sábado, 28 de febrero de 2015

"DOCTOR EN ALASKA", UNA GRAN SERIE CON UN FINAL POCO DIGNO

Cuando algo funciona bien en una serie lo mejor es perseverar y no desviarse mucho de lo que tiene éxito y gusta a la gente; pero a veces las series de televisión, sobre todo las de largo recorrido no pueden abstraerse de los inevitables vericuetos personales por los que atraviesan sus actores, que amén de profesionales también tienen sus vidas y sus vicisitudes correspondientes. De tal guisa que cuando algún personaje decide marcharse de la serie, pues hay que matarlo, mandarlo a un largo viaje, provocarle un accidente para que esté en el hospital como un vegetal de por vida, etc.

Más o menos eso fue lo que pasó en esta serie, un producto televisivo genial que funcionaba muy bien en Estados Unidos y que tuvo que echar el cierre después de que la «eliminación» del personaje principal rompiera la esencia de la serie, de lo que hasta ese momento estaba funcionando bien. El verdadero Doctor en Alaska, el doctor Fleischman, en la realidad el actor Rob Morrow, pensó que si la serie registraba tan elevados índices de audiencia eso tenía que reflejarse en su nómina, es decir, que pidió un aumento de sueldo y no se lo concedieron, con lo que sobre el final de la quinta temporada los guionistas fueron preparando el terreno para su salida. Fleischman tiene una inspiración y se va a vivir a lo salvaje con un grupo de nativos a las orillas de un río. Sus apariciones van siendo cada vez más espaciadas y su claustro indígena definitivo terminará sin pena ni gloria.

Para entonces ya habían sustituido a Fleischman con un nuevo doctor, en este caso el doctor Kapra y su atractiva esposa. Tratan de que sea una incorporación paulatina, tratando de que el espectador no se diera cuenta de que desparecía uno y venían los otros, pero cuando la gente plantó sus pies sobre la tierra, se dio cuenta de que aunque Rob Morrow no estaba en todas las tramas, la serie nació con él y, de algún modo, era el eje sobre el que se articulaban el resto de personajes. Así que la serie, que podía haber durado más tiempo, porque el formato era apetecible, se quedó en seis temporadas.

Y eso que «Doctor en Alaska» nació como un entretenimiento pasajero de verano (en Estados Unidos), considerando que las televisiones suelen sacar en verano productos de bajo presupuesto, desenfadados, incluso de peor calidad, dado que en teoría las audiencias flojean. No soy sinceramente de esta corriente de pensamiento, y creo que es más bien al contrario, sí que es cierto que se ve menos la tele en verano, pero las patochadas que colocan las cadenas generalistas, al menos en España, te ayudan a tomar la decisión de apagar la caja tonta.

El caso es que nació, así, siendo una ocurrencia veraniega y caló, vaya sin caló. Doctor en Alaska, fue el título en España en una interpretación libre del nombre original «Northern Exposure», algo así como Exposición norteña, y que en una interpretación más ajustada, a tenor del desarrollo y contenido, podría ser en mi modesto criterio «Reclusión en Alaska» y en una reinterpretación mucho más libre y un poco jocosa por mi parte también pudiera haber sido perfectamente «Reclusión en A tomar por cu...».

El doctor Fleischman es un joven judío recién egresado de una prestigiosa universidad neoyorquina, y acepta un contrato en Alaska de corta duración, como un modo de adquirir una experiencia y dar definitivamente el salto con posterioridad a una plaza de lustre en la misma Nueva York o alguna metrópoli similar.

Sin embargo, cualquier idea que hubiera albergado en su mente es rápidamente desmontada, porque Alaska es algo inimaginable y más concretamente el pueblo de Cicely, una localidad que no llega a los mil habitantes y donde hay más animales salvajes que humanos. Fleischman comenzará a trabajar a regañadientes en una despacho clínico adonde acuden personajes de lo más extravagantes y tendrá que hacer uso de paciencia y buen juicio.

Esa reclusión provocará un malestar permanente en el impetuoso doctor que comprenderá que ese exilio obligado poco le va a aportar en su vida personal y profesional, aislado, cerrado, sin alicientes y abocado a convivir con personas raras de por sí que, por si fuera poco, ni suelen cursar enfermedades comunes ni tampoco se dejan curar mucho con métodos convencionales.

