sábado, 29 de septiembre de 2012

BEAMON EL MITO, POWELL EL TAPADO, LEWIS LA ESTRELLA. HISTORIA RECIENTE DEL SALTO DE LONGITUD

Cuando hablamos de la historia del salto de longitud, a la gran mayoría de los aficionados al atletismo se nos vendrá a la memoria el mítico salto de 8'90 m. de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México 1968. Aquel día ese espigado saltador estadounidense de raza negra hacía una carrera impecable, un salto perfecto: tomar tabla, hacer la tijera, velocidad idónea, mantenimiento de la velocidad en vuelo, agrupamiento de piernas y caída, todo ello bajo unas condiciones climáticas inmejorables, con un viento favorable al límite de lo legal y en los más de 2.000 m. de altitud de la capital mexicana, que algo apoyaban una eventual suspensión en el aire y una momentánea, minúscula y pasajera ingravidez.

Cómo no vamos a acordarnos de Beamon, yo nací aquel año, y toda mi niñez y juventud de afición a este deporte estuvo marcada por este nombre y por el hecho de que parecía un récord estratosférico y que se batiría en no menos de medio siglo, de hecho se habló del “salto del siglo”. Que Bob Beamon pudiera haber batido el récord en aquel octubre de 1968 no era descabellado, hasta ese momento la plusmarca la ostentaba el soviético (hoy armenio) Igor Ter-Ovanesyan desde un año antes, con 8'35 m., y Beamon tenía una mejor marca de 8'33 m.; lo que no parecía entrar en la lógica es que el nuevo tope mundial se elevara nada menos que 55 cm. más, una verdadera proeza sólo atribuible a la conjunción de factores que permitieron que aquel salto perfecto y casi milagroso fuera calificado como de otra época, de otro siglo. De hecho, tardaron bastante y se tomaron su tiempo para medir aquel salto increíble los jueces de aquella competición, pues no tenían instrumental de medición que previera un brinco tan largo; con lo cual se garantiza que se saltó justamente 8'90 m., y jamás he escuchado ni leído que hubiera duda alguna acerca de la veracidad de esa marca.

Pero, de otra época o de otro siglo, pues va a ser que no, aunque yo siempre tuve la sensación de que sí, de aquel récord de Beamon era antiquísimo e inabordable, porque no lo vi con mis ojos, porque cuando tuve uso de razón y me aficioné a este deporte, ese récord mítico brillaba como pocos.

Una mañana de 1987, estando estudiando en Granada, me desperté con la noticia de que otro soviético y también armenio a día de hoy, Robert Emmiyan, había batido el récord de Europa con 8'86 m., y se había acercado a nada, a un par de dedos del tope establecido por Beamon.

Y con 1991 llegó el Campeonato del Mundo de Atletismo en Tokio y un atleta sobresalía por encima del resto en los tartanes de nuestro planeta, Carl Lewis, también conocido como el “Hijo del Viento”; era, sin duda, el máximo favorito para colgarse la presea dorada en la cita nipona. Por entonces Lewis estaba en la cresta de la ola, era un superatleta capaz de correr y combinar varias especialidades, los 100 m, los 200 m. y el relevo 4x100, amén del salto de longitud que es una disciplina que requiere velocidad explosiva y músculo para adquirir un buen impulso, mantenerse en el aire, además de tener una cuidada técnica.

Pues sí, Lewis era el máximo favorito y creo que todos los aficionados al atletismo pensamos que podría haber llegado la hora de que se batiera el récord vigente hasta ese momento. Hasta entonces Lewis tenía una mejor marca de 8'79 m., así como otras muchas marcas por encima del 8'50, por lo que tenía todas las papeletas para ser el digno sucesor de su compatriota Bob Beamon.

Tokio no contaba con las características de altura de Ciudad de México, pues la ciudad está a las orillas del mar, aunque hay zonas de la gran urbe nipona que se sitúan por encima de los 1.000 m., pero había otras cuestiones ambientales que si podrían favorecer las especialidades explosivas y anaeróbicas (con deuda de oxígeno) aquel 30 de agosto de 1991, y es que se avecinaba una borrasca, con lo que se reducía la densidad del aire, o lo que es lo mismo menos presión del aire, es decir, menor resistencia ambiental o aérea a la hora del vuelo, considerando que se puede permanecer en el aire durante el salto en torno a un segundo. También había una temperatura idónea, ni mucho calor ni frío, alrededor de los 28 grados por los 23 de México 23.

Lo que no parecía entrar en los cálculos de los especialistas es que el récord pudiera ser batido por otro hombre que no fuera Lewis. Y comenzó la competición con todas las miradas puestas en el “Hijo del Viento”, el primer salto fue prometedor, 8,68 m., y los demás competidores lejos, pero en el segundo salto un tal Mike Powell, el segundo saltador de Estados Unidos por marcas, se fue a unos notables 8,54 m. que podía permitir un mayor grado de emoción a la competición y que Lewis tuviera un acicate por detrás para empeñarse y motivarse aún más en su pretensión.

Y efectivamente Lewis siguió a lo suyo, con la clara intención no ya de ser Campeón del Mundo, sino de hacer historia ese día y pulverizar la marca mítica de Beamon, porque aquella parecía la jornada propicia. El segundo salto fue nulo. El tercer salto fue magistral, se fue a 8,83 m., con sólo 0'3 m/s. de viento favorable, es decir, estaba en la antesala de dejar para la historia aquel estratosférico vuelo de 1968 en México. Pero en el cuarto ya vino un extraordinario registro, ¡8'91 m.!, lamentablemente un pequeño vendaval de 2'9 m/s. de viento a favor impedirían homologar la marca como récord, aunque no quitaba que ese tope lo encaramara a una distancia insalvable de sus competidores, es decir, era marca válida en la competición pero no se podía validar como récord.

Cuando el público estaba atento a las evoluciones de Lewis, Mike Powell afrontaba su quinto salto, dio seis pasos de aproximación y veintitrés zancadas para acercarse a la tabla sin apurarla del todo, realizar la técnica de la doble tijera, también llamada dos y medio, y volar durante 1'01 seg., para caer donde jamás nadie había caído en la faz de la Tierra en un foso de longitud. Yo lo estaba viendo por televisión y adiviné rápidamente como mucha gente, como el público, como los comentaristas, que ahí se había caído el mito del salto de Beamon. Powell explotó de alegría porque se veía larguísimo el salto, y en unos segundos se confirmó, ¡8'95 m.!; la velocidad del viento, por supuesto, era legal, sólo una brisilla de 0'3 m/s.

Habían pasado veintidós años y diez meses desde la hazaña mexicana y allí estaba Powell haciendo historia, aprovechando todo a su favor y siendo enormemente práctico, y yo lo había vivido, había soñado muchos días con estar viendo en directo ese momento.

La sorpresa era mayúscula, no porque se hubiera batido el récord, sino porque el protagonista no era Carl Lewis. A él le quedaban dos saltos y a buen seguro que apuraría sus opciones por pasar a la historia, por ser mítico, si es que no lo era y lo ha sido. En el quinto salto se iría a otros fabulosos 8´87 m., ¡con un viento en contra de 0'2 m/s.! En fin tremenda mala suerte, porque ese salto absolutamente legal se convertía en el tercer mejor salto de la historia. Es decir, de una tacada en el mismo día y en apenas unos minutos se habían producido dos de los tres saltos más largos de la historia, y que se mantienen a día de hoy.

