sábado, 28 de noviembre de 2015

MACCABI TEL AVIV, MÁS QUE UN CLUB Y MÁS

Como el deporte no se puede desligar de la política, ya que como nos recuerda la historia contemporánea cada día los eventos que atraen grandes masas siempre están en el punto de mira, pues el que tiene el poder de la palabra, de las armas, del dinero o del terror, lo utiliza para bien o para mal.

El deporte se organiza, en muchas ocasiones, con atletas sin país, selecciones sin fronteras o con países que no existen; del mismo modo, las consideraciones geográficas que operan en las federaciones continentales también han tenido y tienen sus excepciones. Probablemente el caso más palmario, que hemos aceptado de tal manera que nos parece algo normal, es que las selecciones de Israel de la mayoría de los deportes, probablemente todos, disputan sus competiciones en Europa, cuando obviamente por razones geográficas debieran hacerlo en Asia.

El adentrarse en la historia de Israel nos revela toda una colección de acontecimientos sorprendentes que han permitido que una nación que físicamente lleva tres cuartos de siglo existiendo en la concepción con la que la conocemos hoy día, sea un país pujante y avanzadísimo en medio de una serie de países convulsos y más atrasados; de algún modo, el espejo que supone para la humanidad su ejemplar agricultura es también un reflejo de lo que implica para gran parte de la humanidad: un oasis en mitad de un desierto físico y alrededor de países con un contexto político y con realidades sociales radicalmente opuestas.

Dicho esto, y dando mi particular opinión, me encantaría visitar alguna vez Israel, país pequeñísimo pero en el que viven con un buen nivel de vida cerca de ocho millones y medio de habitantes. No sólo son punteros en agricultura, también en ciencia e investigación, en medicina, en educación..., de hecho, se cifra que es el país con mayor porcentaje de universitarios sobre el conjunto de la población. En el debe de este país está el hecho de que por mor de las constantes agresiones que recibe se ha convertido no sólo en un estado defensivo sino también represivo; hasta tal punto, visto desde fuera y con notables reservas, que someten a árabes y palestinos que particularmente viven en su territorio a una segregación racial que tiene ciertas similitudes con la que le hicieron sufrir los nazis en media Europa durante la 2ª Guerra Mundial.

Pues eso, que nadie se imagina el deporte europeo sin la presencia de Israel, pero es más, nadie concebiría el baloncesto europeo sin un clasiquísimo como el Maccabi de Tel Aviv. Y dicho esto, igual que se sabe los conflictos y movidas que se viven en el país hebreo y en sus inquietas fronteras, también hay que decir que en muy pocas ocasiones, desde que yo tengo uso de razón, se ha escuchado que un partido (de baloncesto) se tenga que aplazar o cambiar de sede por inseguridad.

Y he puesto el paréntesis en referencia al Maccabi de baloncesto, cuando en realidad a este club le pasa como al FC Barcelona, que es más que un club, es decir, que aparte de su deporte estrella, como es el baloncesto, también tiene secciones de fútbol, balonmano, voleibol, judo, etc.

Pero lo dicho, el deporte que más historia y prestigio le ha dado al club y, por ende, al país, sabedores de la trascendencia social y propagandística que tiene esto, ha sido y es el baloncesto. Y lo cierto es que tenía ganas de hacer una entradilla sobre este club, cuando hace unas temporadas me enteré que había perdido su liga nacional (la Ligat ha'Al), después de unas cifras casi insuperables, habiendo ganado todos los títulos entre 1969 y 2007 a excepción de uno. Hasta hace no mucho se comentaba la reticencia del Maccabi de Tel Aviv a continuar en su liga dado el inferior nivel de sus rivales, lo que le haría perder competitividad cuando saliera a jugar en Europa.

