viernes, 28 de diciembre de 2012

SIR TIM O'THEO, AVENTURAS DETECTIVESCAS EN LA INGLATERRA RURAL

Tal vez no sea el personaje de tebeo más conocido de mi generación, yo diría que no está ni en el top 10 quizá ni en el 20, pero me parece una de las historietas más ingeniosas y entretenidas con las que tuve la fortuna de crecer y de enriquecer mi lengua.

Esta historieta es fruto del pincel del historietista barcelonés Raf (Joan Rafart i Roldán), secundado por el guionista Andreu Martín Farrero y un grupo de colaboradores, que comenzó a publicarse en la revista Mortadelo y Super Mortadelo de la Editorial Bruguera en 1970.

Sir Tim O’Theo es un aristocrático vejete, algo gruñón, que vive con su mayordomo Patson y su durmiente perro Marmota en la mansión “The chims” (Las Chimeneas) en la ficticia localidad británica de Bellotha Village. El nombre del mayordomo nos da ya la primera pista de la principal afición de Sir Tim, que no es otra que la de resolver casos policíacos, emulando a su ídolo Sherlock Holmes, de ahí lo de Patson que es un guiño al ayudante de Sherlock, Watson.

La relación que tienen Sir Tim y Patson viene a ser la de una especie de matrimonio bien avenido pero con peleíllas cotidianas de pareja. El principal problema es que Sir Tim es un poco tacaño por no decir que es el más tacaño del mundo, hace décadas que no le paga a Patson y para colmo acuden a diario a la taberna local “El Ave Turuta” a trasegar cervezas y es el mayordomo el que siempre tiene que correr con los gastos.

Para colmo en Las Chimeneas conviven con un simpático fantasma, Mac Latha, cuya principal misión es molestar constantemente a Sir Tim, entre otras cosas con una cornamusa. Mac Latha sólo puede ser visto por Sir Tim y Patson piensa que este está loco cuando lo ve “hablando solo”, lo cual genera situaciones muy chistosas.

En cualquier caso, esta relación señor – mayordomo podríamos decir que es un vínculo inquebrantable, ya que Patson colabora hábilmente en los casos detectivescos de su señor, cuando no es, en muchas ocasiones, la auténtica llave para la resolución de estos.

Avanzando en la historieta aparecerá más tarde un sobrino lejano del Sir, Nikito Nipongo, que ayudará con su ingenio y astucia a resolver muchos casos, pese a que su tito intente siempre preservarlo de la acción.

Capítulo aparte merece la taberna “El Ave Turuta”, pues todos los personajes de la historieta acostumbran a referirse al garito con diferentes sinónimos, “El ave locuela”, “El pajarraco tonto”, “El ave tontuela”, “El pájaro tarado”, “El ave chiflada”, “El ave tontaina”, "El volátil chalado", “El pájaro majareta”…, allí recibe y despacha su propietario Huggins, dispuesto a poner el oído en todos los asuntos que se cuecen en el pueblo. No en vano yo diría que en más del 50% de las historietas aparece esta sede tabernaria.

Sir Tim O’Theo mantiene una desigual competencia con Blops, el gordinflón y bigotudo sargento de policía del pueblo, y es que Blops es un poco tarugo y no tiene habilidad para resolver los asuntos que se le presentan y la fortuna o la habilidad hacen que Sir Tim pase por encima de él y consiga el éxito en la mayoría de las ocasiones. Así que Blops, un incansable aficionado a las novelas de alienígenas y a las cervezas de “El ave tontorrona”, no en vano cae justo enfrente de la comisaría, ve frustrada una y otra vez la posibilidad de ascenso en el cuerpo. De sus escasas habilidades policiales da cuenta el capitán Keyasaben de Scotland Yard que una vez tras otra rechaza las habitualísimas, casi diarias, peticiones por escrito de ascenso de Blops.

Por cierto, Blops tiene un subalterno, Pitts, delgado y enjuto, que pudiera ser algo más hábil que su superior, pero de algún modo, se deja llevar por la torpeza de este y al final se nutre de su propio fracaso y mala estrella. Pitts vive con su puritana hermana Sabina, soltera ésta, y que está colada por Blops, pero este amor no es correspondido.

En Bellotha Village se dan cita toda una serie de convecinos muy característicos que van tomando juego en las historias de forma más o menos habitual, con personalidades muy marcadas, así está el Burgomaestre Bert (el alcalde), un tipo bajito obsesionado porque el pueblo no esté siempre en el punto de mira de los delincuentes y porque sus cuentas estén saneadas y su mujer la Burgomaestra, una especie de alcaldesa en la sombra. Además, se da la circunstancia de que en esta historieta las mujeres suelen ser dominantes y hasta un poco déspotas con los hombres.

