martes, 11 de enero de 2011

SOBRE DEPENDIENTES IMPERTINENTES Y DEMÁS FAUNA URBANA

Pues como no podía ocurrir de otro modo, y aunque trato de mantenerme al margen lo máximo posible, es inevitable que en estas fiestas navideñas pasadas haya sucumbido al consumismo, adentrándome en el laberíntico mundo de las compras, de los establecimientos hosteleros, de los comercios que durante unos días parecen doblegar al monstruo de la crisis.

Bien es cierto que aunque haya caído en esta red, no me considero un consumista y las más de las veces entro en la dinámica porque voy de acompañante o porque hay obligación de ello. En estas, no suelo ser, porque no me gusta eternizarme en un comercio, de ese tipo de personas que se prueban cincuenta mil ropajes antes de decidirse, en este sentido, soy bastante resolutivo.

Quizá porque tengo tiempo para observar desde mi posición de silente espectador el trasiego de prendas y personas, trato de no aburrirme escudriñando determinados detalles del cotidiano tráfico mercantil. Y, por supuesto, una parte esencial de esta maquinaria la constituyen los dependientes y dependientas de los diversos establecimientos.

De verdad que no puedo soportar a dos tipos de profesionales de este ramo: 1. El servil hasta la extenuación. 2. El inexistente – malcarado. Tan malo es uno como otro, en estos dos extremos que yo diría que, al final, casi se tocan. Por un lado, me suele reventar ese dependiente adulador, pelota, rastrerillo que se rebaja hasta convertirse por momentos en una especie de esclavo para venderte lo que él quiere, importándole menos dar un servicio honesto, sincero y sin tanto parabién.

El otro, el que no existe, el ausente, porque no sabe nada o no quiere saber, que también los hay, suele coincidir con un tipo de persona malhumorada, peleada con el mundo y que piensa que los hados se han conjurado para colocarle como dependiente, el peor empleo que le pudiera haber tocado en la rifa de las profesiones. No te sonríe ni de casualidad y está convencido de que está en la cadena de una fábrica apretando el mismo tornillo una y otra vez, por tanto, el cliente es para él un número más, un tornillo más.

De verdad que en esto de las profesiones en las que hay que dar la cara al público, yo siempre me apunto al célebre consejo que te daban cuando te ibas a la mili “niño, tú no te hagas de notar, ni de los tontos ni de los listos”; esto tiene su traducción hoy día en una máxima que se utiliza en negociaciones de todo tipo, el ser “firmes pero flexibles”, es decir, que en el punto de equilibrio está la excelencia.

Luego, valoro a los dependientes que son profesionales, que no te agobian, que intuyen como personas con cierta psicología por su bagaje, cuándo es el momento de actuar, porque es ahora, no antes ni después, cuando el cliente necesita realmente ayuda. No te engañan, te aconsejan bien, e incluso son capaces de recomendarte que no compres algo aunque puedan perder una venta, sabedores de que con ello están consiguiendo, eso que se dice últimamente, “fidelizar” al cliente. Es ese buen profesional, en definitiva, que te trata con el grado justo de amabilidad, sin resultar pedante, pero tampoco distante, con una expresión afable en la cara y que es capaz de mandarte a otra tienda de la competencia que sí tiene el producto del que ellos no disponen.

Capítulo aparte merece un fenómeno que nos invade por todo el país y del que por ahora me reservo mi opinión, y es el de los comercios llevados por extranjeros. En el caso de los regentados por ciudadanos chinos, orientados inicialmente a tiendas “todo 100”, aunque avanzando en otros terrenos, la figura del dependiente se ha erradicado o eliminado hasta sus últimas consecuencias. Es curioso porque suelen venir a nuestro país sin entender nada de nuestro idioma, pero la red logística inteligentemente tejida, les permite dar todos los pasos para abrir una tienda en cualquier ciudad y llevar al día su comercio aunque no se entienda en el idioma del cliente. En esas grandes tiendas vemos muchos reponedores pero pocos informadores por el hecho de que no entienden lo que les decimos. En estas últimas semanas he ido un par de veces y artículos tan simples como un euroconector o una canasta de baloncesto de juguete, me ha sido imposible conseguirlos porque no me han entendido. La política comercial de los chinos es bien clara, pase y búsquelo usted mismo, que mi precio es el mejor. Y ahí tienen razón, el gran triunfo de estos comercios es que todo lo que viene de China, considerando la producción de origen, el traslado en contenedores y el adquirirlo en los mayoristas, tiene un precio final irrisorio, muchas veces hasta absurdo, porque puedes imaginarte lo poquísimo que puede valer hacer en su país cualquier artículo cotidiano.

Y bueno, para terminar, y haciendo un poco de autocrítica, noto que muchas personas que están al servicio de los demás van perdiendo progresivamente el gesto afable del que hablaba antes. Te encuentras camareros en muchos bares que te dispensan una caña de cerveza como el que te pone un sello en un documento y te dice “vuelva usted mañana”. Al igual que ves en bancos y cajas (y eso que mi hermana trabaja en una) que son incapaces de mirarte a los ojos cuando haces cualquier operación, ya no digo sonreír. Y, por supuesto, lo de la autocrítica viene porque yo que trabajo en la Administración pública, en la que también percibo, porque lo he vivido en mis carnes, que algunos empleados públicos tratan con despecho al administrado sin ser capaces de discernir que cuando alguien viene a tu mesa no es por gusto, ni para fastidiarte la mañana, es porque necesita de ti. A muchos nos falta en ocasiones, me voy a meter en el carro, eso que antes se llamaba “ponerse en el lugar del otro” y ahora más modernamente denominamos empatía. Sólo hay un límite cuando el cliente o administrado es un impertinente o un maleducado.

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