sábado, 27 de octubre de 2012

BLOSSOM, UNA GUAPA POR DENTRO QUE NOS ENCANDILÓ

Una joven madura para su edad, inteligente y divertida en medio de una familia en la que cada uno tiene un rol muy marcado, eso y mucho más. Una adolescente fuera de lo común que cuelga en las paredes de su habitación pósters de M.C. Escher y que entusiasmó a millones de jóvenes hace un par de décadas, esa era Blossom.

A mí me pilló ya saliendo de la juventud, pero me trae muy buenos recuerdos esta chica, esta serie y la ingeniosa forma de traer la problemática juvenil a la pequeña pantalla, siempre con buen criterio e impecable desarrollo, con objeto de ofrecer estrategias para superar las vicisitudes propias de un período vital siempre convulso.

Pues Blossom vivía en una casita californiana con su padre y dos hermanos más. El punto de partida de la serie es el abandono de la familia por parte de su madre que decidió dedicarse profesionalmente a la música (es cantante) y las dificultades para recomponer el esquema familiar en esta nueva situación.

Su padre, Nick Russo (Ted Wass), es un pianista independiente con altibajos en su carrera, aunque en el terreno paternal demuestra ser un tipo muy juicioso y habilidoso, que es capaz de solucionar con buena mano los problemas de sus hijos. Es, sin duda, una figura central en la serie con el añadido especial de que en muchos capítulos él es el propio director de los mismos. De su pericia y su sentido común dependerá que esta familia no se resquebraje, tras la huida hacia delante de la madre.

En este contexto no nos encontraremos una familia corriente, y con todas las piezas del puzle dispuestas a encajar, hará falta mucho tiempo de diálogo, paciencia y comprensión, pues cada miembro de la familia tiene su particular problemática. El más complejo al inicio de la serie es el hijo mayor, Anthony o Tony (Michael Stoyanov) veinteañero y que ha pasado varios años de su juventud metido en las drogas y en el alcohol y que ahora trata de volver a hacer una vida normal.

El contrapunto más que simpático de esta familia es el pequeño, Joey Russo al que da vida el actor Joey Lawrence. Un joven muy ingenuo al que hoy diríamos que “le falta un hervor” y que vive obsesionado con las chicas y el béisbol. Pese a su aparente encefalograma plano, demuestra a lo largo de la serie ser mucho más tierno, humano y lúcido que lo que dictan sus acciones.

No podemos olvidar, porque es casi de la familia, a Six LeMeure (Jenna von Oÿ), la alocada íntima amiga de Blossom, que es visitante habitual de la casa de los Russo. Su incontinencia verbal y su acelerado pulso la hacen el complemento perfecto a una Blossom muy cabal y a veces demasiado perfecta y previsible.

A lo largo de los cinco temporadas que estuvo en pantalla la serie se suceden otros personajes que adquieren también un papel protagonista, entre los que cabe destacar al novio de Blossom durante bastantes temporadas, Vinnie Bonitardi (David Lascher), un tipo chulo y con un pasado algo turbio, al que Blossom hace entrar en vereda y este responde con respeto hacia la chica y con una progresión en su rendimiento escolar. También aparece la madre de Blossom, Maddy (Melissa Manchester) a lo largo de la serie en momentos puntuales, generando zozobra y cariño a partes iguales en la familia. Y, cómo no, el abuelo Buzz (Barnard Hughes), el padre de Maddy, que aparece con fuerza en la segunda temporada y se presenta como un viejo simpático y resultón que no siempre es el mejor ejemplo para sus nietos.

En las últimas dos temporadas Nick Russo contraerá matrimonio con Carol (Finola Hughes), lo que provocará una crisis familiar, sobre todo porque Blossom no la aceptará de ningún modo, por las obvias razones de reposición del papel de madre. Poco a poco se avendrá a razones y terminará haciendo muy buenas migas. Carol tiene una hija pequeña, la adorable y un poco repipi Kennedy (Courtney Chase), que es el tormento de la casa con sus preguntas siempre comprometidas y su espíritu curioso.