Por suerte para el Maccabi y para la liga israelí, en esta última década el resto de los equipos de esa competición se han reforzado bastante y se están igualando las fuerzas, de tal forma que en los últimos ocho cursos de la Ligat ha'Al el Maccabi sólo ha conseguido cuatro títulos y los otros cuatro justo se los han repartido cuatro equipos diferentes. No obstante, también ha surgido la noticia al término de la pasada campaña cuando en la final de la Liga ni siquiera compareció, disputándola el Hapoel Jerusalén y el Hapoel Eliat; este hecho no había tenido lugar más que una vez en la liga israelí, en concreto en el curso 1992/93 cuando esa final la dirimieron el Hapoel Galil Elyon y el Hapoel Tel Aviv. Es decir, que el Maccabi de Tel Aviv, aparte de ser cincuenta y una veces campeón de su liga, ha sido subcampeón en siete ocasiones. No es de extrañar, pues, que cansados de tanto monopolio a los aficionados de este club se les antojara que su competición no tenía chicha y que se jugaba casi a beneficio de inventario.

Esos números bestiales se quedarían en verdadera anécdota si no hubieran tenido su correlato en la competición europea, donde como digo, el Maccabi de Tel Aviv es un clásico de los clásicos, y es que después del Real Madrid, que es el equipo con más títulos continentales, con diez; el Maccabi es el segundo club más laureado de Europa, de esa Europa a la que no pertenece geográficamente, pero sí social y económicamente, con seis campeonatos y nada menos que nueve subcampeonatos.

Se ha achacado al propio Maccabi que su constante reforzamiento con jugadores extranjeros pone el dedo en la llaga de uno de los problemas que atraviesan las ligas de multitud de deportes, que no se les da oportunidad a los jugadores nacionales; y de hecho, el potencial del Maccabi no tiene reflejo en los logros de la selección israelí que suelen ser muy poco relevantes. En sus numerosas participaciones en Campeonatos de Europa a todo lo más que ha llegado ha sido a obtener un subcampeonato en 1979, y la mayoría de las veces sus concursos han sido muy modestos; a esto hay que unir que únicamente han jugado dos Mundiales y unos Juegos Olímpicos.

Eso sí, aunque la selección de baloncesto de Israel tenga unos poco brillantes números a nivel internacional, en esa selección y en el Maccabi confluyó la máxima estrella del baloncesto israelí de la historia, Miki Berkovich, que precisamente facilitó el referido logro de 1979. A los de mi época les sonará un montón, es como el Epi en el baloncesto español, si después no hubiera venido Pau Gasol. A Berkovich, un tirador con una muñeca de seda, tuve el placer de verlo personalmente en Linares con ocasión de un torneo internacional amistoso hace casi treinta años; tuve la sensación de estar ante una de las diez figuras más preponderantes del baloncesto mundial de toda la historia, un hombre con halo a su alrededor.

Por cierto que cuando se habla de Maccabi, los comentaristas de televisión suelen repetir lo del equipo «macabeo», y es que no es gratuito este nombre, como no lo es casi nada en el deporte israelí, donde hay un cierto componente político más o menos acusado. La palabra macabeo tiene su origen en unos guerreros judíos que se rebelaron contra un rey griego que pretendía helenizarlos hace unos dos mil años, fue de algún modo el germen de la nación hebrea. Macabeo se asocia con fuerza, coraje, lucha y éxito, y en una traducción libre del hebreo significaría algo así como «el que está al lado de los dioses».

Y para concluir con este pequeño homenaje a este club de baloncesto que forma parte de nuestro acerbo personal, hay que decir que el Maccabi Tel Aviv juega en una de las grandes catedrales del baloncesto mundial, en «La Mano de Elías», que en realidad no tiene ninguna connotación política o religiosa, sino que se ubica en un barrio de la capital israelí, que se llama así. Sus dimensiones dan idea de la pasión con la que se vive el baloncesto en Israel, dado que tiene capacidad para 11.700 personas. Curiosamente, se llamó de manera oficial hasta hace unos pocos años Nokia Arena y el nombre oficial actual es Menora Mivtachim Arena, pero creo que pocos en Europa lo conocen por este nombre.

Por supuesto, esta temporada habrá que seguir sus evoluciones en la Euroliga, pues es de los que siempre está en las quinielas para llegar a lo más alto.

domingo, 22 de noviembre de 2015

CAMPESTRE HOCKEY CON EL HIELO

Dicen mi mujer y mi hijo, especialmente mi hijo, que cuando llega el verano me obsesiono con el agua fría y no paro de rellenar de agua botellas y cartones de leche ya usados y los meto en el congelador con objeto de tener hielo para múltiples utilidades, a saber, para descongelar con rapidez y poder llenar mi botijo, para acondicionar neveras portátiles que te llevas a la piscina o, como recurso de emergencia, para destrozar el bloque y así disponer de algún hielo para el combinado que más te guste.