Powell, al que podemos calificar como el tapado de la competición, encaró su último salto e hizo nulo, estaba claro que no podía con la presión, la que no tuvo en el resto de la competición y que seguro que favoreció su sensacional salto, y ya tenía bastante como para poder concentrarse en su última carrera. A Lewis sólo le quedaba un salto, todo era posible porque llevaba un concurso magnífico pero sin el fruto deseado y..., otro buenísimo salto, 8'84, insuficiente para desbancar a su compatriota.

Lewis había hecho el mejor concurso de su vida, es el mejor concurso de la historia del salto de longitud, con una media en sus cinco saltos de 8'83, pero el premio se lo llevó Mike Powell.

Sorprende el hecho de que se siga hablando de la historia del atletismo y el salto de Beamon siga siendo recurrente, y Powell no es que pasara sin pena ni gloria, pero aquella hazaña siempre se ha tenido en un segundo plano. Powell desde luego no era un tragaldabas, era un gran deportista, un gran saltador, tenía antes de Tokio una mejor marca de 8'66, había saltado alguna vez por encima de 8'70 con viento, y en sus concursos tenía bastante regularidad, sobrepasando en múltiples ocasiones los 8'40 y 8'50, así que si bien fue una sorpresa que en Tokio superara a Beamon y, por ende, a Lewis, tampoco era disparatado albergar la esperanza de que diera un brinco supremo, como así fue.

Ahora en la distancia, quizá se le pueda atribuir a Lewis mala suerte, es posible, porque hacer lo que hizo esa tarde en Tokio es de superhombres, que superara los 8'90 con viento, o que hiciera 8'87 con viento contrario no tiene otro calificativo. De hecho, en el ranking mundial de las mejores marcas de la historia, de las veinte primeras, nueve son de suyas, es decir, casi la mitad llevan su nombre.

A toro pasado se han ido analizando los saltos de Beamon, Lewis y Powell, y podemos decir que el más lento en carrera, menos altura en vuelo y menos suspensión era Beamon, por lo que hay que atribuirle a la técnica y a las condiciones externas su salto milagroso. Lewis tal vez sea el menos técnico de los tres, pues tenía que alternar sus participaciones en competiciones atléticas entre el salto y las pruebas de velocidad, y ello implicaba el que dedicara menos tiempo que los especialistas a depurar su salto, así como menos tiempo de recuperación entre pruebas; en este sentido, Lewis era el más rápido de los tres alcanzando más de 40 km/h en el momento de la batida. Powell era veloz pero no tanto como Lewis, aunque el que más altura alcanzaba en el salto (Powell, de hecho, tenía buenas marcas en salto de altura), por encima de los dos metros, asimismo se mantuvo durante 1'01 seg. en el aire en el salto del récord.

Y bueno, se habló tanto de Beamon, y aún algún periodista desempolva la historia y saca del baúl de los recuerdos aquel salto, incluso con algún detalle nuevo que parece que nunca va a tener fin. Su récord tardó en batirse, como ya he comentado más arriba veintidós años y diez meses; y lo sorprendente al respecto es que no se ha hablado tanto de Mike Powell, el que rompió el mito, cuando está ya muy cerca de superar la duración en el tiempo de su récord y, por ende, su aparente horizonte inexpugnable. En agosto de este año ya se cumplieron los veintidós años, y en el mes de julio de 2013, ya habrá superado la perduración con respecto al récord de Beamon. Tal vez no fuera el hombre que muchos hubieran deseado para tal hazaña, pero él lo hizo, él fue el que se procuró un hueco en la historia, aunque está claro que Powell suena menos que Beamon, y también suena menos que el “Hijo del Viento”. Es más, dicen los expertos que si Powell hubiera hecho su salto en altura, en Ciudad de México, ajustando tabla al máximo y con las condiciones de temperatura y densidad del aire idóneas, su brinco hubiera sido equivalente a 9'19 m.

A corto plazo no hay nadie que salte en la actualidad o esté en disposición de poner en peligro el récord de Powell, pero además ni de lejos. No en vano en la última gran competición, en los pasados Juegos Olímpicos de Londres, el concurso ha sido de los más paupérrimos de la historia, no sé a cuántas décadas habría que remontarse para ver unas marcas tan mediocres. El ganador, el británico Rutherford saltó 8'31, la plata fue del australiano Watt con 8'16 y el bronce para el estadounidense Claye con 8'12. De los doce finalistas sólo siete franquearon los ocho metros. Una pena, por cierto, que no hubiera ningún español (Cáceres y Méliz) en lo que ha sido la final olímpica más barata de la historia reciente.

Pero hablo bien cuando afirmo el “aparente horizonte inexpugnable” de esta prueba, porque el que puede batir el récord es un personaje que todavía no ha saltado, se trata del gran Usain Bolt, de quien dicen los expertos que con su explosiva velocidad, el hombre más rápido del planeta y de la historia, y algo de técnica, estaría en disposición de superar la barrera de los nueve metros, esperamos acontecimientos.

No es el récord de longitud el más longevo del programa atlético, las plusmarcas en los lanzamientos de peso, disco y martillo tienen algún año más, pero bien es cierto que los lanzamientos no son tan atractivos para el gran público como las disciplinas de saltos.

Por último, no me gustaría terminar este pequeño homenaje al salto de longitud sin recordar a un español que sonó en esta disciplina y mucho, se trata de Yago Lamela; desde muy joven tuvo una proyección prometedora, casi sin conocerlo nadie en el Mundial de pista cubierta de Maebashi de 1999, realizó un portentoso brinco de 8'56 m., pero ahí estuvo el genial cubano Iván Pedroso que siempre se solapó a la carrera de Lamela y quizá le robó protagonismo y brillantez, para alzarse con la medalla de oro con un salto seis centímetros más largo. Lamela confirmaría esa misma marca unos meses después al aire libre en Turín. Yo soñé durante tiempo con que Lamela podía hacer algo grande, de hecho, yo estuve presente, en directo en el Estadio Olímpico de Sevilla viendo los Campeonatos del Mundo de Atletismo de 1999 en Sevilla, y Lamela fue Subcampeón del Mundo, una vez más superado por Pedroso. Por desgracia, las lesiones, especialmente una dolencia en el tendón de Aquiles se cebaron con Yago, y dejó las pistas prematuramente, a día de hoy, ya veterano, podía haber seguido compitiendo y eso parece que le ha pasado alguna factura en lo personal, sufre depresión, aunque lo último que he leído es que está bastante recuperado y haciendo vida normal. Por cierto que ha sido y es el decimotercer hombre que más ha saltado de la historia. A Lamela siempre lo tuve como un ídolo y me apena que su carrera fuera tan efímera; le deseo todo lo mejor en su futuro.

sábado, 22 de septiembre de 2012

SOLUCIONES A LA CRISIS DE ANDAR POR CASA

Hace no mucho, un día comentó mi suegra en una comida familiar que tenía la solución para la crisis y es que todos los españoles donáramos o dejáramos de percibir nuestro sueldo durante un mes y dárselo al Estado para que tapara todos los agujeros que tenemos. No era, desde luego, una idea descabellada aunque de todo punto inviable, es decir, convocar a todos los españoles para tal acción sin precedentes, sería material y legalmente imposible.

