domingo, 27 de noviembre de 2016

FLËUR, O EL ECO DE VOCES ENSOÑADORAS QUE LLEGAN DESDE UCRANIA

Si la música es belleza, que lo es sin lugar a dudas, Flëur representa ese estado, esa cualidad que nos acerca a la perfección, esa que en términos musicales nos llega al oído y nos produce un placer indescriptible.

Este grupo es ucraniano aunque sus temas son cantados en ruso, pero nos tiene que dar igual, ya lo he resaltado varias veces, que pese a que nos hemos acostumbrado a escuchar la música en inglés (y lógicamente en español), ni siquiera atendemos a las letras, las chapurreamos, tarareamos, pero no sabemos muchas veces qué dicen; por tanto, a los mismos efectos nos tendría que dar lo mismo que la letra sea de un idioma del que no tenemos ni idea. Sí, ciertamente se puede perder mucha poesía y muchas evocaciones en la música cantada si no conocemos el idioma, pero tampoco podemos rizar el rizo, yo no lo hago, escucho música y si la letra está bien integrada y me gusta, la escucho con gusto y no dudo que se dirán cosas muy bonitas, es que de lo contrario tendría que estar aprendiendo varios idiomas a la vez y esa sería una tarea inabordable.

Y eso es lo que tiene Flëur, que sus canciones son muy bonitas, una belleza muy poco accesible para el gran público por su procedencia, o sea, no esperen oír nada de este grupo en una cadena de radio comercial en España, simplemente porque son de Ucrania, no es justo, pero ya se sabe, esto está así marcado. Y yo soy un firme defensor de lo no convencional, basta que te salgas un poco de los circuitos masivos que no son garantes de calidad precisamente, para que puedas hallar la excelencia.

Flëur hace una música sencilla, sin gran exceso de instrumentos, intenta crear un correcto equilibrio entre voces y sonido ambiental, pero también es cierto que las voces no son más preponderantes que la música y viceversa. Es decir, desean que la música se oiga, que envuelva, que capte de principio para engancharnos con lo que se cuenta.

Tengo el gusto de traer aquí este grupo que se trata de un proyecto femenino y es cierto que en este blog en cuanto a música y al resto de etiquetas es mayoritariamente masculino, pero no lo hago adrede, busco lo que me gusta y comento lo que me gusta, el sexo para mí es secundario; si se trata de mujeres, pues me alegro, porque es cierto que porcentualmente saco más temas masculinos que femeninos, sin que tenga una tendencia voluntaria, sale y ya está, y así seguiré porque no deseo estar sujeto a cuotas irreales.

Y es que la historia de este grupo encierra también ciertos tintes emotivos, pues se formó cuando Olga Pulátova y Elena Voynaróvskaya se conocieron en Odessa en 1999, una de las grandes urbes de Ucrania; ambas tenían formación musical y, de hecho, ya habían hecho sus pinitos en alguna que otra banda, pero algo las unía, la poesía. Así gracias a ese nexo, idearon unir sus dos vocaciones y una especie de fraternidad de almas para dar rienda suelta a sus pasiones con una música especial, y lo consiguieron.

Poco a poco, Olga con el piano, Elena con su guitarra, y ambas con sus voces, entretejen su tela y pronto se unirá la flautista Julia Zemlianaya y un poco más tarde la violonchelista Ekaterina Serbina y los baterías Alexei Tachevski y Vladislav Mitsovski; empezarán a tocar composiciones de Olga a nivel un tanto aficionado, pero en lugares de lustre, así que en cada gran actuación que tuvieron en el 2000 consiguieron grabar dos álbumes en directo, y ya empezaban a ser muy reconocidos en Ucrania.

Claro, la propuesta era muy rompedora, por un lado, música New Age, o sea, el resultado que quedaría si elimináramos las voces, pero a la par se fusiona con música étnica ucraniana y rusa, algo de estilo neogótico y un poquito de rock, y unas voces angelicales.

El bombazo fue de tal impacto que el eco llegó a una discográfica francesa llamada Prikosnovenie, una modesta discográfica especializada en World music, músicas ambientales y sonidos de relajación, que encontró oro puro en una batea, la del panorama musical, rellena de mediocridad. Así que en 2001 empieza un idilio musical con este sello y en 2002 ve la luz el disco Прикосновение, la transcripción literal del nombre de la discográfica en caracteres cirílicos.

