viernes, 29 de agosto de 2014

"ALLO ALLO", UNA VISIÓN SIMPÁTICA DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL

Realmente es una casualidad que hoy comente esta serie de televisión, pues en nada tiene que ver con mi deriva hacia películas y libros de temática histórica contemporánea, fundamentalmente de la 2ª Guerra Mundial, esta es una serie británica ambientada en aquella época, pero es una sátira completa, una comedia que no tiene mayor valor histórico, es sólo un recurso, y simplemente fue un clásico en su época por sus caóticos y desternillantes personajes.

Así es porque «Allo allo», utiliza como reclamo una época y una situación concreta para construir la típica comedia inglesa de situación, con algún matiz histórico, que la acerca probablemente como uno de los escasos proyectos que se mofan de algún aspecto de la 2ª Guerra Mundial.

Ni que decir tiene que la serie tuvo mucho éxito y en paralelo a ello, no hubo voces discordantes ni críticas hacia la misma, pues en ningún momento se mete en ningún asunto escabroso (me recuerda en este sentido, con sus diferencias, a la estadounidense MASH, ambientada en la guerra de Corea).

Aquí el escenario se situaba en una pequeña villa francesa, Nouvion, ocupada por los alemanes, y donde los locales tratan de defenderse con los medios a su alcance y a través de la Resistencia. A este respecto, la serie tiene como punto gravitatorio el Café René, donde René Artois (Gorden Kaye), regenta este negocio, pero a la par colabora con dicha Resistencia y con los ingleses, gracias a que cuenta con un equipo de comunicaciones bajo la cama de su suegra, con el que entabla conversación e intercambia informaciones con Londres, y cada comunicación se iniciaba precisamente con el nombre de la serie.

Sus personajes, como digo, no pueden ser más disparatados, y aquí no hay bicho que salga vivo: los franceses son tomados por pueblerinos, alegres y alocados; los británicos son tontos e insensatos; y los alemanes son bobos, cabezas cuadradas en grado sumo e infantiles. Es decir, todo parecido con la realidad era pura coincidencia.

A la par que bulle la vida en el Café René, surgen los personajes de los tres bandos, que tratan prácticamente desde el principio de la serie (serie que se grabó de 1982 a 1992, nueve temporada, con ochenta y cinco capítulos en total) de resolver sus muy personales planes.

René Artois se ve siempre inmerso en todo tipo de enredos, su accesible personalidad de buenazo consumado, hace que todo el mundo confíe en él, y eso le llevará a continuos problemas. La Resistencia lo tiene por líder, los alemanes lo ven como un aliado y los ingleses desean que les dé soporte. En cada capítulo René se dirigía a la audiencia explicando cómo iban las cosas, y normalmente refiriendo qué había sucedido en el capítulo anterior.

A todo esto existe un elemento clave en el argumento y es la presencia de «La madonna caída (de los grandes melones)», de Van Klomp, una valiosa aunque insulsa obra pictórica que ha de reportar pingües beneficios a aquel que lo tuviere en su poder al fin del conflicto y que va y viene durante toda la serie entre falsificaciones y un sinfín de escondrijos.

En medio de eso, una pareja de histriónicos paracaidistas británicos que también se esconden en el Café René y ven como se frustran una vez tras otra todos sus intentos de ser rescatados, ya sea por su torpeza o por los disparatados planes que les montan a tal efecto.

Por el lado alemán, tenemos a varios corruptos oficiales, son los máximos interesados en la tela de Van Klomp; pero tendrán el contrapunto del oficial de la Gestapo Herr Flick (Richard Gibson) que intenta torpemente desbaratar esos planes y a la par hacer suyo también dicho cuadro.

Pero había más, René regentaba ese Café que era una especie de cabaret donde de vez en cuando cantaba, mejor vociferaba, su mujer Edith (Carmen Silvera), y que también disponía de camas arriba donde sus dos camareras ofrecían otros servicios. Dicho esto, la serie era para todos los públicos, muy blanca, y esos detalles picantillos lo eran muy leves y casi inocentes. A este respecto hay que decir que el cénit de la sátira en la serie es que el personaje de René era feo, gordo y bizco, y sin embargo, se erigía en el galán de la misma, querido y deseado por todas: su mujer, las camareras, las de la Resistencia, y hasta por el teniente Gruber (Guy Siner), uno de los oficiales germanos, que era un poco «tierno».