No obstante, en puridad lo que hizo el Gobierno de Rajoy con los empleados públicos (pocos o mucho, que ahora parece que somos unos apestados) ha sido ni más ni menos que lo que dijo mi suegra, ya hemos perdido la paga extraordinaria de Navidad, o lo que es lo mismo, muchos millones de euros que no saldrán de las arcas públicas y que serán destinados a solucionar entuertos y desaguisados.

Mal que bien los empleados públicos ya nos hemos hecho a la idea de que nos tenemos que ajustar el cinturón, más aún si cabe, pero damos gracias porque seguimos trabajando y nuestra nómina llega a nuestras casas para proporcionarnos una vida digna. Y ya hablo de dignidad, porque se equivocan mucho los que pudieron pensar en algún momento que vivimos o habíamos vivido en la opulencia. Eso, a lo mejor, para algún asesor político o para los controladores aéreos que son asimilados a funcionarios.

Tengo un modesto utilitario que tiene quince años, quizá pude cambiarlo hace un tiempo, ahora ni quiero, ni puedo, o sea, que ya no me atrevo. Es bien sabido que un coche es una de las inversiones más nefastas que se pueden hacer, en cuanto lo compras ya le estás perdiendo dinero, se amortiza en pocos años, y pasados los diez su valor de mercado es ínfimo, casi de risa. Témele a tener un golpe, porque si te lo dan como siniestro total has perdido el pan y el perro.

La gasolina ha subido de tal forma que todos hemos recordado como con 2.000 ptas. llenabas el depósito y ahora pagas tres veces más y no lo llenas, y esto en apenas una década. Y si lo sacas nada más que para lo justo, como yo, el coche tiene unos gastos fijos anuales (el seguro, los impuestos, la ITV), más otros variables porque, de vez en cuando, tiene que visitar el taller ya sea por cambio de aceite, filtros, ruedas, o porque tarde o temprano se avería y hay que arreglar el manguito, la trócola, el freno, la correa, la bujía o el carburador.

Sí, hoy en día te podrías comprar un coche de segunda mano a buen precio, pero costará más el mantenimiento que su adquisición. Yo lo comparo con un caballo, adquirir un equino a precio de mercado no es caro, pero el animal tiene que comer, apañarle las espuelas, limpiarlo, debe estar en un sitio adecuado; total que en un par de años haces cuentas y te has gastado lo mismo que si hubieras comprado otro potro.

Pero, ¿adónde voy con esto?, pues eso que tengo un coche viejo y que la inmensa mayoría de los vehículos que veo en las carreteras son mejores que el mío, incluyendo a muchos a los que la crisis dejó en el arcén. Son esos a los que ahora les cuesta Dios y ayuda pagar las letras de aquel coche lujoso o potente que tuvieron el capricho de comprar cuando todo eran facilidades.

Y no me refiero a esos que están en las colas del paro, que luchan cada día por encontrar trabajo. Hay otras colas, las de los servicios sociales, adonde acuden algunas personas, no todos, que ni trabajaron antes ni trabajan ahora, que esperan que el Estado les ayude porque sí, porque nacieron pobres, porque alguien tiene que alimentar a su prole, y viven apalancados en el subvencionismo (esto me lo dijo alguien que trabajaba precisamente en los servicios sociales). Muchos de esos tienen un coche más nuevo que el mío, una televisión mejor, una antena parabólica y, lo mejor de todo, tiempo para disfrutar de todo eso.

No, cuando yo y muchos tenemos que renunciar, por imposición legal, a nuestra paga extraordinaria, lo asumimos a regañadientes, pero nos fastidia que aparte de que sirva para sufragar el gran endeudamiento de nuestro país, también sirva para ayudar a los que ni hicieron nada antes, ni lo harán ahora por levantar esta España temblorosa.

Me fastidia igualmente que haya familias enteras, qué curioso, en las que ninguno trabaje y, por lo menos, dos o tres, o incluso cuatro, reciban su paga, porque se las arreglaron para buscar un buen abogado experto en eso, y ahora veo gente a la que jubilaron por dolor de espalda, por cojear, por…, cuando entonces había manga ancha en los tribunales médicos, y ahora los ves paseando, corriendo, montando en bici, con piso en la playa, obviamente con un buen coche, mejor que el mío y el tuyo, y lo que es más importante, dinero ilimitado de por vida y tiempo gratis para gastarlo.

Hace unos meses alguien me pidió una pequeña cantidad de dinero, de los que va a servicios sociales, lo vi muy apurado, ese día me pilló mal y accedí, me dijo que me lo devolvería en un par de días; es evidente que he perdido ese dinero, aunque a él lo vea por la calle fumando, disfrutando, alardeando, o en el supermercado comprando artículos de lujo que yo ni compro. Es más veo a mucha gente comprando en el Mercadona agua mineral, no es que sea un lujo, pero yo no compraba agua embotellada antes ni lo hago ahora, que el agua del grifo está bien buena.

Y también hace unos años, cuando ya se oía hablar de crisis, a mi mujer le debían varias nóminas en un trabajo, se fue porque no había visos de cobro, hicimos todas las gestiones para que el dueño de la empresa le pagara, aunque fuera a plazos; la empresa se declaró insolvente y fue el Fondo de Garantía Salarial, es decir, todos los españoles, la que pagó la tropelía de un energúmeno. Pero lo gracioso es que el negocio continuó, la empresa cambio de nombre, antes era sociedad X y ahora es sociedad Y, y ha seguido funcionando. Y, por supuesto, el tío va con un coche lujoso por la calle, viste mejor ropa que yo, compra en el supermercado de El Corte Inglés, y es asiduo a buenos restaurantes. A mucha gente a la que le cuentas esto, me dicen que es increíble, aunque todos tienen en mente algún caso similar.

Esta es nuestra España, ha ocurrido y ocurrirá, hay gente que dice que no tiene, o que no quiere tener y se ríe en tu cara. Tengo un vecino que me debe cuatrocientos euros desde hace años, y confunde no poder con no querer, “es que no puedo”, “cuando pueda te doy un poco”, y se me cae la cara de vergüenza cuando se lo recuerdo, a él no se le cae porque no la tiene; y a todo esto, su coche, tiene dos, son más modernos que el mío, su casa a la última y seguro que sale de cañas más que yo.

Que sí, que esto ocurre en España, que hay gente que le echó un pulso a la vida hace años, engañando, riéndose de los demás y ganan, y van saliendo, y viven mejor que tú y que yo.

