martes, 28 de diciembre de 2010

AQUEL MÍTICO TORNEO DE NAVIDAD DEL REAL MADRID

En los últimos años, tengo la sensación de que la Navidad se queda algo huérfana en el terreno deportivo. Los deportes más populares o están en el parón invernal o se toman unos días de vacaciones para celebrar estas fechas tan entrañables.

Hace años el calendario baloncestístico se rellenaba con el mítico Torneo de Navidad que organizaba el Real Madrid. La gente de mi época recordará con muchísimo cariño esas tardes navideñas en las que el Real Madrid, estandarte en las décadas de los 70 y 80 del baloncesto español, se las veía con los mejores combinados del mundo, fuera de la NBA. Un torneo en el que participaban cuatro equipos, el Madrid que ejercía de anfitrión y tres más.

Realmente recuerdo este Torneo como el programa más esperado para mí en Navidad, mucho más incluso que los programas especiales de Nochevieja, o las películas especiales que nos ponían y nos ponen para amenizar estas fiestas. Con la voz del malogrado Héctor Quiroga y en el no menos mítico Pabellón de Deportes del Real Madrid, durante tres días disfrutábamos del mejor baloncesto y de este club que, entonces era señorial, y hoy, tengo mis dudas.

Siempre coincidía en aquella época con que iba a la aceituna, y soportaba mejor lo mal que se pasaba en la aceituna en Begíjar, pensando en el partido que me aguardaba por la tarde (las pocas veces que he ido últimamente a la aceituna lo seguía llevando mal, pero es que más joven y con más vitalidad, era igual: terminaba machacado). Y lo mejor es que no había que competir con otras cadenas, ni con los gustos dispersos de la familia. En los 70 existía la Primera Cadena, y no todo el mundo tenía la Segunda, así que baloncesto sí o sí.

Varios recuerdos llenan esos partidos tan trepidantes, y siempre asocio e imagino que mucha gente recordará que, por aquel entonces, en todos los partidos de baloncesto del Real Madrid, había un simpático aficionado que con un altavoz y una voz muy singular repetía hasta la saciedad como si de un mantra se tratara ¡hala Madrid!, ¡hala Madrid!, juntando sus exclamaciones unas con otras y de forma tan rápida, que al final parecía decir otra cosa. O aquella vez que yo asistí por primera vez a la rotura de una canasta, fue un jovencísimo Sabonnis, que por entonces ya comenzaba a despuntar.

Y se me vienen a la cabeza un montonazo de buenos jugadores y de nombres que, seguro que buena parte de ellos no se hicieron ricos con esto del baloncesto, pero que contribuyeron a que muchos niños y niñas de aquella época nos aficionáramos a este bello deportes, así que muchas gracias a los Corbalán, Carmelo Cabrera, Paniagua, Prada, Fernando Marín, Romay, López Iturriaga (que así era conocido y no por su segundo apellido y mucho menos por Itu), Brabender, Walter, Coughran, Randy Meister, Abromaitis, Branson, Wayne Robinson…

Al final todo esto venía porque este prestigioso torneo, que fue considerado el mejor torneo amistoso de baloncesto del mundo, desapareció, fue diluyéndose como un azucarillo en el café. De esas décadas del 70 y 80 de tantísimo esplendor, los 90 nos trajeron un torneo que iba decreciendo, los rivales ya no tenía el caché de antes. En el 2000, se decidió hacer el torneo a partido único, hasta que hace cuatro o cinco años se dejó de celebrar, por el calendario apretado del baloncesto FIBA, según las fuentes oficiales del Real Madrid, y en mi opinión porque el Madrid se ha aburguesado últimamente y va a lo fácil, quizás este torneo le costara dinero, le costara trabajo encontrar buenos rivales y a lo mejor sus jugadores no querían sacrificar sus días de asueto navideño, pero al que algo quiere algo le cuesta.