No es cuestión nada liviana el hecho de que podamos disponer de agua fría en los tórridos veranos del interior de Andalucía. Rigores caniculares que provocan que el agua teóricamente fría del grifo, salga como el caldo del cocido, difiriendo poco de las fuentes públicas, en las que es difícil encontrar agua fresquita durante el día, pues las canalizaciones son superficiales y los chorros se utilizan para cualquier cosa menos para beber.

Por otro lado, soy un consumado aficionado al botijo, y desde chico siempre bebo agua en mi casa directamente de este ingenio de barro, sea invierno o verano, me gusta porque suele mantener una temperatura más o menos estable a lo largo del año, y disponiendo de ella ahí es una manera natural de beber un agua a la que se le ha evaporado el cloro, algo que creo que sucede a las dos horas de estar a la intemperie. Pero claro, en el verano de las olas de calor, ni el botijo se abstrae de estos excesos climáticos, y le cuesta mantener el fresquito en su interior; de forma y manera que yo me saco mi botella congelada, y comienzo a descongelarla paulatinamente con agua templada del grifo que alojada en la botella congelada (intento que esté congelada por la mitad) pues produce un agua muy fresquita.

Hechas estas divagaciones domésticas, como «quien guarda halla» hace dos o tres fines de semana, planeamos sobre la marcha irnos a Burguillos, un paraje que la gente de Bailén y alrededores conoce bien, un monte adehesado que es una joya, y que con temperatura bonancible, lo que ocurre en otoño y primavera, está de dulce. ¿Y que halló mi mujer en el congelador? Pues que aún quedaban existencias de mis bloques congelados, así que de momento montamos nuestra nevera, todo bien fresquito y allá que nos fuimos a pasar un día placentero.

Mi hijo no es mucho de juegos programados, es más, él de algún modo espera que surja algo novedoso para entretenernos, aparte de que ocupamos bien el tiempo en coger leña, encender la lumbre, cocinar a gusto del consumidor y otras tareas de perfil campestre.

Aquel domingo fue todo eso y también la busca de setas por el mero hecho de encontrarlas, pues servidor no tiene ni pajolera idea de si son venenosas o no, o sea, que no las cogemos, simplemente las localizamos. Del mismo modo, estuvimos tirando piedras a latas de refresco y de cerveza que habíamos consumido, no obstante, mi hijo, al que no le gusta perder a casi nada, es un poco fullero y se salta cualquier norma del tipo de «ponemos una raya y se lanza desde aquí», pero pisa la raya y la rebasa tanto que darle a las latas se convirtió para él en un auténtico disparo a quemarropa.

La sobremesa languidecía y habíamos acabado prácticamente con todas las viandas y bebestibles, con lo que mi mujer se había deshecho del bloque de hielo que se había formado en un cartón de leche. He de decir que es mucho más práctico a efectos de conseguir bloques de hielo, hacerlo en cartones de tetrabrik que en botellas de plástico, pues para rajar estas te puedes cortar con alguna arista, que ese plástico pet lo carga el diablo. Pues lo dicho, se quedó tirado en el suelo un bloque casi perfecto en forma de prisma rectangular, que rápidamente mi hijo y yo interpretamos que era una pastilla de hockey sobre hielo o puck, sólo que en este caso era el mundo al revés, no era hockey sobre hielo, sino hockey con el hielo, y además campestre.

Nos surgió la inspiración así, de primeras, y nos emocionamos mucho. Mi hijo porque un juego nuevo le apasiona y si es atípico, por aquello de la novedad, tanto mejor; y a mí porque como soy un friqui, la gente que me conoce y me sigue en el blog, sabe que tengo cierta deriva hacia el hockey sobre hielo nacional, habas contadas por otra parte, deporte que de algún modo me hubiera gustado haber practicado alguna vez, ya será en otra vida. Así que de la manera más rocambolesca iba a jugar en Burguillos a lo más parecido al hockey sobre hielo que había hecho en mi vida.