El gran éxito de la serie que era capítulo tras capítulo un enredo donde se sucedía caos, surrealismo, disfraces y escenas cómicas, radicaba básicamente en que sus personajes eran fijos, que había continuidad en la historia, no había varias subtramas, sino un solo hilo conductor. Dichos personajes aparecían siempre todos en cada capítulo, no obstante, esa fidelidad a lo largo de más de una década, lo que da idea del alcance de este proyecto televisivo, y partiendo también de la edad de sus actores, en algunos bastante avanzada, hizo que hubiera que sustituir a dichos actores, bien por cansancio o porque iniciaron otra andadura o bien porque fallecieron en el transcurso de la producción, tal fue el caso de monsieur LeClerc (Jack Haig). La sustitución no implicaba el cambio de personajes sino que se buscaban a otros actores con cierto parecido con los anteriores.

También acusó la longevidad de la serie el equipo de dobladores español que a partir de la sexta temporada cambió por completo. A mí particularmente no me agradó, porque escuchar una voz diferente en unos personajes que casi eran de la casa, dio la impresión de que eran otros completamente diferentes, fue como quitarles parte de su alma.

Y, en fin, la serie aguantó y aguantó, duró más que la propia 2ª Guerra Mundial y mucho más que la ocupación francesa por los alemanes, y tarde o temprano tenía que tener un final, porque los guionistas podrían haber seguido enredando eternamente, pues ya digo que el escenario bélico era un excusa sin más, servía de ambientación, así que cuando entiendo que flojeó la audiencia le dieron el corte final, que fue drástico; en un solo capítulo, aparecen los liberadores estadounidenses, los franceses se alegran, los británicos también y los alemanes a su pesar son detenidos. Apenas los últimos diez minutos de ese último capítulo reflejan el Café René muchos años después, regentado por el hijo de René y también aparece un anciano René asistido por una de sus antiguas camareras, Yvette (Vicki Michelle), los visitan sus amigos alemanes y mira por dónde, por mera casualidad aparece el famoso cuadro de «La madonna caída», lo que permite al viejo René huir en un Mercedes con su camarera.

Por último, la pequeña intrahistoria de esta serie es que en España fue adquirida por la FORTA, la federación de televisiones autonómicas, y aquí en Andalucía la pudimos ver obviamente a través de Canal Sur, un canal que iniciaba su andadura hace unos treinta años y que, en su momento, ofrecía producciones de calidad como esta. Luego el objetivo de aquella televisión autonómico como muchas otras, se travistió y ya se sabe lo que ha ocurrido, algunas han cerrado por su sobredimensionamiento, y otras como Canal Sur son muy vulgares y mundanas, a base de adelgazar sus plantillas y de reducir drásticamente la calidad de su programación.

sábado, 23 de agosto de 2014

VOLVIENDO A COTO RÍOS, LUCES Y SOMBRAS DE UN LUGAR ICÓNICO

He vuelto a la sierra de Cazorla estos días pasados y hacía más de treinta años que no había estado allí pasando unos días de disfrute y relajación, aunque me parece que fue ayer. Y que conste que soy un enamorado de la montaña, aunque en los últimos años me he decantado más por la sierra de Segura, mucho más virgen y desconocida, y sinceramente más bella.

Si hay un punto que une a todos los que hemos ido alguna vez a la sierra de Cazorla, probablemente el centro neurálgico de todas nuestras visitas, creo que no hay lugar a dudas de que es Coto Ríos, y desde la última vez que estuve allí la primera sensación que me ha dejado el lugar ha sido la decepción. Probablemente muchos de los habitantes de la provincia de Jaén (aunque también de otras provincias cercanas), en un importante porcentaje, han estado alguna vez en Coto Ríos con ocasión de su visita a esa sierra, y los que estuvieron allí hace mucho tiempo como yo y han vuelto después, a buen seguro que también experimentaron mi disgusto.

Pues sí, porque aquello de Coto Ríos era, para un niño o para un joven como yo, el paraíso de Cazorla, una piscina natural fabulosa, aunque artificialmente delimitada gracias a unas compuertas, si no recuerdo mal de madera, que cerraban casi por completo el paso del agua en verano, y que convertían aquello en una gigantesca piscina con profundidad para todos los gustos, los pequeños podían disfrutar de zonas donde no cubría, los más avanzados podían meterse en el centro donde cubría, y hasta los abuelos podían acercarse tranquilamente a la orilla para mojarse los pies.

Por otro lado, una densa y amplia masa arbórea permitía que las familias de domingueros, como la mía, pudiéramos instalar una mesa y unas sillas, sacáramos nuestras fiambreras y disfrutáramos del mejor día posible.