A partir de esa fecha fueron incorporando a otros músicos e instrumentos musicales, incluso sintetizadores; músicos que han ido entrando y saliendo en el proyecto con sucesivas sustituciones. Sus primeros discos son los que tienen más esencia, y es que por su mayor implantación en Rusia y Ucrania, con cierto éxito, han ido adaptando ligeramente sus melodías hacia el pop, pero sin perder sus rasgos propios.

El porqué del nombre Flëur no está muy claro, no significa flor (la traducción desde el francés si quitáramos la diéresis), pero ya sabemos que son ucranianos y parece ser que es un juego de palabras que se podría traducir como «halo de misterio».

Después de prácticamente una década de producciones diversas con el sello francés, últimamente han vuelto a sus orígenes y ahora se graban ellos mismos en Odessa. Siguen teniendo mucho éxito allí, pero ahora su aventura es más personal, son como los guías de su destino, aparte de producirse sus discos, no se someten a aspectos comerciales y sus conciertos están meditados, sin giras asfixiantes. Se dice que el precio de sus actuaciones varía según el número de asistentes, no sé cómo irá el sistema pero suena bien eso de que pagues en función de la demanda existente.

No le demos más vueltas, Flëur es un grupo muy bueno, pero muy desconocido, tentemos un poco la suerte y perdámonos en sus melodías.

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL KORFBAL UN DEPORTE-JUEGO HOLANDÉS... Y CATALÁN

¿Korfbal? Korfbal. Dudo que haya mucha gente que conozca este deporte, en España y en el mundo, salvo algunos países, muy pocos, donde se practica con cierto interés... y, sin embargo, se mueve.

Sí, porque el korfbal, escrito así con una «l» puesto que es una palabra de origen neerlandés y que significa algo así como baloncesto, es un deporte-juego que curiosamente ya se practicaba en España hace varias décadas, y yo tuve oportunidad de ver alguna que otra competición escolar en la tele cuando era niño, retransmitida por aquellos míticos programas de TVE «Camino del récord» o «Torneo», de los que alguna vez intentaré hablar en esta bitácora.

Una doble noticia ha supuesto la reciente celebración del Europeo de este deporte en la cuna de esta disciplina, en Holanda, y concretamente en Dordrecht, porque por un lado, la selección holandesa ha conseguido enlazar cien victorias consecutivas internacionales en partidos oficiales (y de hecho yo pude conocer la noticia en las Redes dado que coincidía con otro logro centenario, el del número de partidos consecutivos ganados por el F.C. Barcelona en la Liga Asobal), y por otra, porque Cataluña ocupó el tercer puesto de la clasificación final.

Me interesa más la primera noticia que la segunda para dar pie a esta entrada, aunque también haré mención a la otra. El fantástico logro de Holanda en el korfbal implica un dominio absolutísimo, porque de sus ciento treinta y un partidos celebrados a lo largo de la historia, solo perdió uno en 1991 ante la otra potencia de este deporte, Bélgica, y ya está, es decir, que a partir de esa fecha ya lejana, los holandeses han encadenado una racha victoriosa de cien triunfos y, por supuesto, abierta.

El korfbal es un deporte que por su configuración y reglas está bastante asociado a la escuela, al deporte escolar, porque aun siendo un deporte es sobre todo un juego, un juego con balón de los muchos que se pueden practicar en el cole.

Creado por el maestro holandés Nico Broekhuysen a principios del siglo XX, este popularizó un juego que tenía semejanza con algo parecido que se practicaba en Suecia, pero él se encargó de estandarizarlo y darle unas reglas.

Curiosamente el korfbal entró a España por Marbella a finales de los 60 y en los años 70 se extendió la práctica a Madrid y otros lugares de España, a mí me suena, no me hagan mucho caso, que aquel partido que yo vi en la tele cuando era niño, vía «Camino del récord» o «Torneo» con aquel mítico y olvidado Daniel Vindel, lo disputaban equipos madrileños.