¿Y los stick? Pues dos buenas ramas de encina, sólidas pero no pesadas, hicieron las veces del costoso bastón de hockey. El bloque se deslizaba bien entre la hierba incipiente y el terreno sin demasiados desniveles. Vimos que no era una chorrada otoñal y que aquello nos daba juego y alternativas, así que montamos dos porterías, las clásicas de toda la vida que se hacen con dos piedras y postes imaginarios, pero con la ventaja de que aquí la pastilla, por el peso, no iba a ir por el aire y no había posibilidad de que levantara el bloque ni un palmo del suelo, con lo que no había dudas acerca de cuándo se marcaba un gol.

Nos lo pasamos pipa el rato que estuvimos jugando, algún destrozo sí que le hicimos al bloque, porque más que acompañarlo lo golpeábamos, pero resistió bien el generoso rato que estuvimos jugando. Y aun así, pese a que le dije a mi hijo, que este deporte era efímero (mi hijo entiende perfectamente esta palabra), por aquello de que el ambiente terminaría por derretir el hielo, como la temperatura era muy buena, ni calor ni frío, pues duró hasta el final, en lo que fue un inopinado nuevo deporte que mi hijo y yo inventamos para la posteridad.

En cuanto al resultado, pues es lo de menos, aunque también he de decir que alguna fullería hicimos, yo imponiendo mi cuerpo, y él utilizando sus zapatillas para dirigir con mayor precisión el bloque. Y esta fue mi experiencia lúdica de un acercamiento al hockey sobre hielo, pero entre encinas y de una forma un tanto raruna.

sábado, 14 de noviembre de 2015

EL CABO DEL MIEDO Y EL CABO DEL TERROR, REFLEXIONES A VUELAPLUMA

Casi treinta años después, en uno de los recursos a veces demasiado facilones del cine, se quiso hacer una nueva versión de la película «El cabo del terror» de 1962, dirigida por el británico John Lee Thompson. En su adaptación de 1991 en España se llamó «El cabo del miedo», por diferenciarla nominalmente de la otra, aunque en su denominación original ambas se titulan exactamente igual.

Es recurso fácil para productores y directores, tal vez el que más lo es en el cine, porque la base la tienes, no sólo escrita sino previamente filmada; ahora buscas un buen guionista que te haga esos cambios que tú quieres, un buen elenco actoral y ya tienes un producto perfecto para el consumidor.

Por otro lado, esta revisión de la película llegaba al mundo occidental en un gran momento para la industria del cine, con la proliferación de salas multicine, al menos en España así ocurrió. Toda una infraestructura montada para ver el cine a gusto, con una serie de aditivos que hacían sumamente atractivo el ir a ver una película y algo más.

Lástima, por cierto, que los multicines hayan acabado con las salas únicas de toda la vida; el otro día escuché que en toda España no existen abiertas ya más de cien, sobreviviendo a duras penas para mantener edificios singulares, enormes, llenos de historia y monumentos arquitectónicos en muchos casos; máxime cuando por diversas vicisitudes el precio del cine se ha encarecido bastante en la última década, acercándose peligrosamente al concepto de artículo de lujo. Lo que sí es verdad es que si fueras al cine todos los días tendrías problemas para llegar a fin de mes.

Pero, a lo que íbamos, para la nueva película se le encargó el trabajo al célebre directo Martin Scorsese que, críticas aparte, supo escoger bastante bien a sus actores, hasta el punto de que los trabajos de interpretación han sobrepasado claramente a la propia historia que se cuenta.

En estas reflexiones a vuelapluma no pretendo dar por sentado nada, básicamente porque como siempre digo, para gustos los colores. Podremos encontrar gente que opine que la segunda es mejor que la primera y viceversa. Los que me conocen casi se pueden imaginar cuál es mi opinión, y es que mi color preferido es el gris. Es decir, no tengo una opinión rotunda, hay que aspectos que me gustan y disgustan de la una, y lo mismo de la otra.

Lo que sí hay que agradecer a «El cabo del miedo» es que puso en órbita a su antecesora. A la gente de las generaciones de hoy, sobre todo los que no son muy cinéfilos, les repele ver películas en blanco y negro o simplemente clásicas, porque dan a entender que no es mejor que lo actual por el hecho de que sea más antiguo, menos en la onda. Para los de mi generación, que hemos vivido con las televisiones en blanco y negro, no tenemos recelo en repasar títulos clásicos.

