martes, 27 de julio de 2010

EL OTRO RAPHAEL

Pues el tipo este de pinta un tanto friqui de la foto que se abraza a la rubia es “el otro Raphael”, es el Raphael dedicado a la música que me gusta a mí, todo lo contrario que me pasa con mi paisano de Linares Raphael (Miguel Rafael Martos Sánchez), por mucho que se empeñe un tío mío en decir que es familia lejana mía, porque remanece (verbo que le encanta utilizar a la gente mayor) de Begíjar.

Entiendo que el Raphael de Linares es todo un espectáculo y que juega con una variada gama de registros, y una carrera artística que para sí la quisieran muchas de las figuras consagradas de la actualidad o del pasado, porque mi paisano, “mi primo”, lleva cincuenta años en los escenarios y con un público que siente auténtica pasión por él, y conozco a verdaderos fanáticos de este cantante. Pero lo digo y lo diré, no es santo de mi devoción, jamás he ido a verlo actuar en directo y eso que de vez en cuando se deja caer por estas tierras para animar el cotarro.

El otro Raphael es menos conocido, o mejor, es nada conocido. Sólo se puede tener una referencia de él si se ha adentrado algo en el mundo de la música New Age, donde Raphael ya sí suena a algo. Sobre todo, porque si hablamos de las figuras clave de este tipo de música, él sin duda, figura con mayúsculas en esta selecta relación. De hecho, por su estilo y por el camino que abrió hay un antes y un después en las nuevas músicas y tiene el honor de que se le atribuya la acuñación del concepto New Age para la música de vanguardia en general.

Muy probablemente es posible que cada Raphael sepa de la existencia del otro, aunque dudo mucho que se conozcan personalmente; el porqué utilizar un nombre artístico tan poco original, al menos así lo entiendo yo, y además recurrente, imagino que habría que atribuírselo al Raphael de la New Age, sabiendo a ciencia cierta que los destinos de ambos estilos musicales no se iban a encontrar en la vida.

Pero hablemos del otro Raphael, en realidad, se trata de Fred Sharpe un estadounidense nacido en Tulsa (Oklahoma) en 1948 y, por tanto, sólo es cinco años más joven que Raphael de Linares. Habla su biografía de que se crió en una orden de monjas benedictinas y eso le permitió conocer muy de cerca la música trascendente, en especial el canto gregoriano y un elenco importante de música clásica.

Por tanto, a partir de ahí inicia su formación musical especializándose en piano, el instrumento polifónico por excelencia, con el conocimiento más científico de la música y su precedente de una infancia casi monástica, ahondó en las propiedades terapéuticas de la música, a la vez que se imbuía de las filosofías orientales, todo ello originó un modo de trabajar la música que hasta ahora estaba casi inexplorado.

La música New Age había adquirido su mayoría de edad, y Raphael en este panorama también era ya un nombre propio. Sus trabajos “Music to dissapear in” I y II, fuero unas geniales propuestas de esa música que tanto me gusta, esa música para desaparecer, para olvidarte del mundo por unos momentos; una música en la que parece hacer un guiño a lo que fue toda su vida y al legado que recibió.

Casi mejoró estos trabajos el disco “Angels of the deep”, una música armoniosa, sin aristas, que a la par de transporta a las profundidades marinas como te envuelve con cantos celestiales femeninos que parecen venir del anhelado paraíso.

Junto con su esposa Kutira, la rubia de la foto, que colabora en sus composiciones, ha creado el sello musical Kahua Records, que pretende ser una ofrenda de bondad a la humanidad, el resurgimiento del espíritu y el éxtasis del cuerpo a través de unas melodías que casi no son terrenas.

No estaría mal que pudiésemos conocer a este Raphael más anónimo.

miércoles, 21 de julio de 2010

LA CORRUPCIÓN POLÍTICA QUE NO PARA

Asistimos en los últimos años de manera cada vez más cotidiana a la extensión de la corrupción en el panorama político de nuestro país. Basta ver o escuchar cualquier noticiario y a buen seguro que nos trae la crónica de algún episodio de este carácter.

Del mismo modo, y como si se tratara de un guión previamente escrito, el político de turno niega la mayor, aquí nadie ha hecho nada, todo son invenciones de los medios de comunicación o del partido opositor.

Lamentablemente, para el ciudadano de a pie esto se está convirtiendo en algo tan habitual que ya casi le damos de lado, le prestamos cada vez menos atención, y al final, muy al final de todo, cuando se descubre el pastel, ha pasado tanto tiempo que el político ya se ha asegurado una salida airosa.

