sábado, 14 de noviembre de 2015

EL CABO DEL MIEDO Y EL CABO DEL TERROR, REFLEXIONES A VUELAPLUMA

Casi treinta años después, en uno de los recursos a veces demasiado facilones del cine, se quiso hacer una nueva versión de la película «El cabo del terror» de 1962, dirigida por el británico John Lee Thompson. En su adaptación de 1991 en España se llamó «El cabo del miedo», por diferenciarla nominalmente de la otra, aunque en su denominación original ambas se titulan exactamente igual.

Es recurso fácil para productores y directores, tal vez el que más lo es en el cine, porque la base la tienes, no sólo escrita sino previamente filmada; ahora buscas un buen guionista que te haga esos cambios que tú quieres, un buen elenco actoral y ya tienes un producto perfecto para el consumidor.

Por otro lado, esta revisión de la película llegaba al mundo occidental en un gran momento para la industria del cine, con la proliferación de salas multicine, al menos en España así ocurrió. Toda una infraestructura montada para ver el cine a gusto, con una serie de aditivos que hacían sumamente atractivo el ir a ver una película y algo más.

Lástima, por cierto, que los multicines hayan acabado con las salas únicas de toda la vida; el otro día escuché que en toda España no existen abiertas ya más de cien, sobreviviendo a duras penas para mantener edificios singulares, enormes, llenos de historia y monumentos arquitectónicos en muchos casos; máxime cuando por diversas vicisitudes el precio del cine se ha encarecido bastante en la última década, acercándose peligrosamente al concepto de artículo de lujo. Lo que sí es verdad es que si fueras al cine todos los días tendrías problemas para llegar a fin de mes.

Pero, a lo que íbamos, para la nueva película se le encargó el trabajo al célebre directo Martin Scorsese que, críticas aparte, supo escoger bastante bien a sus actores, hasta el punto de que los trabajos de interpretación han sobrepasado claramente a la propia historia que se cuenta.

En estas reflexiones a vuelapluma no pretendo dar por sentado nada, básicamente porque como siempre digo, para gustos los colores. Podremos encontrar gente que opine que la segunda es mejor que la primera y viceversa. Los que me conocen casi se pueden imaginar cuál es mi opinión, y es que mi color preferido es el gris. Es decir, no tengo una opinión rotunda, hay que aspectos que me gustan y disgustan de la una, y lo mismo de la otra.

Lo que sí hay que agradecer a «El cabo del miedo» es que puso en órbita a su antecesora. A la gente de las generaciones de hoy, sobre todo los que no son muy cinéfilos, les repele ver películas en blanco y negro o simplemente clásicas, porque dan a entender que no es mejor que lo actual por el hecho de que sea más antiguo, menos en la onda. Para los de mi generación, que hemos vivido con las televisiones en blanco y negro, no tenemos recelo en repasar títulos clásicos.

En este sentido, «El cabo del terror» emergió y se llenó de actualidad, cuando nació su hermana, es más, para muchos, para mí también, acudimos a la antigua una vez vista la moderna, y sí, también para hacer las inevitables comparaciones.

La antigua es una película muy redonda, sin altibajos, muy bien realizada, sin aspavientos, comedida y perfectamente entendible; una buena película, de la que no voy a entrar en detalles argumentales, porque una u otra o las dos, seguramente que la mayoría de la gente que haya llegado hasta aquí, ha visionado. Robert Mitchum en el papel del malo (Max Cady) y Gregory Peck en el papel del bueno (el abogado Sam Bowden), con otras buenas interpretaciones de las que sobresale la participación de Telly Savalas, y lo pongo más que nada porque este actor siempre me ha gustado y no sólo porque hubiera encarnado a Kojak.

Mi gris se inclina un poco más en favor de la antigua que de la moderna. La moderna es más larga, tiene más altibajos, por tanto, es menos lineal que la otra, cuenta con añadidos con respecto a su hermana que son poco creíbles y problemas argumentales que no se resuelven en la película.

Pero «El cabo del miedo» tiene algo que no tiene la otra, tiene a Robert de Niro. La nueva está revestida de un halo de mayor tensión y misterio que la otra, según qué secuencias, con una atmósfera un poco al estilo de «Seven», que curiosamente es una cinta posterior en el tiempo. La acción gana espectacularidad con el personaje que encarna el genial actor neoyorquino. Algunos opinarán que fue el papel de su vida, para otros quizá no; desde luego para la mayoría sí que es el papel por el que más se le identifica. Un Robert de Niro en plan mesiánico, se recrea, se mete en el papel, incluso sobreactúa, pero nadie puede dejar de pensar en él y en su «abogado abogado» que con tantísima personalidad dobló el reconocido Ricardo Solans, y eso es un mérito incuestionable.

A todo esto, la segunda película hace guiños a su hermana, a modo de agradecimiento de un trabajo hecho y muy bien hecho, nos obsequia con bromas inteligentes hacia los espectadores. Los protagonistas principales de «El cabo del terror», aún activos en 1991, Peck y Mitchum, se cambian los papeles, curiosamente Gregory Peck es ahora el abogado de Max Cady, y el imperturbable Max Cady de la primera película, está ahora del lado de los buenos, es teniente de la policía. Incluso el inspector de policía de la primera película (Martin Balsam) es ahora juez. Amén de que se utiliza parte de la banda sonora de la primera, compuesta por Bernard Herrmann y adaptada por Elmer Bernstein.

Yo diría que Gregory Peck es el mejor Sam Bowden de las dos películas, igual que Robert de Niro supera por poco a Mitchum como Max Cady, pero esto evidentemente es una opinión.

Y ciertamente el personaje que representa a Sam Bowden en la versión moderna me parece el más paniaguado de los cuatro. Tal vez no tenga la culpa él, aunque en realidad no termino de ver a Nick Nolte como abogado, también es verdad que en el guión lo muestran demasiado torpe, tomando decisiones impropias de alguien experimentado que se dedica a defender personas en los juzgados.

Pero es que en esta segunda película la separación del bien y del mal tiene sus distorsiones. Ciertamente Max Cady es malo, pero Bowden tampoco lo es del todo; ¿Cady es peor por haberse pasado catorce años en prisión por culpa de un abogado que no le defendió correctamente del todo? Por otro lado, la inteligencia con la que se sucede el plan urdido por Cady es tan sutil que el director provoca que sintamos cierta simpatía por él.

Por otro lado los errores argumentales que en alguna fase de la película son garrafales tampoco hacen bien en el inocentón Nolte. Y es que mientras que en la primera película Bowden trata de tender una trampa a Cady mandando a su mujer e hija al Cabo del Terror sin que este sepa que realmente el abogado está con ellas; en la segunda, no tiene sentido que escape de su casa y se vaya al Cabo del Miedo, pues no hay trampa, ya que Cady sabe a ciencia cierta que se han marchado los tres de su casa.

Por otro lado, la versión moderna, también bajo mi punto de vista, remata de forma no muy brillante el final, con unas escenas donde la oscuridad, el agua y el movimiento de cámara son excesivos, de tal forma que por mucho que la ves no sabes realmente qué está pasando, o sea, realismo tenía mucho.

En fin, grandes películas del cine, sin ser obras maestras, que recomiendo ver conjuntamente, primero uno y luego otra, indistintamente antigua o moderna, en esta escenificación de la novela The executioners, escrita por John D. MacDonald.

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