Ese estado permanente tiene sus altibajos, pues pese a que Fleischman quiere largarse en cuanto termine su contrato, por oscuros designios siempre terminan ampliándole unilateralmente y por ende su reclusión, aunque también es cierto que poco a poco se adapta al lugar, a sus gentes y a sus extrañas costumbres. De hecho, en esta serie mal terminada por sus productores lo único que se resuelve, por la rescisión del contrato del actor que lo encarna, es la decisión de Fleischman de vivir definitivamente de cara a la naturaleza, apartado incluso de la mínima civilización de Cicely.

Siendo como era una desenfadada serie de verano y aunque el elemento raíz era la llegada del joven doctor neoyorquino, poco a poco los personajes principales de la serie irán tomando protagonismo en las tramas, de tal forma que se entrelazan con el devenir de su doctor local.

Sin duda el personaje con el que más interactúa Fleischman es con Maggie O´Connell (Janine Turner), una atractiva piloto de avionetas, mujer de armas tomar, aparantemente dotada de un halo de mala fortuna o gafe, pues los novios que han pasado por su vida han muerto en extrañas circunstancias. Mantiene con Fleischman una relación de amor – odio, que finalmente no llegará a término, y probablemente fue algo que mató la serie en su última temporada, porque creo que el gran público, yo también, deseaba que esa tensión sexual no resuelta, tuviera su adecuado desenlace, pero no fue tal.

No obstante lo anterior, tal vez el rasgo diferenciador de esta serie era que a pesar de ser un pueblo pequeñito, sus personajes tenían unas personalidades muy acentuadas a los que las vicisitudes de sus existencias los habían llevado allí y se revelaba que en ese lugar recóndito del mundo, en realidad, había mucha vida social, muchas cuitas, mucho mensaje, poesía, controversia, guerra y paz; en definitiva, todos ellos conformaban una gran familia.

No sólo eran personalidades muy acentuadas, sino que directamente ellos eran personajes muy curiosos, uno entre un millón, como la vida misma, pero con características que los hacían incluso fuera de la normalidad.

De otro modo, no se explica que el terrateniente del pueblo Maurice Minnifield (Barry Corbin) sea un astronauta jubilado, nacionalista, déspota y algo atrabiliario, el cual presume de millonario, lo es, y anda a la gresca siempre contra todo y contra todos, siempre y cuando no le lleven la contraria; no obstante, en el fondo no es mala gente y es bastante generoso.

Uno con los que más se pelea es con Holling Vincoeur (John Cullum), pronunciado en francés que es como se hace en la serie es como «banquer», es de origen canadiense, de Quebec concretamente; regenta The brick, la cafetería – bar – pub – salón social – restaurante de la localidad, con apariencia de buena persona, de vez en cuando se le cruzan los cables y la lía. Tiene la cualidad de haberle robado la chica a Minnifield, cuando este iba a casarse con ella.

La chica en cuestión es la atractiva y simpática Shelly Tambo (Cynthia Gery), que llega a la localidad con Maurice tras haber ganado un concurso de belleza, pero se enamora de Holling que es cuarenta años mayor que ella, como poco. Es una chica muy sensible, con la apariencia de tontita, pero luego se revela como una chica con valores más profundos que los que muestra de primeras. Durante la serie tendrá una niña fruto de su relación con Holling.

Uno de los personajes más curiosos es el del locutor de radio Chris Stevens (John Corbett) es, de algún modo, la voz del pueblo y la voz del sentir de todos sus habitantes. Trabaja en la radio KBHR (la K-OSO se pronunciaba en la serie, que era la transcripción que las letras originales querían decir verdaderamente), que es propiedad de Maurice Minnifield. Este ex presidiario emerge a la sociedad tras su estancia carcelaria como un hombre nuevo y bueno. Entre canción y canción, clama mensajes filosóficos de gran calado. Su inmaculado don de palabra le permitirá ser, de algún modo, el psicoanalista de todos. Amén de ello, es el pastor del pueblo, no se sabe de qué confesión religiosa, pero sí que oficia todo lo oficiable, y sus habitantes le dan validez a lo que él dicta y proclama. Vive en una caravana, de cara a la naturaleza más que ninguno de sus convecinos. Terminará con Maggie.

