sábado, 22 de septiembre de 2012

SOLUCIONES A LA CRISIS DE ANDAR POR CASA

Hace no mucho, un día comentó mi suegra en una comida familiar que tenía la solución para la crisis y es que todos los españoles donáramos o dejáramos de percibir nuestro sueldo durante un mes y dárselo al Estado para que tapara todos los agujeros que tenemos. No era, desde luego, una idea descabellada aunque de todo punto inviable, es decir, convocar a todos los españoles para tal acción sin precedentes, sería material y legalmente imposible.

No obstante, en puridad lo que hizo el Gobierno de Rajoy con los empleados públicos (pocos o mucho, que ahora parece que somos unos apestados) ha sido ni más ni menos que lo que dijo mi suegra, ya hemos perdido la paga extraordinaria de Navidad, o lo que es lo mismo, muchos millones de euros que no saldrán de las arcas públicas y que serán destinados a solucionar entuertos y desaguisados.

Mal que bien los empleados públicos ya nos hemos hecho a la idea de que nos tenemos que ajustar el cinturón, más aún si cabe, pero damos gracias porque seguimos trabajando y nuestra nómina llega a nuestras casas para proporcionarnos una vida digna. Y ya hablo de dignidad, porque se equivocan mucho los que pudieron pensar en algún momento que vivimos o habíamos vivido en la opulencia. Eso, a lo mejor, para algún asesor político o para los controladores aéreos que son asimilados a funcionarios.

Tengo un modesto utilitario que tiene quince años, quizá pude cambiarlo hace un tiempo, ahora ni quiero, ni puedo, o sea, que ya no me atrevo. Es bien sabido que un coche es una de las inversiones más nefastas que se pueden hacer, en cuanto lo compras ya le estás perdiendo dinero, se amortiza en pocos años, y pasados los diez su valor de mercado es ínfimo, casi de risa. Témele a tener un golpe, porque si te lo dan como siniestro total has perdido el pan y el perro.

La gasolina ha subido de tal forma que todos hemos recordado como con 2.000 ptas. llenabas el depósito y ahora pagas tres veces más y no lo llenas, y esto en apenas una década. Y si lo sacas nada más que para lo justo, como yo, el coche tiene unos gastos fijos anuales (el seguro, los impuestos, la ITV), más otros variables porque, de vez en cuando, tiene que visitar el taller ya sea por cambio de aceite, filtros, ruedas, o porque tarde o temprano se avería y hay que arreglar el manguito, la trócola, el freno, la correa, la bujía o el carburador.

Sí, hoy en día te podrías comprar un coche de segunda mano a buen precio, pero costará más el mantenimiento que su adquisición. Yo lo comparo con un caballo, adquirir un equino a precio de mercado no es caro, pero el animal tiene que comer, apañarle las espuelas, limpiarlo, debe estar en un sitio adecuado; total que en un par de años haces cuentas y te has gastado lo mismo que si hubieras comprado otro potro.

Pero, ¿adónde voy con esto?, pues eso que tengo un coche viejo y que la inmensa mayoría de los vehículos que veo en las carreteras son mejores que el mío, incluyendo a muchos a los que la crisis dejó en el arcén. Son esos a los que ahora les cuesta Dios y ayuda pagar las letras de aquel coche lujoso o potente que tuvieron el capricho de comprar cuando todo eran facilidades.

Y no me refiero a esos que están en las colas del paro, que luchan cada día por encontrar trabajo. Hay otras colas, las de los servicios sociales, adonde acuden algunas personas, no todos, que ni trabajaron antes ni trabajan ahora, que esperan que el Estado les ayude porque sí, porque nacieron pobres, porque alguien tiene que alimentar a su prole, y viven apalancados en el subvencionismo (esto me lo dijo alguien que trabajaba precisamente en los servicios sociales). Muchos de esos tienen un coche más nuevo que el mío, una televisión mejor, una antena parabólica y, lo mejor de todo, tiempo para disfrutar de todo eso.

No, cuando yo y muchos tenemos que renunciar, por imposición legal, a nuestra paga extraordinaria, lo asumimos a regañadientes, pero nos fastidia que aparte de que sirva para sufragar el gran endeudamiento de nuestro país, también sirva para ayudar a los que ni hicieron nada antes, ni lo harán ahora por levantar esta España temblorosa.