El joven Tony, a medida que avanza la serie, más maduro y rehabilitado de su vida anterior, conoce en un desliz y de casualidad a una joven de color, Shelley (Samaria Graham) con la que contraerá matrimonio y ampliarán la familia con un nuevo retoño.

Pues nada, presentados los personajes es raro que alguien con mediana edad en España y en los muchos países donde se emitió la serie y se repuso con posterioridad, no haya visto algún capítulo y haya conocido las peripecias de Blossom y sus satélites.

Desde luego aquí en España fue muy exitosa y yo la recuerdo así, quizá lo que más transmitió a los jóvenes de aquella época era más allá del hecho de que fuera una serie dirigida a ellos y que trataba problemas cotidianos, que por primera vez desde hace mucho tiempo la protagonista no era un bombón, era una chica normal y corriente, ni siquiera guapa de cara, sino más bien de ese tipo de muchachas que suplían su atractivo con su arrollador carácter, su simpatía a raudales y un estilo de persona en sus rasgos, en sus convicciones, incluso en su forma de vestir que a todos encantaba, incluso a los que la veíamos desde fuera.

Sin duda, el tirón de la serie estribaba en el papel central de Blossom, la mayoría de las tramas giraban en torno a ella, era su vida la que aglutinaba el devenir de los otros personajes; así que vimos crecer a esta señorita desde los trece a los dieciocho años, desde una niña, pasando por adolescente, hasta verla una mujer. Y en ese ínterin, todos los problemas existenciales, físicos y metafísicos de un período de nuestras vidas tan agitado como apasionante y cambiante.

Por otro lado, los directores de Blossom dotan a Mayim Bialik de un gran sentido común, aunque habiendo conocido algo de la biografía de esta actriz estadounidense quiero pensar que buena parte del encanto y del hechizo de Blossom dependían de la propia cosecha de Mayim. La recuerdo con claridad que estuvo visitando nuestro país y hablaba español con bastante soltura, era una chica muy interesante. La serie termina justo cuando Blossom acaba la enseñanza media, tras un gran expediente académico, se va a la universidad y trabaja a la par, de algún modo, el espíritu que movió a producir la serie a sus creadores, se había extinguido; y casi como si fuera una prolongación de la propia serie, Mayim Bialik prácticamente deja su faceta artística tras esta experiencia y se centra en los estudios, graduándose en Neurociencia y siendo Doctora en esta disciplina con posterioridad.

Más recientemente hemos podido ver a Mayim Bialik, y tal vez eso me inspiró el recordar esta serie, en la exitosa comedia de situación The Big Bang Theory, donde interpreta con la genialidad con la que se mueven los personajes de la misma, a Amy Farrah Fowler, la novia de Sheldon Cooper, otra maniática y casi enfermiza cabeza pensante, auténtico clon femenino de Sheldon con el que comparte una relación amorosa absolutamente atípica y gustos poco comunes.

En fin, también uno se siente un poco mayor cuando ve a la angelical Blossom, que de un plumazo ha cambiado tanto en un par de décadas, pero así es la vida…

sábado, 20 de octubre de 2012

JOAQUÍN BLUME, LA HISTORIA DE LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE

De vez en cuando los aficionados al deporte tenemos que asistir a alguna injerencia de la política en el deporte, y al final es este último el que sale perjudicado, creo que porque los políticos sacan réditos de esta estrategia. He querido recordar uno de los episodios más sonados de intromisión política en el deporte de nuestro país, en el que aquí también llevó las de perder el deportista; y es que mezclar amoníaco y lejía va a producir efectos devastadores, son elementos que no se llevan bien, en definitiva, juntos política y deporte, porque es inevitable, pero nunca revueltos.

Y he querido recordar un trocito de nuestra historia que aunque fue más o menos sonado en su momento ahora ha caído en el olvido más absoluto. Me ha venido a la memoria porque con la conclusión de los últimos Juegos Olímpicos, los de Londres, nuestro piragüista David Cal se convirtió en el deportista español con más medallas olímpicas; pero hace muchos años, cuando España no era nada en el mundo del deporte pudimos haber tenido un mito tanto o más comparable que los actuales y que la política, por un lado, y la mala fortuna, por otro, privaron de haber sido el mayor deportista de todos los tiempos en nuestro país.