Hoy por hoy eso no es posible, no como antes, la zona está muy cambiada. Para empezar aquella potente masa de arbolado, la que estaba en el margen izquierdo del río Guadalquivir, fue convertida en un camping, según me dicen hace veinticinco años, buena inversión no lo niego; aunque sospecho que la inauguración de aquella nueva infraestructura pudo tener una consecuencia en la eliminación de aquellas célebres compuertas, no sé si para descargar la presión turística en esa zona y que los campistas de dicho camping, llamado a la sazón Coto Ríos, pudieran disfrutar de su parcela de río, sin intromisiones de fin de semana; realmente es lo que ocurre y así lo percibo yo.

Sí ha quedado en el otro margen, una zona pequeña de merendero con sillas y mesas de piedra, a todas luces muy descuidada, con escasas instalaciones y servicios: nada de césped, un quiosco que no funciona, el arbolado recientemente plantado, sin unos mínimos vestuarios o aseos y ni una pasarela o escaleras en lugar alguno para que puedan acceder al agua minusválidos o personas mayores.

No creo que esto sea auténticamente interesante para el propio poblado de Coto Ríos, una aldea perteneciente al municipio de Santiago-Pontones, aunque puede que por carretera diste de su cabecera más de cien kilómetros. Y no es interesante porque la aldea que puede contar en condiciones normales con algo menos de trescientos habitantes (por el número de calles y casas que calculé), vive amén de sus mayores que ya son muchos, básicamente del turismo, con algunas tiendas y sobre todo con varios bares, restaurantes y hotelitos; si el atractivo del río domesticado ya no lo es tanto, es muy probable que con el tiempo la gente haya diversificado sus opciones serranas.

A todo esto, fue la primera vez que pisé Coto Ríos pueblo propiamente, porque en mis visitas juveniles, yo sólo me limité a bañarme y a comerme los bocatas que generosamente preparaba mi madre. El pueblo en sí está muy bien, nada le falta de lo imprescindible a sus moradores, aparte de los servicios ya citados, cuentan con servicio de Correos, centro de salud y un colegio rural; para los acostumbrados a aquello es mucho más de lo que se puede tener en otros puntos más perdidos de Cazorla y sierras aledañas.

Bueno, hay que decir que he estado por allí, ya que estuvimos en un camping cercano (lo que es probable que me permita elaborar una entradilla futura sobre los devenires de un campista en el siglo XXI), y nos acercábamos a Coto Ríos para avituallarnos.

En todo caso, el entorno de Coto Ríos tiene un atractivo principal por encima de todo, y es el río Guadalquivir, por encima de las comodidades de un camping, con su respectiva piscina, un río es un río y fascina a grandes y pequeños. No sé si será porque es un entorno natural, porque también nos gusta rebozarnos como enanos en el fango, porque nos relaja el suave rumor del agua fluyendo o porque siempre es un reto meterse en agua fría (no estaba tan fría este año); el caso es que por la mañana y por la tarde era parada obligada, para despertar, para intentar pescar con una caña rudimentaria, para tirar piedras o para hacer excursiones río arriba o abajo, y es un disfrute inexplicable.

El río en esa zona está un poco alterado, con cierta suciedad, y restos de inundaciones invernales que nadie se preocupa por limpiar, a veces un poco salvaje, en cualquier caso lo doy por bueno, aunque se podrían cuidar estos detalles un poco más por las autoridades.

A todo esto también he decir que la modernidad también ha llegado a los usuarios del río, cuando yo era chico te metías en el agua con el pie desnudo, y no pasaba nada, ahora todo el mundo lleva zapatillas de agua, no lo veo mal, pero bien es cierto que libramos a nuestros pies de una manera natural de fortalecerlos, no sólo los músculos sino nuestras plantas que son tan endebles que se hacen heridas con una simple piedrecilla.

En conclusión, la vuelta a Coto Ríos tuvo sus luces y sus sombras, de todas maneras, ahí sigue esta aldea y este entorno, ahí queda para siempre, para que de vez en cuando volvamos y recordemos nuestras andanzas infantiles; la vida cambia y este lugar también.

viernes, 15 de agosto de 2014

LA SELECCIÓN PARALÍMPICA DE BALONCESTO EN SIDNEY 2000, EL COLMO DE LA PILLERÍA

No es que en España seamos los más pillos del mundo pero, de vez en cuando, nuestro carácter un tanto travieso sale a relucir y, ya se sabe, siempre habrá algún vecino nuestro (Francia) que se quejará, la mayor parte de las veces sin razón, de que conseguimos los éxitos (deportivos) a base de ayudas externas. Y no estoy hablando de políticos, porque la corrupción es una cosa, y la pillería a baja escala es otra, aunque todos se valgan de una cierta posición de privilegio para cambiar el curso de los acontecimientos a su antojo.