Hace años se escuchó que el Real Madrid iba a prescindir de su sección de baloncesto y, desde luego, ya no se le presta la atención que antaño, cuando venían a este club los mejores baloncestistas del mundo fuera del universo NBA. Por eso decía antes que en esas décadas doradas en las que yo vivía mi niñez y mi juventud, uno tenía la sensación de que el Real Madrid era “más que un club”, era el mejor club, no sólo ganaba en fútbol; arrasaba en baloncesto, siendo el equipo más laureado del mundo; tenía una sección de voleibol y también se llevaba las ligas de calle; e incluso una sección de atletismo. Soy del Real Madrid, aunque cada vez el fútbol me interesa menos, y siento envidia por la estructura deportiva del F.C. Barcelona, y no por el mal llamado deporte rey, que debería llamarse el deporte dictador, sino porque también tiene baloncesto, hockey sobre hielo, hockey sobre patines, balonmano, fútbol sala, béisbol, atletismo, rugby…

En esta época en la que vivimos, donde todo el deporte se resume en uno, fútbol, reivindico la vuelta del Torneo de Navidad del Real Madrid de baloncesto. Quizás una buena iniciativa sería hacer algo similar a lo que se hace con los torneos de fútbol siete que se celebran en Navidad, en Semana Santa o verano, y es hacer una competición amistosa para jóvenes promesas, con los mejores clubes españoles y las canteras europeas más fructíferas. Y, por supuesto, venderlo a alguna cadena de televisión, de esas que rellenan con retransmisiones en diferido de cualquier deporte a todas horas, porque no saben qué poner.

martes, 21 de diciembre de 2010

YANNI, EL AMO DE LOS SINTETIZADORES

El otro día cuando hablé de Jerry Goodman, de Ramón Trecet y su programa Diálogos 3, olvidé comentar que en aquel ligero repunte de la música New Age, entre finales de los 80 y comienzos de los 90, imagino que Ramón Trecet tendría mano en Televisión Española porque consiguió un espacio en esa cadena donde, de algún modo, ilustraba con imágenes a los artistas y grupos más sonados y prestigiosos. El programa se llamaba Música NA y lo echaban en la primera cadena los sábados de madrugada, a eso de las doce y media o la una.

Este programa nos traía reportajes y entrevistas de producción propia, y el equipo de este programa se desplazaba generalmente a Estados Unidos, cuna de la música New Age. Y es que me acordé de una de estas entrevistas en su estudio de grabación, del compositor que traigo a colación esta semana, se trata del griego Yanni.

Seguramente lo que siempre me llamó la atención de Yanni fue su estética, un tipo con pelo larguísimo y buen mostacho, por cierto que ahora con unos añitos de más se ha quitado el bigote y se recortado la melena. Estos y otros detalles y, por supuesto, su música lo hacían ser un compositor singular.

De algún modo, Yanni tiene el honor de ser de los artistas, que se cuentan con los dedos de una mano, que le dio la vertiente moderna, de vanguardia a la New Age, por ser de los pioneros en utilizar el ordenador. De hecho, cuando hablamos del sintetizador, un aparato electrónico que fabrica música artificialmente a través de un programa de software, este músico fue de los iniciadores de esta corriente.

Alguien podría ser crítico con esta música por los atajos para construirla. Yo siempre he sido de la opinión de que hay que mirar el producto final y si este es bueno o genial, queda sobradamente justificada su concepción. La música de Yanni siempre me ha inspirado mucho, me ha transportado a otro lugar, me ha liberado de tensiones y conseguir esto aunque sólo sea por unos segundos ya es válido para que yo califique el legado de Yanni como excepcional.

Casi en paralelo a la potencia musical de Yanni, aparecen detalles en su vida que, dentro de las limitaciones de este tipo de música, algo a lo que siempre aludo, hacen que este griego sea algo famosillo.

Para empezar diré que como ocurre como muchos otros compositores modernos, tiene una formación de base que no tiene relación exacta con la música. Habiendo sido un joven atlético y excelente nadador en su Grecia natal, Giannis Chrysomallis llegó a batir el récord de 50 metros libres en su país; con 18 años, en 1973, decide irse a estudiar Psicología a Estados Unidos, y termina con éxito sus estudios.

Aunque comienza a alternar su carrera intelectual con la musical, la primera curiosidad de Yanni es que jamás realizó estudios musicales y desde un inicio se creó su propio sistema de notación, es decir, que le dan una partitura y como si le dieran un texto en chino. Pero eso no le impidió el hacerse poco a poco un sitio en el panorama musical de la New Age.

El hecho por el que es más famoso, es por su relación con la actriz Linda Evans una de las protagonistas del culebrón estadounidense Dinastía (foto que acompaña esta entrada). Quiero aventurarme a pensar que con una guapa y millonaria mujer, su cuenta corriente le permitió investigar todo lo que se le ocurría en su estudio de grabación. Y la verdad es que hizo auténticas obras de arte. Quizá trascendiera por encima de cualquier trabajo su “Live at the Acropolis”, grabado en 1993 en directo, en el Teatro Herodes de Atenas, un vestigio de la arquitectura griega clásica, que con no pocos problemas las autoridades griegas accedieron a permitir. Se convirtió en su seña de identidad y todavía hoy se pueden ver en Internet con facilidad imágenes de aquel mítico concierto.

