Henri Verneuil «Mayrig» (1991, recomendada por mi amigo Nicolás Linares, que trataba sobre el éxodo de familias armenias a Europa tras la Primera Guerra Mundial y, en concreto, a Francia; aquella cinta que tenía una continuación, esta «588 Rue Paradis» fue mi elección, rodada en 1992 y que se conforma como una especie de segunda parte de la anterior.

De hecho, la cercanía temporal entre la primera y la segunda hacen realmente que tenga un hilo conductor, es como si el director Verneuil (de origen armenio y con nombre de nacimiento Ashod Malakian), hubiera tenido la necesidad de culminar la historia que, viendo la segunda, claramente se deduce que tiene bastantes tintes autobiográficos.

¿Es necesario ver la primera antes? Verdaderamente no, pero si alguien llega aquí de casualidad y no ha visto ni la segunda ni la primera, yo sí recomendaría que, si tiene tiempo, hiciera el recorrido cronológico tal y como lo diseñó el director. Y es que la segunda tiene carácter independiente de la anterior, pero uno se nutre más si conoce la historia previa de «Mayrig».

Cabe pues recordar que «Mayrig», fonetización de madre en armenio (el armenio escrito no tiene caracteres latinos), supone la materialización de la diáspora armenia, una de las mayores de la historia de la humanidad, en la familia Zakarian; la cual está compuesta por un matrimonio, las dos hermanas de la señora Zakarian y el pequeño Azad. Azad vivirá una infancia de relativa felicidad y superprotección de sus «tres madres». La historia narra el modo en que la familia se va adaptando a su nueva vida en Francia a través de los avatares del pequeño, hasta que este llega a la universidad y se hace ingeniero.

Toda una historia llena de sensibilidad y, sobre todo, de mucho amor, y en la que también se toca con rigor, sin estridencias, qué supuso la purga que efectuó el imperio turco sobre los armenios. La historia, en suma, es la de la esperanza de una familia forzada a tener que cambiar su destino por el odio entre seres humanos, el cómo se abre paso, no sin dificultades, en una nueva tierra de promisión que les abre un horizonte distinto al que estaba escrito en su agenda vital.

En esta película «588 Rue Paradis», la narración se centra en un Azad Zakarian, convertido ya en un maduro y exitoso director de teatro, aunque ahora sorprendentemente conocido como Pierre Zakar, el nombre y apellido se han europeizado. Efectivamente goza de una vida de éxito, con una cuenta de crédito muy desahogada, con una bella mujer que organiza su vida personal y profesional, y con dos hijos encantadores. No obstante, llega en su vida un punto de inflexión, es una especie de parón existencial, Pierre vuelve a ser Azad, y revive toda una serie de episodios de su vida, incluidos en la primera película, y la nostalgia lo envuelve.

Se revive una pequeña anécdota de la infancia, que no aparecía en «Mayrig», en la que el pequeño Azad es invitado al cumpleaños de Alexander, un compañero de colegio que vive en una lujosa mansión, en el 588 de la calle Paraíso de Marsella, varios números más arriba de la modesta vivienda de los Zakarian, cuyo bajo lo ocupa el negocio familiar de camisería. La familia Zakarian se afanará por preparar para la cita una fabulosa baklava (dulce de nueces típico de Armenia y por extensión del Oriente Próximo), la cual será despreciada por la familia de Alexander.

Volvemos al presente y Alexander, treinta años después, llama a la puerta de Azad para pedirle un favor profesional para su hijo. Ahora todo ha cambiado y vemos a un Azad que se percibe como un hombre en la cumbre, sobrado, con madurez, y a un Alexander al que una vida fácil de inicio lo han convertido en un ser vulgar e irrelevante.

Llega un momento de crisis existencial para Azad; su familia ya es mayor, sus tías han muerto y sus padres son unos venerables ancianos, y este tiene necesidad de reconciliarse con ellos. Efectivamente, invita a su padre al estreno de su última obra y al final casi se olvida de él por los pelos, lo recoge en el frío teatro ya cerrado en el que un soberbio Omar Sharif, que interpreta a Hagop Zakarian, espera paciente la llegada de su hijo. Al poco, y forzado por su metódica mujer, Hagop que se aloja en un lujoso hotel parisino, excesivo para un hombre sencillo como él, es «despedido» por su hijo, y volverá a su retiro marsellés, herido de muerte. Es tal la afrenta que su padre muere, entre líneas se puede leer que de pena, y ya nada será igual para Azad.

Es cuando Azad revive sus recuerdos con mayor intensidad, de hecho, realiza una especie de viaje iniciático y vivificante, vuelve a Marsella adonde lo esperan los personajes más importantes que jalonaron su vida, y que aparecían en la primera película, su madre, sus vecinos, su médico, los primeros jefes de sus padres..., todo muy entrañable.

Azad comienza a reflexionar y a darse cuenta que, de algún modo, la vida que él estaba teniendo no era la que quería. Su esposa, demasiado perfeccionista y definitivamente una manipuladora sistemática, lo ha forzado a romper con todo, con sus padres, con sus orígenes y hasta con su propio nombre, un artificial Pierre Zakar para no dejar rastro de quién era. Y a partir de ahí, comienza una nueva senda de reconciliación, romperá con su esposa, se volcará con su madre e incluso procurará que sus hijos lleven su apellido Zakarian con dignidad, aun aprendiendo el idioma y las costumbres de su pueblo.

Aquel número 588 de la calle Paraíso se convertirá en un símbolo para Azad, son varios números más que los que tenía aquel domicilio en el que la familia regentaba la camisería, pero es emotivamente mucho más, es la confirmación de que, a pesar de los terribles avatares de una vida nunca sencilla, la familia Zakarian ha triunfado, y lo ha hecho porque el poder del vínculo familiar ha sido y será el valor más importante que tendrán.

Una bella película, sin grandes pretensiones, muy plácida, muy suave, una producción que conmueve nuestros corazones y centrada tal y como ocurría en su predecesora «Mayrig», en las grandiosas interpretaciones de dos monstruos del cine como Omar Sharif y Claudia Cardinale, acompañados por Richard Berry (Azad) que realiza un papel absolutamente convincente y que destila la sobriedad y la madurez que el director quiere imprimir a su personaje.

Observando la película y escrutando la trayectoria del director Henri Verneuil, curiosamente también con su nombre europeizado, se entiende que esta película sea semiautobiográfica. Y sí, es una rareza, no he conseguido ninguna copia en español, la he visto en francés y los subtítulos aparte (imprimidos), en español, y creo sinceramente que es una joya que recomendaría ver en este nuevo año, las dos.