lunes, 31 de enero de 2011

RECORDANDO A "QUARK, LA ESCOBA ESPACIAL"

Haciendo una retrospectiva de lo que hasta ahora está siendo esta bitácora y cómo va evolucionando, me doy cuenta de que no hago más que recuperar capítulos pasados de mi vida personal, de películas que he visto, de libros leídos, de deportes..., y eso sí, de vez en cuando, en el apartado de opinión hecho mano de algún tema de actualidad.

Pues nada, esta semana una más, voy a rescatar una serie de televisión que me encantaba y que veía con fruición y avidez, se trata de “Quark, la escoba espacial”. Para los de mis hierbas, como se suele decir, tal vez recuerden esta serie, un tanto “friki” he de reconocerlo, pero que a la vuelta de muchos años se ha convertido casi en una serie de culto.

Una clásica comedia de situación pero con la atípica localización del espacio interestelar. Una serie de humor mezclada con ciencia ficción nacida a finales de los 70 (emitida en España en 1980), al calor de otras series televisivas más ortodoxas o serias como Star Trek, Galáctica... También seguía la estela de aquellos años donde esta temática tenía un grandísimo auge cinematográfico como “La guerra de las galaxias” de George Lucas o “2001: Una odisea del espacio” de Stanley Kubrik, aunque está fuera algo anterior.

Esta serie se proponía realizar una sátira a todo este movimiento popular, ofreciendo una reinvención de la ciencia ficción, más de andar por casa. Quark es el apellido del protagonista principal de la serie, el comandante Adam Quark, encarnado por el actor Richard Benjamin, que dirige una nave de medio pelo, destinada a recoger la basura espacial.

Una hilarante tripulación le acompaña en sus andanzas, y probablemente los que ya pintamos algo de canas recordemos a estos personajes tan estrambóticos: Gene/Jean, el ingeniero de la nave, un transmutado que alternaba ratos en los que era el prototipo de macho agresivo y destructor, sin miedo a nada, y otros en los que aparecía como una sensible y delicada fémina; Ficus, un humano – vegetal, prodigio de la técnica, inconmovible e incapaz de aceptar las relaciones humanas; las Bettys, unas gemelas enamoradas de Quark, una la real y otra la clon, pero que nunca se sabe quién es quién, las cuales hablan y actúan al unísono; y Andy, un robot miedoso que pasa por ser el más humano de los que conviven en este camión de la basura espacial.

Quark aspira a ser llamado para misiones especiales en las que se pueda poner de relieve su valor y profesionalidad, lo que le llevaría a su añorado sueño de comandar una gran nave espacial, pero capítulo tras capítulo sus misiones son las más denigrantes y controvertidas y por las que además no va recibir premio por ello, más allá del de mantener el estatus de su nave, o sea, recoger los desperdicios del espacio.

Depende para sus misiones de la nave nodriza denominada Perma Uno, dirigida por el desternillante Palindrome, un rastrero personaje, algo déspota y tirano con sus subordinados, que se convierte en un pelota y adulador cuando tiene que enfrentarse a la Cabeza, el más disparatado y surrealista de los personajes de la serie. En cada capítulo la Cabeza aparece para dar misiones e instrucciones a sus mandos; la Cabeza (en la foto) es eso precisamente, un tipo que aparece en una pantalla y al que se sólo se le va la testa, un pedazo de mollera importante coronada por un fabuloso chichón, representado por un actor con un bigotazo igualmente potente.

Los diálogos jocosos y tronchantes, los escenarios ciertamente ridículos, personajes que se enfrentan a situaciones límite con una delirante actitud, fueron y son para aquellos que la reconocen como una serie de culto, por su puesta en escena tan sui generis.

Por desgracia para esta serie y sus personajes es que no son especialmente recordados, dado que la cadena de televisión estadounidense que tenía sus derechos, la NBC, decidió no producir más que ocho capítulos porque los índices de audiencia no eran los esperados, y allí en Estados Unidos donde hace treinta años tenían tantos canales como España ahora, eso mandaba mucho.