Soy partidario de subsidios, subvenciones, ayudas, prestaciones y hasta pagas vitalicias, pero me gustaría que ese dinero no fuera improductivo, que el que tiene posibilidad de trabajar en algo, mientras no encuentra nada, podría estar realizando trabajos para la comunidad. Ahora el PP está hablando de que los parados puedan estar cobrando la ayuda y realizando a la par, trabajos forestales. Hay cientos de cosas que se pueden hacer en un municipio: limpiar calles, regar, limpiar jardines, limpiar cunetas, suprimir barreras arquitectónicas, conserjerías, custodia de jardines, vigilancia… Y no toda la jornada, sólo media jornada, el resto del tiempo a vivir, y también a realizar una búsqueda activa de empleo. Entiendo que serían labores que requieren mínima inversión y que mejorarían nuestras ciudades.

Es evidente que estas soluciones a la crisis que son reflexiones a lo bruto, porque hoy me ha pillado así, están hechas desde las tripas más que desde la cabeza; son eso soluciones de andar por casa, o de baja tecnología, como se quiera llamar, porque es obvio que yo no soy economista ni lo pretendo, y uno ya va viendo cosas que no entiende y las suelta así como si estuviera en la barra del bar y las comentara con sus amigos.

Resulta que desde que tengo uso de razón, por continuar con mis reflexiones absolutamente personales, la proyección de cualquier subida de precios, productos básicos o impuestos, la última la del IVA, va más allá de la simple elevación de un porcentaje, en este caso, del 3% para el tipo general. El otro día mi mujer compró un paquete de zumos de una conocida marca, antes de la subida costaba un euro, ahora cuesta diez céntimos más. ¿Qué ocurre? Pues ni más ni menos, que salvo en grandes y medianas superficies o comercios al por mayor, todo el mundo opta por lo fácil, por el redondeo, siempre a favor del vendedor, que con esta inocente subida, colabora grandemente en que la inflación que sufrimos en los últimos años, desde la llegada del euro, sin ser galopante sí que es muy preocupante.

Hace dos o tres años también subió la harina un poco, y lo que es lo mismo una subida en el pan, producto básico donde los haya en la cesta de la compra hispana. Quizá subió mínimamente, no me acuerdo, lo cierto es que al día siguiente de la subida, la tostada que me comí para desayunar me costó diez céntimos más, así, del tirón; y me cabreé porque la decisión de aquella cafetería, tan mínima, tan insignificante, estaba contribuyendo a elevar la inflación de este país.

Es más, de tanto estirar la goma, lo que se genera es el efecto contrario, por poner un ejemplo, de tanto subir el tabaco, a precios escandalosos ya, mucha gente ha optado por dejarlo, simplemente porque no puede, porque ya es un artículo de lujo, lamentablemente mi mujer no ha entendido esta disquisición por ahora. Es decir, que con tanta subida a muchos comercios les va a salir el tiro por la culata, van a dar lugar a que no compremos los zumos, a que no desayunemos fuera (estoy ya valorando llevarme una manzana a mi oficina) o a que no compremos tal o cual producto.

Y es que en este país no se piensa con perspectiva, al cine, herido de muerte desde hace varios años, la subida del IVA es una banderilla más. Los empresarios del cine llevan muchos años elevando los precios, pensando que así pueden mantener sus negocios, no pensando que cada céntimo que se sube es no sé cuántos espectadores que se pierden. Las subidas de impuestos se perciben como una amenaza y no como una oportunidad. En este negocio que es un servicio puro y duro, al empresario le cuesta lo mismo que en la sala haya uno que cien espectadores, la película se tiene que proyectar. Yo he ido a salas en las que estaríamos unos veinte, a siete euros y medio, que fue la última vez que fui a un cine de invierno, se recaudan ciento cincuenta euros. Si se optara por bajar los precios, aun con esta brutal subida del IVA, podríamos decir que es una decisión arriesgada, pero no descabellada; todo es probar, cuando muchos cines van a cerrar sin que antes hayan muerto en el intento, en el intento de bajar los precios. Supongamos que esa bajada de precios produce un efecto llamada en el consumidor, con la entrada a cuatro euros, entrando cuarenta personas aquel día que yo fui al cine, el empresario habría recaudado más.

¿Y los alquileres? Vas por las calles de tantas ciudades y algunas se han convertido en calles fantasma, con negocios que antes funcionaban y que ahora han tenido que cerrar sus puertas, y el cartel en la puerta del local de “se alquila”, miles a lo largo y ancho de la geografía de nuestra España. Y los dueños de esos locales no se bajan del burro, alquileres desorbitados, precios imposibles; así que cualquier emprendedor se pone a echar cuentas y si encima tiene que pagar autónomo, seguros, impuestos, tasas, suministros, existencias…, el inabordable precio del alquiler termina por quitarle la idea de intentar montar ese negocio.

Estoy pensando en que hay muchos negocios que ya han cerrado o están a punto de hacerlo, y que piden que la revisión del alquiler a la baja, y los dueños en sus trece. Pero vamos a ver, esos locales están completamente amortizados, todo lo que entre en la buchaca del propietario es esencialmente dinero limpio de polvo y paja. Sin embargo, no, se mantienen los precios de alquileres que había antes de la crisis y no se puede, y se opta por mantener el alquiler de un local para un bar a ochocientos euros, vacío durante años y años, en vez de ponerlo a trescientos o cuatrocientos, porque de ese modo se garantiza que el que ponga el negocio tiene más posibilidades de subsistencia, con el añadido de que se le puede decir al arrendatario: “Te pongo un precio muy por debajo del mercado, es una decisión de suma honradez, así que cuando todo mejore, sé honrado como yo, y revisemos al alza el alquiler”. Y esto también podría pasar con esos negocios que están a punto del cierre, podrían reunirse arrendador y arrendatario para bajar el alquiler, porque más vale cobrar algo que tener el local vacío durante años y muerto de risa. Sería un ejercicio de solidaridad, que generaría riqueza y crearía o mantendría empleo, es decir, vamos a ganar los dos, aunque sea menos de lo que gustaría al que alquila, pero mejor así.

Otro efecto terrible de la crisis es que todos en algún momento hemos dicho al ver alguna acumulación de gente consumiendo, por ejemplo, en una gran superficie, y casi emulando a Supertramp, “pero ¿no decían que había crisis?, yo no veo la crisis por ningún lado”. Es evidente que en España nadie va a morir de hambre, estamos asistiendo a una contracción de la economía, de una situación buena o muy buena, a regular; somos un país desarrollado y por muy mal que vayan las cosas, todavía trabajamos más del 50% de la población en términos absolutos, o lo que es lo mismo, todavía hay un gran colchón para impulsarse.

No obstante, con comentarios como el que he señalado antes, desdeñamos o trivializamos la crisis, y lo peor de esta crisis es que no es pasajera, es dura y duradera, y no estamos preparados para ello, todos hemos pensado que en un par de años todo estaría resuelto, y lamentablemente a día de hoy ni hay brotes verdes ni se sabe con certeza si hemos tocado ya fondo, yo diría que sí o estamos cerca de ello. Por eso, todos, instituciones, familias, empresas, bancos, tenemos que pensar en la crisis en clave de permanencia en el tiempo, porque llevamos creyendo desde hace dos o tres años que la crisis se acaba mañana y eso nos está haciendo mucho daño, nos hace caer en errores de planteamiento, en fallos de planificación, en situaciones angustiosas.