Es posible que las mujeres pudieran encontrar atractivo a Yanni, yo de hombres no entiendo, pero lo cierto es que un aura de seductor y rompecorazones recubre a este artista; pues después de cortar con Linda Evans tras nueve años de relación; probó suerte con otra bella mujer, la modelo boliviana Silvia Barthes. En 2006 ella le acusó de maltrato y rompió esa relación, por cierto, la causa se archivó. Se comenta que esta ruptura le afectó profundamente al griego y que a partir de ahí tenemos un nuevo Yanni, de hecho, su afeitado de bigote y recorte de melena se le atribuye a este incidente.

Sin duda, Yanni es uno de los grandes de la música New Age, millones de personas han escuchado su música alguna vez a través de sintonías, anuncios..., otra cosa distinta es que se la sepa atribuir. Yo me quedo con tres perfectas canciones para acompañar una tarde lluviosa al calor de una lumbre y leyendo un buen libro: “Nostalgia”, “Standing in motion” y Within Atraction”.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

"EL TEMIBLE BURLÓN", DE ROBERT SIODMAK

Bueno, pues ya estamos en la antesala de la Navidad, época en la que podemos estar más con la familia y amigos, y por supuesto, también tendremos algo de asueto para disfrutar del calor del hogar.

Con el recogimiento navideño e invernal da más gusto y morriña el recordar viejas películas que perduran en el tiempo, de esas que te trasladan a tu niñez, cuando toda España veía programas míticos como “Primera sesión” o “Sesión de tarde”.

A buen seguro que el “El temible burlón” fue una de ellas, con todos los ingredientes de un clásico para toda la familia: aventura, acción, golpes cómicos, colorido, idilio, guión impecable..., en unos cien minutos vertiginosos que dura este fabuloso trabajo dirigido en 1952, por otro sonoro nombre de la historia del cine como Robert Siodmak.

Varias reflexiones merece esta bonita película de las de toda la vida, empezaré por la primera, ya que el título original poco tiene que ver con lo que la producción de este largometraje habría pensado ni siquiera como traducción factible. “The crimson pirate”, el nombre original, podría traducirse como “El pirata escarlata”. Se seguía la moda en España de cambiar los nombres de las películas, colocando uno más rebuscado para que sonara comercialmente mejor. Desde luego lo entendería si la proyección se hubiera pasado sólo por la televisión, pero el fenómeno del televisor en color apenas lleva consolidado en nuestro país una treintena de años. Así que los que ya somos algo maduritos vivimos nuestra niñez con tele de blanco y negro, y esta película la vimos en ese formato (alguna vez hablaré sobre cómo vi por primera vez la tele en color), por tanto, perdiéndonos la vivacidad cromática del tecnicolor, que ahora con los años puedes visionar tranquilamente en DVD y disfrutar del impresionante vestuario multicolor de todo el cuadro actoral.

La película la llena por sí mismo un Burt Lancaster en plenitud de facultades, y es que tal vez no se conozca demasiado su faceta circense, pues en su juventud estuvo dedicado a esta noble profesión, consagrado a las acrobacias y las piruetas. No fue extraño verlo, por tanto, en sus inicios, afrontando papeles en los que había que enseñar torso, musculatura y una serie de dotes gimnásticas. Es más, su lugarteniente en la película, Nick Cravat, que hace un cómico papel de mudo, era también su inseparable amigo en los espectáculos circenses, donde formaban el grupo “Lang y Cravat”. Ni que decir tiene que con tan cualificados artistas la abundancia de escenas acrobáticas y sin dobles, es una constante en la trepidante hora y media larga que dura esta producción.

Una sospechosa coincidencia se puede descubrir sin ser un gran cineasta al visionar esta película, y es que la escena de la barca a la que el protagonista de “Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra”, el pirata Jack Sparrow consigue avanzar por el fondo del mar con la misma dada la vuelta y respirando de la bolsa de oxígeno que se forma entre el agua y el fondo del bote; está copiada literalmente de esta película, donde Lancaster y Cravat acompañados del viejo Profesor Prudence que es el que da la idea, consiguen llegar a la orilla, donde hay muchos botes del mismo tipo boca abajo, produciéndose una de las escenas más cómicas de la película.