El Burgomaestre no verá la paz prácticamente nunca en el pueblo, pues su equipo policial con Blops a la cabeza, ya se sabe cómo las gasta, sobre todo gasta cerveza. Para eso ante cualquier fracaso de Blops responderá arrancándole pelos de su mostacho, y no dudará ni un momento en poner en conocimiento del Sir cualquier caso de cierta enjundia.

También aparecen otros personajes tan hilarantes y simpáticos como la vecina de Sir Tim, Lady Filstrup, cuya profesión es la de programar aburridas fiestas en su mansión a las que el Sir trata de escaquearse. Por cierto que de Lady Filstrup subyace que siente una cierta atracción casi platónica hacia Sir Tim. La Lady tiene un fantasma como mayordomo, Perkins, pero a diferencia de Mac Latha es un tipo educado y correcto al que todos sí pueden ver.

Por otro lado, tenemos a personajes con mayor o menor presencia Chy Watto (el confidente del pueblo), el Dr. Pottingham (el médico), el Coronel Jones, Foody (el cuidador de cerdos, con perdón), MacRhácano (el tacaño multimillonario de la villa), Posting (el cartero), O’Jarabell (el boticario), MacGillicudy (el no siempre exitoso inventor del pueblo).

Sir Tim fue artillero en la India en su juventud junto a Patson y eso hace que tenga un bagaje muy importante y numerosas amistades que, a veces, le permiten viajar a otros confines del mundo a resolver complicados casos, que luego se revelan como asuntos triviales.

Normalmente esa es la secuencia de los hechos, pequeños o grandes casos que se resuelven de forma ingeniosa, pero también aparecen enemigos irreductibles de Sir Tim que pretenden en cada aparición liquidar a nuestro simpático aristócrata, así podremos recordar a Blackiss Black, Pavoroso Pavor, o el Dr. Von Pepen.

Uno de los aspectos que llama la atención en esta historieta es amén de los divertidos casos que se acometen, es como ya se ha visto, la habilidad que tienen los autores para españolizar nombres británicos, algo que se refleja en otros lugares de la villa y sus alrededores, como el Turuting Center (el manicomio), la librería Demam O’Treto, el periódico The Repaper, o el Remoney Bank.

Igualmente llama la atención una especie de jerga propia de los personajes de la historia, que inventan adjetivos digamos que reiterativos de la palabra que le precede y que son tremendamente ocurrentes, tales como tabarra mareante, sucesos retumbantes, furia rugiente, cacos asaltantes, gota pinchante, paseo oxigenante, frigorífico congelante, urgencias apremiantes, incendios chamuscantes, cornamusa incordiante, regodeo carcajeante, tortícolis acogotante, porra machacante, etc.

En fin, ratos muy divertidos pasé en mi infancia con Sir Tim, y ahora recordándolo, y merecía que tuviera su momentillo de gloria en esta humilde bitácora, porque quizá no tuvo este personaje la fama de otras historietas y no veo el motivo. También se trata de un pequeño homenaje el historietista Raf que nos dejó de forma algo prematura hace ya quince años.

sábado, 22 de diciembre de 2012

PONG O LOS TESTIGOS DE UNA NUEVA ERA TECNOLÓGICA

Pues el otro día leí por ahí que se había cumplido el cuarenta aniversario del primer videojuego, Pong, aunque este nombre prácticamente no le diga nada a nadie y sí diga más la foto que ilustra la cabecera de esta entrada. Es decir, el juego de la bolita y las palitas, llámese tenis o fútbol; los niños de principios de los 70 del pasado siglo, estábamos tan locos como los de ahora por el fútbol, así que dábamos por hecho que lo que había en la pantalla era una partida balompédica.

No puedo negar que me trae buenos recuerdos este jueguecillo que, de algún modo, fue el nacimiento de nuestra generación a los juegos electrónicos. Primero fueron los bares, si querías triunfar con un bar y no tenías la máquina instalada al lado de aquella de poner música o la de pinball (que los de mi época también conocíamos por máquina de petacos), mal asunto porque los niños arrastrábamos a nuestros padres allá donde esta maquinita se había hecho fuerte.

El juego lo imaginábamos sofisticado para su época y ahora lo veríamos como un ingenio de bastante simpleza, pues con la cantidad de juegos complejos que ahí ahora, con toda una industria a su alrededor, el programita para diseñar Pong se antoja algo casi nimio, aunque el que lo inventó tuviera su mérito y fuera él y no otro el que lo popularizara, en concreto el estadounidense Nolan Bushnell.