Me fastidia igualmente que haya familias enteras, qué curioso, en las que ninguno trabaje y, por lo menos, dos o tres, o incluso cuatro, reciban su paga, porque se las arreglaron para buscar un buen abogado experto en eso, y ahora veo gente a la que jubilaron por dolor de espalda, por cojear, por…, cuando entonces había manga ancha en los tribunales médicos, y ahora los ves paseando, corriendo, montando en bici, con piso en la playa, obviamente con un buen coche, mejor que el mío y el tuyo, y lo que es más importante, dinero ilimitado de por vida y tiempo gratis para gastarlo.

Hace unos meses alguien me pidió una pequeña cantidad de dinero, de los que va a servicios sociales, lo vi muy apurado, ese día me pilló mal y accedí, me dijo que me lo devolvería en un par de días; es evidente que he perdido ese dinero, aunque a él lo vea por la calle fumando, disfrutando, alardeando, o en el supermercado comprando artículos de lujo que yo ni compro. Es más veo a mucha gente comprando en el Mercadona agua mineral, no es que sea un lujo, pero yo no compraba agua embotellada antes ni lo hago ahora, que el agua del grifo está bien buena.

Y también hace unos años, cuando ya se oía hablar de crisis, a mi mujer le debían varias nóminas en un trabajo, se fue porque no había visos de cobro, hicimos todas las gestiones para que el dueño de la empresa le pagara, aunque fuera a plazos; la empresa se declaró insolvente y fue el Fondo de Garantía Salarial, es decir, todos los españoles, la que pagó la tropelía de un energúmeno. Pero lo gracioso es que el negocio continuó, la empresa cambio de nombre, antes era sociedad X y ahora es sociedad Y, y ha seguido funcionando. Y, por supuesto, el tío va con un coche lujoso por la calle, viste mejor ropa que yo, compra en el supermercado de El Corte Inglés, y es asiduo a buenos restaurantes. A mucha gente a la que le cuentas esto, me dicen que es increíble, aunque todos tienen en mente algún caso similar.

Esta es nuestra España, ha ocurrido y ocurrirá, hay gente que dice que no tiene, o que no quiere tener y se ríe en tu cara. Tengo un vecino que me debe cuatrocientos euros desde hace años, y confunde no poder con no querer, “es que no puedo”, “cuando pueda te doy un poco”, y se me cae la cara de vergüenza cuando se lo recuerdo, a él no se le cae porque no la tiene; y a todo esto, su coche, tiene dos, son más modernos que el mío, su casa a la última y seguro que sale de cañas más que yo.

Que sí, que esto ocurre en España, que hay gente que le echó un pulso a la vida hace años, engañando, riéndose de los demás y ganan, y van saliendo, y viven mejor que tú y que yo.

Soy partidario de subsidios, subvenciones, ayudas, prestaciones y hasta pagas vitalicias, pero me gustaría que ese dinero no fuera improductivo, que el que tiene posibilidad de trabajar en algo, mientras no encuentra nada, podría estar realizando trabajos para la comunidad. Ahora el PP está hablando de que los parados puedan estar cobrando la ayuda y realizando a la par, trabajos forestales. Hay cientos de cosas que se pueden hacer en un municipio: limpiar calles, regar, limpiar jardines, limpiar cunetas, suprimir barreras arquitectónicas, conserjerías, custodia de jardines, vigilancia… Y no toda la jornada, sólo media jornada, el resto del tiempo a vivir, y también a realizar una búsqueda activa de empleo. Entiendo que serían labores que requieren mínima inversión y que mejorarían nuestras ciudades.

Es evidente que estas soluciones a la crisis que son reflexiones a lo bruto, porque hoy me ha pillado así, están hechas desde las tripas más que desde la cabeza; son eso soluciones de andar por casa, o de baja tecnología, como se quiera llamar, porque es obvio que yo no soy economista ni lo pretendo, y uno ya va viendo cosas que no entiende y las suelta así como si estuviera en la barra del bar y las comentara con sus amigos.