Esta depresión no la vamos a superar al menos en una década, esto lo dicen los expertos, es decir, que pasarán diez años hasta que volvamos a ver una cierta normalidad en nuestras instituciones, economías, empresas. El pensar que la crisis se acaba mañana es una quimera que los ciudadanos anónimos no podemos permitir, pero no quienes nos rigen.

También me fastidia lo contrario, los pesimistas recalcitrantes, esos a los que les gusta meter cizaña y auguran un futuro negro, de posguerra, en el que va a haber una revolución en las calles, vamos a tener que ir todos con cartillas de racionamiento y vamos a tener que quitarnos las pulgas unos a otros. Eso no va a pasar, no digo que no suframos en estos años, pero España tiene muchos recursos, riqueza y unas infraestructuras sociales y económicas que impiden que eso pueda suceder.

Hay otra salida de la crisis y, en este sentido, los chinos en España lo saben muy bien. Triunfan, van saliendo, se multiplican, escogen los mejores locales y viven, y desplazan a muchos comercios tradicionales. ¿Cuál es la clave? Hay varias, pero me voy a centrar en la más evidente: venden barato. Los chinos han roto con ese aforismo que dice “lo barato sale caro”, me parece muy bien, pero la mayoría de los españoles hemos acudido alguna vez a comprar a un chino, a sabiendas de que los productos no son de calidad, pero son muy baratos, y aun si se rompen, volveremos a comprar, porque a lo mejor un producto corriente vale tres o cuatro veces menos que en una tienda nacional. Los chinos tienen la clave y no los copiamos, la clave es ¡ser baratos! Y es que ellos también han echado abajo otro refrancillo que mi tío Pedro me comentó en alguna ocasión, que señala “caga más una vaca que cien pajarillos”.

Y dicho todo esto, otra consecuencia de la crisis que sufriremos durante mucho tiempo, incluso después de que la superemos, que la superaremos, es la crisis de valores. Estoy convencido de que muchas causas de la crisis global han venido por la pérdida de valores en el ser humano, y esto lo veo en España cada día. Se da la espalda a los buenos modales, a la educación, a la cultura, a dejar el interior de la acera cuando te cruzas con una persona mayor… En definitiva, asistiremos a unos años duros, en los que muchas personas, jóvenes y mayores, harán muchas barbaridades, y esa semilla, la del odio, la del egoísmo, la de la desidia, la estamos alimentando hoy mismo.

Para superar una crisis hay varias fórmulas económicas, se puede reducir el gasto y subir los impuestos, que es lo que han hecho la mayoría de los Gobiernos, puesto que el objetivo es ingresar más. No necesariamente es el mejor modelo, ni el más acertado, es simplemente el menos arriesgado, porque a este Gobierno como a otros les puede salir también el tiro por la culata como a los cines, como a los bares, como a esos comercios que deciden afrontar cualquier dificultad elevando sus precios, sin mensurar que se puede producir el efecto contrario, o sea, que se contraiga el consumo y no ingresen más que antes, sino menos, mucho menos. Al parecer la subida del IVA en Portugal ha provocado esto, sus ciudadanos no tienen una caja sin fondo, su dinero es limitado, y no pueden más, y tienen que recortar de su cesta básica productos y servicios a los que el IVA ha tocado con su varita mágica.

Los seguros sociales o el autónomo parecen intocables, mucha gente no quiere darse de alta ni dar de alta a otros simplemente porque no puede, si ya está complicado salir adelante, las cifras para mantener a un trabajador o iniciar un negocio tú mismo te estrangulan. Yo me pregunto, ¿no se podrían suavizar?

Y para concluir esta “breve disertación”, voy a dar la que yo pienso que es la auténtica solución a esta crisis, o lo que es lo mismo, cómo podríamos estar en España en la mejor situación para salir de la crisis. Es, desde luego, una utópica utopía, se trataría de un Gobierno de concentración. La crisis existe, eso es indudable, aunque parte de ella tiene un componente especulativo, basta que Draghi guiñe el ojo o haga una mueca para que la prima de riesgo se dispare o adelgace ochenta puntos. Los mercados han perdido la confianza en la marca España, nuestro país está en el disparadero por muchas razones que no vienen al caso y que todos sabemos, y en medio de este caos y esta preocupación los políticos andan a la greña, “quítate tú que me ponga yo”, “¡eh tú!, pues anda que tú”, “tú lo hiciste mal, tú peor”.

No ha habido en la historia democrática de España mayor divorcio entre políticos y ciudadanía, tenemos claro quién tiene la culpa, a las pruebas me remito: despilfarros, estructuras solapadas, corrupciones…, y lo que a mí me molesta profundamente, que nada de lo que hace el que está en el poder le viene bien al otro. Les da lo mismo que el país esté como está y prefieren sacrificar el futuro de España, porque les viene mejor aprovecharse del terrible desgaste del que está el poder, porque así quedará menos tiempo para desbancarlos y ponerse ellos mismos.

Ahora más que nunca se percibe, y les doy la razón a los del movimiento 15M, que no vivimos en una verdadera democracia real, los políticos no representan a sus ciudadanos, ni mucho menos a sus territorios, defienden a sus partidos. Todos votan en bloque y les da igual si con su voto están perjudicando a su región, provincia o municipio.

Sean unos o sean otros, que no me caso con nadie, ¿todo lo que hacía el PSOE cuando estaba en el poder estaba mal?, ¿y ahora también está fallando en todo el PP? Lo que requiere con urgencia nuestra nación es que no se tiren más los trastos a la cabeza, que se reúnan y que decidan lo que es mejor para España. Digo yo que cuatro ojos verán más que dos, no puede ser que el PP piense en el rescate, y al PSOE no le resulte conveniente, una de las dos tiene que ser la solución más acertada para nuestro país, estas no pueden ser conversaciones de taberna.

Pero bueno, como digo, es pura utopía, saldremos de la crisis como Dios quiera, que los políticos nos ayudarán puntualmente, y todos tenemos que arrimar el hombro desde abajo, así se sale. El que tenga más que consuma más, el que tenga menos ya sabe lo que hay, tiene que hacer malabarismos, comer en casa de sus padres, ¡cuánta tranquilidad y platos de comida ofrecen los pensionistas!, hacer una chapuza por aquí y por allí, ir a la aceituna, y buscarse, en definitiva, las habichuelas de forma honrada, porque y este refrán sí que funciona, “no hay mal que cien años, dure ni cuerpo que lo resista”.

Y eso, que nadie me tome esto como un relato científico ni prepotente, que seguramente muchas cosas que digo son barbaridades. No me creo más que nadie y todo lo que he soltado aquí es de mi propia cosecha; no están hechas con las zapatillas de paño puestas porque no es el tiempo, pero casi.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Y COLOMBIA NACIÓ PARA EL CICLISMO

Recién terminada la Vuelta ciclista a España, medito sosegadamente sobre este deporte que, aunque sigue despertando la pasión de mucha gente, lleva años en entredicho. Uno ya no sabe quién ganó tal o cual Tour, Vuelta o Giro, han corrido ríos de tinta, ciclistas que han jurado y perjurado que no tomaron nada, otros que han sido apartados de la práctica profesional por haber hablado demasiado y, finalmente, algunos mitos se han quedado por el camino (Chava Jiménez o Pantani me vienen a la memoria), porque este deporte tan exigente y lo que “conllevaba” les impidió llegar a su meta.