Bushnell y Ted Dabney fundarían Atari, y distribuyeron por medio mundo su simpático juego. Imagino que el éxito alcanzado les inspiró para trabajar en nuevas versiones de Pong, sí porque yo rápidamente vi en los bares que a la teórica pista de tenis le salieron porterías en sus extremos y ya definitivamente era un partido de fútbol, luego de hockey, baloncesto y se incorporaron más jugadores a la pantalla.

Ese éxito trascendió al ámbito doméstico y nacerían a mediados de los 70 las primeras videoconsolas domésticas, que los más afortunados de mis amigos habían conseguido a un precio razonable en Ceuta o Melilla, tal vez porque sus padres o algún familiar habían viajado a ver algún partido de liga acompañando al Linares, C.F.

Y recuerdo agradablemente esas visitas a casa de mis amigos para jugar con la versión ampliada de Pong, donde se ofrecían si mi mente no me falla hasta doce variantes del juego, cada vez más logradas y entretenidas. Eso sí, para poder instalar el juego, había que hacerlo a través de una maraña de cables, y tener un sitio espacioso para la consola en sí, porque era un auténtico armatoste.

Pues ya digo que los niños de mi época comenzamos a conocer de forma natural los videojuegos y no recuerdo cuándo vi por primera vez la máquina en los bares. Lo que sí tengo es un episodio vivísimo de mi vida infantil y es la vez en que una mañana de fin de semana o día festivo, mi abuelo materno que debería estar pasando una temporadilla en mi casa, me llevó con él a dar una vuelta por el centro de Linares. Mi abuelo nunca fue muy aficionado a los bares, pero ese día coincidió y entramos en el Bar el Ascensor (Pasaje del Comercio esquina con calle Baños), y allí estaba la máquina con su aparatoso armario de madera, así que mientras él se tomaba algo, yo conseguí una moneda, imagino que un duro, para jugar a Pong y luchar contra ese rival tan odioso como era su pequeña computadora interna.

Esto me hace acordarme aún con más emoción de este abuelo mío, que lo conocí siempre viejo, pero con una robusta salud, con setenta años (que fue cuando me llevó a aquel bar) era un chaval, con ochenta venía con nosotros a la aceituna, con noventa se daba sus vueltas con los amigos en la calle… y se fueron muriendo sus amigos, y él seguía sanote haciendo sus rutinas. Y llegó a los cien y le celebramos una fiesta centenaria, y pasó más tiempo, tanto que muchos amigos me preguntaban después de aquello, “bueno, ¿qué pasó con tu abuelo?”, pues nada que mi abuelo siguió viviendo. Tuvo el acierto y la potente personalidad de acompañarnos durante ciento tres años y medio. Nos dejó hace ya cinco años pero a buen seguro que vela por mí, porque ambos manteníamos una relación especial.

También, por supuesto, aunque con un cierto regustillo desagradable, uno echa de menos los bares del Linares de los 70, esos a los que ibas con tus padres y en los que estaba terminantemente prohibido pedir bebida alguna, salvo día especial en que tenías la fortuna de ser agraciado con una Fanta o una Puleva de chocolate, así como picar una gabardina de la tapa de tus progenitores. Y me vienen así, a bote pronto, garitos tan tradicionales y familiares como el Taxi, el Tarara, Rhin Bar, Ideal Bar, los Gorditos o la Marina.

Bueno, pero continuando con el asunto lúdico, el juego de la bolita y las barras supuso el pistoletazo de salida para la revolución tecnológica en el mundo de los juegos a través de una pantalla, sí porque por entonces ni existía la palabra videojuego, ese nuevo concepto vendría con el nacimiento de una industria fabulosa que surtió y surte de juegos a niños, jóvenes y mayores.

Es evidente que cuando digo mayores lo hago con conocimiento de causa, a mí me siguen gustando los juegos de ordenador y juego de vez en cuando, aunque la sofisticación de los actuales y la falta de tiempo para familiarizarme en su manejo, me han hecho quedarme un escalón por debajo de lo que se cuece en el mercado.