Pero, ya digo, una idea tan original como ésta, la comedia – ciencia ficción, que aunque se ha tocado otras veces en el cine y en la televisión, no trascendió demasiado. Yo sí recuerdo que los niños españoles nos reímos bastante con las aventuras de Quark y, por supuesto, esta serie, como el buen vino ha ganado mucho con el paso de los años.

martes, 25 de enero de 2011

ACERCA DE "BURIED" Y OTRAS PELÍCULAS ARRIESGADAS

Cuando me apresto a hacer algún comentario acerca de alguna película que he visionado recientemente lo hago desde el punto de vista de un aficionadillo al cine; poco tengo de crítico sesudo, visceral, de esos que se fijan en todo, en la posición de las cámaras, en el montaje, en la música..., Dios me libre.

Tengo, eso sí, la buena costumbre de leer las críticas de las películas antes o después de haberlas visto. No es que me considere un espectador compulsivo, pero intento rescatar joyas del pasado sin perder de vista la actualidad de las carteleras. Lo que sí es cierto es que con tantísima producción cinematográfica y siendo la mayor parte mediocre o de temática un tanto plana o de mal gusto (qué le vamos a hacer, ya sabemos cómo están nuestras salas de cine), estoy más atento a interesarme por producciones que se salgan de lo normal.

Apareció hace unos meses una película con un título y una puesta en escena sugerente, “Buried” (Enterrado). Se trata de la arriesgada propuesta del director orensano Rodrigo Cortés, en la que toda la película se desarrolla en un ataúd.

Pues para empezar llama la atención una producción de semejante calibre, en una apuesta en la que a buen seguro que los productores habrán meditado muy mucho sus inversiones, en un trabajo que jamás se había hecho hasta ahora y cuyo resultado final en las taquillas sería una incógnita.

Preferí ver la película primero y mirar la crítica después para no sentirme influido por la opinión de los expertos. Y me expuse a verla con la ilusión de estar ante un trabajo fuera de lo común, extraordinario en su planteamiento. Sólo tenía una premisa, para que una película cuya acción se desarrolla en unas dimensiones limitadísimas, con un solo actor lógicamente (Ryan Reynolds) y una duración de algo más de una hora y media, el guión tendría que ser sensacional, sorprendente, fuera de serie, una historia genial y que enganchara desde el principio hasta el final. Igualmente me planteaba que si en algún momento fallaba alguno de estos requisitos y/o la película me aburría o me hacía desconectar por un momento, no tendría mi indiscutible aprobación.

En la trama, el protagonista, un transportista estadounidense enterrado vivo en algún lugar de Iraq, se vale de un móvil para conectar con el espacio exterior e ir informando de su situación. Y pocos elementos más, un encendedor, una linterna y el tiempo que corre en su contra. Y ocurrió, me aburrió a ratos, bostecé, se me hizo larga, pesada, estaba pensando en que acabase. La idea era genial pero el guión no; me dio la impresión de que para cortometraje hubiera sido una obra maestra, pero alargar hasta la extenuación un guión que para mi gusto tampoco es para echar cohetes, me pareció un ejercicio fútil y banal.

Luego leí las críticas y me quedé sorprendido, porque la mayor parte de ellas la califican como una gran película, casi comparable a las del maestro Hitchcock, llena de suspense y con una trama de las que atrapan. Bien, prefiero desmarcarme de las críticas y seguir pensando que la película me aburrió y que, en mi opinión, esos expertos y sesudos críticos han sobrevalorado esta producción, acentuando más el peso en la idea y la puesta en escena, más que en el propio desarrollo de la acción sin que, de verdad, el guión sea genial, rebuscado, ni de los que enganchan y atrapan.

Puede que haya sido el primer largometraje realizado en un ataúd, pero no es la primera vez que la historia del cine nos deleita con trabajos, con guiones algo arriesgados, en los que hay limitación de espacio, tiempo o reparto. No pretendo hacer aquí una tesis doctoral sobre este tipo de películas, porque no he visto tantas, pero si voy a ofrecer mi reflexión sobre algunas de las que he tenido el placer de paladear que tenían este perfil y que me llenaron mucho más que “Buried”.

Pues para empezar y para poner en consonancia con la casi irreverente comparativa que algún crítico hacía de este trabajo con Hitchcock, hay un par de películas del director inglés muy conocidas que tienen alguna de estas limitaciones.

Quizá la más conocida sea “La ventana indiscreta”, en ella el protagonista, postrado en una butaca a causa de una pierna escayolada, se encarga de controlar al vecindario desde el amplio ventanal de su terraza. Prácticamente toda ella se desarrolla desde esa habitación en la que el actor James Stewart escruta todo lo que ocurre a su alrededor desde un aparente anonimato. Una rítmica sinfonía que va creciendo en emoción, en suspense y que culmina con un sensacional final.