No menos curioso es Ed Chigliak (Darren E. Burrows), un joven nativo, abandonado de bebé y criado por la comunidad, amante del cine y cuyo sueño es dirigir una película (de hecho sus sugerencias cinematográficas han supuesto verdaderos hallazgos para mí). Es una persona inocente, jovial y sencilla. Trabaja entre la casa de Minnifield, donde realiza trabajos de mantenimiento y en la tienda – supermercado de Ruth Anne Miller. Durante la serie descubrirá que tiene otra acendrada vocación, la de chamán, y con cierta displicencia hará sus pinitos.

Precisamente Ruth Anne Miller (Peg Phillips), una entrañable ancianita, llena de vitalidad y carisma, aún conserva redaños para formar parte activa de la vida de Cicely, metida en un montón de fregados. Y sí, suya es la única, en la serie no se aparece otra, tienda del pueblo, adonde puedes encontrar de todo: comida, bebida, ferretería, munición, ropa, muebles... Tiene un fuerte carácter y es proverbial su enfrentamiento con Maurice, aunque también en el fondo son buenos amigos.

El capítulo de personajes principales termina con otro ser irrepetible, Marilyn Whirlwind (Elaine Miles), también nativa como Ed, es la ayudante en la consulta del doctor Fleischman, se trata de una joven rellenita que se caracteriza por su parquedad en las palabras, no habla más que lo justo. Su extraño modo de actuar exasperará no pocas veces al doctor, que en el fondo ama y respeta a esta mujer que es la esencia de Alaska, pura naturalidad.

Había otros personajes que fueron tachonando la actividad de este minúsculo punto de Alaska y que a veces eran recurrentes en la serie, y que no hacían más que confirmar ese universo tan plural y excéntrico que lo gobernaba: un chef con pinta de pordiosero, un titiritero mudo por convicción, un virtuoso violinista tarado...

Pues bien, se han escrito ríos de tinta sobre la serie que dio para mucho en esas seis temporadas y ciento diez capítulos, se podría hablar de la cocina de la serie, de las enfermedades de la serie, de los deportes, de la música (la que ponía Chris en la radio y la que ponía el punto final a cada capítulo), de fauna, de cine (las recomendaciones de de), hasta de los afamados vinos que Maurice Minnifield atesoraba en su bodega...

Sin duda lo que le dio carácter a la serie fueron sus guiones, muy elaborados, con mucha enjundia, trataban asuntos del día a día, universales, para nada centrados en Estados Unidos, se hablaba de la vida y de la muerte, del amor, de la esperanza, de la frustración, de la naturaleza, del extremismo, de la violencia, todo ello con diálogos y tramas muy acertadas, por cierto, casi invariablemente tres en cada capítulo. Podía parecer un poco pastelosa la serie, con poca acción y mucha interactuación de sus personajes, pero para los grandes amantes de esta producción era una gozada recurrente.

La lástima es que en España esta serie fuera y sigue siendo maltratada. Televisión Española compró sus derechos y la comenzó a echar en abril de 1993, casi tres años después del inicio de la producción y emisión en Estados Unidos. Además se hizo en un día y una hora malísimos, a las 23.30 y encima en La 2, es decir, condenada al fracaso o al paraíso de los frikis, aun así tuvo su público y merecía un mejor tratamiento que el que tuvo. De hecho, creo que ha habido algunas reposiciones y en horarios desafortunados.

La sintonía de cabecera David Schwartz era genial y resultaba curioso ver a un alce caminando por la calles de Cicely, algo que es manifiestamente complicado porque este es un animal que no se deja domesticar. Y dicho esto, jamás llegó esta serie a Alaska pues las grabaciones se realizaban en el pueblo de Roslyn, en el estado de Washington, que por lo que tengo entendido se convirtió desde entonces en un atractivo turístico para los apasionados de la serie, ya que se mantienen algunos símbolos de la misma.