Por supuesto, yo estuve al pie del cañón en ese nuevo escenario lúdico, porque prácticamente con el desarrollo de las máquinas de juegos, surgió un local en Linares destinado a esa nueva oferta, los legendarios Billares París, el paraíso de las máquinas recreativas, adonde acudíamos en tropel todos los niños y niñas de Linares sobre todo los fines de semana. Era nuestra salida preferida, los domingos después de misa, a pasar unas horas viendo los nuevos juegos, no hacía falta ni jugar (que alguna partidita echábamos), nos conformábamos con ver a los ases y virtuosos que se daban cita en ese céntrico, amplísimo y bullicioso punto gravitatorio linarense. Los Billares París se hicieron de oro, y traían las novedades con suma rapidez, así que estuvimos siempre al día y fuimos testigos de excepción de esta nueva era tecnológica. También murieron en su originaria ubicación de la Corredera de San Marcos, porque los salones recreativos no resistieron el empuje de las videoconsolas domésticas y los juegos de ordenador.

sábado, 15 de diciembre de 2012

"NADIE ES MÁS QUE NADIE", DE MIGUEL ÁNGEL REVILLA

No tenía una idea acertada de quién era Miguel Ángel Revilla, el que fuera presidente autonómico de Cantabria, más allá de sus intervenciones en el programa de Andreu Buenafuente y su estilo llano y jocoso, aderezado con su fama de ser un magnífico divulgador de su tierra, con latas de anchoas por estandarte.

Pero, en todo caso, tenía un buen concepto de este tipo, gracioso, un tanto singular y que me despertaba alguna sonrisa en esas noches “buenafuentescas”. De esa gente con la que te gustaría conversar durante tardes y fines de semana completos, porque tiene batallitas para dar y regalar, y para hacer amena cualquier tertulia.

Con esos ingredientes me dispuse a seleccionar una lectura para el pasado puente de la Constitución y me atrajo el libro de este personaje por quien era, por el título sugerente de “Nadie es más que nadie” y por la foto de portada que es la del propio Revilla calzando unas albarcas al rey Juan Carlos.

El libro empieza con una breve biografía de Miguel A. Revilla, para centrarse en su experiencia y vivencias políticas y su relación con las más altas esferas del poder en nuestro país, desde el Rey, Zapatero, Aznar…, hasta Botín, el presidente del Banco de Santander. La última parte del libro es una especie de ensayo acerca de la crisis económica, la corrupción y el rol de los políticos en España.

Ya digo que no sabía gran cosa de Revilla y lo que llama la atención es que tras esa apariencia de hombre llano, hay una persona que no es ni muchísimo menos cazurra. Vivió sus primeros años en una zona rural y se crió como un niño más con las dificultades y estrecheces de los años 40 y 50 del pasado siglo, entre otros detalles pastoreando ovejas a muy corta edad. A los once años sus padres se trasladan a vivir a Santander, y tras una educación básica normal y una enseñanza media mediocre, termina por convencer a sus padres (que trabajaban ambos, con sueldos discretos) para que lo envíen a Bilbao a estudiar Económicas. Allí será un estudiante brillante, e incluso se da la circunstancia de que el destino le deparase que entablara amistad por razones de estudio con el que fuera fundador de ETA Xabi Echevarrieta. Terminada su carrera con honor, el mercado laboral se le abre en canal y su ascensión es meteórica, llegando a ser alto cargo del Banco Atlántico y profesor universitario.

Posteriormente su reivindicación de autonomía para Cantabria, desgajándola de la tradicional organización territorial que la señalaba en Castilla la Vieja, supuso su encumbramiento a la política, donde encontró su verdadero sitio, pues el libro no para de hacer constantes guiños a su lealtad a la política y a su vocación por serlo desde la defensa de los intereses de su tierra.

Y a partir de ahí comienza la parte más simpática y graciosa del libro, pues construye la personalidad de gente influyente de nuestro país a través de sus vivencias, encuentros y conversaciones. Creo que es de las pocas veces en que he tenido la posibilidad de comprobar cómo son los políticos desde el plano personal, porque una cosa es lo que la televisión nos muestra y otra bien distinta cómo son en realidad. Su relación con Zapatero ofrece muchas luces sobre la intrahistoria de este controvertido presidente de nuestro país, pues para Revilla es una persona honrada (lo califica de bisoño honrado), profundo demócrata, perfecto encajador de las críticas y buena persona, que tuvo la mala fortuna de estar mal rodeado por subalternos mediocres. En este sentido, Revilla es particularmente duro con José Blanco, quien fuera ministro de Fomento, porque tras firmar un protocolo para la llegada del AVE a Cantabria, vía Palencia, este se quedó en agua de borrajas.

De Aznar no le quedó un grato recuerdo, primero porque es tremendamente crítico con su decisión de llevar a España como una de las banderas de la guerra de Irak y, en segundo lugar, porque en sus encuentros con el vallisoletano, este fue muy frío, ausente y casi estúpido.