En este sentido, «El cabo del terror» emergió y se llenó de actualidad, cuando nació su hermana, es más, para muchos, para mí también, acudimos a la antigua una vez vista la moderna, y sí, también para hacer las inevitables comparaciones.

La antigua es una película muy redonda, sin altibajos, muy bien realizada, sin aspavientos, comedida y perfectamente entendible; una buena película, de la que no voy a entrar en detalles argumentales, porque una u otra o las dos, seguramente que la mayoría de la gente que haya llegado hasta aquí, ha visionado. Robert Mitchum en el papel del malo (Max Cady) y Gregory Peck en el papel del bueno (el abogado Sam Bowden), con otras buenas interpretaciones de las que sobresale la participación de Telly Savalas, y lo pongo más que nada porque este actor siempre me ha gustado y no sólo porque hubiera encarnado a Kojak.

Mi gris se inclina un poco más en favor de la antigua que de la moderna. La moderna es más larga, tiene más altibajos, por tanto, es menos lineal que la otra, cuenta con añadidos con respecto a su hermana que son poco creíbles y problemas argumentales que no se resuelven en la película.

Pero «El cabo del miedo» tiene algo que no tiene la otra, tiene a Robert de Niro. La nueva está revestida de un halo de mayor tensión y misterio que la otra, según qué secuencias, con una atmósfera un poco al estilo de «Seven», que curiosamente es una cinta posterior en el tiempo. La acción gana espectacularidad con el personaje que encarna el genial actor neoyorquino. Algunos opinarán que fue el papel de su vida, para otros quizá no; desde luego para la mayoría sí que es el papel por el que más se le identifica. Un Robert de Niro en plan mesiánico, se recrea, se mete en el papel, incluso sobreactúa, pero nadie puede dejar de pensar en él y en su «abogado abogado» que con tantísima personalidad dobló el reconocido Ricardo Solans, y eso es un mérito incuestionable.

A todo esto, la segunda película hace guiños a su hermana, a modo de agradecimiento de un trabajo hecho y muy bien hecho, nos obsequia con bromas inteligentes hacia los espectadores. Los protagonistas principales de «El cabo del terror», aún activos en 1991, Peck y Mitchum, se cambian los papeles, curiosamente Gregory Peck es ahora el abogado de Max Cady, y el imperturbable Max Cady de la primera película, está ahora del lado de los buenos, es teniente de la policía. Incluso el inspector de policía de la primera película (Martin Balsam) es ahora juez. Amén de que se utiliza parte de la banda sonora de la primera, compuesta por Bernard Herrmann y adaptada por Elmer Bernstein.

Yo diría que Gregory Peck es el mejor Sam Bowden de las dos películas, igual que Robert de Niro supera por poco a Mitchum como Max Cady, pero esto evidentemente es una opinión.

Y ciertamente el personaje que representa a Sam Bowden en la versión moderna me parece el más paniaguado de los cuatro. Tal vez no tenga la culpa él, aunque en realidad no termino de ver a Nick Nolte como abogado, también es verdad que en el guión lo muestran demasiado torpe, tomando decisiones impropias de alguien experimentado que se dedica a defender personas en los juzgados.

Pero es que en esta segunda película la separación del bien y del mal tiene sus distorsiones. Ciertamente Max Cady es malo, pero Bowden tampoco lo es del todo; ¿Cady es peor por haberse pasado catorce años en prisión por culpa de un abogado que no le defendió correctamente del todo? Por otro lado, la inteligencia con la que se sucede el plan urdido por Cady es tan sutil que el director provoca que sintamos cierta simpatía por él.

Por otro lado los errores argumentales que en alguna fase de la película son garrafales tampoco hacen bien en el inocentón Nolte. Y es que mientras que en la primera película Bowden trata de tender una trampa a Cady mandando a su mujer e hija al Cabo del Terror sin que este sepa que realmente el abogado está con ellas; en la segunda, no tiene sentido que escape de su casa y se vaya al Cabo del Miedo, pues no hay trampa, ya que Cady sabe a ciencia cierta que se han marchado los tres de su casa.

Por otro lado, la versión moderna, también bajo mi punto de vista, remata de forma no muy brillante el final, con unas escenas donde la oscuridad, el agua y el movimiento de cámara son excesivos, de tal forma que por mucho que la ves no sabes realmente qué está pasando, o sea, realismo tenía mucho.