Pues sí, en este sentido, los italianos no nos van a la zaga, y me viene a la memoria aquella anécdota que surgió hace unos años, cuando con ocasión de la reforma del régimen de subvenciones en el olivar, los transalpinos se dedicaron a llenar enormes extensiones de campo con maquetas de olivos dibujadas, al objeto de que aparecieran correctamente en la foto aérea. Aunque luego contraatacamos nosotros y sacamos a un joven que para poder circular por un carril donde era obligatorio ir acompañado en el coche, montó a un maniquí a su lado de acompañante, toda ella muy puesta con su maquillaje, peluca y gafas de sol, ahí es nada.

Y todo esto viene como preámbulo simpático de la que puede haber sido una de las historias más rocambolescas y surrealistas de la historia del deporte, que saca a relucir la picaresca española que rememora, de algún modo, a nuestros clásicos del Siglo de Oro.

Es bien sabido que España es una potencia paralímpica, o lo que es lo mismo, no siéndolo a nivel olímpico, porque hay muchos países que con menos población que la nuestras nos superan, lo cierto es que se perciben inversiones en deportes para discapacitados en nuestro país, que no se clonan en otros lugares de nuestro mundo, donde la delicadeza y el tacto hacia este importante grupo de personas y deportistas no es equitativo con respecto al de sus competidores «normales». Y, este sentido, hay que decir que el grupo ONCE tiene buena parte de la culpa de esto, siendo una de las empresas más pujantes de nuestro país, y todo ello basado primordialmente en la venta de un cupón de azar del que existe predilección por los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía.

Pues corría el año 2000 y allí acudimos a los Juegos Paralímpicos de Sidney, con una importante delegación española, entre la que se encontraba el equipo de baloncesto de discapacitados intelectuales. El equipo español arrasó en la competición y se trajo el oro. Pero al aterrizar en España llegaron los problemas. Hasta ese momento el equipo había coronado un trío de éxitos, con oros en el Europeo, el Mundial y estos Juegos.

Al parecer el diario Marca sacó una curiosa fotografía a la llegada de nuestros héroes en la que aparecían con gafas de sol, barba de varios días y tocados con gorra. El destape de la imaginable travesura paralímpica no se hizo esperar, porque efectivamente la mayor parte de la selección no tenía discapacidad alguna, eran baloncestistas de segunda fila e incluso entrenadores de equipos de base, pero con suficiente calidad como para desbancar a cualquier selección con deportistas realmente discapacitados.

Parece ser que fue este diario deportivo el primero que puso el grito en el cielo, aunque honestamente trascendió a la mayoría de los medios de comunicación, en especial a la televisión, cuando un redactor de la revista Capital, Carlos Ribagorda, confirmaba no sólo la veracidad del fraude, sino que él mismo había formado parte de esa selección fantasma.

Cuando se desvelaron los entresijos del asunto, dio para mucho, la historia era alucinante, increíble, y casi sacada de una novela de intriga.

Amasado desde todo lo alto por la Federación Española de Deporte para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), con su presidente a la cabeza, Fernando Martín Vicente, amén de la trascendencia de los logros deportivos, la consecución de los mismos, reportaría beneficios económicos en forma de subvenciones, patrocinios, becas y publicidad. Se cifra en unos 180.000 euros el montante que se embolsaría esta Asociación con este fraude, y que según cuentan los voluntarios deportistas que accedieron a montar la triquiñuela, apenas percibieron contraprestación alguna, difícil de creer. A Ribagorda le llegaron a preguntar si entre ellos se hablaba del asunto, a lo que respondió negativamente, porque es claro que todos sabían a lo que iban.

En el terreno deportivo hay que decir que en la final, nuestros artistas batieron a Rusia por 87-63 y, según cuentan, les costó trabajo porque se deduce que también debían tener a algún competidor no discapacitado. Los nuestros eran, además, tan superiores a todos sus rivales que en un partido de la fase preliminar iban ganando de una burrada a China o Japón, y el entrenador les dijo en un tiempo muerto que bajaran el pistón porque el resultado final no sólo hubiera sido escandaloso sino sospechoso.

Para entender el porqué de esta trapacería habría que remontarse unos años antes, con ocasión de un torneo amistoso con Portugal, en el que nuestra auténtica selección de discapacitados intelectuales perdía con estrépito. Parece ser que los portugueses contaban con jugadores «de élite», y comenzó a extenderse la idea de que era algo habitual, no sólo en esta deporte sino en otras disciplinas paralímpicas, el falsear datos y certificados para introducir deportistas sin discapacidad en las competiciones, por la razón más ruin de la Tierra, poderoso caballero es don Dinero.