Corría el año 1956 y le tocaba a la ciudad australiana de Melbourne celebrar los Juegos, además lo hacía, por estar en el hemisferio sur, en su período estival, en este caso finales de noviembre y principios de diciembre. España iba a participar con una exigua representación (sólo tres deportistas), porque ya se sabe que en aquella época pintábamos poco en el concierto internacional deportivo (más allá del fútbol, aunque todavía el Real Madrid no había ganado una sola Copa de Europa), y nuestro medallero histórico era más escaso que el bigote de un adolescente.

No obstante, como si se tratara de un mirlo blanco ya llevábamos unos años en España que se hablaba con cierto interés de otro deporte aparte del fútbol, como era la gimnasia, porque apareció un tal Joaquín Blume que desde 1949, con sólo dieciséis años de edad ya se había proclamado Campeón de España y desde entonces había repetido triunfo en los años siguientes. Pero su gesta trascendía el marco patrio y ya comenzaba a sonar en torneos internacionales y competiciones oficiales, su progresión era imparable, en los Juegos del Mediterráneo de 1955 en Barcelona había conquistado seis medallas de oro y para esos Juegos del 56 había una buena oportunidad de hacer algo, ¿de medalla? Pues tal vez sí.

Joaquín Blume, conocido familiarmente como Achim, era hijo de un profesor de gimnasia de origen alemán que fue quien lo introdujo en este deporte, pues no en vano tenía su propio gimnasio. Blume destacó desde muy pequeñito por tener un físico ideal para esta disciplina, amén de una voluntad de hierro para realizar unos entrenamientos durísimos a lo largo de una jornada diaria agotadora.

Por entonces el recorrido de un gimnasta era mucho más duradero que en la actualidad, donde por encima de los veinte años ya empiezas a ser un veterano, él con veintitrés estaba empezando a entrar en sus años buenos, y estaba más que maduro y absolutamente preparado para abordar lo que podía ser una grandiosa gesta para el deporte español en tierras australianas.

Y ocurrió… El régimen dictatorial de Franco puso la antena y se enteró de que los soviéticos habían invadido Hungría, lo que había sido una respuesta popular espontánea ante el régimen comunista de dicho país y las políticas impuestas desde la U.R.S.S. Entonces nuestra Delegación Nacional de Deportes se erigió en paladín de los desamparados y reserva espiritual de las “potencias” anticomunistas, y decidió no asistir y boicotear los Juegos Olímpicos de Melbourne quince días antes de su inicio con un escueto pero quijotesco comunicado en el que se decía textualmente “…ha tomado el acuerdo de suspender el envío de una representación de atletas españoles a Melbourne (…). Al tomar esta decisión cree interpretar el espíritu del pueblo español, que no se aviene a participar en una Olimpiada en circunstancias como las actuales, en las que se está hollando la dignidad y la independencia de pueblos soberanos, y que culmina con la sanguinaria invasión de Hungría, decretada por el comunismo internacional”.

Pues a la hora de la verdad fuimos más papistas que el Papa pues este fabuloso boicot fue respaldado por dos países más, Holanda y Suiza, es más, participo igualmente el país invadido, Hungría, y sus deportistas seguramente abnegados y esforzados durante los años previos y preparados para asistir al mayor evento deportivo del cuatrienio, abstraídos de la política, estuvieron allí y con gran éxito.

El pobre de Blume tuvo poco tiempo para reaccionar, pero aún así pensó en competir por Alemania, ya que hablaba ese idioma y por su ascendente germano podría ser posible conseguir la nacionalidad con rapidez, pero entonces el que iba a ser el jefe de la delegación española en Melbourne, el ya famoso por entonces Juan Antonio Samaranch, le conminó para que no hiciera esa barbaridad que dolería mucho a los españoles, imagino que en medio de otras presiones difíciles de entender en el mundo que actualmente vivimos.