En fin, grandes películas del cine, sin ser obras maestras, que recomiendo ver conjuntamente, primero uno y luego otra, indistintamente antigua o moderna, en esta escenificación de la novela The executioners, escrita por John D. MacDonald.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL CONSULTORIO DE ELENA FRANCIS, UN PROGRAMA VISIONARIO

¿Quién no recuerda el Consultorio de Elena Francis? Al menos para la gente de mi generación aún quedará algún reducto en su cerebro en el que ocupe un espacio este programa de radio, quizá no tanto por escucharlo y sí más por saber cuál era su contenido, la especial sintonía que lo albergaba o fundamentalmente por los temas que trataba.

A estas alturas del partido es más que evidente que aquel programa que fue mítico, ha perdido el halo de protagonismo y de desbordante éxito que tenía. Fue un espacio que desde la posguerra hasta 1984, último año de emisión, llenó los hogares de muchos españoles, más mujeres que hombres. Y cuando digo que ha perdido ese protagonismo por razones evidentes, pues ya no existe, lo subrayo también en el sentido de que han pasado tres décadas desde su óbito y ha quedado relegado al olvido más absoluto.

Lo que no se le puede quitar a este espacio radiofónico es que fue un auténtico visionario en su tiempo, un precursor de muchos otros programas que existen hoy tanto en radio como en televisión, incluso en prensa escrita, que reflejan muchos de los ámbitos de acción en los que se movía este peculiar Consultorio.

Curiosamente a finales de los años 40 del siglo pasado, con el impulso de una familia de empresarios dedicados al sector de la cosmética, el programa se llenaba con consejos domésticos, de belleza y, en lo que venía siendo su nudo gordiano, con asuntos sentimentales y psicológicos. A nadie le extrañará, pues, que fueran unos visionarios, pues muchos espacios actuales en la radio o en la pequeña pantalla mantienen esta temática, es más, yo diría que con el tiempo está temática se ha reforzado, ocupando más y más horas.

Y es que no nos engañemos, el Consultorio de Elena Francis metía el dedo en la llaga, preveía lo que interesaba al gran público, o sea, concluyamos, meterse en la vida de los demás. Más allá de las cuestiones domésticas (cocina, limpieza, incluso belleza), la salsa estaba en aquellas consultas en las que se ponía de relieve una infidelidad, una pérdida del amor, una confusión de sentimientos... No es difícil realizar una traslación de estos aspectos a nuestro presente, para comprobar, centrándome en la televisión, que muchos programas del corazón y/o de telerrealidad beben de las mismas fuentes que bebía Elena Francis: morbo por conocer los problemas de los demás, búsqueda de soluciones expertas, identificación de espejos de la realidad social en los famosos, etc.

Con algunas diferencias, el encastrarse en la vida de los demás no es ni más ni menos que lo que veladamente se promueve en el exitoso espacio de Canal Sur «El programa de Juan y Medio», programa que yo no veo salvo cuando visito a mis padres alguna tarde en días laborables. Mis padres, como la mayoría de la gente mayor en Andalucía y comunidades aledañas, siguen con devoción eclesial las aventuras y desventuras de personas que, con un fin loable, buscan abandonar su estado de soledad y acuden al programa para encontrar su media naranja. No obstante, más allá de ese fin último, el espacio es un auténtico y cotidiano experimento sociológico, pues en realidad se habla de la vida de otra persona y eso es lo que mueve a la gente a ver dicho espacio, en muchos casos porque se ven reflejados ahí. Y en este sentido, saliéndome un poco del tema principal, es evidente que en Andalucía existe en la gente mayor un nivel cultural muy bajo, pero que no ha sido voluntario en muchos casos, ha sido consecuencia de unas condiciones de vida muy penosas a las que han estado sometidas nuestras generaciones precedentes, y lo dejo ahí.