Para más inri, difícilmente se podía mantener el engaño, cuando los auténticos deportistas paralímpicos y auténticos merecedores de haber estado en Sidney, comenzaron a dejar de ser convocados por otros nuevos, que obviamente nadie conocía, y eso era muy raro, porque en ese mundillo de ligas y competiciones nacionales, todos se conocían. De hecho, sólo dos deportistas paralímpicos auténticos conformaron la selección de baloncesto en Sidney, habiéndose quedado en su casa, entre otros, el máximo anotador de la liga nacional, muy sospechoso.

Por cierto que aquellos dos paralímpicos reales llegaron a relatar el ambiente festivo con el que se tomaron sus otros compañeros aquellas vacaciones en tierras australianas, sabedores estos últimos de su superioridad, con lo que ello les permitía afrontar excesos extradeportivos que en condiciones normales no hubieran sido de recibo.

Una de las curiosidades de esta historia es que los máximos dirigentes de la citada federación deportiva, ante los primeros visos de que se estaba destapando el pastel, intentaron defenderse aludiendo a que un minusválido no va pregonando por ahí que lo es, dando a entender que sus fichajes eran auténticos discapacitados aunque socialmente lo habían escondido. Después, ya viendo las dimensiones del volcán que se había generado, el presidente llegó a justificar la jugada aludiendo a la necesidad de incorporar efectivos para equilibrar el equipo, y que con los éxitos obtenidos se conseguirían ingresos que revertirían en una labor social como era la promoción del deporte para minusválidos y, por ende, a sus practicantes; o sea, una especie efecto multiplicador, vergonzante por supuesto.

Obviamente para poder llevar el plan hasta sus últimas consecuencias debía tener su necesaria estratagema administrativa, es decir, que hubo que falsificar certificados de minusvalías, con todo lo que ello conlleva, y ¡ojo!, eso no es asunto baladí, porque estamos hablando, en todo caso, de falsificación de documento público, lo que viene siendo un ilícito penal en toda regla.

De hecho, hay que decir que tras una instrucción del proceso ultramaratoniana, el asunto se resolvió el pasado año 2013, amén de las auditorías internas, cuando la Audiencia Provincial de Madrid condenó al entonces presidente de la susodicha Federación, Fernando Martín Vicente, al pago de 5.400 euros por organizar la trama, y se aceptó un documento en el que ya había depositado previamente casi 150.000 euros para atender las responsabilidades civiles derivadas del delito. Después de todo, no acabó tan mal.

Ni que decir tiene que con esta trama se entresacaba una cierta facilidad para burlar los controles nacionales e internacionales y eso provocó una serie de consecuencias. A nivel nacional obviamente porque a partir de ese momento esos controles serían más rigurosos, pero a nivel internacional también; aparte de que la primera consecuencia y drástica fue la de la supresión por parte del Comité Paralímpico Internacional del baloncesto para discapacitados intelectuales del programa paralímpico, supresión que se mantiene en la actualidad. O sea, que ya es triste que por esta estratagema hispana nos cargamos la ilusión de un montón de honrados deportistas de todo el mundo. Ah, y como no podía ser de otro modo, nos desposeyeron de la medalla de oro.

El alboroto que se montó fue de tales dimensiones que el diario británico The Guardian o la cadena televisiva estadounidense ESPN Sports, lo llegaron a calificar como uno de los mayores escándalos de la historia del deporte, comparable con el dopaje del atleta canadiense Ben Johnson.

viernes, 8 de agosto de 2014

"EL CHICO SOBRE LA CAJA DE MADERA", DE LEON LEYSON

Tengo considerada a «La lista de Schindler» como una de las mejores películas de la historia del cine. En mi clasificación particular desde luego que es de las cinco mejores. Y, sin embargo, sólo la he visto una vez, una producción con tan fuerte contenido, tan incómoda como zahiriente, hay que verla en determinadas condiciones y con el cuerpo dispuesto para ello. Aparte, uno la tiene como ese juego de café o esa vajilla que sólo se utiliza en las grandes ocasiones, y quiero reverla en una gran ocasión, tal vez cuando mi hijo sea algo mayor y podamos reflexionar acerca de la misma.

Pues encontré este libro, como siempre, buscando ese género de las vivencias de personas anónimas, no militares, que vivieron aquella despiadada 2ª Guerra Mundial, y Leon Leyson se presentaba como una revisión, no cinematográfica (con la carga ficticia que siempre atesora una película), de lo que fue trabajar en la fábrica de Oskar Schindler.