Resulta que desde que tengo uso de razón, por continuar con mis reflexiones absolutamente personales, la proyección de cualquier subida de precios, productos básicos o impuestos, la última la del IVA, va más allá de la simple elevación de un porcentaje, en este caso, del 3% para el tipo general. El otro día mi mujer compró un paquete de zumos de una conocida marca, antes de la subida costaba un euro, ahora cuesta diez céntimos más. ¿Qué ocurre? Pues ni más ni menos, que salvo en grandes y medianas superficies o comercios al por mayor, todo el mundo opta por lo fácil, por el redondeo, siempre a favor del vendedor, que con esta inocente subida, colabora grandemente en que la inflación que sufrimos en los últimos años, desde la llegada del euro, sin ser galopante sí que es muy preocupante.

Hace dos o tres años también subió la harina un poco, y lo que es lo mismo una subida en el pan, producto básico donde los haya en la cesta de la compra hispana. Quizá subió mínimamente, no me acuerdo, lo cierto es que al día siguiente de la subida, la tostada que me comí para desayunar me costó diez céntimos más, así, del tirón; y me cabreé porque la decisión de aquella cafetería, tan mínima, tan insignificante, estaba contribuyendo a elevar la inflación de este país.

Es más, de tanto estirar la goma, lo que se genera es el efecto contrario, por poner un ejemplo, de tanto subir el tabaco, a precios escandalosos ya, mucha gente ha optado por dejarlo, simplemente porque no puede, porque ya es un artículo de lujo, lamentablemente mi mujer no ha entendido esta disquisición por ahora. Es decir, que con tanta subida a muchos comercios les va a salir el tiro por la culata, van a dar lugar a que no compremos los zumos, a que no desayunemos fuera (estoy ya valorando llevarme una manzana a mi oficina) o a que no compremos tal o cual producto.

Y es que en este país no se piensa con perspectiva, al cine, herido de muerte desde hace varios años, la subida del IVA es una banderilla más. Los empresarios del cine llevan muchos años elevando los precios, pensando que así pueden mantener sus negocios, no pensando que cada céntimo que se sube es no sé cuántos espectadores que se pierden. Las subidas de impuestos se perciben como una amenaza y no como una oportunidad. En este negocio que es un servicio puro y duro, al empresario le cuesta lo mismo que en la sala haya uno que cien espectadores, la película se tiene que proyectar. Yo he ido a salas en las que estaríamos unos veinte, a siete euros y medio, que fue la última vez que fui a un cine de invierno, se recaudan ciento cincuenta euros. Si se optara por bajar los precios, aun con esta brutal subida del IVA, podríamos decir que es una decisión arriesgada, pero no descabellada; todo es probar, cuando muchos cines van a cerrar sin que antes hayan muerto en el intento, en el intento de bajar los precios. Supongamos que esa bajada de precios produce un efecto llamada en el consumidor, con la entrada a cuatro euros, entrando cuarenta personas aquel día que yo fui al cine, el empresario habría recaudado más.

¿Y los alquileres? Vas por las calles de tantas ciudades y algunas se han convertido en calles fantasma, con negocios que antes funcionaban y que ahora han tenido que cerrar sus puertas, y el cartel en la puerta del local de “se alquila”, miles a lo largo y ancho de la geografía de nuestra España. Y los dueños de esos locales no se bajan del burro, alquileres desorbitados, precios imposibles; así que cualquier emprendedor se pone a echar cuentas y si encima tiene que pagar autónomo, seguros, impuestos, tasas, suministros, existencias…, el inabordable precio del alquiler termina por quitarle la idea de intentar montar ese negocio.

Estoy pensando en que hay muchos negocios que ya han cerrado o están a punto de hacerlo, y que piden que la revisión del alquiler a la baja, y los dueños en sus trece. Pero vamos a ver, esos locales están completamente amortizados, todo lo que entre en la buchaca del propietario es esencialmente dinero limpio de polvo y paja. Sin embargo, no, se mantienen los precios de alquileres que había antes de la crisis y no se puede, y se opta por mantener el alquiler de un local para un bar a ochocientos euros, vacío durante años y años, en vez de ponerlo a trescientos o cuatrocientos, porque de ese modo se garantiza que el que ponga el negocio tiene más posibilidades de subsistencia, con el añadido de que se le puede decir al arrendatario: “Te pongo un precio muy por debajo del mercado, es una decisión de suma honradez, así que cuando todo mejore, sé honrado como yo, y revisemos al alza el alquiler”. Y esto también podría pasar con esos negocios que están a punto del cierre, podrían reunirse arrendador y arrendatario para bajar el alquiler, porque más vale cobrar algo que tener el local vacío durante años y muerto de risa. Sería un ejercicio de solidaridad, que generaría riqueza y crearía o mantendría empleo, es decir, vamos a ganar los dos, aunque sea menos de lo que gustaría al que alquila, pero mejor así.

