sábado, 14 de enero de 2017

¿PROGRAMAS ANTICRISIS EN TIEMPOS DE CRISIS?

Partiendo de la base de que ya hemos superado la crisis económica, aunque no estamos bien del todo mientras sigamos teniendo a tanta gente en el paro; si tuviéramos que medir la sensibilidad del conjunto de los españoles en estos años críticos, hay que decir que hubo de todo, los que lo pasaron mal y no hicieron alardes, o casi; dentro de los que nos mantuvimos hubo los que ayudaron y otros que alardearon; y de los ricos también de todo, los que les dio igual y si acaso contribuyeron a agravar la crisis y aquellos otros a los que se les ablandó el corazón e hicieron esfuerzos para minimizar los efectos de semejante depresión económica en su zona de influencia.

Y dicho esto, hay que subrayar y no me lo invento yo, que hubo mucha gente afectada por la crisis, pero las estadísticas hablan de que también hubo vencedores, y los medios de comunicación se encargaron de recordarlo, y estos fueron los ricos, aquellos que tenían dinero aprovecharon, entre otras estrategias, para pescar en río revuelto, enriqueciéndose por ejemplo, a base de comprar chollos a tres perras porque la gente estaba asfixiada.

Puede ser noble ese afán por beneficiarse, aunque algunos lo hicieran con cierta ruindad no importándoles quién había detrás de esas propiedades que compraban. Por cierto que si hablamos de falta de sensibilidad, desde luego los bancos están en la cúspide de la falta de escrúpulos, y hoy tiene una parte «mala» de su gestión que es la que representa un montón de inmuebles que son hoy de su propiedad, que no consiguen vender y que, en el peor, de los casos, están siendo devaluados a pasos agigantados por esas familias okupas que se han instalado en ellos. Curiosamente muchos bancos que tuvimos que rescatar con dinero de todos los contribuyentes y que ya nos han dicho los economistas que ese dinero jamás se recuperará.

Por si no estuviera mal el panorama, recuerdo con verdadero asco cómo algunas televisiones echaban aceite hirviendo sobre la herida, contribuyendo a ofrecer no solo un panorama contrario a la realidad sino que mostraban determinados mundos paradisíacos que levantaban verdaderas ampollas a la mayoría de la población.

Por empezar a poner ejemplos, probablemente el más conocido era «Españoles por el mundo», sobre todo porque se emitía en un horario de máxima audiencia y en TVE que, como televisión generalista y pública, suele ser una elección casi automática para la mayoría de los españoles.

Ojo, hay que advertir que el programa bien pudiera haberse llamado «Españoles triunfadores por el mundo», es decir, aquellos que habían llegado a tal o cual país y allí tenían una vida placentera. Es decir, se trataba de una imagen muy sesgada; los había que vivían en países menos avanzados que el nuestro, o del tercer mundo, y allí vivían por el éxito que habían cosechado mejor que en España. Pero también los había de esa nueva generación de inmigrantes provocados por la crisis que rápidamente habían encontrado un buen empleo en países más ricos que el nuestro y que en poco tiempo comentaban todo tipo de excelencias de su nuevo exilio.

Curiosamente con estos españoles que tuvieron que inmigrar por mor de la crisis, parecía que alguna mente pensante nos mandaba un mensaje subliminal y casi involuntario de que dejáramos España para irnos a ese nuevo paraíso de las oportunidades. El mensaje más allá de su involuntariedad calaba, vaya si calaba, esos españoles que aparecían en Dinamarca, Noruega o Nueva Zelanda, nos ponían los dientes largos cuando expresaban las bondades de las ayudas sociales, los sueldos, los avances tecnológicos en ciudades o pueblos, que dejaban en mantillas a un sistema como el nuestro que, como las comparaciones son odiosas, se nos antojaba absolutamente arcaico. Medio en broma medio en serio, no pocas veces mi mujer me decía, «pues vámonos a vivir allí», comentario que seguro que hicieron muchísimos españoles, y con total certeza el programa impulsó a algunos que no tenían futuro en nuestro país a abandonarlo con tristeza, porque no olvidemos que pese a todo lo malo de España, nos sigue valiendo que como aquí no se vive en ningún sitio y que como la comida de mamá, el jamón serrano y las cervecitas con tapa del mediodía no hay nada.

Por si no fuera suficiente la dosis semanal, cada televisión autonómica también hizo su propio clon, con similares características y con unas consecuencias idénticas, seguir mandándonos mensajes sobre las excelencias foráneas, en un bombardeo continuo.

Yo ya no sé si algún directivo sesudo de TVE o del propio Gobierno, cayeron en la cuenta, tal vez ya demasiado tarde, de que había de dejar de enviar mensajes subliminales porque todo el mundo se estaba coscando del asunto, y particularmente «Españoles por el mundo», dejó de estar en ese horario de máxima audiencia, para pasar a otro menos impactante y aleccionador.

Vendrían después otros programas, más actuales, en los que se ofreció una imagen más cercana de la realidad, la de esos otros españoles no triunfadores por el mundo. Ahora ya sí que vemos con más habitualidad a familias que viven en Berlín, en Oslo o en Londres y el marido, con un currículum fabuloso y una ingeniería de telecomunicaciones se las arregla para sacar un sueldecillo medio qué, limpiando mierdas en los servicios de un centro comercial, mientras la mujer trata de hacer encaje de bolillos con ese salario exiguo y mantener a los dos niños pequeños en un piso superenano en el suburbio de una gran ciudad, a la par que acude a los centros de beneficencia para que le procuren algo de comida y ropa, mientras observan por la ventana que todo está nevado y tienen que estar todo el día con la calefacción puesta, acordándose, por supuesto, del buen tiempo que hacía en nuestra España, donde la nieve es siempre una excepción y una alegría por su escasez.