Leon Leyson (Leib Lejzon en su Polonia natal), la persona más joven de la famosa lista, vivió en primerísima persona los esfuerzos que hizo Schindler por salvar a algo más de mil judíos. No obstante, es más allá de un homenaje a Schindler, un relato de los muchos que pudieron sobrevivir a la barbarie del holocausto, sufriendo todo tipo de vicisitudes: hambre, enfermedades, daños físicos, pérdidas familiares, el horror de ver la muerte cada día, los éxodos, la intransigencia de los iguales...

En este libro, Leyson nos traslada todo eso, en una historia breve (apenas 150 páginas), sincera pero sencilla a la vez, que no se recrea en el morbo, dice lo justo y en el momento justo, se para en momentos críticos, pero es ante todo el documento vivo de un niño que se hizo maduro durante la Guerra, desde su Polonia natal hasta su cautiverio obligado y posterior liberación.

Este tipo de relatos me llenan de profunda tristeza aunque es una tristeza deseada por mí, y la primera reflexión que me ha provocado el libro, es la que viene dada por algo que se narra en alguno de sus pasajes y que es, de algún modo, una repetición de lo que he leído en libros de la misma temática: La salvación o la supervivencia no era una cuestión de inteligencia, era suerte. Sabemos las historias de los que vivieron para contarlo, pero cuántas grandes historias y sufridas se quedaron sin escribir, porque a los que las protagonizaron les mató «la última bala», que relata Leyson en este libro.

Lo curioso de la historia de aquel benjamín de la lista que fue Leon Leyson es que probablemente hubiera quedado en el olvido de no ser por la propia película. La vida de Leyson fue pasando de lo duro y errático que supusieron aquellos primeros años de vida, a una madurez, adultez y ancianidad en Estados Unidos, donde su vida fue ejemplar pero normal. Desde que llegó a su nuevo país, apenas quiso hablar de su pasado, para evitar que se abrieran sus heridas, a excepción de sus círculos más íntimos, y mucha gente desconocía que estaba ante un testigo directo de lo que reflejaba aquella película.

El éxito de la película provocó que aflorara la información sobre aquella bella aunque cruda historia de heroísmo y el anonimato de Leyson fue ya imposible de mantener. A través de múltiples entrevistas y conferencias, donde según cuentan sus semejantes iba sin guión y respondiendo ilimitadamente a las preguntas que le hacía la concurrencia, se fue conformando este libro que aunque lleva su firma fue recopilado por su mujer Elisabeth B. Leyson y Marilyn J. Harran, profesora universitaria y activista en favor de la memoria de los que sufrieron el holocausto.

Leyson conoció no sólo la denigración de sus semejantes antes de la Guerra y el trato despiadado de los nazis que asesinaban sumarísimamente sólo por gusto (de ahí que sobrevivir al holocausto fuera en muchos sentidos una cuestión de suerte); también tuvo que luchar en una Polonia de desgobierno tras el fin de la Guerra, que las secuelas del racismo y la homofobia continuaban existiendo; del mismo modo, que le sorprendió que al llegar a Estados Unidos existiese la segregación de los negros.

El profesor alemán, doctor Neu, del que recibía clases de diversas materia en la Alemania desmantelada de después de la Guerra, y donde Leon trataba de recuperar el tiempo perdido de varios años sin escolarizar, refleja lo que ocurrió en aquel país, muchos seguidores del nazismo acuñaban la máxima de «Nosotros no sabíamos nada», pero este profesor dio con la tecla y le dijo a su mujer en una ocasión cuando argumentó eso, algo así como «No digas eso», queriendo dar a entender que todos los alemanes nazis o no sabía lo que estaba ocurriendo, y Neu en un gesto que le honra, no quería encubrirlo.

El papel de sus padres fue fundamental para que Leyson tuviera la suerte de salir con vida de su cautiverio, tanto su madre que velaba por él, como su padre que gracias a su pericia técnica se convirtió en una pieza clave en las fábricas de Schindler.

De Schindler qué decir, en la película se ve a un personaje noble que tiene un nivel de vida exagerado para la época y las circunstancias. ¿Formaba parte eso de su estrategia? Probablemente o casi seguro, es cierto que era un vividor y mujeriego, pero eso le reportaba un estatus con respecto al régimen nazi, al que agasajaba y hacía formar parte de sus excesos, lo que hoy llamaríamos corrupción, y que le permitía mantener unas relaciones fantásticas que desembocaban en flexibilidad para sus negocios, para contar con judíos en su nómina de trabajadores.