El korfbal es un deporte mixto, y es la regla más importante a cumplir, es decir, que si visionan partidos en Internet los equipos están compuestos paritariamente por chicos y chicas, y eso es un punto a favor de su práctica escolar, como lo es el hecho de que se pueda utilizar cualquier pista deportiva normal que tenga las dimensiones de los deportes de sala (40 x 20), que se vale del círculo de la zona de baloncesto para colocar en medio una cesta sin tablero (es la principal diferencia visual con respecto al baloncesto), anclada sobre una base en el suelo.

La cesta está a 3,50 m. del suelo, a más altura que en el baloncesto, para eliminar la posibilidad de colgarse y el diámetro de la cesta es más pequeño porque también la pelota es más pequeña, en realidad, se utiliza un balón de fútbol.

Es igualmente un deporte de escaso contacto físico, y de haberlo, este es sancionado por los árbitros, es por ello que es una actividad que conecta muy bien con la aprehensión de ideales óptimos en el deporte.

Otra de las características significativas de esta disciplina es que el poseedor del balón no puede correr, debe estar parado, un pie de apoyo inmóvil y el otro se le permite moverlo, siendo los otros jugadores los que pueden correr, desmarcándose para coger el balón; es, por tanto, dinámico para los no poseedores y estático para el poseedor.

Son equipos de ocho jugadores, cuatro hombres y cuatro mujeres más dos reservas, y en cada pista están las mitades de cada equipo, dos chicos y dos chicas, que defienden o atacan respectivamente; esos roles los mantienen hasta que un equipo hace dos tantos, entonces cambian de rol, los que han sido defensas pasan a ser atacantes y a la inversa. Y eso sí, las defensas son individuales y solo se puede defender a una persona del mismo sexo.

El que mete canasta obtiene un punto, el lanzamiento se hace a pie quieto o en suspensión, echándose hacia atrás o cuando el defensor está más lejos de la distancia del brazo del lanzador y, por tanto, técnicamente no existen tapones, el balón solo se puede interceptar con el brazo arriba del defensor si se trata de un pase; estos aspectos fundamentales lo separan bastante del baloncesto. De hecho, el rebote no es más que un palmeo, el jugador no puede rebotear y quedarse con el balón, con el palmeo debe intentar dirigir la pelota a un compañero. Y las defensas no pueden ser laterales, tienen que ser cara a cara, casi mirándose.

La contravención de todas estas reglas generan diferentes tipos de sanciones en función de su gravedad: falta, falta libre o penalti; no obstante, no las voy a referir porque sería algo largo y tedioso hacerlo.

Un partido dura sesenta minutos dividido en dos tiempos de media hora y con un descanso aproximado de diez minutos.

En definitiva, estamos ante un deporte-juego que, por lo referido, su práctica ausencia de contacto, la facilidad y accesibilidad para su práctica, su espíritu mixto, con reglas muy sencillitas, se convierte en una disciplina que encaja bien en lo que se podría denominar deporte escolar.

La realidad no puede ser más triste para los holandeses, esperanzados en que este deporte tan suyo que, permítaseme la analogía, sería algo tan específico como los toros en España, no encuentran competidores mejores para hacer sus logros más sonados. Porque no lo olvidemos, un deportista es bueno porque sus competidores se lo ponen difícil. De hecho, yo me río muchas veces de los grandes genios del balón (los Messi, Cristiano y demás) que en su propia vanagloria a veces, muy ufanos ellos, ridiculizan a algunos contrarios; sin caer en que estos son imprescindibles para el encumbramiento de los otros.

El dominio de Holanda es tan tristemente abrumador para ellos que en este Europeo celebrado en octubre de 2016 venció en la final a Bélgica por 27 a 14, igualando la peor derrota belga en la historia oficial de este deporte.

Pero no hay visos de solución, aunque como ya he referido, es un deporte con cierta antigüedad, que se remonta a los inicios del siglo XX, y que fue incluido como deporte de demostración en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 y Amsterdam 1928, no ha conseguido calar entre la gente. Se practica en una veintena de países, pero casi centrado en unas pocas ciudades, por no decir, en determinados centros educativos. Las razones pueden ser diversas, probablemente la más plausible es que para qué buscar un deporte parecido al baloncesto, cuando el baloncesto ya es suficientemente divertido y competitivo.