Así que Blume asistiría desde la distancia a los logros de sus compañeros de disciplina, mientras le daría vueltas a su cabeza acerca de lo que podía haber sido y no fue.

La más clara confirmación de que a Joaquín Blume le habían birlado unas cuantas medallas en Australia fue con ocasión del Campeonato de Europa de París en 1957, unos pocos meses después de los Juegos. Decir Europa en la gimnasia era casi decir el mundo, porque los mejores gimnastas estaban en el Viejo Continente más los representantes japoneses, y pare usted de contar.

Y allí arrasó nuestro gimnasta, con cuatro medallas de oro (en el torneo individual y en las especialidades de anillas, caballo con arcos y paralelas), una plata en barra fija y dos cuartos puestos en las otras dos disciplinas, salto y suelo. Ahí es nada. Su ejercicio de anillas era casi perfecto y su imagen del “Cristo” fue fijada en la retina de medio mundo. Lo curioso es que superó con más puntuación que los medallistas de oro en Melbourne a sus contrincantes y especialmente y con mucha suficiencia a Yuri Titov un famoso gimnasta soviético que llegaría a conseguir nueve medallas olímpicas a lo largo de su carrera.

Por si no le había resultado poca ignominia al régimen franquista el haber privado a Blume de hazañas olímpicas, también boicoteó los Campeonatos del Mundo de gimnasia que se celebrarían en Moscú en 1958, o sea, que tampoco pudo inscribir nuestro deportista su nombre como Campeón del Mundo.

Y ahí llegó la mala fortuna porque el avión que lo trasladaba desde Barcelona a Madrid el 29 de abril de 1959, que iba a hacer escala en la capital española para después continuar hasta Canarias donde iba a participar en una exhibición, se estrelló en la serranía de Cuenca, donde perecieron su mujer y más de una veintena de ocupantes del Douglas FEC-A.B.C de la compañía Iberia, no hubo supervivientes. Blume y su mujer dejaron huérfana a una niñita de cuatro meses (María José) que se tuvo que criar sin lo más preciado para una persona, sus padres.

Si consideramos que Yuri Titov que era sólo dos años más joven que Blume y al que había vapuleado en París, había conseguido medallas en Melbourne 56, y en las posteriores Olimpiadas de Roma 60 y Tokio 64, no sería muy aventurado pensar que aunque le hubieran salido las cosas algo torcidas a Joaquín, todavía podía haber mojado tras el fiasco australiano, pero quiso el destino que su vida se cortara de raíz aquella primavera de 1959, para desazón de su familia, amigos y aficionados al deporte.

Con el tiempo se habla cada vez menos de Blume, de lo que hizo y de lo que pudo ser, en 2009 se cumplió medio siglo de su muerte y nadie se enteró. Así que si la histeria fascista y la mala fortuna no se hubieran conjugado tal vez la historia del deporte español habría tenido otra lectura, y quizá también si el sino hubiera sido otro bien diferente hoy un Joaquín Blume veterano podría ser un mito viviente, y el mayor deportista olímpico español que es casi como decir el mejor deportista de la historia de nuestro país.

sábado, 13 de octubre de 2012

MANNHEIM STEAMROLLER, NEW AGE CON AROMAS NAVIDEÑOS

No sé si es porque se acerca la Navidad, o que tengo más ganas que ningún otro año de que lleguen estas fechas tan entrañables, porque serán especiales para mí dada mi nueva paternidad. La Navidad es un período en el que antes utilizaba mucho el tiempo para dedicarme a mis aficiones preferidas y ahora estaré seguramente más limitado, pero no me importa.

Quizá cuando más música escucho es en Navidad, va conmigo a todas partes y, por supuesto, aprovecho para desempolvar mis archivos de música específicamente navideña, y eso le da un ambiente a mi casa muy especial.

