viernes, 29 de agosto de 2014

"ALLO ALLO", UNA VISIÓN SIMPÁTICA DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL

Realmente es una casualidad que hoy comente esta serie de televisión, pues en nada tiene que ver con mi deriva hacia películas y libros de temática histórica contemporánea, fundamentalmente de la 2ª Guerra Mundial, esta es una serie británica ambientada en aquella época, pero es una sátira completa, una comedia que no tiene mayor valor histórico, es sólo un recurso, y simplemente fue un clásico en su época por sus caóticos y desternillantes personajes.

Así es porque «Allo allo», utiliza como reclamo una época y una situación concreta para construir la típica comedia inglesa de situación, con algún matiz histórico, que la acerca probablemente como uno de los escasos proyectos que se mofan de algún aspecto de la 2ª Guerra Mundial.

Ni que decir tiene que la serie tuvo mucho éxito y en paralelo a ello, no hubo voces discordantes ni críticas hacia la misma, pues en ningún momento se mete en ningún asunto escabroso (me recuerda en este sentido, con sus diferencias, a la estadounidense MASH, ambientada en la guerra de Corea).

Aquí el escenario se situaba en una pequeña villa francesa, Nouvion, ocupada por los alemanes, y donde los locales tratan de defenderse con los medios a su alcance y a través de la Resistencia. A este respecto, la serie tiene como punto gravitatorio el Café René, donde René Artois (Gorden Kaye), regenta este negocio, pero a la par colabora con dicha Resistencia y con los ingleses, gracias a que cuenta con un equipo de comunicaciones bajo la cama de su suegra, con el que entabla conversación e intercambia informaciones con Londres, y cada comunicación se iniciaba precisamente con el nombre de la serie.

Sus personajes, como digo, no pueden ser más disparatados, y aquí no hay bicho que salga vivo: los franceses son tomados por pueblerinos, alegres y alocados; los británicos son tontos e insensatos; y los alemanes son bobos, cabezas cuadradas en grado sumo e infantiles. Es decir, todo parecido con la realidad era pura coincidencia.

A la par que bulle la vida en el Café René, surgen los personajes de los tres bandos, que tratan prácticamente desde el principio de la serie (serie que se grabó de 1982 a 1992, nueve temporada, con ochenta y cinco capítulos en total) de resolver sus muy personales planes.

René Artois se ve siempre inmerso en todo tipo de enredos, su accesible personalidad de buenazo consumado, hace que todo el mundo confíe en él, y eso le llevará a continuos problemas. La Resistencia lo tiene por líder, los alemanes lo ven como un aliado y los ingleses desean que les dé soporte. En cada capítulo René se dirigía a la audiencia explicando cómo iban las cosas, y normalmente refiriendo qué había sucedido en el capítulo anterior.

A todo esto existe un elemento clave en el argumento y es la presencia de «La madonna caída (de los grandes melones)», de Van Klomp, una valiosa aunque insulsa obra pictórica que ha de reportar pingües beneficios a aquel que lo tuviere en su poder al fin del conflicto y que va y viene durante toda la serie entre falsificaciones y un sinfín de escondrijos.

En medio de eso, una pareja de histriónicos paracaidistas británicos que también se esconden en el Café René y ven como se frustran una vez tras otra todos sus intentos de ser rescatados, ya sea por su torpeza o por los disparatados planes que les montan a tal efecto.

Por el lado alemán, tenemos a varios corruptos oficiales, son los máximos interesados en la tela de Van Klomp; pero tendrán el contrapunto del oficial de la Gestapo Herr Flick (Richard Gibson) que intenta torpemente desbaratar esos planes y a la par hacer suyo también dicho cuadro.

Pero había más, René regentaba ese Café que era una especie de cabaret donde de vez en cuando cantaba, mejor vociferaba, su mujer Edith (Carmen Silvera), y que también disponía de camas arriba donde sus dos camareras ofrecían otros servicios. Dicho esto, la serie era para todos los públicos, muy blanca, y esos detalles picantillos lo eran muy leves y casi inocentes. A este respecto hay que decir que el cénit de la sátira en la serie es que el personaje de René era feo, gordo y bizco, y sin embargo, se erigía en el galán de la misma, querido y deseado por todas: su mujer, las camareras, las de la Resistencia, y hasta por el teniente Gruber (Guy Siner), uno de los oficiales germanos, que era un poco «tierno».

El gran éxito de la serie que era capítulo tras capítulo un enredo donde se sucedía caos, surrealismo, disfraces y escenas cómicas, radicaba básicamente en que sus personajes eran fijos, que había continuidad en la historia, no había varias subtramas, sino un solo hilo conductor. Dichos personajes aparecían siempre todos en cada capítulo, no obstante, esa fidelidad a lo largo de más de una década, lo que da idea del alcance de este proyecto televisivo, y partiendo también de la edad de sus actores, en algunos bastante avanzada, hizo que hubiera que sustituir a dichos actores, bien por cansancio o porque iniciaron otra andadura o bien porque fallecieron en el transcurso de la producción, tal fue el caso de monsieur LeClerc (Jack Haig). La sustitución no implicaba el cambio de personajes sino que se buscaban a otros actores con cierto parecido con los anteriores.

También acusó la longevidad de la serie el equipo de dobladores español que a partir de la sexta temporada cambió por completo. A mí particularmente no me agradó, porque escuchar una voz diferente en unos personajes que casi eran de la casa, dio la impresión de que eran otros completamente diferentes, fue como quitarles parte de su alma.

Y, en fin, la serie aguantó y aguantó, duró más que la propia 2ª Guerra Mundial y mucho más que la ocupación francesa por los alemanes, y tarde o temprano tenía que tener un final, porque los guionistas podrían haber seguido enredando eternamente, pues ya digo que el escenario bélico era un excusa sin más, servía de ambientación, así que cuando entiendo que flojeó la audiencia le dieron el corte final, que fue drástico; en un solo capítulo, aparecen los liberadores estadounidenses, los franceses se alegran, los británicos también y los alemanes a su pesar son detenidos. Apenas los últimos diez minutos de ese último capítulo reflejan el Café René muchos años después, regentado por el hijo de René y también aparece un anciano René asistido por una de sus antiguas camareras, Yvette (Vicki Michelle), los visitan sus amigos alemanes y mira por dónde, por mera casualidad aparece el famoso cuadro de «La madonna caída», lo que permite al viejo René huir en un Mercedes con su camarera.

Por último, la pequeña intrahistoria de esta serie es que en España fue adquirida por la FORTA, la federación de televisiones autonómicas, y aquí en Andalucía la pudimos ver obviamente a través de Canal Sur, un canal que iniciaba su andadura hace unos treinta años y que, en su momento, ofrecía producciones de calidad como esta. Luego el objetivo de aquella televisión autonómico como muchas otras, se travistió y ya se sabe lo que ha ocurrido, algunas han cerrado por su sobredimensionamiento, y otras como Canal Sur son muy vulgares y mundanas, a base de adelgazar sus plantillas y de reducir drásticamente la calidad de su programación.

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