De todo tiene, como decía, esta película; precisamente ese viejo profesor al que antes citaba es una especie de MacGyver, capaz de inventar toda clase de ingenios tales como cañones, metralletas, un submarino o un globo aerostático, con materiales de andar por casa.

La trama es absolutamente figurada, ya que se supone que los piratas surcaban por el Mediterráneo y atacaban a todo bicho viviente que contara con joyas, dinero o metales preciosos entre sus mercancías. Es más, no puede ser más imaginada la historia por cuanto que el Capitán Vallo (Burt Lancaster), intenta colaborar con los pueblos costeros para liberarlos de la tiranía británica que curiosamente se representa con banderas misteriosamente hispanas, de Castilla, León y Aragón, y las damas inglesas van ataviadas con un singular complemento español como es la peineta.

No me puedo resistir a recomendar esta joyita del séptimo arte para pasar un rato agradable en una de estas tardes de Navidad, en compañía de la familia, disfrutando de los Vallo, Consuelo, Bellows, el Barón Gruda, El Libre, Pablo Murphy... El divertimento y las carcajadas están asegurados.

jueves, 9 de diciembre de 2010

LA SIERRA DE SEGURA, UN LUGAR PARA DESCONECTAR

En el que se ha convertido en un fin de semana algo movido, por no utilizar otros calificativos, por lo de los controladores y una serie de fenómenos climatológicos que cada vez nos sorprenden menos, el tiíllo de la foto con su perra entre la nieve, ha estado en la Sierra de Segura, una costumbre que ya llevo repitiendo con unos buenos amigos de Jaén desde hace ya varios años, en los que vamos ubicándonos en diferentes puntos, sin repetir nunca, analizando y escudriñando los singulares y bellos parajes de estas tierras, mientras disfrutamos del calor de una fogata, buenas viandas y juegos de mesa en familia.

Quizá lo bueno que tiene la Sierra de Segura es que siempre está a la sombra de la más turística y nombrada Sierra de Cazorla. Y digo lo bueno, aunque les pese a los serranos que lógicamente les gustaría mayor desarrollo turístico y mayor divulgación de sus encantos allende sus fronteras. Pero, desde luego, para los que vamos por allí de vez en cuando, y amamos esa zona, porque como buenos jiennenses sentimos que es parte de nosotros, nos place ver que todavía está virgen, que hay lugares recónditos, intrincados, perdidos, donde el progreso todavía no ha llegado y difícilmente llegará alguna vez.

Eso es lo que más me gusta de la Sierra de Segura, que no hay masificación, que te puedes adentrar por un camino de cualquier bosque de pinos y te puedes perder durante varias horas, con la seguridad de que no vas a ver a nadie y de que no vas a escuchar ningún sonido que recuerde a la civilización, todo lo más te puedes sorprender con algún animalillo que no haya captado tu presencia y se te cruce para tu júbilo y regocijo. Desafortunadamente estos días no tuve la suerte de ver prácticamente nada, todo lo más una curiosa ardillita.

Y como decía al principio, en este fin de semana tan movido en lo climatológico, también hemos tenido de todo en la sierra: nieve, lluvia, viento y sol. Una dificultosa carretera nos llevaba el viernes al Cortijo de Lope, un enclave en el término municipal de Segura de la Sierra, y a unos seis kilómetros de dicha localidad. La nieve caída en las últimas horas comenzaba a convertirse en hielo y había que manejar el coche con mucho tacto; superado ese escollo llegó la tranquilidad y los buenos alimentos que los hubo efectivamente.

La mañana del sábado, de donde extraigo la foto que acompaño a esta entradilla, ya forma parte de los recuerdos imborrables de mi vida. El sol acompañaba y la temperatura era suficientemente baja para dar tregua a los cerca de veinte centímetros de nieve virgen que había en algunas zonas, lo que nos permitió disfrutar de todo tipo de juegos inocentes e infantiles sobre ese manto blanco. Sí que había estado en la nieve antes, pero en Sierra Nevada; esta nieve segureña ha sido todo un regalo, un milagro a apenas un par de horas de coche de nuestros domicilios.