Hoy he querido traer a modo de recomendación un nombre que tiene a la Navidad como su proveedor de sensaciones, por el hecho de ser un referente en melodías típicas de esta época, se trata de Mannheim Steamroller. En realidad es el apodo o nombre comercial del productor musical y compositor talentoso Chip Davis, todo un innovador que fusiona la música clásica con el pop de alta tecnología para crear arreglos intemporales de la música antigua y la nueva.

Parece que lo del nombrecito alemán (Chip es estadounidense) viene de una técnica musical que se adoptó en el siglo XVIII y tenía que ver con una especie de crescendo a lo largo de pasajes que tienen una línea melódica ascendente (esto me supera), aunque cuando se oyen sus discos se entiende más o menos. La Escuela de Mannheim fue la que popularizó esta técnica.

Antes de alcanzar la fama como Mannheim Steamroller, Chip Davis era muy conocido por la música country, aunque también hizo sus pinitos como con la música clásica ayudada por sintetizadores en colaboración con otros músicos.

Nacido en Sylvania, Ohio, como Louis Davis Jr., recibió el apodo de Chip, y así se quedó para siempre. Viniendo de una familia de músicos, Chip aprendió piano a los cuatro años de manos de de su abuela.

Unos años más tarde, Chip se sintió fascinado por la electrónica y quiso aprovechar esto para enriquecer su talento musical, pero siempre con mucha influencia clásica. Sus primeros proyectos trabajando con músicos contemporáneos le ayudaron a evolucionar hacia el estilo que hoy se le conoce. De hecho a finales de los sesenta del siglo pasado declaraba que era muy clásico y a partir de ahí se abrió su mente.

Fueron también muy populares sus melodías que acompañaban los anuncios televisivos para la compañía panadera Old Home Bread, a mediados de los 70 y que muchos estadounidenses recuerdan con añoranza, era música country y ahí fue cuando descubrió el filón que le hizo recorrer todo su país y, por supuesto, lucrarse crematísticamente.

Probablemente ese nuevo estado económico le permitió hacer lo que siempre deseó, el rock clásico del siglo XVIII como él lo denomina, ya que aparecían en sus composiciones instrumentos tan dispares como clavicordios, bajos eléctricos, sintetizadores y todo ello con ritmo de rock.

Y así surgió su disco, Fresh Aire, nada comparable con lo que se conocía hasta el momento de Chip, pues no cuadraba que un tipo especializado en música country se moviera ahora en unos registros completamente diferentes e inimaginables. No cuajó en las discográficas, fue algo así como poner a Messi a jugar de defensa, y lo que hizo Chip fue cambiarse el nombre para que no se le asociara con su pasado y pasó a denominarse Mannheim Steamroller.

Fresh Aire se convirtió en un éxito, vendiendo desde los EE.UU. a Japón y Alemania; y de ese disco surgieron cuatro entregas más dedicadas a cada una de las estaciones del año y la última un retrato musical del viaje mítico de Johannes Kepler a la Luna en 1609.

Cuando Chip anunció que su próximo proyecto iba a ser un álbum de Navidad, la reacción fue menos entusiasta para la industria discográfica. Pero coló y fue como infundir nueva vida a la música tradicional de Navidad. El disco Mannheim Steamroller Navidad (1984) vendió más de seis millones de copias, incluso algún tema se coló en las listas de éxitos de las cadenas de radio más populares de EE.UU. Después vino Fresh Aire Navidad (1988) que duplicó las ventas de su predecesor.

Así que Chip y Mannheim Steamroller pasaron a ser un referente muy cualificado de la música New Age, imprescindible por su música y por sus connotaciones navideñas, como él dice “hago mis discos de Navidad porque me encanta la música de Navidad”. Y yo la escucho y me recreo por lo mismo.

sábado, 6 de octubre de 2012

NO TODOS LOS ARROCES EN EL CAMPO ESTÁN BUENOS

Pues estaba el otro día en uno de esos eventos en los que una asociación celebra un acto benéfico para recaudar fondos, y ya se sabe que en Andalucía y yo diría que buena parte de España, uno de los mejores modos para ese fin es colocar una barra y ofrecer cervezas, vinos y viandas pasadas por la plancha, a precios populares. También suele ser habitual que estas iniciativas cuenten con un plato estrella como es la paella, convertida en la atracción del gran público que espera con ilusión a que esta delicadeza de nuestra gastronomía patria esté lista para ser servida, con el consiguiente enloquecimiento del respetable que pareciera que es la primera vez que come arroz en su vida.