Particularmente simpática es la relación que le une con don Juan Carlos, y que confirma lo que mucha gente conoce, que nuestro rey es una persona normal y corriente, como tú y como yo, que le gustaría en más de una ocasión quitarse la careta de monarca y disfrutar de la vida sin la presión de ser un personaje público y con altas responsabilidades. Sus anécdotas y episodios con nuestro rey son muy graciosos y reiteran lo que más o menos todo el mundo percibe.

Mención especial merece su singular modo de hacer política, la de la defensa, entiendo que más que honrada, de su tierra, por encima de los condicionantes de los dos grandes partidos nacionales, cuyos representantes son capaces de darle la espalda a su provincia o a su pueblo antes que quebrar la disciplina de partido. Todo un gesto que tiene más impacto que el propio detalle, es el hecho de que siempre lleve de viaje unas bolsas con productos cántabros, lo cual no sólo da publicidad sino que impresiona agradablemente que un presidente de una comunidad autónoma sea el principal emisario de las virtudes de su tierra, no todos lo hacen así y debieran reflexionar.

Igualmente es necesario detenerse un ratito, al hilo de su filosofía de afrontar la política, en su idilio con los taxistas, pues también con honradez y buen criterio ha entendido siempre que lo más barato y rápido para acudir a sus citas fuera de Cantabria, es coger el avión y luego desplazarse en taxi como un ciudadano más, es decir, eludiendo el cómodo y más costoso uso del coche oficial. Eso de llegar, por ejemplo, a La Moncloa en taxi le ha proporcionado numerosas anécdotas, y los taxistas madrileños especialmente, están encantados con él, hasta el punto de que ha llegado a ser homenajeado por estos, y han tenido que hacerse sorteos para ver quién era el afortunado que hacía el servicio a Revilla. ¡Cuánto tendrían que aprender muchos políticos, sobre todo los que no son nadie, de gente honesta como Miguel A. Revilla!

Al igual que esa declaración de intenciones que es la de pasar del coche oficial, no menos potente es su decisión de no llevar escolta nunca, aun cuando ha sido una persona en el punto de mira de ETA. Se considera cántabro y español, y aun con algún disgusto que otro, eso le ha hecho enfrentarse abiertamente con los abertzales. Aprovecha para ser crítico con la justicia, pues tuvo que enfrentarse a un chorizo de esos por insultos, y cuando fue el juicio el delito había prescrito y los proetarras se rieron literalmente en su cara.

Revilla no se esconde en el libro y también entona el mea culpa, pues su verbo rápido y su naturaleza extrovertida, le han llevado en algunas ocasiones a meter la pata, ya sea por la oportunidad que ha tenido de relacionarse con gente de alto rango, o porque a veces ha filtrado detalles privados de eventos sociales donde esa gente se baja a la arena. Sin duda, episodios en los que solté alguna que otra carcajada que hacen que este tío sea muy grande, de verdad.

La última parte es una especie de ensayo, sesudo y bien madurado, en el que explica las razones de la crisis y cómo se moja dando soluciones para salir de la misma; no olvidemos que es una persona con sobrada experiencia y cualificada en la materia, vamos, que no es un mindundi.

Del mismo modo, a través de sus andanzas se destila que estamos ante un político atípico, pero porque hace las cosas que un ciudadano vería correctas y justas en cualquiera que tiene la responsabilidad de representarnos. Entiende que la corrupción y la falta de perspectiva u honradez de algunos políticos (cree que son los menos, pero hacen mucho ruido), que han olvidado que están ahí gracias a la confianza del pueblo, hace que todos estemos en contra de la clase política, especialmente en esta época de depresión, en la que la mayoría nos ajustamos el cinturón, sobre todo la amplia clase media española entre la que me encuentro, y los políticos parece que son una élite inaccesible y algo ajena a lo que sucede.

Pues de ahí el título de su libro “Nadie es más que nadie”, porque pese a la condición social o el lugar notable en el que se pueda encontrar una persona, no debiera haber privilegios o distinciones, y sin embargo, las hay..., y parecía que la dictadura había muerto hace cuarenta años.

De lectura ágil y apasionante, lo devoré en apenas unas horas y confieso que los amigos a los que se lo pasé tuvieron semejante necesidad que yo de pasar hojas con inusitada avidez.