En fin, una serie que para los que la apreciaban está entre las mejores de la historia. A mí me gustó mucho, la he revisado últimamente y puedo decir que había capítulos mejores y otros algo más aburridos, aunque reconozco que un mejor final, es decir, un final redondo hubiera sido lo óptimo.

sábado, 21 de febrero de 2015

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (VI)

Hakuho obtuvo en enero de 2015 su 33º yusho
Toca meterse en faena y hacer un repaso por lo que han deparado estos últimos doce meses de sumo profesional; un deporte que me sigue apasionando y que este año ha tenido una gran noticia que, por lo menos en España, sí ha despertado algo el interés de los diarios deportivos.

Efectivamente la gran noticia que no por esperada iba a dejar de tener su impacto, ha sido el récord de torneos oficiales (yushos) ganados por el yokozuna mongol Hakuho, por el momento treinta y tres. El tope estaba en treinta y dos a cargo del ruso-nipón Taiho conseguidos fundamentalmente en la década de los 60 del pasado siglo y tal como cabía aventurar, sin argucias premonitorias de ningún tipo, en noviembre igualó ese récord y en enero ya lo ha superado.

Tampoco es nada aventurado afirmar que va a llevar el récord muy arriba, Hakuho de hecho está ahora mismo al máximo nivel, no se le aprecia ningún síntoma de debilidad, lleva cinco torneos consecutivos ganando y esta racha abierta y vigente es ahora mismo la segunda mejor de su carrera deportiva. Considerando su forma, sus sensaciones y su talante, no menos de un lustro a tope le espera para que ponga el tope en una cifra insultantemente elevada, yo diría que el número de copas del emperador va a estar muy cercano al medio centenar.

El nuevo yokozuna Kakuryu
Otra importante noticia fue, sin duda, la «coronación» de un nuevo yokozuna, Kakuryu, también mongol y que se unía a sus dos compatriotas en esta nómina, Hakuho y Harumafuji. Kakuryu aprovechó una puerta que se había abierto meses atrás para el japonés Kisenosato, el mejor luchador nacional sin discusión, para permitir saltarse la regla no escrita de que para ser yokozuna había que ganar dos torneos consecutivos y que el nipón no aprovechó, y que ahora se ha venido a flexibilizar en un subcampeonato y un campeonato. Kakuryu lo logró, y tal y como le pasó a su compatriota Harumafuji, llegó, besó el santo y parece que el rango de yokozuna le viene un pelín grande.

De hecho, bajo mi particular opinión tenemos a un gran yokozuna y a dos «yokozunillas», que alcanzan resultados plausibles pero no brillantes del todo. Están en dobles dígitos casi siempre (diez o más victorias sobre un total de quince), pero no siempre están en la carrera por el yusho. Esto tiene su curiosa contraprestación en que tanto Harumafuji como Kakuryu están cediendo muchas victorias en favor de la clase media, y eso en el sumo tiene su mérito y reconocimiento, son estrellas simbólicas (kinboshi) que se entregan a los luchadores que tienen el privilegio de vencer a un yokozuna y que supone un plus económico por su consecución.

Desde la retirada, casi obligada, del polémico pero eléctrico Asashoryu, también mongol, realmente el gran Hakuho no tiene ningún luchador que esté a su altura. Lo cierto es que cuando cede algún título se conjuga algún fallo suyo (no es perfecto pero está muy cerca) y un gran torneo de alguno de los aspirantes a hacerle mínima sombra; y dicho esto, esa conjugación se produce muy pocas veces.

En cuanto a los luchadores japoneses, pues nada nuevo bajo la luz del sol, se sigue viendo cómo evolucionan con cierta rapidez los luchadores extranjeros, especialmente los de Mongolia, curioso lo de este país de poco más de tres millones de habitantes, y de los nacionales no hay nadie llamado a hacer grandes cosas en el futuro, de momento, y no hay más cera que la que arde, es decir, buenas expectativas, alguien que hace buenas cosas en las categorías inferiores, pero llega arriba y no está al nivel de ser una gran estrella.