Llegó nuestro turno y allí nos sirvieron nuestro platillo, que costaría un par de euros, no lo sé porque yo no los pagué; eso sí al más puro estilo campestre, en plato de plástico y cubierto del mismo material. Me senté con mi familia y en la primera cucharada ya tenía el veredicto de esta excelencia culinaria: incomestible. Para ser verdad me lo comí, porque soy persona a la antigua usanza que no deja nada en el plato, por respeto a los que no tienen y porque me enseñaron de pequeño que la comida no se tira por mala que esté.

No me pude reprimir, y eso que había gente a mi alrededor que no sé si tenían relación con el cocinero que había obrado el milagro de convertir un plato exquisito en bodrio, que había llevado una maravilla de los fogones hispanos al Olimpo del mal hacer y del peor gusto, y lo comenté a viva voz, aquel arroz estaba asqueroso, insípido y pastoso; era una amalgama en la que introducías la cuchara y se quedaba de pie, un empedrado compacto que bien pudiera haber servido de mortero para hacernos un muro de las lamentaciones.

La familia de al lado, que siempre la he tenido por bastante comedida, aprovechó mi alarde de sinceridad para confirmar lo que era más que una apreciación mía, es decir, que el arroz era un atentado al noble nombre de la paella española, y que se lo estaban comiendo, aparte de lo que yo había esgrimido antes, porque su dinerito les había costado y no está el horno para bollos.

Y viene esto a colación porque he tenido que asistir en mi vida, y seguro que me quedan muchos eventos de este tipo, a celebraciones, días de campo, reuniones familiares, despedidas de soltero..., en las que el primer valiente que se cree Arguiñano porque una vez vio hacer un arroz a un profesional, se adjudica el peligroso honor de intentar el sacrilegio de convertir la paella en una comida odiosa para mí.

Hablo, por cierto, en género masculino, casi en plan antimachista, porque tenemos los hombres esa atávica pasión de querer ser cocineros cuando no estamos en nuestra casa, bueno a mí no me pasa porque yo soy muy respetuoso con la comida, y no me atrevo a hacer algo para que lo no me considero capacitado. Y eso, aquí en Andalucía y en una buena parte de España, cuando las temperaturas lo permiten, especialmente en otoño y en primavera, es muy tradicional irse de campo para “comerse un arroz”. Y me da pánico, lo siento soy muy sincero, cuando un hombre dice las palabras mágicas, “el arroz lo voy a hacer hoy yo”, o “dejadme solo que yo me apaño”.

Para empezar, las condiciones para elaborar esta delicia susceptible de convertirse en atropello, no son las mismas que en tu casa. Generalmente la persona que trae o ha comprado los ingredientes no es la misma que la que cocina. Y tú ves que comienza a trajinar y si hay lumbre, aquello ya se convierte en un insondable arte, que si tiene poco fuego, que si echa un palo por aquí, que las trébedes no están equilibradas. Y, por supuesto, surgen comentarios del tipo de: “pero qué habéis traído”, “falta esto” o “poco tomate” o “muchos guisantes”, “o si es que tenía que haber hecho la lista yo”. Y avanza el sacrilegio, aderezado con los mirones que empiezan a hacer sugerencias, pero el que manda es el que lo hace y no acepta intromisiones. Yo particularmente me fiaría de lo que dicen las amas de casa, acostumbradas a realizar en su hogar este plato y más duchas en el manejo de los ingredientes principales.

Llega, pues, el momento cumbre en que emerge la paella o arroz campero, custodiada por el orgulloso cocinero que espera sí o sí a que la gente se coma su engendro y sobre todo que le dediquen palabras de aprobación que le refuercen en su excelso papel de ranchero de fin de semana por los siglos de los siglos. Y nada, que no, que más de la mitad de los arroces que me he comido en el campo son una argamasa cereal con tropezones de ingredientes diversos y no siempre los mismos.