Por eso, cuando el nuevo Ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, manifestaba semanas atrás acerca de los españoles que emigraban «lo que muestran es una inquietud, una amplitud de miras, una adaptabilidad a nuevos horizontes..., ir fuera enriquece, abre la mente, fortalece habilidades sociales», realmente pensé que ya teníamos con nosotros al nuevo tonto del año, un tipo capaz de soltar por la boca este tipo de lindezas y gilipolleces para contentar a su propia bancada; sinceramente vomitivo, tendría que estar un día limpiando mierda en Manchester.

Por desgracia estos programas indecentes y provocadores se sucedieron en otras cadenas, no exactamente del mismo perfil, pero con un afán no premeditado de enervar a la clase media y baja de este país.

Así estaba uno denominado «Mujeres ricas», este emitido en La Sexta en plena crisis y en el que, mientras muchos españoles comían la sopa boba y adelgazaban por necesidad, estas señoras superfantásticas y con tipitos espectaculares, derrochaban su dinero a base de bien, con gastos que se nos escapan de nuestra mente.

Yo siempre lo he dicho, soy una persona corriente en un mundo mediocre, y sobre todo en cuestiones económicas soy muy inocente, tanto que aunque sé que es verdad no logro concebir que un jugador de fútbol gane las barbaridades que gana, y que cualquier día de trabajo ingrese lo que yo en un año. Y me cuesta trabajo pensar que alguien puede comprarse una botella de vino de 6.000 euros y bebérsela en una comida, o ir a un hotel donde la noche vale 3.000, o ir al casino (esto lo he visto con mis propios ojos) y jugarse en un minuto mi sueldo de todo el mes.

En fin, por más que reconozca que hay gente que es multimillonaria, no me cabe en la cabeza que puedan, porque pueden, gastar enormidades. Las tales mujeres ricas, tenían un séquito alrededor y casas con chorrocientas habitaciones superlujosas. Ciertamente que al final las vidas de todos los humanos coinciden, afortunadamente, en que en muchas cosas somos muy iguales y tenemos los mismos problemas; y las vidas de estas señoras terminaban siendo vulgares, con la única diferencia de que debían quemar dinero.

Recuerdo a una moza almeriense guapa y de buen cuerpo, no sé si con ayudas de quirófano, casada con un empresario de la construcción de aspecto entre vulgar, cateto y vestido por su condición social a pedradas, o sea, que el traje le sentaba como las pistolas a un santo; es decir, prototípica imagen de pareja de hombre feo y con cuenta corriente de siete cifras y mujer guapa, enamorada de los dineros de su marido y también enamorada, aunque a más distancia, de su marido, que era feo. La buena señora preparaba una fiesta y se entretenía en gastarse 1.000 euros en los días previos para que una manicura, peluquera y esteticista la dejaran como un palmito para tan fastuoso evento.

También en este programa salía la mujer del que fuera jugador argentino de fútbol de varios clubes europeos hace un par de décadas Claudio Caniggia, que tenían su residencia en Marbella, y la señora (esta no era muy bella y sí muy reparada) tenía unas importantes comeduras de olla, y lo mismo, coincidía en que su vida giraba en torno a cómo gastar dinero, y lo que era más deplorable para los sufridores telespectadores, es que ella misma detestaba lo vulgar, no sé, comprar en el Mercadona, ir a una playa con su arena y niños molestando, o comer alimentos que la clase media comía. Semejante payasa...

Luego había otro programa, tal vez no era tan sangrante, se llamaba «¿Quién vive ahí?» y también de La Sexta. Este también era una especie de bofetón para la mayoría de los españoles que vivimos en una vivienda humilde y con las habitaciones y el espacio justo. Esos casoplones no solo habían costado una millonada en su construcción, sino que la decoración tenía que ser acorde con el diseño del edificio y con la posición social de la persona. Era otra especie de «Españoles triunfadores por España».

Pues sí, porque escocía que nos plantificaran en nuestras narices a esos ciudadanos y convecinos nuestros que se podían permitir el lujo en plena crisis de mantener una casa con cinco cuartos de baño, un gimnasio, una sala de cine y una cocina del tamaño de un polideportivo, pagando sueldos por su mantenimiento que en un mes podría suponer lo que yo gano en tres años.

Todas estas manifestaciones vergonzantes demuestran la poca sensibilidad y el escaso tino de algunas televisiones, ahora ya no se ve tan mal, pero en aquellos años no tan lejanos, yo no entendía cómo la gente no salía a la calle y se rebelaba, quizás hubiera una razón, y es que muchos españoles en su inocencia y en su humildad veían el programa de forma masoquista, a lo mejor yo también, porque aspiraban alguna vez, por un golpe inopinado de fortuna, a ser protagonistas de esas historias.

1 comentario:

CPB dijo...

Qué razón tienes amigo Pedro; yo alucinaba tb viendo algunos de estos programas que has mencionado. Sin duda, creo que los españoles somos más de "... y si un dís me toca a mí poder vivir así", que de "levantemos la voz y hagamos frente a este tipo de comecocos anticrisis"... y, bueno, ahora tenemos a las Kardashian por ahí... mostrandonos sus ¿exquiditas? Vidas...