Hitchcock también dirigió otra obra maestra que me gusta aún más que la anterior, “La soga”, una película que dura solamente ochenta minutos pero que se te pasan de momento. Esta tenía limitación temporal y de espacio, toda ella tiene lugar en una casa y además la acción se produce igualmente a tiempo real, es decir, no hay cortes en el tiempo. Un asesinato cometido y un muerto escondido en el salón de dicha casa fabrican una malla, un entramado que se va urdiendo poco a poco, con un reparto que va creciendo en tensión hasta otro final apoteósico.

Hay un clásico de los años 70 que es “La huella” de Joseph L. Mankievicz, sin duda, la que más me encanta de todas las que he nombrado hasta ahora. Sólo dos actores, no hay más reparto, una mansión inglesa y una batalla dialéctica, preñada de intriga. Se enfrentan en un duelo casi ajedrecístico dos actorazos como Michael Caine y Laurence Olivier. Por si alguien quiere todavía verla, no quiero desvelar muchos detalles, pero es una especie de juego. Se trata de dos magistrales interpretaciones, con un guión sencillamente enorme, y ahí da igual que no haya reparto, da igual que prácticamente no salgan de la mansión; la puesta en escena, la historia que se cuenta no da lugar al respiro, a pestañear, y el final es congruente a todo lo dicho.

Para películas donde el reparto está atrapado vivo, nada mejor que la célebre “El ángel exterminador” de Buñuel, donde la burguesía mexicana queda encerrada en una mansión sin poder salir de ella de forma inexplicable durante días. Una de las grandes cintas del surrealismo cinematográfico, en la que se suceden esos mensajes deliberados que no paras de meditar mucho tiempo después de haber visto la película. Lo siento, me encanta Buñuel, pero no digo más porque me reservo una entradilla en el futuro para hablar de su cine.

Soy de la opinión de que a falta de películas en las que el guión sea profundo y te haga pensar, lo menos que espero cuando me siento para ver cine es que por lo menos lo que estoy viendo me entretenga, algo que “Buried” no ha provocado en mí. Por ello y para concluir sin mayores alardes por este breve recorrido por el cine con limitaciones voluntaria y consentidamente provocadas por directores y productores, voy a terminar con una película española, para que no se diga que no se hace buen cine y arriesgado en nuestro país (porque lo de “Buried” huele más a producto multinacional), se trata de la cinta “La habitación de Fermat”.

Ya se sabe que soy un poco aficionado y algo obseso con los números, las matemáticas y, por ende, por los acertijos y los juegos mentales. De eso trata esta película dirigida por Luis Piedrahita (sí, el mediático mago que antes salía en el divertido programa de Cuatro “El hormiguero”) y Rodrigo Sopeña, en la que cuatro matemáticos se encuentran durante la mayor parte de la película encerrados en una habitación que va menguando progresivamente y que sólo se detiene a medida que van solucionando diferentes acertijos y enigmas. Una producción que no tuvo muy buena crítica, pero que para mí cumplió las expectativas, me entretuvo y me divirtió, merece la pena.

martes, 18 de enero de 2011

EL DÍA QUE VI POR PRIMERA VEZ UNA TELE EN COLOR

Resulta muy triste que hace unas semanas CNN+, un canal de televisión de noticias cerrara sus emisiones, y fuera sustituido por otro canal de Gran Hermano no sé qué edición, durante las veinticuatro horas. Pero más triste y sorprendente a la vez es que, al parecer, los índices de audiencia del tal Gran Hermano están superando a CNN+.

Y digo esto, porque puede que la proliferación de canales nos haya aportado mayor pluralidad y puntos de vista diferentes para un mismo asunto de actualidad, esto en sentido positivo; pero creo que nos ha dejado más aspectos negativos. Para empezar eso, que pienso que ahora la televisión es de una calidad de contenidos inferior a la de hace dos o tres décadas. Y que está sirviendo descaradamente para aborregar, por no decir adoctrinar, pero adoctrinar no en el sentido político, sino en el de construir una sociedad carente de valores, zafia, chabacana, superficial, en la que reporta más beneficios los cuernos de tal o cual famoso que un premio literario. Igualmente no descarto que los poderes públicos no sean más férreos en los contenidos de las televisiones para que no pensemos demasiado, estamos ahora más que nunca ante “el opio del pueblo”.