Los japoneses se conforman con sus ozekis (segundo rango en el sumo), un muy buen Kisenosato que es el más regular de los nacionales en los últimos años, más Kotoshogiku y Goeido, este último fue ascendido en 2014, pero ahora tanto uno como el otro se asoman al abismo de vez en cuando para luchar a duras penas. El ascenso de Goeido fue una buena noticia para el sumo japonés, pero la verdad es que ha sido llegar a ozeki y se ha desinflado notoriamente, o se ha relajado, lo cual es muy posible viendo la trayectoria de los luchadores japoneses en la última década; de hecho, en el último torneo un corporativismo absurdo le ha librado de perder ese preciado rango.

Desde luego si hay ahora mismo algún japonés merecedor de ganar un gran torneo, ese es Kisenosato. Lamentablemente se le está pasando el arroz y no se atisba que pueda llegar a ser yokozuna nunca, porque los años van pesando como losas. No obstante, sueño y conmigo muchos japoneses, así como aficionados al sumo, con que Kisenosato tenga el honor de romper la racha que ya ha superado los nueve años, sin que un japonés haya logrado una copa del emperador (desde Tochiazuma en enero de 2006), y que si nadie lo remedia, lo cual no es nada atrevido, pues se va a ir a la década; una década de sequía para los japoneses es su propio deporte patrio, que a más de uno le debe levantar ampollas.

Pero es que al hilo de lo anterior, se puede observar con cierta notoriedad, que en la categoría de makuuchi (la máxima división), se suceden combates entre japoneses y extranjeros, donde aparte de bastantes mongoles, hay de Georgia, Rusia, Brasil o Bulgaria, y ves cómo los extranjeros le mojan la oreja a los del país del sol naciente con mucha frecuencia.

La nueva sensación del sumo,
el mongol Ichinojo
Y si tuviera que otear, lo cual puede ser algo arriesgado en este deporte, a alguna figura emergente, pues en 2014 la palma se la lleva otro luchador no japonés, y sí también de Mongolia, se trata de Ichinojo, un joven gigantón de 21 años que en su primera aparición en la máxima categoría sorprendió a todos con un subcampeonato y varios premios honoríficos. Sin embargo, a este esbelto mocetón le tomaron la matrícula tras esa fulgurante irrupción, y ya le han limado su ímpetu, aun así permanece entre los diez mejores del escalafón y eso es muy de valorar. Ha sido la sensación en 2014 y eso ha animado algo este deporte entre los aficionados. ¿Futuro yokozuna? Por el momento hay que darle tiempo, está muy verde.

Por cierto que estaba repasando lo que dio de sí el último período analizado hace ya un año, y si ya en el pasado atisbaba la más que previsible retirada del búlgaro Kotooshu, he tenido que ir al dato concreto para saber cuándo se retiró y fue el pasado mes de marzo, tristemente con escasa repercusión. No obstante, igual que otros sumotoris extranjeros abandonan Japón definitivamente, este se ha quedado y se le puede ver como guardia de seguridad en los grandes torneos, algo que no me termina de encajar para un gran luchador (llegó a lograr una copa del emperador) al que le faltó mentalidad para llegar a alcanzar la deidad de ser yokozuna.

Y esto es todo, en lo que resta de 2015 todos los aficionados al sumo creo que pedimos más o menos lo mismo, que haya más salsa, más lucha hasta el último día del torneo, nuevas figuras que vayan aplacando a las existentes, no obstante, Roma no se hizo en un día y me da la impresión de que este año va a ser un poco de transición.

sábado, 14 de febrero de 2015

"EL DON", DE MAI JIA

Alentado por la novedad que suponía para mí leer una obra de uno de los escritores chinos actuales más afamado, considerando que no suelo leer mucha novela extranjera, me adentré en este libro que por su título y sinopsis parecía ser interesante.

Presentado como un thriller de espionaje chino, llegado a su desenlace puedo confirmar que sí que hay espionaje chino, pero lamentablemente de thriller poco. Y siento decir, al respecto de esto, que la obra me ha decepcionado bastante.

Y puedo señalar, a tenor de las críticas y opiniones que he leído, que debo ser un raro, porque la obra está calificada como un novelón de proyección mundial y puesta a la altura de la producción de monstruos literarios de este género de suspense como Ruiz Zafón, Roberto Bolaño o Borges, algo que se me antoja pretencioso a todas luces.

