sábado, 5 de noviembre de 2016

MICHAEL LANDON, TODA UNA VIDA DEDICADA A TRES SERIES

Poca gente de mi generación, por no decir nadie, desconocerá lo que fue «La casa de la pradera», pero no ya en España, sino en América y en el resto de Europa. Particularmente en España fueron los años de nuestra infancia, cuando la siesta no nos llamaba la atención, y en los hogares de cada uno la mejor opción (ahora diría que hay diversas alternativas, entre ellas la siesta) de los domingos después del Telediario, era ver esa mítica serie.

Pero no, no me voy a centrar en la serie en sí, sino en el actor que la hizo posible, que no fue otro que Michael Landon. Y es que Michael, el Charles Ingalls de aquella casita enclavada en mitad de un valle inmenso y que encarnaba el espíritu de los pioneros de Norteamérica, padre de una familia entrañable compuesta por su mujer y sus tres hijas, fue un caso raro de actor principal, guionista, director y productor ejecutivo, una especie de «yo me lo guiso yo me lo como» holístico que apenas conocíamos de pequeños, pero que hoy nos resulta más llamativo, por lo inhabitual en el mundo televisivo.

Tan atípica fue la carrera de Michael Landon que su trayectoria se mide por tres series televisivas, «Bonanza», la renombrada «La casa de la pradera», y finalmente «Autopista hacia el cielo», y prácticamente pare Vd. de contar. Apenas otras colaboraciones en el mundo televisivo y en el cine, escasa sombra hicieron a la imagen que todos conocemos, sobre todo con la segunda de las series, la más emblemática de todas ellas.

De «Bonanza» cabe decir que es unas serie que yo no vi, era muy pequeño, después conocí que Landon hacía en ella del joven Little Joe, en una serie tan eterna que estuvo en la pequeña pantalla desde 1959 hasta 1973; tan prolongada vida hizo lógicamente que aquel joven se convirtiera en un maduro actor; y es que desde que empezó con 22 años, cuando la serie concluyó Landon ya tenía 37 años. Por cierto, ya había hechos sus pinitos en esta serie, escribiendo y dirigiendo algunos episodios. Una madurez que le llegó superando en esa época algún que otro problema con bebidas y drogas.

Probablemente acuciado con la regeneración que había supuesto para él el hecho de haber traspasado la línea del submundo, y el hecho de tenerse fuerte para dirigir y escribir guiones, fue el impulso para crear «La casa de la pradera», al poco tiempo de concluir «Bonanza», pues no había pasado ni un año. Si bien es cierto que la idea no era original suya, había un libro de relatos al respecto de la vida de los colonos estadounidenses en el siglo XIX escrito por una tal Laura Ingalls (que precisamente dio nombre a una de las protagonistas de la serie), apenas sirvió de catapulta para la gran imaginación de Michael Landon.

Como la mayoría de los de mi generación recordaremos, la serie era mucho más que una bucólica fotografía de los valles del interior de los Estados Unidos. Landon ya se postulaba como una especie de prohombre, que con sus historias trataba de inculcar valores e ideales para construir una sociedad mejor, y lo hacía llegar a su público en cada entrega, cada domingo que nos sentábamos delante del televisor.

Ya se adivinaba que este prócer en que se erigía Michael Landon tenía esa dimensión que se autoasignaba en la serie de hombre bueno y justo, pese a las adversidades de una sociedad un tanto retrógrada como era la que se evidenciaba en una zona rural cualquiera de Estados Unidos, en concreto en Walnut Grove, en el siglo XIX; saliendo a relucir otros temas transferibles a una sociedad avanzada de finales del siglo XX: el racismo, las desigualdades, el medio ambiente, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad... Si por algo recordamos a Landon por encima de todo es por encarnar a un Charles Ingalls bueno por antonomasia, un tipo justo, incapaz de perder un ápice de su bonhomía por muy mal que se presentaran las cosas.

La serie tiraba de tópicos, los buenos y los malos, muy definidos. Los Ingalls eran la familia ideal y recta, y el contrapunto era los Oleson, con una madre muy estirada y unos hijos absolutamente odiosos, entre los que destacaba la repelente Nellie Oleson. De los Oleson curiosamente se salvaba el señor Oleson, el dueño del almacén de ultramarinos de Walnut Grove que era de buena pasta y que siempre intentaba mediar para atemperar los desaguisados de su clan familiar.