Otro efecto terrible de la crisis es que todos en algún momento hemos dicho al ver alguna acumulación de gente consumiendo, por ejemplo, en una gran superficie, y casi emulando a Supertramp, “pero ¿no decían que había crisis?, yo no veo la crisis por ningún lado”. Es evidente que en España nadie va a morir de hambre, estamos asistiendo a una contracción de la economía, de una situación buena o muy buena, a regular; somos un país desarrollado y por muy mal que vayan las cosas, todavía trabajamos más del 50% de la población en términos absolutos, o lo que es lo mismo, todavía hay un gran colchón para impulsarse.

No obstante, con comentarios como el que he señalado antes, desdeñamos o trivializamos la crisis, y lo peor de esta crisis es que no es pasajera, es dura y duradera, y no estamos preparados para ello, todos hemos pensado que en un par de años todo estaría resuelto, y lamentablemente a día de hoy ni hay brotes verdes ni se sabe con certeza si hemos tocado ya fondo, yo diría que sí o estamos cerca de ello. Por eso, todos, instituciones, familias, empresas, bancos, tenemos que pensar en la crisis en clave de permanencia en el tiempo, porque llevamos creyendo desde hace dos o tres años que la crisis se acaba mañana y eso nos está haciendo mucho daño, nos hace caer en errores de planteamiento, en fallos de planificación, en situaciones angustiosas.

Esta depresión no la vamos a superar al menos en una década, esto lo dicen los expertos, es decir, que pasarán diez años hasta que volvamos a ver una cierta normalidad en nuestras instituciones, economías, empresas. El pensar que la crisis se acaba mañana es una quimera que los ciudadanos anónimos no podemos permitir, pero no quienes nos rigen.

También me fastidia lo contrario, los pesimistas recalcitrantes, esos a los que les gusta meter cizaña y auguran un futuro negro, de posguerra, en el que va a haber una revolución en las calles, vamos a tener que ir todos con cartillas de racionamiento y vamos a tener que quitarnos las pulgas unos a otros. Eso no va a pasar, no digo que no suframos en estos años, pero España tiene muchos recursos, riqueza y unas infraestructuras sociales y económicas que impiden que eso pueda suceder.

Hay otra salida de la crisis y, en este sentido, los chinos en España lo saben muy bien. Triunfan, van saliendo, se multiplican, escogen los mejores locales y viven, y desplazan a muchos comercios tradicionales. ¿Cuál es la clave? Hay varias, pero me voy a centrar en la más evidente: venden barato. Los chinos han roto con ese aforismo que dice “lo barato sale caro”, me parece muy bien, pero la mayoría de los españoles hemos acudido alguna vez a comprar a un chino, a sabiendas de que los productos no son de calidad, pero son muy baratos, y aun si se rompen, volveremos a comprar, porque a lo mejor un producto corriente vale tres o cuatro veces menos que en una tienda nacional. Los chinos tienen la clave y no los copiamos, la clave es ¡ser baratos! Y es que ellos también han echado abajo otro refrancillo que mi tío Pedro me comentó en alguna ocasión, que señala “caga más una vaca que cien pajarillos”.

Y dicho todo esto, otra consecuencia de la crisis que sufriremos durante mucho tiempo, incluso después de que la superemos, que la superaremos, es la crisis de valores. Estoy convencido de que muchas causas de la crisis global han venido por la pérdida de valores en el ser humano, y esto lo veo en España cada día. Se da la espalda a los buenos modales, a la educación, a la cultura, a dejar el interior de la acera cuando te cruzas con una persona mayor… En definitiva, asistiremos a unos años duros, en los que muchas personas, jóvenes y mayores, harán muchas barbaridades, y esa semilla, la del odio, la del egoísmo, la de la desidia, la estamos alimentando hoy mismo.