Schindler, ese personaje contradictorio como lo califica Leyson, no era igual que el resto de los nazis, eso era claro, sus fábricas eran una tapadera para ocupar gente, primero hacía menaje de hogar, y luego armas en sus últimos momentos, aunque sus valedores calificaban sus producciones como inservibles. Era ante todo un hombre bueno, que trataba a sus obreros con respeto, al que no le importaba acercarse a altas horas de la madrugada, después de sus fiestas para conversar con sus empleados, de los que se sabía el nombre de prácticamente todos, incluido el benjamín Leyson, que no era un obrero suficientemente capacitado y que para llegar a su máquina había de subirse a una caja de madera. Precisamente el conocimiento que Schindler tenía de sus obreros le permitió que en la lista final se incluyera al joven Leon, que había sido borrado inicialmente. La historia puso en su sitio a Schindler que pasó penurias económicas durante el resto de su vida y fue ayudado por muchos judíos, y fue enterrado en Israel, siendo oficialmente el único nazi que yace en tierras hebreas.

Reconforta saber que aunque el protagonista de esta historia sufrió mucho, y en no pocos momentos estuvo a punto de morir, al final la suerte estuvo con él, y todo ello pasando por haber perdido a miembros de su familia sin haber podido hacer absolutamente nada. Los recelos que se mantuvieron en Europa tras la Guerra, obligaron a su familia, como a otras muchas, a emigrar a Estados Unidos, donde comenzaron una nueva vida. Leon Leyson, que tenía una gran facilidad para los idiomas, se adaptó con cierta facilidad a su nuevo país, no tanto a sus padres. Allí llevó una vida cómoda y dichosa, se casó, tuvo dos hijos, fue un buen estudiante y se dedicó a la educación. Nos dejaría el pasado año el que fuera el superviviente más joven de aquella célebre, y los que le conocieron, especialmente su familia, hablan de él maravillas.

Cuesta creer, a la altura de las circunstancias que con la coyuntura del conflicto entre Israel y Palestina, no salga nadie o se acallen las voces de quien puede hablar (aún viven hoy supervivientes del holocausto), pregonando la barbarie que se está cometiendo. No digo que los israelíes no se puedan defender, siempre de forma justa, legítima y proporcional, pero el ataque indiscriminado a escuelas y las imágenes de infantes muertos amparándose en que con ellos se esconden los terroristas, nos hacen revivir una historia que pensábamos que tardaría mucho tiempo en repetirse y es que no aprendemos. Ahí lo dejo.

sábado, 2 de agosto de 2014

AGAMENÓN, UN MOZO RURAL QUE ERA IGUAL QUE SU ABUELO

Pasados apenas treinta años desde que el cómic o tebeo clásico sucumbió a la televisión, a los videojuegos, y ya más recientemente con los ordenadores y los móviles se le terminó de dar la puntilla, es triste apreciar que aquellos personajes ficticios han pasado al olvido más absoluto, quitando a Mortadelo y Filemón, a Zipi y Zape y a muy pocos más, que eran, de algún modo, las historietas más populares.

Con el paso de los años a esos otros personajes se les va apartando del recuerdo y quedan velados en un rincón de nuestras bibliotecas o en un hueco entre nuestras neuronas asociadas al pasado. Pero si los personajes de tebeo se encuentran en esa tesitura, los padres de los mismos apenas gozaron, ni gozarán ya de un mínimo reconocimiento, ni tan siquiera de una lejana evocación.

Esto ocurre con el padre de este personaje, si ya pasados esos treinta años desde que se dejó ver en las revistas infantiles de la época ya es difícil recordar las aventuras y desventuras del tal Agamenón, quién sabe qué fue del gran historietista Nené Estivill.

Estivill en contra de lo que pueda indicar en primera instancia su apellido, no era catalán, pese a que se vinculara a las editoriales que en aquella época publicaban esos tebeos clásicos, y viviera en Barcelona, aunque afincado a la hora de su muerte en abril de 2011 y en sus últimos veinticinco años de vida en Palma de Mallorca.

Pero, qué homenaje se le dedicó a Nené Estivill, qué medio de comunicación recogió su óbito, y después de ello quién sabe quién fue el dibujante pontevedrés Alejandro Santamaría Estivill.

Por cierto que para valorar en su justa medida de qué pasta estaban hechos estos historietistas hay que decir que este gallego alternaba su pasión artística con su trabajo en Telefónica, y al parecer, precisamente el incremento de responsabilidades en esa empresa fue lo que le hizo dejar aparcadas las plumas de forma profesional en el inicio de la década de los 80, aunque ocasionalmente las retomó. Ahí es nada, este tipo dedicaba su tiempo libre para deleitarnos con personajes como este.