En España tras esa entrada a finales de los 60 y su extensión en la década posterior, su fomento se fue derritiendo como hielo en el gazpacho. Y ahí surgió Cataluña tras su implantación en los 80, llegó su consolidación, limitada bien es cierto, en los 90, fundamentalmente en localidades del extrarradio de Barcelona. De hecho, tienen su competición propia, a falta de otros clubes en el resto de España.

Y ahora viene la parte político-deportiva, en la que me voy a parar bien poco porque ya cansa. ¿Cómo se fomenta un deporte? Con dinero, basta con que tengas dinero para que un deporte crezca, si la Administración catalana subvenciona un deporte superminoritario como este, no es difícil meterte en la élite, aunque no dejes de ser cabeza de ratón.

Y curiosamente eso es lo que se ha hecho desde las más altas instancias catalanas, han intentado hacer visible la marca Cataluña (independiente) en aquellos deportes donde han encontrado un resquicio legal, la laxitud de las federaciones internacionales y el desinterés de los organismos rectores del deporte en España.

Así Cataluña que hace unos años fue independiente en un Mundial B de hockey sobre patines, también lo es aparte del korfbal (donde ha sido tercera de Europa en 2016 y quinta en el Mundial de Amberes en noviembre de 2015), en bolos, fisioculturismo, montañismo, dardos o raquetball; obviamente son deportes con una popularidad muy reducida y no son olímpicos, si lo fueran otro gallo cantaría; entonces los holandeses desaparecerían del mapa o se empequeñecerían, el Comité Olímpico Español tomaría cartas en el asunto, lo de Cataluña ya sería una anécdota circunstancial y, dicho sea de paso, los Estados Unidos o China se llevarían la palma a golpe de talonario.

sábado, 12 de noviembre de 2016

"LAS AVENTURAS DEL NAVÍO SAN JUSTO", DE VICENTE RUIZ GARCÍA

Tengo hoy la difícil misión, primera vez que la acometo en esta bitácora, de escribir acerca de un libro de una persona a la que conozco. Conecta esta entrada con el propósito que he emprendido desde hace ya un tiempo en el blog, los que me siguen lo conocen, de leer novelas y libros de autores que están fuera del estrellato y de los círculos de popularidad que provoca, a veces, la generación de divos aburguesados, arrastrados a hacer trabajos comerciales, carentes de sentido, aburridos y de nivel literario medio bajo.

Vicente Ruiz García es el marido de una compañera mía de trabajo y mejor amiga, Juani Ruiz, con la que comparto tareas y detento una especie de velada paternidad profesional, sin que se note mucho, espero. Ya me transmitió ella hace un tiempo la faceta investigadora de Vicente en el siempre complejo mundo de la labor de introspección histórica. Vicente es a la sazón profesor de Instituto y también de la UNED.

A Vicente no se la ha dado nada mal, dentro de lo que es un ámbito un tanto especializado, lo reconozco; pero la consecución de diversos galardones por sus trabajos devinieron en el interés de ciertas editoriales, ávidas por mostrar a propios y extraños esos espacios ocultos de nuestra historia que, con buen criterio, este escritor ubetense se empeña en rescatar de los escasamente visitados archivos históricos de nuestro país.

Y digo lo de escasamente visitados sin tener demasiada idea, lo hago un poco a vuelapluma, pero esa es la sensación que tengo. La sensación de que en esos archivos se encuentran tantísimos tesoros que solo gracias a la persistencia de investigadores como Vicente Ruiz el resto de mortales lograremos conocer. Una labor callada y a buen seguro que nunca suficientemente valorada por el gran público, en la que ha de sacrificar muchas horas de su tiempo libre y de su familia.

En este blog he referido en alguna ocasión que tuve un profesor de enseñanza media que defendía que la historia era intrínsecamente una ciencia inexacta, mientras que dos más dos sabemos que siempre será cuatro, la historia nos llega a través de relatos indirectos, de fuentes que en su momento pudieron tergiversar la realidad a su modo (la historia siempre la escriben los ganadores), algo que apreciamos hoy, en el siglo XXI, en la prensa escrita, que falsea la realidad a su antojo y nos hacen ver lo que ellos quieren.