Por supuesto, rara vez se observa que un político dimita como medida de decoro, higiene y decencia públicas (en nuestro país la palabra “dimisión” parece estar desterrada del vocabulario), y menos aún que admita la verdad. Haciendo un símil deportivo, es como cuando un deportista de dopa, cuando se destapa el dopaje, todos tienden a eludir la realidad y mienten claramente a través de subterfugios y vericuetos indignos que terminan por dilapidar los antiguos méritos que hubieran adquirido. En este sentido el marchador granadino Paquillo Fernández es un ejemplo de lo que se debe hacer cuando has metido la pata, pues la alta competición es muy dura y exigente, física y mentalmente.

No, no puede ser que cada caso de corrupción política, o lo que es lo mismo, valerse de una posición pública para el lucro privado, se quede siempre en entredicho. O lo que es peor, que estemos ya tan acostumbrados a esto que ni nosotros mismos le demos la trascendencia que esto tiene. La corrupción es algo deleznable, ruin, rastrero, y que merece una pena mayor que la que actualmente se impone: jugar con el dinero público de esa manera es materia casi criminal. ¿Cuántos puestos de trabajo se podrían crear con todo ese dinero desviado a lo largo de la historia en nuestro país?, ¿cuántas vidas humanas se salvarían destinando esas ganancias ilícitas a hacer más hospitales, mejorar nuestras carreteras, generar más infraestructuras…?

Y, me planteo algo más, ¿cuánta de la corrupción existente es la que conocemos?, ¿estamos ante un enorme iceberg del que tan sólo vemos la punta? Ese es el problema, que como se suele decir “cuando el río suena agua lleva”, y nos enteramos de la misa la mitad. Si es cierto que toda persona tiene un precio, las regalías y prebendas a las que se someten los políticos pueden ser tantas y tan cuantiosas, que imagino que a no pocos les debe resultar un serio examen ético y de conciencia, en el que se debaten entre sus principios y una solución fácil para su vida. Sobre todo, si como los crímenes perfectos, que los hay, le garantizan que no dejará ninguna huella, nunca llegaremos a conocer estos. Eso, o ser una persona que se viste por los pies y que prefiere dormir tranquilo, por encima de una suma de dinero u otro presente o favor, llámese como se llame.

Tuve la suerte hace unos años en mi luna de miel en la República Dominicana de reencontrarme con un viejo amigo de mi época estudiantil que trabajaba en ese país para la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), y me comentaba que en América Latina era tan común la corrupción que la principal razón por la que los ciudadanos votaban a sus políticos en función del que pudiera ser menos corrupto, asumiendo que todos lo eran; hasta el punto de que el que gobernaba quitaba de un plumazo a todos los trabajadores de la Administración pública y colocaba a los de su bando.

No quiero pensar que en España lleguemos a una situación de desidia y banalización tal, que nos la traiga al pairo si algún fondo que otro va a parar a quien no debe por hacer estos o aquellos favores. Porque a ver si vamos a tener que evaluar qué partido es el que está menos corrompido para votarlo como ocurría en la República Dominicana.

Y, por supuesto, lo mejor que pueden hacer todos los partidos políticos es callarse, porque el que más y el que menos tiene trapos sucios en su entorno, y a ver si de una vez se acostumbran a dimitir, o a echar directamente a esos que meten la mano donde no deben, sería una medida de higiene democrática que los ciudadanos agradeceríamos sobremanera.

viernes, 9 de julio de 2010

COLECCIONAR PLATILLOS, RARA COSTUMBRE VERANIEGA

Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, cuando aludía a los juegos que lleva consigo cada estación del año. Uno de los que recuerdo con añoranza en mi infancia era el de jugar en verano con platillos (yo los llamo así a los tapones de las botellas, en otros sitios es chapas), a lanzarlos sobre un agujero desde distintas posiciones.

Esto viene a colación porque igual que el verano era una época muy chula para este juego, lo era igualmente para coleccionar esos platillos. Siempre he tenido inclinación a coleccionar bártulos de todo tipo, y también de chico tenía una buena bolsa con platillos de lo más raros, cogidos de bares y chiringuitos de feria. Aquella bolsa se perdió, imagino que mi padre entendió que era basura y la liquidó.

No hace mucho recordé aquel episodio de mi vida y retomé desde cero mi colección de platillos. Nada complicado pues se trata de ir cogiendo o pidiendo en los bares, pubs o sitios donde bebes o beben y decirle que te den las chapas correspondientes, eso sí, rogándole a los dueños que al destapar no deformen mucho el metal.

En apenas cuatro años, seguro que tengo una colección que supera los cien platillos diferentes, lo cual no es un gran orgullo pues es bastante fácil lograr ese número ante la gran variedad de marcas y bebidas que existen en la actualidad, muchas más que cuando correteaba de pequeño por las calles de Linares.

Precisamente la foto (pinchando en ella se aprecian los detalles de las bebidas en cuestión) que he colocado en esta entradilla es de mi propia cosecha, he colocado unos cuantos platillos al azar y ya está, ahí tengo una representación policromada de bebidas populares o no, del variado espectro del mercado actual, sobre todo recogidas en días de verano como este donde nuestro ser se echa a la calle.

