viernes, 9 de julio de 2010

COLECCIONAR PLATILLOS, RARA COSTUMBRE VERANIEGA

Creo que ya lo he comentado en alguna ocasión, cuando aludía a los juegos que lleva consigo cada estación del año. Uno de los que recuerdo con añoranza en mi infancia era el de jugar en verano con platillos (yo los llamo así a los tapones de las botellas, en otros sitios es chapas), a lanzarlos sobre un agujero desde distintas posiciones.

Esto viene a colación porque igual que el verano era una época muy chula para este juego, lo era igualmente para coleccionar esos platillos. Siempre he tenido inclinación a coleccionar bártulos de todo tipo, y también de chico tenía una buena bolsa con platillos de lo más raros, cogidos de bares y chiringuitos de feria. Aquella bolsa se perdió, imagino que mi padre entendió que era basura y la liquidó.

No hace mucho recordé aquel episodio de mi vida y retomé desde cero mi colección de platillos. Nada complicado pues se trata de ir cogiendo o pidiendo en los bares, pubs o sitios donde bebes o beben y decirle que te den las chapas correspondientes, eso sí, rogándole a los dueños que al destapar no deformen mucho el metal.

En apenas cuatro años, seguro que tengo una colección que supera los cien platillos diferentes, lo cual no es un gran orgullo pues es bastante fácil lograr ese número ante la gran variedad de marcas y bebidas que existen en la actualidad, muchas más que cuando correteaba de pequeño por las calles de Linares.

Precisamente la foto (pinchando en ella se aprecian los detalles de las bebidas en cuestión) que he colocado en esta entradilla es de mi propia cosecha, he colocado unos cuantos platillos al azar y ya está, ahí tengo una representación policromada de bebidas populares o no, del variado espectro del mercado actual, sobre todo recogidas en días de verano como este donde nuestro ser se echa a la calle.

La colección la podría hacer más rica, si como hago con los sellos les comentara a los amigos que van de viaje que se acuerden de mí y me traigan recuerdos en forma de platillos. No obstante, esta costumbre que tengo y encomiendo cuando alguien viaja fuera y le encargo sellos, me parece menos edificante, por rara, y porque a lo mejor obligas al amigo a recogerla del suelo o a pedirla si está fuera de otro país, lo cual parece poco higiénico por un lado, o puede descabalgar al camarero de turno.

El hecho de coleccionar no tiene una sola explicación para mí, a veces es que ni tiene explicación. Pienso que al igual que con los sellos, que con cada objeto que se colecciona, hay una historia detrás, casi el ADN de miles de personas, que dieron un lengüetazo o que se tomaron aquella bebida en un día lluvioso, en un día alegre, en el día de su cumpleaños, o celebrando un gol de la selección española.

Desde luego es una colección recomendable para niños, porque en ellos es espontáneo, ¿cuántas veces hemos visto a niños recogiendo del suelo los platillos? Lo bonito viene después cuando en tu casa los ordenas y te das cuenta de que ese trabajillo ha merecido la pena y que en un rato has conseguido varias decenas de marcas.

Cuando madure mi colección y haya alcanzado por lo menos los doscientos ejemplares, prometo buscar un buen álbum donde se puedan apreciar en toda su brillantez y hacer una reseña aunque sea mental de cómo logré aquel platillo tan singular.

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