Bien ha expresado Mai Jia acerca de esta obra que esta historia de espías es una tapadera, pues él escribe sobre la gente. Sin duda, creo que ahí está la esencia, el pensar que esto es un thriller, una novela de suspense, y es realmente la semblanza de una historia humana, y no puede ser de otro modo, porque con el conque de la trama se radiografía a un ser humano, con su crecimiento, sus éxitos, sus defectos y sus pensamientos.

La novela narra la historia de Rong Jinzhen, el enésimo miembro de una familia peculiar que se caracteriza por tener un talento especial para las matemáticas. No obstante, la historia de este miembro es, como poco, atípica. Nacido casi de casualidad, no deseado, prácticamente dejado de la mano de Dios por su familia, con taras físicas..., un no menos atípico profesor occidental, Auslander, se convierte de tácito en su padre adoptivo, el cual le transmite sus cualidades. Muerto prematuramente Auslander, el niño será acogido por otra parte de su familia (el joven Lillie, su tío abuelo), donde ahí sí que será reconocido y tendrá la auténtica consideración de adoptado.

No obstante, para entonces el joven Rong ya se habrá revelado como un individuo raro, casi antisocial, limitando con el autismo aunque también con algunos indicios de ser Asperger. Rong se ha hecho a sí mismo, ha construido un sólido edificio mental, en el que ha ido aprendiendo todo de forma autodidacta, fundamentalmente en lo que se refiere a las matemáticas y de una manera asombrosa.

Se nota que el autor ha trabajado en servicios de inteligencia porque su dominio de las matemáticas y la criptografía es patente, en este sentido, el descubrimiento espontáneo de Rong de las sumas, las restas, las multiplicaciones y las divisiones es muy interesante, absolutamente creíble, toda una revelación para mí, que aunque soy de letras, me hubiera gustado ser de ciencias pero un mal profesor en el Instituto me cambió la vocación.

Su incursión tardía en las aulas confirmará que estamos ante un superdotado que progresará con rapidez adelantándosele los cursos y culminando sus estudios con brillantez, allí conocerá al profesor Jan Lisiewicz, el cual marcará su futuro. El joven Lillie orientará ese talento y su proyección profesional hacia la inteligencia artificial, pero ese sublime «don» llegará a los oídos del régimen que lo captará para su unidad secreta 701 dedicada al contraespionaje, y muy particularmente para su sección de criptografía, especializada en el desciframiento de códigos militares secretos.

Hasta ese momento, casi en la mitad del libro, la vida, casi a modo de aventuras, de Rong Jinzhen y su familia es un relato ágil, ameno, entretenido; pero es entrar en esa unidad y la lectura a mí me parece que se vuelve tan enredada como los códigos que pretende descifrar, infantil, inocente, incongruente y poco realista.

Confieso que a medida que iba leyendo no paraba de pensar si, pese a la buena traducción, la diferencia cultural que separa a China de Occidente sería un obstáculo para entender el libro. Y al final me han quedado dudas acerca de esto, porque o yo soy poco avispado o esas incongruencias son propias de una cultura que un occidental como yo conoce muy de lejos.

Y es que el relato de aventuras pasa a ser en ese punto un auténtico pestiño, no pasa nada de nada, o muy poco. Rong Jinzhen descifrará con bastante facilidad un código secreto denominado Púrpura, y luego intentará descifrar Negro, pero le roban un cuaderno con sus notas, se volverá medio lelo, y al final otro miembro de su unidad concluirá exitosamente su trabajo.

Una de las incongruencias más evidentes es en el momento en que le roban ese cuaderno, plantea el autor que un personaje como Jinzhen, elemento clave del contraespionaje chino, viaje a otro punto del país a un congreso. Justifica que no puede viajar en avión porque sería «fácil» para el enemigo (que aunque nunca se nombra se sobreentiende que es Estados Unidos), llevar a cabo una conspiración para atentar contra ese avión, con lo que se ve más conveniente ir en tren o en coche. Al final se decide ir en tren en un viaje maratoniano de tres días, y donde sorprendentemente va con unas endebles medidas de seguridad, porque al final le roban bien robado aunque se trata de un raterillo de poca monta. Hubiera sido mucho más lógico y novelesco cuasi peliculero, forzar la situación y que hubiera habido alguna trama conspiranoica, que la libreta se hubiera destruido en el intento, o algo así; en fin, son divagaciones mías. Pero ir durante tres días en un tren normal y corriente, durante tres días, con un guardaespaldas, me ha parecido de lo más inconsistente que he leído últimamente.