Entiendo que antes, hace veinte o treinta años, cuando Indurain y Pedro Delgado destacaban, cuando no dormíamos la siesta para ver las grandes etapas de montaña del Tour o de la Vuelta, esto no pasaba, aunque uno ya no sabe lo que pensar. Y fue aquella época en la que TVE comenzó a echar en directo las llegadas de las etapas, que eso antes no pasaba con ninguna gran vuelta. Fue precisamente en 1983 cuando con la irrupción de Ángel Arroyo y Pedro Delgado en esa edición del Tour, en la última semana TVE conectaba a diario con los finales de etapa. Pedro Delgado estuvo coqueteando con el podio, aunque una grandísima pájara le privó de aquel honor, y Arroyo alcanzaría el segundo puesto detrás del malogrado Laurent Fignon.

Pero no iba por nada de esto tal preámbulo, en realidad aquel Tour pasó a la historia aparte de por los éxitos y fracasos de sus deportistas, y las pequeñas grandes hazañas que se suceden en este bello y sufrido deporte, porque por primera vez comenzamos a escuchar el nombre de ciclistas de un país que la mayoría de los occidentales desconocíamos que tuviera tradición en este deporte, y Colombia nació para el ciclismo.

Aquel Tour de 1983, se calificó como el primero de categoría “open” de su historia, con el objetivo de incorporar a la selección colombiana amateur de este deporte. Ya nos fuimos enterando que sí, que en Colombia había mucha tradición al ciclismo, caracterizados sobre todo por ser buenos escaladores, avezados en superar las alturas de su cordillera andina; y además, que sus ciclistas ya habían empezado a despuntar en los años anteriores en el Tour del Porvenir, un Tour para amateur, que en estos últimos años ha venido a menos.

Y se presentaron allí en Francia, dándole un toque exótico y simpático a “La Grande Boucle”, esos ciclistas menudos y morenos que añadían a su nombre, la mayoría, un apodo, y que tenía el singular sobrenombre de los “escarabajos”, acudieron con el eslogan de “conquistar Europa”, y aunque muchos medios de comunicación tildaron este hecho como algo anecdótico y circunstancial, lo cierto es que no fueron ni mucho menos comparsas y dieron juego, vaya que si lo dieron.

El equipo colombiano tenía como maestro de ceremonias para esta gran ocasión, la ocasión de mostrarse al mundo, al también malogrado Luis Ocaña, en calidad de asesor técnico; el cual se quejó de la avalancha de periodistas colombianos que en masa acudieron a Francia ese año para dar cumplida cuenta de las hazañas de sus compatriotas, y al parecer agobiaban y molestaban más que ayudaban a que el equipo se concentrara debidamente.

Pues eso, allí estaban ellos y sus apodos, aunque poco a poco, desde aquel Tour hasta nuestros días, nos dimos cuenta de que eran algo más que unos simpáticos escaladores. Se fueron profesionalizando, salieron rodadores, contrarrelojistas, hasta alguno que se atrevía con las llegadas masivas, y hoy por hoy, no hay pelotón en el mundo que no requiera, para mayor caché, la presencia de corredores colombianos.

Bueno es recordar a aquellos que hicieron historia para el ciclismo colombiano y que fueron afortunados y esforzados artífices de que a partir de 1983 ya nunca se dejara de hablar de Colombia en este deporte: Samuel “Samy” Cabrera, Edgar “Condorito” Corredor, Alfonso “el Pollo” López, Patrocinio Jiménez, Fabio Casas, Rafael Tolosa, Julio Alberto Rubiano, Cristóbal “el Caballo” Pérez, Alfonso Flórez y Abelardo Ríos.

He podido leer alguna que otra entrevista a aquellos valientes y resulta muy ilustrativo ver cómo encajaba un equipo aficionado dentro de un pelotón profesional, donde faltaba algo de orden, de táctica de equipo y de imbuirse del espíritu y de las costumbres de los ciclistas europeos.

Lo cierto es que la primera semana, la de etapas largas y llanas, con una incursión en el temible pavés del norte de Francia, lo pasaron mal, perdieron mucho tiempo, y parecía que la experiencia los desbordaba, de hecho, algún medio de comunicación aprovechaba injustamente para burlarse de los escarabajos. Pero llegó la montaña y ya se les vio, ya pasaron de estar por detrás, a estar por delante, a que los colores de su enseña nacional se mostraran a las cámaras con más asiduidad.

Hubo hechos relevantes ese año para los colombianos, así Patrocinio Jiménez animó bastante el Gran Premio de la Montaña y compitió por ser el primero contra el belga Lucien Van Impe, este último a la postre, más experimentado fue el que se llevó el gato al agua, pero el segundo puesto de este prestigioso maillot para un colombiano en su debut era más que extraordinario.

Además entre Jiménez y Corredor consiguieron tres terceros puestos en sendas etapas de montaña, una de ellas una cronoescalada, y eso significaba estar por delante de muchísimos profesionales, o lo que es lo mismo, que había mimbres para un gran cesto, aun contando con la sangría de minutos que habían perdido la primera semana.

En la general final de aquel Tour, Corredor sería 16º y Jiménez 17º, una puesta de largo magnífica que les dotó a los colombianos del invisible carnet de imprescindibles para el ciclismo profesional. A la temporada siguiente, algunos fueron fichados por equipos profesionales.

Esos fueron los inicios, y no se paró, el ciclismo colombiano habrá tenido sus altos y bajos, pero ya siempre ha habido ciclistas colombianos y/o equipos colombianos en el pelotón internacional y con muchos triunfos y gestas a sus espaldas. Se me vienen a la cabeza nombres como Pilas Varta, Café de Colombia o Manzana Postobón, y ciclistas de la talla de Lucho Herrera, que ganó la Vuelta a España de 1987, Fabio Parra (este me parecía mejor que el anterior pero tuvo menos suerte), Pacho Rodríguez, Oliverio Rincón, Nelson “Cacaíto” Rodríguez, Chepe González, Félix Cárdenas, Santiago Botero y, la última estrella rutilante, Rigoberto Urán.

Precisamente Urán fue medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Londres en la prueba de fondo en carretera, contribuyendo a la que ha sido mayor y más espectacular cosecha de medallas en la historia deportiva de Colombia en unos Juegos, pues hasta el inicio de estos últimos tenían en su palmarés once medallas (un oro, tres platas y siete bronces), y en los de Londres casi duplican la marca con ocho medalla más (una de oro, tres platas y cuatro bronces). Por cierto, aparte de la de Urán han logrado dos medallas más en ciclismo concretamente en la disciplina de BMX, lo que demuestra la gran afición a este deporte que hay en este país sudamericano.