Entre idas y venidas, e intentos de dar paseos, limitados por la lluvia pertinaz, lo que sí ha dado tiempo es a respirar aire puro. Recuerdo a un profesor del colegio que decía que un día en el campo equivalía a tres días de vida extra; así que hemos cargado las baterías pulmonares, mientras intentábamos desconectar (suena a tópico pero es la pura verdad) de los problemas más o menos importantes que tiene la rutina vital.

El despoblamiento de la Sierra de Segura es un hecho generalizado, las posibilidades de desarrollo de una comarca con unas ciertas dificultades orográficas, separada de grandes núcleos de población y cercenada por la poca rentabilidad en la explotación de los recursos que otrora la hicieron pujante, me llevan a hacer la reflexión del valor y el cariño que tienen que tener los segureños a su tierra, porque en muchos lugares se hace cada vez más complicado vivir.

La visita en este año y en otros anteriores a aldeas en las que resisten unas pocas familias me lleva a pensar que esas gentes viven con unas prioridades diferentes a las que tenemos en una ciudad, y eso es bueno, porque muchos de los adelantos y avances que tenemos quedan en un segundo plano y resurgen otros valores que tienen mayor coherencia con el espíritu: la subsistencia, el conocimiento del entorno, la vida en familia, el apego hacia las cosas pequeñas del quehacer cotidiano.

Cuando comentaba que en algunos lugares el desarrollo jamás va a llegar, me imagino a un número reducido de familias de nuestro país que han vivido y vivirán sin luz eléctrica, apenas apoyados quizás ahora, con algún grupo electrógeno o con placas solares, como la casa en la que estuve este fin de semana. Para estas gentes los conceptos de planificación, de ahorro, de bienestar, del tiempo en suma, son muy diferentes a lo que entendemos los urbanitas.

Hechos tan cotidianos como salir a comprar el pan, se convierte en un ejercicio complejo en zonas aisladas de la Sierra. El coche, siempre lleno de combustible, ha venido a facilitar el acceso a toda una serie de modernidades, pero las pocas familias que resisten en diversas aldeas de la Sierra de Segura, saben que en una urgencia tienen que contar con que hay unos minutos o unas horas que son insalvables para acceder al primer punto donde está ese recurso.

En todo caso, la extensa sierra segureña es un lugar perfecto para perderse, para disfrutar de estampas bellísimas, tiene tantos y tantos sitios que visitar, que por mucho que hayas ido siempre te falta algo por ver. Esta temporada me quedo con el entorno de Las Acebeas, un enclave del que había oído hablar en alguna ocasión, pero que he podido disfrutar en persona. Un maravilloso paseo en cuesta en el que te adentras en una sucesión de pinos y arbustos de sierra, acompañados por unos impresionantes acebos, más propios del norte de España, así como avellanos en esta época del año sin su hoja característica, y todo salpicado con hiedras, hepáticos y el rosal silvestre (escaramujo). Además, aderezado con un denominador común en este puente, el agua, que ha venido a enseñorear las magníficas instantáneas que nos ofrece un paraje sin igual como es la Sierra de Segura.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

JERRY GOODMAN Y DIÁLOGOS 3

Si, de algún modo, hay alguien al que le tenga que agradecer el que sea un enamorado de la música New Age (me gusta más este término en inglés que el más genérico en español “nuevas músicas”), es a Ramón Trecet, un periodista algo histriónico y polifacético, relativamente conocido por comentar partidos de baloncesto y otros deportes y, sobre todo, por su manera de narrar dichos encuentros, algo socarrona, quizá pedante, pero sin duda, diferente.

Lo que tal vez no conozca tanto la gente es que el bueno de Ramón, también ha pasado a la historia por haber sido uno de los grandes pioneros de la introducción de la música New Age en nuestro país. Ramón Trecet inició en 1986 un programa mítico para los que lo escuchábamos, denominado Diálogos 3, emitido por la selecta Radio 3 de Radio Nacional de España, precisamente emisora que con una línea muy uniforme ha ido apoyando a las músicas poco convencionales y que se salen de los circuitos más comerciales.

Diálogos 3 nos acercó durante más de veinte años de emisión, ya que lo liquidaron en 2008, a la música New Age. En aquella época de su nacimiento el bagaje de esta música era balbuciente y en España, concretamente, su conocimiento era limitadísimo. Coincidió la puesta en marcha de este programa con una época en la que muchos universitarios nos creíamos muy cultos por escuchar músicas a las que no teníamos acostumbrado el oído: melódicas, muy trabajadas, con aparición de apoyos electrónicos y computadoras, agradables en suma.