Yo no soy un experto en historia, es más, yo diría que es una disciplina que no me apasiona especialmente, pero reconozco en Vicente Ruiz un esfuerzo ímprobo no solo por acudir in situ a las fuentes de la información, esos archivos que yo confieso mi sospecha de su virginidad en muchos casos, sino para tamizar y destilar la información valiosa y con rasgos de veracidad de otra que pudiera estar sesgada o inventada.

«Las aventuras del navío San Justo» que tiene como subtítulo «España entre dos siglos» y que, por cierto, obtuvo en 2015 el V Premio Juan Antonio Cebríán de Divulgación histórica que promueve el Ayuntamiento de Crevillente (Alicante), dentro de lo que es propiamente un trabajo de investigación histórica a modo de ensayo novelado, supone un relato hábil en el que su autor nos narra la historia no a través de un personaje humano sino por medio de las vicisitudes de un barco, a través de su vida activa de medio siglo, aproximadamente entre 1778 y 1828. El San Justo sirve de hilo conductor de nuestra historia, jalonándose los hechos más significativos de esta media centuria en nuestro país, con la aparición de reyes y personajes históricos, pero también la de muchas personas anónimas que fueron tan artífices como los otros, si no más, del forjado de esa historia que hoy tenemos en nuestro acervo colectivo.

Y Vicente narra, por obligación, los aspectos más importantes de la historia de nuestro país con sus actores principales, pero no se resiste a otorgar su momento de gloria a ese importante número de desconocidos personajes secundarios que estuvieron alguna vez a bordo del San Justo, a buen seguro, que ni sus generaciones posteriores tienen idea de que allá había algunos héroes de a pie que jamás tuvieron reconocimiento alguno.

Es interesante destacar que estamos hartos, yo estoy particularmente harto, del término «memoria histórica», fundamentalmente porque, y no desvelo un secreto, se utiliza de forma partidista. La memoria histórica es también esta, la que Vicente Ruiz rescata, la de un montón de personas que se dejaron la vida para defender a España, ya fuera porque era un medio de vida, o porque estuvieran obligados, pero es una memoria histórica que no se termina en anteayer, que es lo que pretenden algunos. No solo hay fosas comunes en la Guerra Civil, sino infinidad de vidas enterradas de las que no se sabe nada y que también sufrieron y murieron por defender unas ideas, sin que nos tenga que interesar si eran de tal o cual color.

Es triste pensar que esa España entre dos siglos tenía un panorama que sigue siendo extrapolable a la España de nuestros días. Los reyes y la jerarquía de este país iban por un lado y la base de la estructura padecía los avatares de un gobierno con muchísimas más sombras que luces, culpable en las más de las ocasiones de los reveses sufridos en contiendas bélicas. Es palpable que el San Justo, presente en la Batalla de Trafalgar, fue testigo directo de lo acaecido en las costas gaditanas, de una infame derrota y de sus causas.

Pero el San Justo fue algo más que un navío de guerra y a lo largo de su medio siglo de actividad sirvió para diferentes cometidos, militares y civiles, y su pervivencia y su utilidad quedaron en no pocas ocasiones limitadas por la falta de mantenimiento y reparaciones, absolutamente necesarios para un navío de estas características; labores que precisaba cada vez que realizaba una travesía o participaba en alguna contienda. Al navío, de algún modo, en ese papel de mudo testigo de su entorno y de la historia española, le pasó lo que a muchos de los marinos que sirvieron en él, que nunca tuvo la suficiente y debida atención. Uno y los otros soportaron una época nada fácil, en la que el dinero, el vil dinero siempre tan odiosamente necesario para esta vida que nos hemos impuesto la especie humana, llegó escaso, tarde o simplemente nunca llegó.