Muchas gracias señor Revilla por ser como es, por su honradez y por habernos permitido conocer algo más de su vida y de sus experiencias. Gente como Vd. es la que necesita España.

domingo, 9 de diciembre de 2012

"EL HOMBRE DE HIERRO", DE ANDRZEJ VAJDA

Adentrarse en la historia contemporánea de Polonia, de cómo se pasó de un régimen comunista dictatorial y represivo a otro democrático, es la historia de la lucha obrera, de la protesta masiva de los trabajadores de los astilleros de Gdansk, pidiendo mejores condiciones de trabajo, en una ofensiva que estaba presente en todos los telediarios de principios de los 80 del siglo pasado y donde se encumbró la figura de un líder sindicalista llamado Lech Walesa.

Probablemente el documento gráfico que mejor represente lo que sucedió en aquellos convulsos años es la película que hoy traigo a colación, “El hombre de hierro”, una singular producción que el director de la misma, Andrzej Vajda, hizo a poco menos de un año de los acontecimientos, por lo que su valor histórico es innegable y ayuda a comprender de forma certera cómo ocurrieron los hechos que supusieron para Polonia un punto de inflexión en la historia reciente de este país.

Sin duda, no estamos ante la mejor película polaca de la historia (El Decálogo de Krzysztof Kieslowski mediante), pero intentar ahondar en ese episodio tan importante para el devenir histórico de Polonia sin visionar esta cinta es casi un sacrilegio.

Por cierto que para aquellos que se llaman y ejercen de sindicalistas de las altas esferas, los que llevan Rólex de oro y esas bagatelas, no estaría mal que dieran un repaso a películas como esta, porque dan pistas sobre lo que es una acción sindical auténtica y no una imposición, de todo punto errónea, como son las huelgas generales, que a la vista está que no tienen éxito desde dos vertientes, en mi opinión, primero porque no es seguida por una mayoría de peso ni sirve para cambiar nada, y en segundo lugar, porque abusar de un recurso tan extraordinario como es el paro global durante un día en un país (ni me acuerdo las que hemos tenido en los últimos cuatro años) termina por cansar a la gente y se vuelve en contra de los que lo promueven.

Pero bueno, esa es harina de otro costal. En la Polonia del sindicato “Solidaridad” y de las huelgas en los astilleros de Gdansk en 1980 se traslucía un sentir general de los trabajadores, de las familias, del pueblo en general; no había duda, era una lucha por las condiciones laborales, pero también era una reivindicación de un cambio de régimen, y surtió efecto.

“El hombre de hierro”, cuyo título original es “Czlowiek z zelaza” es una historia, casi documental, en la que a un profesional de la televisión se le encarga, más bien se le conmina desde el régimen, para que acuda a Gdansk a preparar un trabajo que tiene como objetivo desmontar y vilipendiar la figura de uno de los activistas obreros más beligerantes, Maciek Tomczyk, para mostrar que la lucha obrera era un instrumento para que los maleantes y antisociales hicieran su agosto.

Sin embargo, Winkel, el productor televisivo, al adentrarse en la figura de Tomczyk descubre que no hay más que convicciones puras y de peso, de cambiar una injusticia por una realidad social más favorable a los obreros y por no ceder ante las maniobras gubernamentales. Tomczyk lucha con valentía desde la memoria de su padre, que fallecería unos años antes en otra protesta obrera, y sabe no sin dificultades cómo llegar al pueblo, cómo impregnarlo de su espíritu. Winkel, a propósito, también terminará por retractarse y abandonará, por injusta, la misión que le han encomendado, aun a riesgo de sufrir represalias.

La lucha obrera se convierte también en un laberinto personal, Tomczyk debe construir su vida desde el referente paterno, no sin algunas reservas morales, y lo hace arrastrando a todos sus seres queridos. Es, por tanto, también la semblanza de una historia familiar insuflada por el fervor sindical y la defensa de unas ideas sacrificando otros valores que para un joven debieran estar por encima.

La película tiene muchos saltos al pasado, absolutamente necesarios para comprender cómo la figura protagonista del sindicalista llega a ser una pieza clave en la lucha obrera de los astilleros de Gdansk. Todo un oficio de remembranza que también goza de gran valor pedagógico.

Pero sobre todo el valor intrínseco de esta producción es el momento en que se llevó a cabo, con los rescoldos de la huelga en Gdansk y buena parte de la comunidad internacional mirando a ese puntito de Polonia donde emergía ya la figura de un bigotudo Walesa; lo cual le supuso al director de la película algún otro quebradero de cabeza, cuando ya el régimen comunista empezaba a desinflarse gracias muy especialmente a la presión social de grandes sectores de población.