A ver, me considero un buen catador, eso no quita que cuando me ocurre esto me quede callado por respeto, especialmente si es una persona mayor el obrante del atentado. Lo que peor me sienta de esta situación, más allá del mal trago que supone comerte el plato estrella con poca alegría, es que parece que todo el mundo está sujeto a una abducción extraterrestre, y celebran el plato con inopinada satisfacción, ¡qué rico!, ¡buenísimo!... ante la jactante mirada de satisfacción del cocinero que se pone ancho de orgullo y que tendrá confirmación de que puede repetir el pecado pues es claro que ha gustado a todos.

Yo, siendo respetuoso con la comida, no la tiro y me la como a regañadientes aun cuando sea hormigón armado, también intento no colaborar en este engaño, es decir, no todos los arroces en el campo están buenos, y no sé por qué demonios hay obligación de decirle al cocinero que el arroz está muy rico cuando objetivamente no es así. Por suerte mi mujer me acompaña en este sentido, y es a la única a la que puedo decirle por lo bajini que aquello es una bazofia. Entiendo que la gente premie al cocinero por educación o por costumbre, pero es que de verdad, he asistido a campos donde ha sobrado más de la mitad del arroz porque era malísimo y todo el mundo insistía en la pantomima de decir que estaba muy bueno. En estos casos, mi límite del respeto está en no decir nada y no colaborar en semejante profanación salpicada con gratuitos calificativos, todo lo más que hago cuando me preguntan si me ha gustado es asentir con la cabeza o como extremo decir un “sí” que casi no me sale del cuerpo, porque en realidad me gustaría ser íntegro y sincero y decir la verdad.

Además resulta curioso comprobar que el maestro eventual de la cocina que se atreve de higos a brevas, suele quemar bastante el arroz, o sea, que uno de los indicios de que el asunto va a ir peor que mal es que el arroz esté pasado, y claro existe una excusa perfecta para eludir la responsabilidad y hasta dárselas de que uno ha calculado todas las magnitudes: Decir que con suma pericia ha dejado que se queme parte del arroz por debajo, y entonces utilizan esa palabra valenciana que parece que aprendieron antes de ejercitarse en la profanación del arroz, que es “socarrat”, y que a mucha gente gusta realmente, pero ese recurso está al alcance de pocos (los profesionales y amas de casa), y cuando en el campo se te quema el arroz, es que se te ha quemado porque no has sabido controlarlo.

Como he dicho antes, si yo fuera al campo y me dieran a elegir a la persona que quiero que cocine, siempre pensaría en un ama de casa, que no se me tome esto como comentario machista pues es la pura realidad. Vamos a ver, quién hace en buena parte de nuestras casas la comida, quién hace del hogar casero su profesión absolutamente respetable, quién cocina diariamente, quién puede saber mejor que nadie de medidas, ingredientes, tiempos de cocción y fritura... Yo no me atrevo a cocinar en mi casa más que cuatro cosillas muy básicas, a pesar de que en mi época de estudiante sabía cocinar platos elaborados (guisos fundamentalmente), ahora no me atrevería a ponerme delante de una cocina y menos en el campo para preparar una receta que hace años que no practico. Pues esto le pasa a algunos, que preparan un arroz de vez en cuando, les falta el oficio diario y ocurre lo que ocurre.

Por otro lado, también indicaba que cuando vas de campo, la realización del arroz que parece un acto que eleva a algunos a un plano superior, viene precedida de la compra de los ingredientes. El que compra lo hace de una manera, el que cocina de otra y como cuando vas de juerga el número de personas varía con respecto a la última vez que te atreviste a hacer el arroz, las medidas como que no te concuerdan. Así que lo que decía antes que como tú lo haces de otra manera y los ingredientes no son los que tú hubieras precisado, pues la paella viene siendo un laboratorio de investigación en el que probar nuevas maneras de elaborar este prestigioso plato, teniendo de inusitados conejillos de Indias a los potenciales comensales de un día que hasta ese momento era excelso (sí porque antes de eso se tapea y yo intento tapear bien porque sé lo que viene), y que alguien ha decidido dedicarlo a hacer experimentos, ¡vaya!