Parece que porque estamos en una sociedad avanzada, sin aludir a la del bienestar con la que está cayendo, todo lo que tenemos a nuestro alrededor siempre ha estado ahí, y perdemos esa perspectiva a medida que pasa el tiempo, incluso el mismo Felipe González declaraba la pasada semana que tendría mejor valoración en las encuestas que cualquier barón socialista porque, y cito textualmente: “la memoria es caprichosa y se olvidan las barbaridades que uno ha hecho”.

Pues eso, que hace treinta años, no había tantos canales de televisión, había dos y la mayoría sólo teníamos uno, todo el mundo veía lo mismo y tengo la certeza de que se cuidaba la calidad de lo que se emitía y, por supuesto, llegamos al mundo y nuestra infancia la vimos en blanco y negro.

Entonces todos teníamos televisores en blanco y negro, recuerdo que en Linares, muchas familias de santaneros teníamos una Kastell, que en cada casa tenía truco para funcionar, había que girarla de algún modo o poniendo el cable de tal o cual manera; en la mía funcionaba con golpes, se encendía y había que darle un golpe en un lateral, ni más arriba ni más abajo, ni muy duro ni muy flojo.

Casi nos hemos olvidado de eso, igual que dentro de unos años nos olvidaremos de los mamotretos de televisores en color que teníamos, sustituidos por esas pantallitas planas que se acoplan a las paredes y que aportan un ambiente equilibrado, místico..., propio del feng shui y esas pamplinas. Imagino que con el tiempo también se nos borrará la memoria y vendrá un nuevo avance tecnológico, el que viene ya se percibe, los televisores en 3D.

Pero bueno yo de lo que quería hablar es que el color fue llegando a nuestras vidas y eso fue un acontecimiento fabuloso. Yo recuerdo un día en que vi la luz y sí, vi por primera vez en mi vida un televisor en color. La foto que hoy ilustra el inicio de esta entrada es el sitio concreto de tan magno evento, la tomé el día de Navidad en Begíjar, se trata de la tienda de Lorencillo, una suerte de supertodo rural donde se vendía de todo, lo mismo electrodomésticos, muebles, incluida ropa de hogar y de vestir, etc. Por cierto, hablo en pasado de la tienda cuando debería hablar en presente, pues la tienda que, poco ha cambiado desde los 70, la regenta el hijo de Lorencillo, Lorenzo, de mi misma quinta, y con el que recuerdo haber jugado muchas tardes al fútbol con él.

Fue una noche de verano, debió ser sobre 1973 o 1974, por tanto, tenía cinco o seis añillos, para averiguar esto he tenido que recurrir a las hemerotecas de algunos periódicos, pues por entonces Televisión Española emitía la serie estadounidense Cannon, interpretado por el actor William Conrad, un detective gordito que, al parecer (lo digo esto porque no me acordaba del contenido de la serie y lo he mirado en Internet) era un sagaz perseguidor de las injusticias, que tenía una particular filosofía de cobrar fuertes sumas por sus servicios a los ricos, y hacer trabajos a personas sin recursos de forma gratuita y desinteresada.

El caso es que Lorencillo sacó la televisión a la puerta de su comercio y justo desde el sitio donde está tomada la foto, allí nos sentamos niños, jóvenes y mayores, para disfrutar del espectáculo del color. Daba igual el qué contara la historia, por fin aspirábamos a poder ver en la tele, en esa caja que cada uno teníamos en nuestro hogar, los colores de la vida, algo que hasta ese momento sólo quedaba reservado al cine, para ver películas de Cantinflas, de Manolo Escobar y otros ídolos de la época.

Y comenzaron a proliferar los nuevos aparatos, y ya los veías con mayor asiduidad en las tiendas de electrodomésticos compitiendo con los de blanco y negro, y te parabas a ver de qué color llevaba la blusa esa presentadora, o el color de la corbata de aquel locutor, o esos fabulosos dibujos animados con tanto colorido, era todo un espectáculo fabuloso e inolvidable.