Y, sobre todo, coincidió con que el programa comenzaba a una hora en la que podías relajarte y dedicarte un tiempo al placer de escuchar buena música; a las tres de la tarde, después de comer. Recuerdo que estudiábamos con Diálogos 3 de fondo, porque era y es un tipo de música no invasiva que te permite realizar otros quehaceres sin alterarte en exceso, y lo que más recuerdo y me sorprendo de ello es que era capaz de sacrificar mi siesta.

Como digo, comenzó a ser un fenómeno un tanto limitado para intelectualillos, o sea, que iba bien según el círculo, decir que escuchabas Diálogos 3. Quizá con el tiempo todo vuelve a su ser y mucha gente que era seguidor del programa, no es que olvidara la música New Age, sino que convino en que estaba bien pero que tampoco era como para perder la cabeza.

Tenía mérito lo de Trecet en sus inicios, cuando no existía Internet y la información sobre estas músicas alternativas era muy reducida; tendría que buscar a través de publicaciones específicas en Estados Unidos, país que siempre ha sido, de algún modo, el abanderado de la New Age, encontrando la mayor parte de los discos en dicho país, pues dudo que en España hubiera alguna tienda especializada que trajera discos de este tipo, a lo sumo en Madrid o Barcelona.

Diálogos 3 daba para mucho en esa hora de radio diaria, de lunes a viernes, y Ramón Trecet traía melodías ensoñadoras, poesía hecha música, y además se documentaba, hacía una breve reseña de los autores, estaba muy puesto y no era el irónico comentarista deportivo, ni mucho menos, era tan pausado y sensible como la misma música que acertaba a presentarnos.

Comenzaron, por tanto, a llegarnos nombres de compositores y músicos que jamás habíamos oído hasta ese momento. Y era una música perfectamente elaborada, era como la música clásica del siglo XX.

Creo que escucharía muchísimas horas del programa y de sus contenidos, y al final, como indicaba antes, con el tiempo, muchos de los que hablaban y se jactaban de ser habituales de Diálogos 3 y de la música New Age tiraron la toalla. Yo continué, no porque me considere más que nadie, simplemente porque me gustó y me gusta esta música, y prefiero poner un disco de Jerry Goodman, a los éxitos comerciales más actuales.

Pues precisamente quería hablar de Jerry Goodman, porque entre esas incontables horas de radio, al final uno va separando el grano de la paja, y se le van quedando en la mente una serie de temas que ya son para toda la vida. Eso es lo que tiene Goodman, un virtuoso del violín eléctrico, que en mitad de una trayectoria artística dedicada al rock progresivo y al jazz fusión, se hizo un sitio en la New Age.

Y es curioso porque en este apartado musical, en el de la composición, ha sido poco prolífico. Sorprendió en 1985 con un pedazo de disco titulado On the Future of Aviation, y el tema que daba título a este trabajo es el que más ha trascendido porque es casi un emblema de la New Age.

Este violinista nacido en 1949 en Chicago ha estado siempre más ligado a otras corrientes musicales, antes y después de su incursión como compositor. En este apartado sólo tiene tres discos, el anteriormente señalado, después hizo en 1986 otro titulado Ariel, y en 1987 concluye esta producción musical especial con It´s Alive, una suerte de trabajo donde interpreta en una sesión en directo, temas de los dos discos anteriores y algún que otro temilla de nuevo cuño.

Y ahí concluye la carrera en solitario de Goodman. Me aventuro a hacer mi hipótesis sobre esta corta andadura. Imagino que, como todo en esta vida, no le vería color a tanto trabajo de composición para luego sacarle poco rendimiento económico, por mucho que Estados Unidos estuviera a la cabeza de esta vanguardista corriente musical. Por otro lado, el tema On the Future of Aviation, de su primer disco fue tan sencillamente genial, tan buenísimo, que cualquier otra composición que llevara a cabo, a duras penas podría acercarse a esa calidad. Así que tuvo una aventura en solitario bastante efímera. Aunque lógicamente después ha seguido tocando en varios grupos con su particular estilo de tocar el violín e introduciéndolo en muchas composiciones modernas de rock progresivo, acústico y sinfónico.

En todo caso, este flirteo de Jerry Goodman ha pasado a la historia de la música New Age. Este como otros, estuvieron durante varios años madurando esta corriente artística, luego Enya, también genial, pero más comercial, recogería los frutos, cuando ya se estaba haciendo música tan particular, tan privada, desde un par de décadas atrás.