De tal forma, querido lector que has llegado hasta aquí y no te has marchado, que el arroz que te vas a comer en el campo es un prototipo en todo su ser y tú eres la cobaya de turno, así te encontrarás con infinitas versiones: arroces caldosos, otros secos, sólo con carne, sólo con pescado, de todo un poco, a veces con tal cantidad de marisco y atavíos que haces una fiesta cuando encuentras un grano de arroz, con verdura o sin verdura, con picante o sin picante, con todo o con nada, con color o sin color, sosos o pasados de sal, y como digo la variante más habitual es que recién salido del fuego ya pueda servir perfectamente como munición, aspirando a ser arma de destrucción masiva en cuanto se oree un poco.

Por supuesto, habrá quien sea un poco avispado y tiente la suerte de decir que tiene un sabor diferente, a lo que el cocinero aludirá que cada maestrillo tiene su librillo, y todo el mundo lo felicitará por ese buen sabor que le ha dado y que todos desconocíamos hasta ese momento.

Ah, y por no hablar del tiempo de elaboración, pues he asistido a elaboraciones tan largas y tardías que cuando íbamos a comer eran más de las seis de la tarde y ya casi hubiera preferido un café con pastas. Esa es otra, el que lo haga tiene que saber que si consideramos a la paella como el plato estrella de la celebración tiene que comerse en el punto culminante de la fiesta, no cuando todo el mundo está deseando coger los bártulos y largarse.

El problema es que en este país todos queremos ser maestros de cualquier cosa y hay que dejar hacer a quien sabe, yo podré querer ser fontanero, pintor, albañil o electricista en mi casa, pero no soy profesional y no me saldrá la chapuza como a alguien que se dedica a eso en cuerpo y alma. Pero lo peor de todo, es que en el arroz hay una finísima frontera entre un buen arroz y un comistrajo, basta que no llegues o que se te pase, y ya la has cagado, aunque todo el mundo por educación alabe la propuesta del chef.

En fin, recuerdo que más de la mitad de los días de campo que he echado y en los que se ha hecho arroz, mi calificación es de suspenso, es decir, era conglomerado cereal. Los mejores arroces que recuerdo han sido los de las amas de casa y, por supuesto, los de cocineros o cocineras profesionales, de hoteles, restaurantes o guarderías, que le otorgan a un plato tan insigne y emblemático la categoría que le corresponde. Que siempre nos lo han dicho nuestros padres, que con las cosas de comer no se juega.

ACTUALIZACIÓN (mayo de 2017): No me he podido resistir a incluir en esta entrada algo que me ocurrió hace unas semanas. Con ocasión de un evento particular, el cocinero de turno, hombre, amo de casa esporádico y con notas de ego subido, hizo ese arroz, ese material de construcción que competía con el hormigón armado. Ese arroz que era todo menos arroz, porque si el arroz es arroz tiene que llevar arroz, y no cien mil cosas, y lo que menos, arroz.

Pues ese arroz llegó demasiado pronto, pero aun así incomible, asqueroso. Y vuelvo a insistir, como no rompamos este círculo vicioso, vamos a seguir teniendo cocineros que perpetran platos tan egregios como este. Todo el mundo le dio sus parabienes, cómo no, y el individuo en cuestión, que es una especie muy popular de la Península Ibérica, se vino arriba y en su ego exacerbado por las circunstancias, se atrevió a decir que él, un ciudadano anónimo de la provincia de Jaén, había ido una vez a hacer una paella a Valencia, la cuna de este plato, y se había atrevido a decir a los valencianos que no sabían hacer la paella y que el plató auténtico era el suyo.

Lo dicho, o rompemos este bucle o vamos a seguir conviviendo con estos delincuentes gastronómicos. Ahí lo dejo.