El libro es un dechado de datos históricos, curiosidades y anécdotas que con toda certeza ven la luz en él por primera vez, en un extenso volumen que denota la ingente labor de investigación desarrollada por Vicente Ruiz García, por cierto, no es su primer libro. Algunos detallitos estilísticos y de forma que habría que maquillar sí he advertido, los cuales, este humilde bloguero, ha hecho llegar debidamente a su autor, no empañan en cualquier caso un trabajo de gran calidad que tiene que servir de acicate para continuar en esta senda tan apasionante de dar luz a tantas sombras de nuestra historia.

sábado, 5 de noviembre de 2016

MICHAEL LANDON, TODA UNA VIDA DEDICADA A TRES SERIES

Poca gente de mi generación, por no decir nadie, desconocerá lo que fue «La casa de la pradera», pero no ya en España, sino en América y en el resto de Europa. Particularmente en España fueron los años de nuestra infancia, cuando la siesta no nos llamaba la atención, y en los hogares de cada uno la mejor opción (ahora diría que hay diversas alternativas, entre ellas la siesta) de los domingos después del Telediario, era ver esa mítica serie.

Pero no, no me voy a centrar en la serie en sí, sino en el actor que la hizo posible, que no fue otro que Michael Landon. Y es que Michael, el Charles Ingalls de aquella casita enclavada en mitad de un valle inmenso y que encarnaba el espíritu de los pioneros de Norteamérica, padre de una familia entrañable compuesta por su mujer y sus tres hijas, fue un caso raro de actor principal, guionista, director y productor ejecutivo, una especie de «yo me lo guiso yo me lo como» holístico que apenas conocíamos de pequeños, pero que hoy nos resulta más llamativo, por lo inhabitual en el mundo televisivo.

Tan atípica fue la carrera de Michael Landon que su trayectoria se mide por tres series televisivas, «Bonanza», la renombrada «La casa de la pradera», y finalmente «Autopista hacia el cielo», y prácticamente pare Vd. de contar. Apenas otras colaboraciones en el mundo televisivo y en el cine, escasa sombra hicieron a la imagen que todos conocemos, sobre todo con la segunda de las series, la más emblemática de todas ellas.

De «Bonanza» cabe decir que es unas serie que yo no vi, era muy pequeño, después conocí que Landon hacía en ella del joven Little Joe, en una serie tan eterna que estuvo en la pequeña pantalla desde 1959 hasta 1973; tan prolongada vida hizo lógicamente que aquel joven se convirtiera en un maduro actor; y es que desde que empezó con 22 años, cuando la serie concluyó Landon ya tenía 37 años. Por cierto, ya había hechos sus pinitos en esta serie, escribiendo y dirigiendo algunos episodios. Una madurez que le llegó superando en esa época algún que otro problema con bebidas y drogas.

Probablemente acuciado con la regeneración que había supuesto para él el hecho de haber traspasado la línea del submundo, y el hecho de tenerse fuerte para dirigir y escribir guiones, fue el impulso para crear «La casa de la pradera», al poco tiempo de concluir «Bonanza», pues no había pasado ni un año. Si bien es cierto que la idea no era original suya, había un libro de relatos al respecto de la vida de los colonos estadounidenses en el siglo XIX escrito por una tal Laura Ingalls (que precisamente dio nombre a una de las protagonistas de la serie), apenas sirvió de catapulta para la gran imaginación de Michael Landon.

Como la mayoría de los de mi generación recordaremos, la serie era mucho más que una bucólica fotografía de los valles del interior de los Estados Unidos. Landon ya se postulaba como una especie de prohombre, que con sus historias trataba de inculcar valores e ideales para construir una sociedad mejor, y lo hacía llegar a su público en cada entrega, cada domingo que nos sentábamos delante del televisor.

Ya se adivinaba que este prócer en que se erigía Michael Landon tenía esa dimensión que se autoasignaba en la serie de hombre bueno y justo, pese a las adversidades de una sociedad un tanto retrógrada como era la que se evidenciaba en una zona rural cualquiera de Estados Unidos, en concreto en Walnut Grove, en el siglo XIX; saliendo a relucir otros temas transferibles a una sociedad avanzada de finales del siglo XX: el racismo, las desigualdades, el medio ambiente, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad... Si por algo recordamos a Landon por encima de todo es por encarnar a un Charles Ingalls bueno por antonomasia, un tipo justo, incapaz de perder un ápice de su bonhomía por muy mal que se presentaran las cosas.