Es de este tipo de series que, por su larga duración, los actores quedan marcados profesionalmente para los restos; a la mujer de Charles Ingalls, Caroline, la actriz Karen Grassle, jamás se la volvió a ver el pelo en las pantallas. Tampoco se supo mucho de Mary, la hija mayor, encarnada por Melissa Sue Anderson; y sí que vimos en alguna ocasión a Laura Ingalls (Melissa Gilbert), la más fuguilla de aquella casa en el prado, y que tal como la reconocimos en cualquier película posterior, por mucho que hubiera crecido siempre veíamos en ella a la pizpireta Laura que algunos quebraderos de cabeza generó en la familia Ingalls.

Curiosamente, la temática un tanto cursi, buenista y previsible de los episodios dio a entender a los entendidos en los inicios de su emisión que duraría poco en la programación porque no tenía chicha, pero fue calando en la sociedad estadounidense y, por ende, en el resto de países donde se vendió este producto. Y vaya que si funcionó bien, que estuvo entreteniendo a la audiencia durante diez años.

Cuando esta serie echó el cerrojo, nuevamente Michael Landon tenía en mente otro proyecto en el que él lo era todo: protagonista, guionista, productor y director; se trataba de «Autopista hacia el cielo», sin duda, su proyecto más personal. En esta serie Michael, en plan mesiánico, representaba a un ángel, Jonathan Smith, vestido de calle, que con ayuda de su ayudante terrícola Mark Gordon (Victor French), recorrían los Estados Unidos (lástima que los ángeles y los superhéroes sean tan chauvinistas que siempre aparecen solo por aquel país y no por otros) para solucionar problemas a la gente.

Aquella serie ya tocaba temas más actuales tales como la soledad, las drogas, la muerte, las disputas familiares... Jonathan Smith y su compañero se convertían en terapeutas sociales y con la ayuda de algún milagrillo también encauzaban a las personas que se cruzaban por su camino y que atravesaban por algún dilema humano.

La serie también la vimos en TVE y en domingo pero esta era antes del Telediario. Y, del mismo modo que las experiencias anteriores de Landon, que ya era un consumado monstruo televisivo capaz de convertir en oro todo lo que tocaba, esta serie también tuvo una masiva audiencia en Estados Unidos y en el resto del mundo occidental. Estuvo en pantalla de 1984 a 1989.

Victor French moriría de cáncer de pulmón en junio de 1989 y esto obligó a su cancelación. Aunque no sabemos si se podría haber prolongado con otro sustituto o los problemas de salud que llevaron a la muerte prematura a Landon hicieron que se cortara definitivamente, lo cierto es que «Autopista hacia el cielo» también dejó una visible huella en todos los televidentes.

Cuando me planteé escribir sobre Michael Landon me pregunté si esa bonhomía que desprendía en sus interpretaciones era extrapolable a su vida privada, porque sería muy forzado estar protagonizando al mismo personaje, un buen hombre, durante décadas y ser un capullo fuera de los platós. Y no, cuando murió, de lo que hablaré a continuación, todo el mundo destacó la buena persona que fue, un tipo íntegro fuera y dentro.

Tal vez el único pero que se le pueda poner es que sacó rédito de su aspecto de galán y su larga cabellera un tanto «jipilona», y es que fue un enamoradizo, habiendo tenido tres esposas diferentes y fruto de aquellos compromisos generó una extensa prole de nueve hijos, con tres de ellos adoptados, y llevándose entre el mayor y el más pequeño veintiocho años.

En abril de 1991 le diagnosticaron a Michael un cáncer de páncreas, de forma tan tardía que ya estaba metastatizado, falleciendo apenas tres meses más tarde en Malibú (California), nos dejó con 54 años, privándonos a buen seguro de otros proyectos televisivos interesantes y quién sabe si algún vástago más para recoger el legado, aunque no se conoce que ningún hijo haya heredado el perfil y el carisma que atesoró siempre el protagonista de esta humilde entradilla.

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