Pasarían varios años hasta que llegó a mi casa la primera tele en color. Mi padre decidió como buen español hacer coincidir su adquisición con algún evento deportivo fastuoso, en este caso, el Mundial 82 de España, de infausto recuerdo. El día que entró por la puerta de mi casa un majestuoso Grundig Supercolor 81 unos meses antes del Mundial, fue otro imborrable momento histórico de mi vida, toda una fiesta. Desde ese momento y hasta el día de hoy, se fue apagando la llama de aquellos indestructibles aparatos en blanco y negro que también marcaron nuestras vidas.

martes, 11 de enero de 2011

SOBRE DEPENDIENTES IMPERTINENTES Y DEMÁS FAUNA URBANA

Pues como no podía ocurrir de otro modo, y aunque trato de mantenerme al margen lo máximo posible, es inevitable que en estas fiestas navideñas pasadas haya sucumbido al consumismo, adentrándome en el laberíntico mundo de las compras, de los establecimientos hosteleros, de los comercios que durante unos días parecen doblegar al monstruo de la crisis.

Bien es cierto que aunque haya caído en esta red, no me considero un consumista y las más de las veces entro en la dinámica porque voy de acompañante o porque hay obligación de ello. En estas, no suelo ser, porque no me gusta eternizarme en un comercio, de ese tipo de personas que se prueban cincuenta mil ropajes antes de decidirse, en este sentido, soy bastante resolutivo.

Quizá porque tengo tiempo para observar desde mi posición de silente espectador el trasiego de prendas y personas, trato de no aburrirme escudriñando determinados detalles del cotidiano tráfico mercantil. Y, por supuesto, una parte esencial de esta maquinaria la constituyen los dependientes y dependientas de los diversos establecimientos.

De verdad que no puedo soportar a dos tipos de profesionales de este ramo: 1. El servil hasta la extenuación. 2. El inexistente – malcarado. Tan malo es uno como otro, en estos dos extremos que yo diría que, al final, casi se tocan. Por un lado, me suele reventar ese dependiente adulador, pelota, rastrerillo que se rebaja hasta convertirse por momentos en una especie de esclavo para venderte lo que él quiere, importándole menos dar un servicio honesto, sincero y sin tanto parabién.

El otro, el que no existe, el ausente, porque no sabe nada o no quiere saber, que también los hay, suele coincidir con un tipo de persona malhumorada, peleada con el mundo y que piensa que los hados se han conjurado para colocarle como dependiente, el peor empleo que le pudiera haber tocado en la rifa de las profesiones. No te sonríe ni de casualidad y está convencido de que está en la cadena de una fábrica apretando el mismo tornillo una y otra vez, por tanto, el cliente es para él un número más, un tornillo más.

De verdad que en esto de las profesiones en las que hay que dar la cara al público, yo siempre me apunto al célebre consejo que te daban cuando te ibas a la mili “niño, tú no te hagas de notar, ni de los tontos ni de los listos”; esto tiene su traducción hoy día en una máxima que se utiliza en negociaciones de todo tipo, el ser “firmes pero flexibles”, es decir, que en el punto de equilibrio está la excelencia.

Luego, valoro a los dependientes que son profesionales, que no te agobian, que intuyen como personas con cierta psicología por su bagaje, cuándo es el momento de actuar, porque es ahora, no antes ni después, cuando el cliente necesita realmente ayuda. No te engañan, te aconsejan bien, e incluso son capaces de recomendarte que no compres algo aunque puedan perder una venta, sabedores de que con ello están consiguiendo, eso que se dice últimamente, “fidelizar” al cliente. Es ese buen profesional, en definitiva, que te trata con el grado justo de amabilidad, sin resultar pedante, pero tampoco distante, con una expresión afable en la cara y que es capaz de mandarte a otra tienda de la competencia que sí tiene el producto del que ellos no disponen.

Capítulo aparte merece un fenómeno que nos invade por todo el país y del que por ahora me reservo mi opinión, y es el de los comercios llevados por extranjeros. En el caso de los regentados por ciudadanos chinos, orientados inicialmente a tiendas “todo 100”, aunque avanzando en otros terrenos, la figura del dependiente se ha erradicado o eliminado hasta sus últimas consecuencias. Es curioso porque suelen venir a nuestro país sin entender nada de nuestro idioma, pero la red logística inteligentemente tejida, les permite dar todos los pasos para abrir una tienda en cualquier ciudad y llevar al día su comercio aunque no se entienda en el idioma del cliente. En esas grandes tiendas vemos muchos reponedores pero pocos informadores por el hecho de que no entienden lo que les decimos. En estas últimas semanas he ido un par de veces y artículos tan simples como un euroconector o una canasta de baloncesto de juguete, me ha sido imposible conseguirlos porque no me han entendido. La política comercial de los chinos es bien clara, pase y búsquelo usted mismo, que mi precio es el mejor. Y ahí tienen razón, el gran triunfo de estos comercios es que todo lo que viene de China, considerando la producción de origen, el traslado en contenedores y el adquirirlo en los mayoristas, tiene un precio final irrisorio, muchas veces hasta absurdo, porque puedes imaginarte lo poquísimo que puede valer hacer en su país cualquier artículo cotidiano.