Un Walesa que, como dato curioso, aparece en la película haciendo de él mismo, no podía ser de otro modo; y que es la punta de lanza de las negociaciones obreras. Walesa se convertiría en la realidad en un referente para el sindicalismo de su momento, y es triste que se le haya olvidado tan rápido. No hay que pasar por alto que habrá sido de los pocos dirigentes sindicales que ha llegado a ser presidente de su país, y lo hizo entre 1990 a 1995, y como a muchos políticos el poder lo desgastó y perdió muchos apoyos populares al final de su mandato, pero eso es algo con lo que conviven los políticos, que se queman muy rápido.

Por cierto, en la película también se revela la gran religiosidad que inunda al pueblo polaco, es impresionante ver cómo los obreros en mitad de sus protestas, siempre tienen tiempo para la oración, todo se para, es como si hubiera un paréntesis y esos momentos son respetados por todos; la verdad es que conmueve.

En fin, una película que sin ser redonda, y en algunos momentos, un poco deslavazada, se compensa con los detalles históricos que tiene y con una enseñanza sindical honesta, con la que me quedo.

domingo, 2 de diciembre de 2012

"VIVA EL SÁBADO" Y JOSÉ RAMÓN PARDO

Llevo ya un tiempo dándole vueltas a mi cabeza, pensando qué le falta a mi blog; desde luego muchas cosas, porque no deja de ser una apuesta personal en la que escribo de lo que me gusta, es decir, primero escribo por mí aunque suene un poco egoísta, y luego escribo por si a alguien le puede interesar. De ahí lo limitada que pueda ser mi perspectiva y los artículos un poco raretes que saco.

Pero como decía, creo que me faltaba algo por escribir; en el apartado de etiquetas aparecen los temas sobre los que trato y he decidido incorporar uno más, que tal vez sea el último y definitivo, se trata de la etiqueta “radio”, sí porque a lo largo de mi vida y de la vida de muchas personas, hemos estado en contacto con la radio, con programas que han formado parte de nuestro desarrollo, de nuestra rutina, de nuestra cotidianidad, y de los que guardamos gratos recuerdos.

Voy a empezar con uno de los mejores programas de música que se han hecho en la radio española, con un formato simpatiquísimo y en una época donde en la radio todavía se podían hacer buenos programas, de calidad, sin tener que mirar necesariamente la cuenta de resultados.

Pues el programa en cuestión al que le dedico esta humilde y primera reseña radiofónica es “Viva el sábado”, que presentaba y dirigía el experto musical José Ramón Pardo en Antena 3 de Radio. No tengo constancia de cuándo se comenzó a emitir el programa (probablemente por 1983-1984), porque cuando yo lo descubrí ya llevaría tiempo funcionando, y mi hallazgo fue allá por 1988.

Por aquel entonces Antena 3 de Radio se había convertido en la radio estrella para muchos sectores de población, particularmente para los universitarios entre los que me encontraba; se trataba de una radio ágil, abierta, entretenida, bastante liberal y no excesivamente parcial. Y yo la escuchaba de fondo mientras me peleaba con mis libros de la carrera.

Todos los sábados el programa empezaba a las 9 de la mañana y se extendía hasta la 1 de la tarde a nivel nacional y hasta las 2 para la provincia de Madrid; tenía un formato absolutamente maravilloso e improvisado a la vez. José Ramón Pardo proponía como regla una palabra clave para cada programa y los radioyentes llamaban para sugerir hasta un máximo de cinco canciones que contuvieran en el título esa palabra. Como es obvio los temas musicales eran de lo más dispares, podían ser de cualquier género musical: clásico, jazz, pop. rock, salsa, flamenco, disco…; y José Ramón Pardo tenía que valerse de las sugerencias de los oyentes para poner en antena algunas de las canciones que se iban anotando. De ahí surgía la improvisación y lo interesante de este formato, con los mimbres que le iba proporcionando la audiencia, José Ramón debía construir su programa y, como es obvio, cabía todo y, en ese sentido, el programa podía dar giros insospechados, lo mismo venía una canción heavy que algún tema interpretado por un soprano.

En ese ínterin, era innegable que uno se aprestaba a escuchar el programa de cada sábado sin saber qué canciones se pondrían, qué maravillas y sorpresas nos depararía esa mañana sabatina. A todo esto, para poder hacer un programa con este singular esquema tenían que coincidir dos magnitudes muy sólidas, por un lado, la increíble cultura musical de José Ramón Pardo, al que prácticamente era imposible pillar en un despiste, es decir, que se sabía toda la música habida y por haber, por raros y rebuscados que fueran los temas que se le sugerían, y es que a veces había expertos musicales de toda España que sabían mucho de música y entonces no había las herramientas que todos conocemos. Y por otro lado, para poder desarrollar el programa en condiciones y, considerando las limitaciones de una emisora hace veinticinco años, donde no había Internet y sólo había vinilo, Antena 3 de Radio en su sede central de Madrid debía tener una fabulosa discoteca perfectamente organizada para poder encontrar el material discográfico con rapidez, a veces bastante rebuscado como digo.

