jueves, 9 de diciembre de 2010

LA SIERRA DE SEGURA, UN LUGAR PARA DESCONECTAR

En el que se ha convertido en un fin de semana algo movido, por no utilizar otros calificativos, por lo de los controladores y una serie de fenómenos climatológicos que cada vez nos sorprenden menos, el tiíllo de la foto con su perra entre la nieve, ha estado en la Sierra de Segura, una costumbre que ya llevo repitiendo con unos buenos amigos de Jaén desde hace ya varios años, en los que vamos ubicándonos en diferentes puntos, sin repetir nunca, analizando y escudriñando los singulares y bellos parajes de estas tierras, mientras disfrutamos del calor de una fogata, buenas viandas y juegos de mesa en familia.

Quizá lo bueno que tiene la Sierra de Segura es que siempre está a la sombra de la más turística y nombrada Sierra de Cazorla. Y digo lo bueno, aunque les pese a los serranos que lógicamente les gustaría mayor desarrollo turístico y mayor divulgación de sus encantos allende sus fronteras. Pero, desde luego, para los que vamos por allí de vez en cuando, y amamos esa zona, porque como buenos jiennenses sentimos que es parte de nosotros, nos place ver que todavía está virgen, que hay lugares recónditos, intrincados, perdidos, donde el progreso todavía no ha llegado y difícilmente llegará alguna vez.

Eso es lo que más me gusta de la Sierra de Segura, que no hay masificación, que te puedes adentrar por un camino de cualquier bosque de pinos y te puedes perder durante varias horas, con la seguridad de que no vas a ver a nadie y de que no vas a escuchar ningún sonido que recuerde a la civilización, todo lo más te puedes sorprender con algún animalillo que no haya captado tu presencia y se te cruce para tu júbilo y regocijo. Desafortunadamente estos días no tuve la suerte de ver prácticamente nada, todo lo más una curiosa ardillita.

Y como decía al principio, en este fin de semana tan movido en lo climatológico, también hemos tenido de todo en la sierra: nieve, lluvia, viento y sol. Una dificultosa carretera nos llevaba el viernes al Cortijo de Lope, un enclave en el término municipal de Segura de la Sierra, y a unos seis kilómetros de dicha localidad. La nieve caída en las últimas horas comenzaba a convertirse en hielo y había que manejar el coche con mucho tacto; superado ese escollo llegó la tranquilidad y los buenos alimentos que los hubo efectivamente.

La mañana del sábado, de donde extraigo la foto que acompaño a esta entradilla, ya forma parte de los recuerdos imborrables de mi vida. El sol acompañaba y la temperatura era suficientemente baja para dar tregua a los cerca de veinte centímetros de nieve virgen que había en algunas zonas, lo que nos permitió disfrutar de todo tipo de juegos inocentes e infantiles sobre ese manto blanco. Sí que había estado en la nieve antes, pero en Sierra Nevada; esta nieve segureña ha sido todo un regalo, un milagro a apenas un par de horas de coche de nuestros domicilios.

Entre idas y venidas, e intentos de dar paseos, limitados por la lluvia pertinaz, lo que sí ha dado tiempo es a respirar aire puro. Recuerdo a un profesor del colegio que decía que un día en el campo equivalía a tres días de vida extra; así que hemos cargado las baterías pulmonares, mientras intentábamos desconectar (suena a tópico pero es la pura verdad) de los problemas más o menos importantes que tiene la rutina vital.

El despoblamiento de la Sierra de Segura es un hecho generalizado, las posibilidades de desarrollo de una comarca con unas ciertas dificultades orográficas, separada de grandes núcleos de población y cercenada por la poca rentabilidad en la explotación de los recursos que otrora la hicieron pujante, me llevan a hacer la reflexión del valor y el cariño que tienen que tener los segureños a su tierra, porque en muchos lugares se hace cada vez más complicado vivir.

La visita en este año y en otros anteriores a aldeas en las que resisten unas pocas familias me lleva a pensar que esas gentes viven con unas prioridades diferentes a las que tenemos en una ciudad, y eso es bueno, porque muchos de los adelantos y avances que tenemos quedan en un segundo plano y resurgen otros valores que tienen mayor coherencia con el espíritu: la subsistencia, el conocimiento del entorno, la vida en familia, el apego hacia las cosas pequeñas del quehacer cotidiano.

Cuando comentaba que en algunos lugares el desarrollo jamás va a llegar, me imagino a un número reducido de familias de nuestro país que han vivido y vivirán sin luz eléctrica, apenas apoyados quizás ahora, con algún grupo electrógeno o con placas solares, como la casa en la que estuve este fin de semana. Para estas gentes los conceptos de planificación, de ahorro, de bienestar, del tiempo en suma, son muy diferentes a lo que entendemos los urbanitas.

Hechos tan cotidianos como salir a comprar el pan, se convierte en un ejercicio complejo en zonas aisladas de la Sierra. El coche, siempre lleno de combustible, ha venido a facilitar el acceso a toda una serie de modernidades, pero las pocas familias que resisten en diversas aldeas de la Sierra de Segura, saben que en una urgencia tienen que contar con que hay unos minutos o unas horas que son insalvables para acceder al primer punto donde está ese recurso.

En todo caso, la extensa sierra segureña es un lugar perfecto para perderse, para disfrutar de estampas bellísimas, tiene tantos y tantos sitios que visitar, que por mucho que hayas ido siempre te falta algo por ver. Esta temporada me quedo con el entorno de Las Acebeas, un enclave del que había oído hablar en alguna ocasión, pero que he podido disfrutar en persona. Un maravilloso paseo en cuesta en el que te adentras en una sucesión de pinos y arbustos de sierra, acompañados por unos impresionantes acebos, más propios del norte de España, así como avellanos en esta época del año sin su hoja característica, y todo salpicado con hiedras, hepáticos y el rosal silvestre (escaramujo). Además, aderezado con un denominador común en este puente, el agua, que ha venido a enseñorear las magníficas instantáneas que nos ofrece un paraje sin igual como es la Sierra de Segura.

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