Y no acaba ni acabará, porque en la última Vuelta a España hemos vuelto a ver, amén del mediático Rigoberto Urán, a un potente Sergio Henao o a Nairo Quintana que se dejó ver en las duras etapas de montaña.
En fin, larga vida al ciclismo colombiano, pero había que recordar y hacer este humilde y anónimo homenaje a aquellos diez corredores de 1983 que, de algún modo, cambiaron la concepción del ciclismo profesional y su historia.

sábado, 8 de septiembre de 2012

"SAMARANCH, EL DEPORTE DEL PODER", DE JAUME BOIX Y ARCADI ESPADA

Cayó en mis manos casi de casualidad, pero no le hice ascos, aunque ya tiene unos pocos años desde su primera edición, es de 1999, y el personaje que se glosa aún no había muerto; pero soy muy dado al género biográfico y máxime cuando se trata de una persona tan vinculada al deporte, auténtico motor del olimpismo moderno.

Pues eso que con los Juegos Olímpicos de Londres ya concluidos, y las Paralimpiadas en marcha, que tienen más enjundia que lo que muestran los medios de comunicación, me pareció una lectura idónea para afrontar las largas tardes de verano. Y la lectura se convirtió en sumamente atractiva, en un relato en el que sus dos autores repasan la vida de este ilustre catalán y español, desde diversos puntos de vista: político, personal, empresarial, deportivo y que precisamente llegó a hacer de su pasión, el deporte, su profesión, casi su vida.

Del repaso sosegado de sus páginas se desprende que el triunfo de su persona se fundamenta más en su discreción y sus magníficas relaciones públicas que en cualquier otra característica. No fue, creo que en esto estamos de acuerdo, una persona especialmente carismática, sus discursos como Presidente del CIO, Comité Internacional Olímpico, (es más correcta esta denominación según explican los autores, aunque habitualmente utilizamos COI), no eran vehementes, no eran los de un orador que levanta a las masas, eran sosegados, calmados y muy meditados, hasta cierto punto aburridos.

Tuvo una virtud más y nada desdeñable, que fue la de ir limpiando su pátina franquista a medida que fue emergiendo la democracia, de forma inversamente proporcional al anhelo que tuvo desde bien joven, que era llegar a ser Presidente del CIO. Y es que para mis contemporáneos, los que ya pasamos los cuarenta, cuando empezamos a oír hablar del nombre de Samaranch, este ya estaba vinculado al movimiento olímpico y apenas sabíamos poco más que había sido embajador en la Unión Soviética de 1977 a 1981, y que coincidiría en el cargo con los Juegos Olímpicos que se celebraron en Moscú en 1980.

Pero antes de eso, había sido hombre del Régimen, empezando como concejal en el Ayuntamiento de Barcelona, Procurador en Cortes, Delegado Nacional de Educación Física y Deportes, y Presidente de la Diputación de Barcelona, cargo que ostentó entre los años 1973 y 1977, es decir, que fue testigo directo de la transición.

También tuvo la habilidad de no ser un franquista recalcitrante, de ir haciendo guiños hacia un futuro de cambio, de creer en la apertura, en definitiva, de ser un propulsor de la democracia, aunque evidentemente sin abandonar su privilegiada situación de poder, siempre muy vinculada al deporte, que le facilitaba su comunión con el Régimen franquista.

Pero ahondemos un poco en sus inicios, los más desconocidos. Era un hombre de la nueva burguesía catalana, la de jóvenes adinerados cuyos padres poseían empresas solventes, en el caso de Samaranch todo un clásico, su padre había creado un imperio en la industria textil. Fue un mujeriego discreto, pero no en el sentido de que fuera mediocre, no, al contrario, era un mujeriego callado, es decir, que las tenía, muchas y bellas, pero no hacía alardes.

Fue uno de los verdaderos adalides del hockey sobre patines en Cataluña, donde a partir de los años 40 - 50 del siglo pasado se fundó la tradición a este deporte, que llega hasta nuestros días, y él tuvo la fortuna de ser uno de sus artífices, siendo seleccionador español de los primeros equipos nacionales que compitieron a nivel mundial. También fue boxeador, por aquello de que la gente de bien en su época tenía a este deporte como una disciplina para gentleman.

No obstante, fue sentando la cabeza, casándose ya pasados los treinta con la bella Bibis Salisachs, y empezando a hacer su carrera política y empresarial, con las herramientas que mejor dominaba, la discreción, el saber estar, las buenas relaciones, el estar en el sitio justo en el momento determinado, el dar dinero a fondo perdido desinteresadamente o no tan desinteresadamente.

Y ahí empezó su ascensión paralela entre sus negocios empresariales y su proyección política. Lo cierto es que se desprende de esta cualificada biografía que no fue un mal gestor, desde luego su cambio de rumbo en la política deportiva de este país es más que destacable, en especial, porque se pateó toda España y muchas instalaciones deportivas que aún hoy siguen funcionando fueron fruto de su buen hacer. Suyo, o de su equipo de técnicos, pues fue un pionero del marketing en nuestro país, es aquel eslogan que tanto sonó en la década de los 60 y 70 y que yo aún recuerdo de “Contamos contigo”.

Todos conocemos sus logros como Presidente del CIO, y como mantuvo su proverbial discreción hasta en la elección de su ciudad, Barcelona, como sede los JJ.OO. de 1992, lo que tal vez no se sepa, es que ya soñaba con ello desde muchos años antes, cuando con ocasión de los Juegos del Mediterráneo celebrados en Barcelona en 1955, y donde él fue parte primordial de su organización declaró unos meses antes: “Hay que tener en cuenta que próximamente se celebrarán los Juegos del Mediterráneo y si todo sale como debe salir tendremos derecho a pedir para nosotros una olimpiada”.

Jaume Boix y Arcadi Espada repasan también con cierta ironía los entresijos para ser sede de unos Juegos Olímpicos, y en qué terrenos se tuvo que mover Barcelona para ser la sede en 1992. Nunca, entiendo y entienden los autores sin sobrepasar la legalidad o costumbre de aquel momento; aunque bien es cierto que esa legalidad se ha puesto en entredicho en muchas ocasiones y precisamente el escándalo se destapó con la elección de los Juegos Olímpicos de invierno de Salt Lake City que se celebrarían en 2002, y donde la prensa descubrió compra de votos por parte de la ciudad elegida. Ese fue el peor momento para Samaranch en su carrera como Presidente del COI, poco antes de que dejara definitivamente el cargo, lo que le obligó a una revisión de los modos de elección de sedes, del organigrama del CIO, de sus reglas y a purgar alguno de sus miembros corruptos.

No obstante, los autores lo presentan con acierto como el Papa laico, destacan el poder del deporte en el mundo, de ahí el título de esta biografía, baste echar un vistazo a nuestro entorno y a los medios de comunicación. Pero va más allá, con él, el olimpismo ha dado una vuelta de tuerca, se han eliminado los boicot, se ha favorecido la ruptura con el racismo, ha permitido el crecimiento deportivo de naciones con escasos medios, y lo que es más importante, tuvo en sus manos un cargo no sujeto a presiones políticas y venerado a la vez por políticos, con sus cardenales, los miembros del CIO, su propia religión y mandamientos, la carta olímpica, y toda una Iglesia en marcha, como son las federaciones internacionales y sus “parroquias” en cada país, las federaciones nacionales.