Me trae buenos recuerdos este programa, no porque yo lo escuchara con habitualidad, sino precisamente por todo lo contrario, porque las únicas veces que lo escuchaba, era porque mi abuela lo hacía. Mi abuela era una señora, adelantada a su tiempo en muchas cosas, pero que apenas salía de su casa de Begíjar más que para ir a misa y a unas pocas obligaciones ineludibles; yo siempre la conocí vestida de negro a causa de una hija suya (mi tía) que murió en la posguerra. Esa afección por el Consultorio de Elena Francis pudiera ser muy bien uno de sus grandes puntos de conexión con el mundo real, del que quizás hubiera añorado formar parte si su vida no hubiera estado sometida a condiciones duras y dolorosos reveses. Aún revivo en mi cabeza esas tardes en las que la acompañaba en el patio, si hacía buen tiempo, o en el pasillo de su casa, expectante ella cuando comenzaba a sonar la sintonía mítica de este programa.

Por cierto, la sintonía es uno de esos grandes misterios que tal vez nunca tengan desenlace. No ya sólo por la razón por la que se eligió esa y no otra, sino porque inopinadamente esa sintonía literalmente se comió al programa, en el buen sentido de la expresión. Sin duda, su autor, Victor Herbert, compositor estadounidense de origen irlandés, jamás habría imaginado que su tema de jazz «Indian Summer» que data de 1919, saliera del anonimato muchos años de haber fallecido él, para convertirse en una de las melodías más conocidas y recordadas en España, amén de haber sido una de las sintonías más repetidas en la radiodifusión española a lo largo de su historia. Y sí, era una composición de jazz, que incluso tenía su propia letra, aunque en la sintonía del programa aparecía sólo música, y cuyo misterio reside en su elección y en el acierto de casi haber hecho una conexión estrecha entre la Sra. Francis y la canción, de tal manera que pareciera que la propia locutora dirigía una orquesta plácida y serena que parecía estar tocando, sin molestar, en el salón de tu propia casa. En fin, el bueno de Herbert no vivió para saber de este rotundo éxito, murió en 1924, y dudo si sus descendientes cobraron los correspondientes derechos de autor, pues antes no estaba tan cerrado como ahora este asunto.

Ahora bien, de lo que no hemos hablado hasta ahora y, tal vez, sea el punto de inflexión del programa, es de la propia Elena Francis, una señora con una voz penetrante y que sentenciaba con sus consejos y reflexiones, haciendo prácticamente cátedra de lo que decía. Es posible que el declive del programa, según se dice, fuera debido a la pérdida de audiencia, como consecuencia del impulso de muchas más emisoras, de la ampliación de horarios en la televisión pública o incluso la presencia de los primeros ordenadores; pero la velada razón que yo creo que imperó para que muriera definitivamente el programa es que en 1982, dos años antes de su definitiva desaparición, a la dirección del programa no se le ocurrió otra cosa que permitir que se editara el libro «Elena Francis, un consultorio para la transición», de Gérard Imbert, en el que se desvelaba que la tal Elena no existía, y sí que existía un grupo de expertos multidisciplinar, y además en su mayoría hombres (aunque se dice que en las dos últimas décadas ese papel le correspondió en exclusiva al periodista Juan Soto Viñolo, yo tengo mis reservas) que, de algún modo, se reunían en cónclave para dar respuesta a los problemas de los oyentes. De hecho, se confirmó que la voz de la tal Elena Francis pertenecía a la locutora Maruja Fernández que básicamente se dedicaba a poner la voz, una voz potente y radiofónica. Es más, desde el comienzo de sus emisiones, en 1947, hasta tres locutoras diferentes encarnaron el papel de Elena Francis. Los oyentes se enfadaron sobremanera, entendiendo que aunque pudieran barruntar en su subconsciente que Elena Francis no podía ser tan experta en diversos ámbitos, preferían estar engañados con esta ficción, o sea, no querían saber que los Reyes Magos eran los padres; de tal modo, que imaginarse a varias personas sentadas en una mesa mientras escuchabas la voz de la locutora creo que no encajó bien en la fiel y veterana audiencia del programa.

Finalmente hay que señalar que el programa se emitió desde Radio Intercontinental en Barcelona, hasta hace unas décadas una emisora muy implantada a nivel nacional, y hoy bajo el nombre de Radio Inter y que es difícil de localizar en el dial. En este sentido, el Consultorio de Elena Francis tuvo el gran privilegio de superar a la cadena que la alojaba, de hecho, mucha gente conoce el programa y mucha menos sabe dónde se emitía.