La serie tiraba de tópicos, los buenos y los malos, muy definidos. Los Ingalls eran la familia ideal y recta, y el contrapunto era los Oleson, con una madre muy estirada y unos hijos absolutamente odiosos, entre los que destacaba la repelente Nellie Oleson. De los Oleson curiosamente se salvaba el señor Oleson, el dueño del almacén de ultramarinos de Walnut Grove que era de buena pasta y que siempre intentaba mediar para atemperar los desaguisados de su clan familiar.

Es de este tipo de series que, por su larga duración, los actores quedan marcados profesionalmente para los restos; a la mujer de Charles Ingalls, Caroline, la actriz Karen Grassle, jamás se la volvió a ver el pelo en las pantallas. Tampoco se supo mucho de Mary, la hija mayor, encarnada por Melissa Sue Anderson; y sí que vimos en alguna ocasión a Laura Ingalls (Melissa Gilbert), la más fuguilla de aquella casa en el prado, y que tal como la reconocimos en cualquier película posterior, por mucho que hubiera crecido siempre veíamos en ella a la pizpireta Laura que algunos quebraderos de cabeza generó en la familia Ingalls.

Curiosamente, la temática un tanto cursi, buenista y previsible de los episodios dio a entender a los entendidos en los inicios de su emisión que duraría poco en la programación porque no tenía chicha, pero fue calando en la sociedad estadounidense y, por ende, en el resto de países donde se vendió este producto. Y vaya que si funcionó bien, que estuvo entreteniendo a la audiencia durante diez años.

Cuando esta serie echó el cerrojo, nuevamente Michael Landon tenía en mente otro proyecto en el que él lo era todo: protagonista, guionista, productor y director; se trataba de «Autopista hacia el cielo», sin duda, su proyecto más personal. En esta serie Michael, en plan mesiánico, representaba a un ángel, Jonathan Smith, vestido de calle, que con ayuda de su ayudante terrícola Mark Gordon (Victor French), recorrían los Estados Unidos (lástima que los ángeles y los superhéroes sean tan chauvinistas que siempre aparecen solo por aquel país y no por otros) para solucionar problemas a la gente.

Aquella serie ya tocaba temas más actuales tales como la soledad, las drogas, la muerte, las disputas familiares... Jonathan Smith y su compañero se convertían en terapeutas sociales y con la ayuda de algún milagrillo también encauzaban a las personas que se cruzaban por su camino y que atravesaban por algún dilema humano.

La serie también la vimos en TVE y en domingo pero esta era antes del Telediario. Y, del mismo modo que las experiencias anteriores de Landon, que ya era un consumado monstruo televisivo capaz de convertir en oro todo lo que tocaba, esta serie también tuvo una masiva audiencia en Estados Unidos y en el resto del mundo occidental. Estuvo en pantalla de 1984 a 1989.

Victor French moriría de cáncer de pulmón en junio de 1989 y esto obligó a su cancelación. Aunque no sabemos si se podría haber prolongado con otro sustituto o los problemas de salud que llevaron a la muerte prematura a Landon hicieron que se cortara definitivamente, lo cierto es que «Autopista hacia el cielo» también dejó una visible huella en todos los televidentes.

Cuando me planteé escribir sobre Michael Landon me pregunté si esa bonhomía que desprendía en sus interpretaciones era extrapolable a su vida privada, porque sería muy forzado estar protagonizando al mismo personaje, un buen hombre, durante décadas y ser un capullo fuera de los platós. Y no, cuando murió, de lo que hablaré a continuación, todo el mundo destacó la buena persona que fue, un tipo íntegro fuera y dentro.

Tal vez el único pero que se le pueda poner es que sacó rédito de su aspecto de galán y su larga cabellera un tanto «jipilona», y es que fue un enamoradizo, habiendo tenido tres esposas diferentes y fruto de aquellos compromisos generó una extensa prole de nueve hijos, con tres de ellos adoptados, y llevándose entre el mayor y el más pequeño veintiocho años.

En abril de 1991 le diagnosticaron a Michael un cáncer de páncreas, de forma tan tardía que ya estaba metastatizado, falleciendo apenas tres meses más tarde en Malibú (California), nos dejó con 54 años, privándonos a buen seguro de otros proyectos televisivos interesantes y quién sabe si algún vástago más para recoger el legado, aunque no se conoce que ningún hijo haya heredado el perfil y el carisma que atesoró siempre el protagonista de esta humilde entradilla.