Para rematar la faena Mai Jia desvela al final del libro, a modo de anexo, parte del contenido ¡tan secreto!, de esa famosa libreta azul, y el mismo escritor se atreve a sugerir al lector que puede obviar su lectura, pues puede resultar incomprensible. Es realmente incomprensible, o es una tomadura de pelo del autor, o es una «turbación más» mental.

Me quedo sinceramente con la primera parte de la obra, original y entretenida. Lo mejor es la semblanza de toda una familia con una especial predilección por las ciencias y muy particularmente la autodidáctica de Rong Jinzhen para adiestrarse en las matemáticas con elementos escasos; de hecho, para él las matemáticas lo serán todo en el mundo, destaco un párrafo en el que señala:«En la ciencia el verdadero obstáculo es el tiempo. Si dispusiéramos de tiempo ilimitado, todo el mundo podría aprender los secretos del universo». La segunda parte pasa a ser un pestiño solemne con escaso interés y perpetrada alevosía.

sábado, 7 de febrero de 2015

"TRATA DE ARRANCARLO CARLOS", CARLOS SÁINZ Y SUS EPISODIOS DESAFORTUNADOS

Muchos como yo en nuestra juventud pasamos a tener cierta predilección por los rallys, más que todo porque participaba el prohombre del automovilismo en nuestro país, Carlos Sáinz, por supuesto mucho más laureado que Fernando Alonso, aunque estamos hablando de diferentes disciplinas de este deporte y épocas distintas.

Aún recuerdo que en el verano de 1990 todos mis amigos nos hacíamos eco de una pedazo de noticia en este deporte, como era que nuestro Carlos había ganado el célebre Rally de los 1.000 Lagos en Finlandia, rompiendo la hegemonía nórdica hasta ese momento, pues en cuarenta años de existencia de este rally, ningún piloto no nórdico había conseguido subirse a lo más alto (después ya lo lograrían otros).

Eran aquellos años en que Carlos Sáinz, un tipo al que se notaba en las entrevistas de televisión que tenía un carácter fuerte, aparecía con cierta habitualidad en los telediarios, porque se había metido de lleno en la lucha por el triunfo en los Campeonatos del Mundo de rallys, en esta disciplina deportiva donde jamás había sonado el nombre de España, y donde se repetían sin cesar los apellidos suecos y finlandeses, países precisamente donde existía y existe gran predicamento por esta especialidad.

A Carlos Sáinz le faltaron unos años para ser más mediático, considerando que en la actualidad los noticiarios de cualquier cadena generalista en España dedican a deportes, fútbol fundamentalmente, casi la mitad de su duración y hay mucha, demasiada paja. Dos detalles de este deportista se nos quedaron en la retina a los aficionados, su peculiar copiloto Luis Moya y su reiterada mala suerte que se resume en aquel mítico «trata de arrancarlo Carlos».

Lo de Luis Moya dio para mucho, aunque ahora hubiera dado para más, los de mi época recordarán su singular manera de dar las instrucciones a su compañero en ese momento, una jerga propia, aparentemente ininteligible, en la que como suele ocurrir en estas carreras se anticipa las características de los tramos: ángulo de la curva y salida de la misma, desniveles, peraltes, saltos, medidas de las rectas... Las imitaciones que se hacían de Luis Moya eran proverbiales, célebre es aquel «a ras», acompañado de una serie de números y algún derecha – izquierda, pero todo muy rápido y con un notorio deje galleguiño, pues Luis era y es de La Coruña.

Y digo que era su compañero en su momento y entiendo que amigo por entonces, cuando también trascendió que tras quince años juntos, en 2002 se separaron por asuntos económicos y ello implicaba también desavenencias personales. Después se han unido en alguna ocasión para participar en algún rally de exhibición, pero ese tándem deportivo podemos concluir que no tuvo su espejo en lo cotidiano.