Para superar una crisis hay varias fórmulas económicas, se puede reducir el gasto y subir los impuestos, que es lo que han hecho la mayoría de los Gobiernos, puesto que el objetivo es ingresar más. No necesariamente es el mejor modelo, ni el más acertado, es simplemente el menos arriesgado, porque a este Gobierno como a otros les puede salir también el tiro por la culata como a los cines, como a los bares, como a esos comercios que deciden afrontar cualquier dificultad elevando sus precios, sin mensurar que se puede producir el efecto contrario, o sea, que se contraiga el consumo y no ingresen más que antes, sino menos, mucho menos. Al parecer la subida del IVA en Portugal ha provocado esto, sus ciudadanos no tienen una caja sin fondo, su dinero es limitado, y no pueden más, y tienen que recortar de su cesta básica productos y servicios a los que el IVA ha tocado con su varita mágica.

Los seguros sociales o el autónomo parecen intocables, mucha gente no quiere darse de alta ni dar de alta a otros simplemente porque no puede, si ya está complicado salir adelante, las cifras para mantener a un trabajador o iniciar un negocio tú mismo te estrangulan. Yo me pregunto, ¿no se podrían suavizar?

Y para concluir esta “breve disertación”, voy a dar la que yo pienso que es la auténtica solución a esta crisis, o lo que es lo mismo, cómo podríamos estar en España en la mejor situación para salir de la crisis. Es, desde luego, una utópica utopía, se trataría de un Gobierno de concentración. La crisis existe, eso es indudable, aunque parte de ella tiene un componente especulativo, basta que Draghi guiñe el ojo o haga una mueca para que la prima de riesgo se dispare o adelgace ochenta puntos. Los mercados han perdido la confianza en la marca España, nuestro país está en el disparadero por muchas razones que no vienen al caso y que todos sabemos, y en medio de este caos y esta preocupación los políticos andan a la greña, “quítate tú que me ponga yo”, “¡eh tú!, pues anda que tú”, “tú lo hiciste mal, tú peor”.

No ha habido en la historia democrática de España mayor divorcio entre políticos y ciudadanía, tenemos claro quién tiene la culpa, a las pruebas me remito: despilfarros, estructuras solapadas, corrupciones…, y lo que a mí me molesta profundamente, que nada de lo que hace el que está en el poder le viene bien al otro. Les da lo mismo que el país esté como está y prefieren sacrificar el futuro de España, porque les viene mejor aprovecharse del terrible desgaste del que está el poder, porque así quedará menos tiempo para desbancarlos y ponerse ellos mismos.

Ahora más que nunca se percibe, y les doy la razón a los del movimiento 15M, que no vivimos en una verdadera democracia real, los políticos no representan a sus ciudadanos, ni mucho menos a sus territorios, defienden a sus partidos. Todos votan en bloque y les da igual si con su voto están perjudicando a su región, provincia o municipio.

Sean unos o sean otros, que no me caso con nadie, ¿todo lo que hacía el PSOE cuando estaba en el poder estaba mal?, ¿y ahora también está fallando en todo el PP? Lo que requiere con urgencia nuestra nación es que no se tiren más los trastos a la cabeza, que se reúnan y que decidan lo que es mejor para España. Digo yo que cuatro ojos verán más que dos, no puede ser que el PP piense en el rescate, y al PSOE no le resulte conveniente, una de las dos tiene que ser la solución más acertada para nuestro país, estas no pueden ser conversaciones de taberna.

Pero bueno, como digo, es pura utopía, saldremos de la crisis como Dios quiera, que los políticos nos ayudarán puntualmente, y todos tenemos que arrimar el hombro desde abajo, así se sale. El que tenga más que consuma más, el que tenga menos ya sabe lo que hay, tiene que hacer malabarismos, comer en casa de sus padres, ¡cuánta tranquilidad y platos de comida ofrecen los pensionistas!, hacer una chapuza por aquí y por allí, ir a la aceituna, y buscarse, en definitiva, las habichuelas de forma honrada, porque y este refrán sí que funciona, “no hay mal que cien años, dure ni cuerpo que lo resista”.

Y eso, que nadie me tome esto como un relato científico ni prepotente, que seguramente muchas cosas que digo son barbaridades. No me creo más que nadie y todo lo que he soltado aquí es de mi propia cosecha; no están hechas con las zapatillas de paño puestas porque no es el tiempo, pero casi.

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