Bueno, pues para ese recuerdo tenue he de señalar que tuvo el mérito de introducir en el panorama historietista español una temática que hasta ese momento no había quedado reflejada en el papel y era el mundo rural. Si hacemos una breve recopilación nos damos cuenta de que algo fallaba en las historietas de los años 60, sus personajes eran de ciudad (los Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, el Botones Sacarino, Don Pío, Carpanta...), algo que precisamente no se correspondía con la realidad de aquella España que aún seguía siendo más rural que urbana.

Agamenón fue el reflejo, de algún modo, de aquel mundo rural, de ese mundo noble, sin prisas, sin agobios, algo rudo, pero sin maldad. Además, rápidamente se identificó con ese medio rural, no sólo por sus andanzas, sino también por su forma de hablar que reproducía la fonética de mucha gente del campo, juntando palabras, con algunas incorrecciones léxicas, con giros impropios. El propio Estivill reconoció que el habla realmente se correspondería con la de los habitantes de algún pueblo anónimo del Pirineo aragonés, aunque en puridad, el habla de los personajes de Agamenón, se podía asemejar al de muchas zonas de España, y hoy creo que seguiría estando vigente. Ese habla se identificaría también con la de Paco Martínez Soria, ese actor que con la repetición infame de películas por TVE, ha terminado por caerme mal, lo siento.

El personaje en sí de Agamenón representaba a un mozo bruto, natural, algo gandul y comilón, que resolvía los problemas cotidianos que le surgían, a lo bravo, con no mucho cerebro, aunque a veces, esa inocencia o ingenuidad, igual que ocasionaba trastadas monumentales, también se alternaba con que esas ocurrencias agamenonianas acababan por resultar brillantes y dignas de elogio.

Pese a que Agamenón fuera el más brutote de Villamulas del Monte, en esa localidad ficticia abundaban los personajes del mismo corte, el padre del propio Agamenón, el alcalde, los comerciantes, los amigos, salvando algún empollón, el médico o el maestro, que trataban de mantener un equilibrio exiguo y obviamente desigual en un pueblo donde el progreso apenas había llegado.

Al hilo de lo anterior, Estivill sentenciaba con rigor la tradicional pugna entre la ciudad (los listos, los avanzados) y el campo (los palurdos y chapados a la antigua), siempre a favor de este último. En este sentido, en alguna de sus andanzas, Agamenón se topa con jóvenes urbanos que, amparados en esa especie de privilegiado estatus de lo moderno, tratan de aprovecharse para su regodeo de los pobres e inocentes pueblerinos protagonizados por nuestro joven amigo. Y aquí Estivill no se andaba con rodeos, Agamenón solía revertir su desventaja cultural con soluciones directas que siempre le hacían salir victorioso, y humillados a los urbanitas.

Esa vida del pueblo era tranquila, de profundo amor a la naturaleza y los animales, sana y ociosa hasta cierto punto; a nuestro amigo Agamenón se le veía en muchos episodios sentado en un taburete, dedicado a comer chorizos o consistentes pucheros en los que el ingrediente principal eran las alubias. Esto sacaba de quicio a su padre que, de vez en cuando, le soltaba algún mamporro para despertarle de esa placentera holgazanería. Pero, eso sí, cuando se trataba de trabajar, Agamenón trabajaba como un auténtico mulo, y no tenía rival en este aspecto.

Había no pocas ocasiones en las que Agamenón tenía que emplear su fuerza bruta, para ayudar a una joven, salvar al pueblo de unos ladrones, o incluso de unos descarados niños de ciudad, entonces sacaba a pasear sus puños o blandía una porra, a modo de rey de bastos para darle candela a cualquiera de forma impenitente.

Lo curioso de esta historieta y que, tal vez, sea el recuerdo más relevante que tengan muchos de mi época acerca de la misma, es que gran parte de las historietas terminaban con una sentencia de la abuela de Agamenón que decía «Igualico, igualico que el “defunto” de su “agüelico”». Es decir, que de casta le venía al galgo y, además, cuando la abuela soltaba esa coletilla por su boca siempre se la veía afanosa haciendo tareas de lo más dispares (tejiendo, cocinando, arreglando cacharros, limpiando...).

Puedo manifestar sinceramente que la carga doctrinal de esta historieta era ninguna o prácticamente ninguna, o sea, que era un tebeo para niños y jóvenes, destinado a la risa y la diversión, sin más; y esta conclusión siempre la saco tras mostrar los tebeos que suelo ir leyendo a mi hijo, y este ha sido de los que más le han gustado, porque los ha entendido casi todos y se ha reído mucho, además eso de igualico, igualico..., le ha hecho mucha gracia, con lo que, de algún modo, reafirma el sentido con el que bueno de Estivill culminaba la mayoría de las historietas de Agamenón.