Por cierto, Carlos Sáinz comenzó en el Mundial en 1987 y su última participación fue en 2005, y aunque el copiloto que más tiempo estuvo con él (quince años) fue Moya, también tuvo otros compañeros a su lado y sigue teniendo, porque ahora, como muchos saben, se dedica a los rallys de aventura.

En esos dieciocho años acumuló once podios, con dos campeonatos (1990 y 1992), cuatro subcampeonatos y cinco terceros puestos. Cuando todavía competía en el Mundial era el piloto más laureado, con un montón de récords en su haber; pero vendría un monstruo como el francés Sebástien Loeb que desde 2004 a 2012 consiguió nueve títulos consecutivos y batió todo lo batible y aburrió a todo el mundo. De hecho, cansado de ganar dejó el Mundial en 2013 para adentrarse en nuevas experiencias del motor.

Y ahora vamos con aquella frase tan famosa de su copiloto, el cual tocando en el motor mientras salía humo de él, daba un grito desesperado sabedor de que no había nada que hacer. Esa frase repetida con el «trata de arrancarla por Dios»y después el «me cago en su p... madre» definió el culmen de la mala suerte en la que tú no pones nada de tu parte, porque en otros deportes la mala suerte tiene un componente personal, un tiro que no entra, un rechace, un tropezón, una caída, pero aquí fue terrible, porque se le rompió el coche en el Rally de Gran Bretaña en 1998 concretamente una biela de su Toyota Corolla a 500 metros del final cuando acariciaba el triunfo en el Campeonato del Mundo de ese año.

Lo cierto es que esa fue una temporada aciaga, pero siempre se nos quedó la impresión de que a Sáinz no le acompañó la fortuna en su carrera: accidentes increíbles (choque contra una oveja), averías raras, contrincantes en racha, y sigue, porque el madrileño no se ha separado del volante de forma oficial y profesional, pues siempre suena como aspirante al triunfo en el rally Dakar y justo en esta edición de 2015 también sufrió un revés, primero tuvo problemas con el turbo, y posteriormente en la quinta etapa, después de desajustes previos con la dirección asistida, finalmente cuando iba con su copiloto detrás de un quad que levantaba mucho polvo, impactó contra una piedra dando cinco vueltas de campana y dejando el coche prácticamente fuera de combate.

Pues aquella leyenda o mito del «trata de arrancarlo Carlos» ha quedado depositada en la memoria colectiva de este país y lo que no trascendió tanto como aquella frase es que aunque estaban a 500 metros de la meta, para ser ganadores tenían que haber conducido 70 kilómetros en un tramo neutro o enlace hasta la meta final, es decir, que ni haciendo algún arreglito tipo MacGyver podrían haber podido hacer lo que restaba para concluir oficialmente el rally.

Tantas circunstancias adversas siguen dotando a Carlos Sáinz de ese halo de deportista con mala fortuna y, pese a los reveses, él persevera y continúa disfrutando con lo mejor que le puede pasar a una persona y a un deportista, o sea, convertir en profesión tu pasión.

Por cierto que en esta temporada 2015 y recordando ese célebre aforismo de que «de la casta le viene al galgo», su hijo Carlos, al que no quieren que se le conozca como Jr o hijo de..., participa en el Mundial de Fórmula 1 tras unos años precedentes de brillantes resultados en fórmulas de promoción, ahora da el gran salto y esperemos que pueda revertir con oficio y una pizca de suerte, la mala fortuna que ha ido acompañando a su padre.

Para finalizar, y aunque no tenga que ver nada con Sáinz, hace poco leí unas declaraciones de Jaime Alguersuari en las que decía que para ser piloto de Fórmula 1 había que tener mucho dinero, y también que los resultados en ésta dependían un 80 % del coche y un 20 % del piloto, justo lo mismo que yo aventuré en octubre de 2013 en esta bitácora con ocasión del aburrimiento que me generaba este deporte (a mí y a la mayoría) y los recordados coches de seis ruedas.

No sé si los Carlos Sáinz padre e hijo tienen mucho dinero, lo que sí es cierto es que les seguiremos los pasos para ver cómo se siguen modelando sus vidas deportivas, tan apasionantes.