Bueno, obviamente con las cinco canciones que como máximo podían señalar los oyentes, en antena se podían poner entre un 10 y un 20% de lo sugerido, muchas canciones se quedaban en el tintero, pero José Ramón Pardo tenía buen gusto y hacía que el programa fuera dinámico y fresco, haciendo una selección variada de estilos, gustos musicales e incluso épocas.

Había ocasiones en las que la palabra propuesta era de tal calibre que no permitía mucho juego, y ese porcentaje de entre el 10 – 20% se elevaba, puesto que los oyentes no daban con más de una o dos canciones que contuvieran esa palabra en el título. Para esos programas donde las sugerencias escaseaban, José Ramón siempre tenía en la mochila varias canciones para dar cobertura a las horas que duraba el programa.

Aparte del atrayente formato, José Ramón Pardo destilaba simpatía, bonhomía, cercanía, tenía una voz que sonaba a que era muy buena gente, de esos que nunca se pelean con nadie.

Era posible escuchar en mitad del programa alguna cuña genial y ocurrente de “mis amigos” de Gomaespuma, a los que en su momento dedicaré también una entradilla en esta humilde bitácora.

Una vez al mes dedicaba el programa a los “favoritos”, en ese programa o bien la gente llamaba por teléfono o había escrito una carta previamente solicitando un tema musical que podía ir desde esa canción que era la favorita de tu vida, o bien alguna otra que escuchaste alguna vez y que no habías vuelto a oír jamás. Ese programa también resultaba ser muy interesante porque a alguna gente le hacía sentirse feliz.

A mí me ocurrió, yo llevaba muchos años sin escuchar una canción que cuando era pequeño (como ocho o nueve años) oía hasta la saciedad en las radios comerciales, pero que después se difuminó y nunca más se supo. Tenía en mi mente una idea cercana de cómo se llamaba pero no sé cómo sonaba aunque sí recordaba que de chico me gustaba cantarla mucho, ahora con Internet hubiera sido tan simple como darle al clic. Yo escribí la carta a José Ramón Pardo y comentaba que la canción era Silver girl o Silver lady, cuyo intérprete era el conocido actor David Soul (Hutch en la serie policíaca Starsky y Hutch).

Tuve la fortuna de que aquel sábado frío en Granada, estando todavía en la cama, el programa se inició con la lectura de mi carta, mi nombre estaba siendo escuchado en toda España, y la canción me iba a hacer feliz; casi no me dio tiempo a encender mi radiocasete para grabar mi momentillo de gloria, ya no tanto por la difusión de mi carta, sino porque volvería a escuchar a David Soul con su canción Silver lady (Chica de plata), sería el año 1989 (ya ha pasado otro porrón de años). Ya nunca se me ha ido de mi mente esa canción, puedo tararearla perfectamente, como tampoco podré borrar aquel sábado en el que José Ramón Pardo dijo mi nombre. Supongo que tuvo buenas razones para sacar mi carta la primera del programa, quizá porque coincidía conmigo en que había sido una canción muy popular y que había caído rápidamente en el olvido.

El programa dejó de emitirse en 1991 y José Ramón Pardo, como buena fiera radiofónica, sigue en activo e imagino que seguirá hasta que sus fuerzas se lo permitan, porque habrá pocos en España con tanta sapiencia musical.

Como colofón, he de decir que hace pocos años, con ocasión del Bicentenario de la Batalla de Bailén en 2008, José Ramón Pardo visitó mi localidad de residencia, acompañando y colaborando con la locutora Pepa Fernández que hacía y creo que hace áun el programa de los sábados y domingos por la mañana en Radio Nacional de España. Tenía que ir a verlo, el programa se emitía en directo, desde la Casa Consistorial bailenense, y me tenía que congratular con José Ramón, verlo y estrechar su mano. Así lo hice, cuando terminó el programa lo saludé, le recordé aquella carta que obviamente era imposible que la recordara, pero sí le felicité por aquel programa, charlamos un momentillo de la canción de David Soul que él conocía a la perfección. La breve conversación que mantuve con él me confirmó que era un tío majísimo y que, un poco a su manera, hizo que muchos españoles amáramos un poco más la música.