Y bueno, para terminar, y haciendo un poco de autocrítica, noto que muchas personas que están al servicio de los demás van perdiendo progresivamente el gesto afable del que hablaba antes. Te encuentras camareros en muchos bares que te dispensan una caña de cerveza como el que te pone un sello en un documento y te dice “vuelva usted mañana”. Al igual que ves en bancos y cajas (y eso que mi hermana trabaja en una) que son incapaces de mirarte a los ojos cuando haces cualquier operación, ya no digo sonreír. Y, por supuesto, lo de la autocrítica viene porque yo que trabajo en la Administración pública, en la que también percibo, porque lo he vivido en mis carnes, que algunos empleados públicos tratan con despecho al administrado sin ser capaces de discernir que cuando alguien viene a tu mesa no es por gusto, ni para fastidiarte la mañana, es porque necesita de ti. A muchos nos falta en ocasiones, me voy a meter en el carro, eso que antes se llamaba “ponerse en el lugar del otro” y ahora más modernamente denominamos empatía. Sólo hay un límite cuando el cliente o administrado es un impertinente o un maleducado.

martes, 4 de enero de 2011

"MACHAN, LA VERA STORIA DI UNA FALSA SQUADRA", DE UBERTO PASOLINI

¡Feliz 2011! ¡Qué bonito número este 2011! Sí, porque es un número primo, y ya comenté en alguna ocasión que los números primos me apasionan. Por cierto, que para dentro de muy poco trataré otra vez esto de los números primos.

Bueno, pues hace ya prácticamente un año que empecé esta blog, y lo cierto es que me ha gustado y me gusta mucho hacerlo, el buscar temas, analizarlos, pensar de qué voy a escribir en la próxima entrada..., era un espacio libre que había en mi vida y que ahora está ocupado por fortuna con el consolidado hábito de escribir algo cada semana.

Esta pasada Nochevieja festera estaba con mi cuñado y buen amigo José Tomás, el cual me señalaba que el blog era raro y que, por ende, yo también lo era. Desde luego, no me considero una persona rara o extravagante, y sí me gusta conocer y aficionarme a asuntos poco comunes. De lo que se deduce o yo por lo menos así lo entiendo, que el blog no es que sea raro, sino que trata, a veces, de cosas raras, poco comunes, diferentes. De hecho, este blog “A discreción”, nació en su título desde el inicio para tratar “rarezas”, como refleja el encabezado general. Y ello, porque trato de despertar la curiosidad del que lo lee y de que, en la medida de lo posible, no sea un pestiño ilegible, aunque a veces reconozco que pueda serlo.

Para ser fiel a esto y, de algún modo, celebrar este primer aniversario de mi bitácora, debía traer algo raro. Y, ¿a ver cómo suena esto? Una película que trata sobre balonmano, ambientada en Sri Lanka, que es una coproducción italiana, alemana y del referido país asiático, y con el idioma original en italiano.

El título de la película no tiene traducción al español, porque que yo sepa no se ha doblado a nuestro idioma; por tanto, he tenido que visionarla en italiano y con ayuda de un diccionario y con eso de que la lengua transalpina tiene muchas similitudes con la nuestra, he podido ver esta cinta y llevarme una gratísima sorpresa.

Creo que los que me conocen ya saben que me he ido borrando del fútbol para interesarme por otros deportes y, particularmente por el balonmano, del que hasta ahora no había hablado en el blog. Quería que mi primera incursión en el balonmano no fuera para hacer la crónica de un partido o las expectativas de la selección española en el próximo Mundial de Suecia.

Pues me enteré de esta película y allí que me puse a verla, aunque la dirección es del italiano Uberto Pasolini, la mayor parte del rodaje es en Sri Lanka y con actores de esa nacionalidad. Cuando ves una película de reciente producción y de un país desconocido para la mayoría de los mortales, tengo siempre la sensación de que presencio algo fresco, inocente, lleno de vida y de fuerza.

