sábado, 7 de enero de 2017

"588 RUE PARADIS", DE HENRI VERNEUIL

Soy un hombre de costumbres, y de costumbres rarunas, no lo puedo evitar. El primer día de este año 2017 hice exactamente lo mismo que el primer día de 2016. Visto que con la edad confirmo que cada año que pasa me gusta trasnochar menos en las nocheviejas, aunque este año me colé un poco, y que probablemente ni en mi juventud esto me gustó demasiado; me levanté habiendo dormido menos de lo habitual y pese a que el sol ya iluminaba ampliamente las calles, las consecuencias de una noche atípica de jolgorio dejaban un sesgo desértico y casi posapocalíptico en las mismas. Pues yo a lo mío, si el 2016 lo inauguré viendo la película de Henri Verneuil «Mayrig» (1991, recomendada por mi amigo Nicolás Linares, que trataba sobre el éxodo de familias armenias a Europa tras la Primera Guerra Mundial y, en concreto, a Francia; aquella cinta que tenía una continuación, esta «588 Rue Paradis» fue mi elección, rodada en 1992 y que se conforma como una especie de segunda parte de la anterior.

De hecho, la cercanía temporal entre la primera y la segunda hacen realmente que tenga un hilo conductor, es como si el director Verneuil (de origen armenio y con nombre de nacimiento Ashod Malakian), hubiera tenido la necesidad de culminar la historia que, viendo la segunda, claramente se deduce que tiene bastantes tintes autobiográficos.

¿Es necesario ver la primera antes? Verdaderamente no, pero si alguien llega aquí de casualidad y no ha visto ni la segunda ni la primera, yo sí recomendaría que, si tiene tiempo, hiciera el recorrido cronológico tal y como lo diseñó el director. Y es que la segunda tiene carácter independiente de la anterior, pero uno se nutre más si conoce la historia previa de «Mayrig».

Cabe pues recordar que «Mayrig», fonetización de madre en armenio (el armenio escrito no tiene caracteres latinos), supone la materialización de la diáspora armenia, una de las mayores de la historia de la humanidad, en la familia Zakarian; la cual está compuesta por un matrimonio, las dos hermanas de la señora Zakarian y el pequeño Azad. Azad vivirá una infancia de relativa felicidad y superprotección de sus «tres madres». La historia narra el modo en que la familia se va adaptando a su nueva vida en Francia a través de los avatares del pequeño, hasta que este llega a la universidad y se hace ingeniero.

Toda una historia llena de sensibilidad y, sobre todo, de mucho amor, y en la que también se toca con rigor, sin estridencias, qué supuso la purga que efectuó el imperio turco sobre los armenios. La historia, en suma, es la de la esperanza de una familia forzada a tener que cambiar su destino por el odio entre seres humanos, el cómo se abre paso, no sin dificultades, en una nueva tierra de promisión que les abre un horizonte distinto al que estaba escrito en su agenda vital.

En esta película «588 Rue Paradis», la narración se centra en un Azad Zakarian, convertido ya en un maduro y exitoso director de teatro, aunque ahora sorprendentemente conocido como Pierre Zakar, el nombre y apellido se han europeizado. Efectivamente goza de una vida de éxito, con una cuenta de crédito muy desahogada, con una bella mujer que organiza su vida personal y profesional, y con dos hijos encantadores. No obstante, llega en su vida un punto de inflexión, es una especie de parón existencial, Pierre vuelve a ser Azad, y revive toda una serie de episodios de su vida, incluidos en la primera película, y la nostalgia lo envuelve.

Se revive una pequeña anécdota de la infancia, que no aparecía en «Mayrig», en la que el pequeño Azad es invitado al cumpleaños de Alexander, un compañero de colegio que vive en una lujosa mansión, en el 588 de la calle Paraíso de Marsella, varios números más arriba de la modesta vivienda de los Zakarian, cuyo bajo lo ocupa el negocio familiar de camisería. La familia Zakarian se afanará por preparar para la cita una fabulosa baklava (dulce de nueces típico de Armenia y por extensión del Oriente Próximo), la cual será despreciada por la familia de Alexander.

Volvemos al presente y Alexander, treinta años después, llama a la puerta de Azad para pedirle un favor profesional para su hijo. Ahora todo ha cambiado y vemos a un Azad que se percibe como un hombre en la cumbre, sobrado, con madurez, y a un Alexander al que una vida fácil de inicio lo han convertido en un ser vulgar e irrelevante.

Llega un momento de crisis existencial para Azad; su familia ya es mayor, sus tías han muerto y sus padres son unos venerables ancianos, y este tiene necesidad de reconciliarse con ellos. Efectivamente, invita a su padre al estreno de su última obra y al final casi se olvida de él por los pelos, lo recoge en el frío teatro ya cerrado en el que un soberbio Omar Sharif, que interpreta a Hagop Zakarian, espera paciente la llegada de su hijo. Al poco, y forzado por su metódica mujer, Hagop que se aloja en un lujoso hotel parisino, excesivo para un hombre sencillo como él, es «despedido» por su hijo, y volverá a su retiro marsellés, herido de muerte. Es tal la afrenta que su padre muere, entre líneas se puede leer que de pena, y ya nada será igual para Azad.

Es cuando Azad revive sus recuerdos con mayor intensidad, de hecho, realiza una especie de viaje iniciático y vivificante, vuelve a Marsella adonde lo esperan los personajes más importantes que jalonaron su vida, y que aparecían en la primera película, su madre, sus vecinos, su médico, los primeros jefes de sus padres..., todo muy entrañable.

Azad comienza a reflexionar y a darse cuenta que, de algún modo, la vida que él estaba teniendo no era la que quería. Su esposa, demasiado perfeccionista y definitivamente una manipuladora sistemática, lo ha forzado a romper con todo, con sus padres, con sus orígenes y hasta con su propio nombre, un artificial Pierre Zakar para no dejar rastro de quién era. Y a partir de ahí, comienza una nueva senda de reconciliación, romperá con su esposa, se volcará con su madre e incluso procurará que sus hijos lleven su apellido Zakarian con dignidad, aun aprendiendo el idioma y las costumbres de su pueblo.

Aquel número 588 de la calle Paraíso se convertirá en un símbolo para Azad, son varios números más que los que tenía aquel domicilio en el que la familia regentaba la camisería, pero es emotivamente mucho más, es la confirmación de que, a pesar de los terribles avatares de una vida nunca sencilla, la familia Zakarian ha triunfado, y lo ha hecho porque el poder del vínculo familiar ha sido y será el valor más importante que tendrán.

Una bella película, sin grandes pretensiones, muy plácida, muy suave, una producción que conmueve nuestros corazones y centrada tal y como ocurría en su predecesora «Mayrig», en las grandiosas interpretaciones de dos monstruos del cine como Omar Sharif y Claudia Cardinale, acompañados por Richard Berry (Azad) que realiza un papel absolutamente convincente y que destila la sobriedad y la madurez que el director quiere imprimir a su personaje.

Observando la película y escrutando la trayectoria del director Henri Verneuil, curiosamente también con su nombre europeizado, se entiende que esta película sea semiautobiográfica. Y sí, es una rareza, no he conseguido ninguna copia en español, la he visto en francés y los subtítulos aparte (imprimidos), en español, y creo sinceramente que es una joya que recomendaría ver en este nuevo año, las dos.

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