En definitiva, un buen español, un buen catalán, que pasará a la historia por ser un famoso personaje, mucho más famoso que muchos presidentes de gobierno, que hizo más grande el olimpismo, el deporte, y contribuyó con muchos granitos de arena, a hacer este mundo un poco más justo. Sirva esta entradilla como homenaje a este hombre y, por qué no, un aplauso también para sus autores que me han hecho pasar unos días muy agradables con un libro que recomiendo absolutamente.

domingo, 2 de septiembre de 2012

"TEZA", DE HAILE GERIMA

Pues hace unas semanas murió el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi, y eso no es moco de pavo para un país con una historia siempre convulsa y llena de inestabilidades políticas. Se masca la tensión, me dicen desde aquel país ya de mi corazón, y habrá que esperar acontecimientos. Precisamente Zenawi fue el que derrocó al que fuera el hombre fuerte en Etiopía desde 1974 hasta 1991, Mengistu Haile Mariam. Una buena imagen de lo que fue el régimen marxista-leninista de Mengistu se ve reflejada en esta película “Teza”, una producción etíope de 2008, que tenía guardada en mi zurrón para visionar en cuanto tuviera un hueco.

“Teza”, que podríamos traducir como “Rocío”, cuenta la historia de un joven etíope, Anberber, que estudia medicina en Alemania, y vuelve a su país emocionado con la llegada del nuevo régimen comunista que había desbancado al anterior régimen feudal del emperador Haile Selassie. Sin embargo, Anberber, socialista convencido en el exilio, se verá obligado a volver a Alemania pues sus ideas políticas y sus investigaciones en el laboratorio de un hospital en Addis Abeba, chocan con el nuevo régimen que ataca a los intelectuales que no comulguen con sus ideas. En un momento posterior regresará nuevamente a Etiopía, a su pueblo Gorgora, en el norte del país, a orillas del gran lago Tana y allí iniciará una nueva vida, y asistirá a la caída del régimen comunista alienador y represor de Mengistu.

Tiene varias lecturas esta historia perfectamente narrada por su director Haile Gerima, por una parte, contiene el perfil histórico-político que nos lleva a una profunda reflexión, pues se demuestra que en las ideas políticas entre la teoría y la práctica existe un profundo abismo, y Anberber se verá abocado a renegar de un régimen con el que tanto soñó y de unas ideas que en la realidad distaban mucho de lo que él hubiera anhelado.

En la vertiente personal, Anberber es un joven ilusionado con hacer más grande Etiopía, por eso se marcha a estudiar fuera, también asqueado por el deterioro que estaba causando en su país el emperador Haile Selassie (bien visto por la comunidad internacional, pero una especie de Franco para los etíopes). Su historia es la del desencuentro y la desubicación, extranjero en Alemania, por su raza, y extranjero también en su país, en un primer momento por pensar diferente, después cuando vuelve a Gorgora, por ser un occidental en su propia casa. En Gorgora finalmente encontrará la paz, no con pocos esfuerzos, uniéndose a una muchacha que también estaba siendo maltratada y humillada por su comunidad.

Especialmente intenso es el período, a mediados de los 70, en que llega a Addis Abeba, y se enfrenta al régimen de Mengistu, también llamado el Negus rojo, líder del Consejo Administrativo Militar Provisional, más conocido por la transliteración de la primera palabra en amárico de su primer nombre, Derg o Dergue, y que impondría una política del miedo, con una base similar a la China de Mao, de persecución de los intelectuales para propugnar una revolución en el campesinado. Anberber, en este sentido, asistirá a una auténtica persecución, sustentada en la eliminación o aniquilación del que opina diferente, y encabeza por cualquiera que tuviera un arma encima y que comulgara con el régimen; realmente los juicios sumarísimos se sucedían y él tuvo que asistir a alguno, especialmente al de su mejor amigo Tesfaye, que también estudió con él en Alemania.

Sin más salida que la de pedir perdón al régimen, a regañadientes, pues no quiere contribuir a que los políticos se aprovechen de él, único salvoconducto para mantenerse con vida, consigue que lo manden de nuevo a Alemania; allí cuenta cómo sufrió una agresión racista, y más de una década después volverá a su casa a Gorgora, donde atormentadamente dará un repaso a todo lo que fue su vida. En Gorgora también presenciará los últimos coletazos del régimen de Mengistu, que seguía empeñado en reclutar a jóvenes para su causa, pero llegarán noticias de que un movimiento revolucionario con Meles Zenawi al frente, también de ideología socialista pero con otro talante, liquidará el anterior régimen opresor.

Este es un punto interesante de la narración, pues la historia se cuenta en el presente y va haciendo varios flashback: su primera época en Alemania, su llegada a Addis y su vuelta a Alemania; mientras que la narración presente sí mantiene su orden cronológico.

Pese a esos saltos, que a veces a algunos aficionados al cine, pueden molestar porque trastorna el hilo discursivo, aquí no hay dudas, la historia, como decía al principio se sigue con facilidad nítida. Haile Gerima cuenta una historia redonda, casi sin fisuras, en un relato de algo más de dos horas que se pasan volando.

Gerima es probablemente el director etíope más conocido, reside en Estados Unidos, y sus películas son bastante aclamadas, con esta ha conseguido numerosos premios, tal vez el más importante el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia de 2008.

Con todo esto, ya sabemos lo que es el cine africano, prácticamente desconocido para la inmensa mayoría de los occidentales y esta producción jamás la podremos disfrutar en los circuitos comerciales. De ahí que la califique de “rareza” en mis etiquetas.

Por otro lado, tampoco he conseguido verla en español, todo lo más que he podido hallar ha sido una copia doblada al italiano, y los subtítulos los he pillado en francés, pero se sigue bien, sin perder ni un gramo de su esencia.

A todo esto y para terminar, estamos ante una producción bien dotada económicamente, con una magnífica ambientación y que, además, nos transporta a Etiopía, ese bellísimo país, lleno de fuerza y de vida. Increíbles paisajes con un sol infinito, planicies de un amarillo vivísimo, un lago Tana eterno y ensoñador, hogueras en las que ves tu propia cara, gente que habla con sus ojos. Un trabajo de fotografía impresionante a cargo del italiano Mario Masini.

De paso y con la vigencia que tiene la muerte de Zenawi y el nuevo escenario al que debe enfrentarse la nación etíope, en esta producción se concentra un buen testimonio de la Etiopía contemporánea, la Etiopía marxista-leninista de Mengistu que estuvo en el poder entre 1974 y 1991. Estaremos al tanto del rumbo que toma el país, que probablemente sea ninguno, pues como me contaban en mi estancia en Etiopía, la teórica democracia existente es puramente formal, sólo en el papel, sólo de puertas para afuera, una democracia vigilada podríamos calificarla, no en vano su partido, el Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, era y es el mayoritario y único legal en aquel país.

La dedicatoria final de la película resume con bastante franqueza su espíritu: “…a todos los negros, golpeados y asesinados simplemente por ser negros, y a los muchos jóvenes etíope asesinados para lograr un cambio real en Etiopía”.