Las condiciones en Sri Lanka, al igual que muchos otros países del mundo escasamente desarrollados, hacen que un grupo de amigos se plantee emigrar a Europa como salvoconducto para su bienestar y el de sus familias, a través de las consiguientes remesas de dinero. Stanley y Manoj son rechazados por la Embajada alemana en su primer intento por emigrar a ese país. Cada vez más agobiados por las deudas y por un futuro sin alternativa en su tierra, encuentran por casualidad en las oficinas de la susodicha Embajada un cartel de un torneo de balonmano que se celebra en Baviera.

Ni cortos ni perezosos, los protagonistas comienzan toda una aventura para tratar de hacerse con una invitación a ese evento deportivo, a sabiendas de que en su país nadie conoce nada de ese extraño deporte, y ello con la única intención de entrar en Europa y escabullirse lo más pronto que puedan. Consiguen falsificar un certificado del Comité Olímpico de Sri Lanka y algunos otros documentos de su Ministerio de Asuntos Exteriores, y logran la tan ansiada invitación del anfitrión alemán.

El primer problema es que el organizador le pide una fotografía del equipo, y comienza otra aventura para buscar camisetas y “voluntarios” deseosos de formar parte de la escuadra y de ese proyecto de vida, que es el de emigrar a un nuevo y venturoso futuro. La noticia difícilmente puede esconderse y comienzan a agregarse al grupo personajes de lo más variopinto y caricaturesco: cincuentones, policías, afganos, pakistaníes, un gigoló y hasta un estafador de medio pelo... El equipo de dieciséis jugadores supuestamente, se va ampliando hasta un total de veintitrés, justificando tan elevado número con la presencia ficticia de un entrenador, un ayudante, un fisioterapeuta, un masajista, un médico, etc.

El momento de la marcha es el más conmovedor de esta producción, por cuanto que todos estos hombres tienen que separarse y despedirse de sus familias, de todos sus seres queridos, y algunos con el encontrado sentimiento de que es un viaje sin retorno.

En el tempo de la filmación se alternan partes serias con otras cómicas, siendo esta parte previsible por lo grotesco de la situación. En Alemania se dispara hasta cierto punto el tono cómico. Son bien recibidos a su llegada y nada más llegar al aeropuerto alguno quiere escaquearse, pero deciden hacer el paripé y dormir esa noche en el hotel asignado, para largarse a la mañana siguiente. Un cambio de planes, no obstante, en la programación de partidos hace que tengan que presentarse a primera hora de la mañana para disputar un partido de un deporte del que prácticamente no saben nada. La imagen es de las que “dan muchísimo el cante” y el resultado final no puede ser más contundente: 72 – 0. En esa dinámica también caen derrotados en el segundo partido sin haber podido meter un solo tanto. Acabada la segunda jornada de competición les surge a este grupo una cierta conciencia de patria y amor propio, al más puro estilo “Evasión o victoria” y deciden continuar en el torneo un día más antes de hacer mutis por el foro.

Ese tercer partido es el de la reafirmación de la falsa escuadra, la inventada selección nacional de Sri Lanka, en un momento del encuentro consiguen un gol de esos que podríamos calificar de churro, ellos ya han vencido, primero han cubierto su sentimiento patrio y a partir de ahí ya están en condiciones de huir. A la mañana siguiente la policía germana entra en las habitaciones de su hotel, a la vista de que el engaño era más que evidente, y no encuentran más que las camas deshechas y las camisetas deportivas.

Lo curioso de esta película un tanto rebuscada es que, al parecer, se basa en un hecho real. Se trata de una producción de 2008, y su director, el italiano Uberto Pasolini, vio la noticia en un diario australiano cuando viajaba por ese país, y esto habría ocurrido en el año 2004. Yo, al menos, no he encontrado datos que desmientan esta historia.

Un Uberto Pasolini para el que esta película es su ópera prima, pero no es desde luego un principiante en esto del cine, si a alguien le suena "Full Monty" hay que decir que este fue su productor.

En definitiva, una película bella e inocente con actores desconocidos, pero que convencen en la interpretación de sus papeles, que no sobreactúan. También nos llevará a la reflexión sobre las dificultades de todo un mundo que desconocemos y que no tiene las condiciones de vida y de perspectivas de futuro de los países desarrollados, y por el que no hacemos absolutamente nada.