La colección la podría hacer más rica, si como hago con los sellos les comentara a los amigos que van de viaje que se acuerden de mí y me traigan recuerdos en forma de platillos. No obstante, esta costumbre que tengo y encomiendo cuando alguien viaja fuera y le encargo sellos, me parece menos edificante, por rara, y porque a lo mejor obligas al amigo a recogerla del suelo o a pedirla si está fuera de otro país, lo cual parece poco higiénico por un lado, o puede descabalgar al camarero de turno.

El hecho de coleccionar no tiene una sola explicación para mí, a veces es que ni tiene explicación. Pienso que al igual que con los sellos, que con cada objeto que se colecciona, hay una historia detrás, casi el ADN de miles de personas, que dieron un lengüetazo o que se tomaron aquella bebida en un día lluvioso, en un día alegre, en el día de su cumpleaños, o celebrando un gol de la selección española.

Desde luego es una colección recomendable para niños, porque en ellos es espontáneo, ¿cuántas veces hemos visto a niños recogiendo del suelo los platillos? Lo bonito viene después cuando en tu casa los ordenas y te das cuenta de que ese trabajillo ha merecido la pena y que en un rato has conseguido varias decenas de marcas.

Cuando madure mi colección y haya alcanzado por lo menos los doscientos ejemplares, prometo buscar un buen álbum donde se puedan apreciar en toda su brillantez y hacer una reseña aunque sea mental de cómo logré aquel platillo tan singular.

domingo, 4 de julio de 2010

"LA GRAN ESTAFA", DE DON SIEGEL

Todo un clásico del cine estadounidense de los 70, que supone una relajada inmersión en la estética de aquella década, con un cierto aire hippy, a través de un trabajo con un guión muy ingenioso y que permite el lucimiento fundamental de su gran protagonista Walter Matthau como Charley Varrick, en un atípico papel para él, de criminal concienzudo y calculador, sin vitola de duro, pero con una fuerza en la pantalla impresionante.

El inicio de la historia no puede ser más atractivo, un grupo de ladrones de medio pelo que se ganan la vida atracando bancos de pueblecitos, para conseguir modestos botines que les mantienen durante unos meses; se encuentran en su última fechoría en la sucursal bancaria de Tres Cruces (Nuevo México) con que logran una cantidad extraordinariamente grande para la entidad del pueblo.

En el suceso son sorprendidos por la policía que consigue matar a dos de los cuatro delincuentes (uno es la mujer del propio Matthau), y a partir de ahí se sucede una trama muy curiosa. Fundamentalmente porque tienen, más allá de eludir a la policía, que luchar contra un enemigo más terrible.

Sí, porque de aspirar a robar una suma de unos 20.000 dólares, se encuentran con casi 750.000 dólares, a todas luces procedentes de la mafia y que se encontraban en ese pequeño banco en tránsito, para evitar sospechas y con el fin de poder ser blanqueado debidamente.

Por tanto, se inicia una singular peripecia paralela de los actores de la trama, la policía por su lado con medios pero sin efectividad, los mafiosos a su manera con un trabajo metódico y limpio y Charley Varrick (Matthau), antiguo piloto de fumigadoras, que tiene que hacer frente a una estrategia para librarse de todos, incluido su compañero de aventuras, obsesionado irresponsablemente con empezar a gastar el botín sin medida y de momento.

A la vista de que Varrick observa que va a ser imposible que pueda estar con el dinero en una nevera durante algunos años hasta que todo se disipe; mueve ficha y la mafia cae en la trampa, llevándose por medio al compañero de fatigas, ahorro para Varrick, y de paso idea un plan para quedarse definitivamente con el dinero, liquidar a los mafiosos, y aparecer como un hombre nuevo, con nueva identidad y con todo una jugosa fortuna para gastar al otro lado de la frontera.

Una frenética última parte de la película, muestra la lucha entre los mafiosos y Varrick, en un cementerio de automóviles, con una singular persecución entre un coche típico norteamericano de esos grandes, y la avioneta pilotada por el protagonista en un inolvidable juego del gato y el ratón.

Un sensacional, entretenido e ingenioso trabajo para su época (1973), dirigido por el gran Don Siegel, que con los medios de hoy se hubiera convertido en un ejercicio cinematográfico sublime, pero que con la ambientación de aquellos años deja un saborcillo muy simpático, pues es un drama que podría calificarse como algo cómico.

No encaja, y eso pasa muchas veces, el título que se le dio en España, “La gran estafa”, porque no hay tal estafa. Tampoco suena bien el título original que era “Charley Varrick”, y quizá hubiera tenido más sentido, “El que roba a un ladrón…”, pero esa ya es otra historia.