miércoles, 24 de noviembre de 2010

CORRER COMO UN NEGRO PARA VIVIR COMO UN BLANCO

Hace unos años, el futbolista camerunés Eto´o pronunció esta frase que, de vez en cuando, recuerdan los medios de comunicación, para reflejar la controvertida personalidad del astro africano.

Me da pie esta sentencia para hacer una reflexión acerca del racismo, la xenofobia o el rechazo social que, en mi opinión, se utilizan como sinónimos cuando en realidad creo que no lo son.

Por las razones históricas que sean, se desprendía de las palabras de Eto´o una realidad, y es que una parte de nuestro planeta, donde precisamente viven personas de raza blanca, está más desarrollada económicamente que el resto del mundo; aunque es evidente que estamos presenciando un febril cambio en estos roles con la entrada brutal en los mercados de los gigantes China, India y Brasil. En cualquier caso, pensar que estas desigualdades históricas son fruto de la mayor o menor capacidad de las razas para explotar sus recursos y generar riqueza es, sin duda, una deducción mezquina y con tintes racistas, y no es infrecuente escuchar afirmaciones de este tipo.

Hace veinte o treinta años, en mi niñez o en mi juventud, no tenía la sensación de que la sociedad se planteara demasiado el papel de su propio color de piel. Es evidente que en este mundo cada vez más global y donde particularmente en España hemos asistido a una masiva inmigración de ciudadanos extranjeros, por cercanía, idioma o afinidades culturales y sociales; hemos ido observando como las diferentes sociedades nacionales se van radicalizando y se detectan no pocos problemas de relaciones entre individuos de diversas etnias.

Lo cierto es que analizando fríamente la raíz del racismo, la reflexión no puede ser más desalentadora. Por un lado, nos creemos superiores por tener tal o cual color de piel, eso es racismo y, a la par, nos repugna, nos asquea, nos provoca odio, aquellas personas que no comparten nuestra piel, eso es xenofobia. Vuelvo al principio, el pensar que una sociedad ha avanzado más que otra, porque los individuos de tal o cual color de piel están más capacitados o son más aptos para levantarla, superando todo tipo de adversidades, es poco menos que tomar un rábano por las hojas.

Como es obligación de los medios de comunicación, cada día nos despachan con noticias impactantes, con catástrofes, problemas, asesinatos, accidentes, generalmente la parte reservada a buenas noticias es muy reducida. Como no puede ser de otro modo, el fenómeno del racismo y la xenofobia están a la orden del día, y cada semana tenemos algo nuevo, la última noticia que recuerdo es la de los insultos a un jugador italiano de raza negra (Balotelli) en un partido internacional en Rumanía; igualmente este verano todos hemos podido ver la campaña promovida por el gobierno de Sarkozy para deportar a familias de gitanos rumanos a su país.

Esta sucesión inacabable de noticias, sólo he puesto un par de ejemplos al azar, me lleva a considerar si realmente nuestra sociedad, particularmente la española, es racista (se siente superior) y/o xenófoba (odia y le repugna lo diferente). Pues sinceramente pienso que quitando esos grupúsculos de tendencias neonazis o fascistas, hay una gran parte de la población que no tiene estos sentimientos.

Lamentablemente en los últimos años se ha tendido a confundir el racismo y la xenofobia con el rechazo social. Y llamo rechazo social a la reacción de la sociedad ante conductas antisociales o modos de vida que se salen de lo socialmente aceptado. No estoy diciendo que el hecho de ser diferente suponga rechazo, sino que determinadas personas, y ahí se incluyen muchas que viven en la marginalidad, no han querido o no han podido integrarse plenamente en la sociedad; el hecho de que no hayan podido me merece una cierta indulgencia, el que no hayan querido justifica, sin duda, ese rechazo social. ¿Qué ocurre? Que la sociedad está rechazando por esa falta deliberada de integración, pese a las posibilidades que se le ofrecen, a personas que pueden ser de otras razas y que no quieren integrarse; para mí eso es rechazo social, para otros puede ser racismo.

Lo que no se nos puede olvidar nunca es que es razonable que familias normales, no estoy diciendo perfectas, no estoy diciendo blancas o negras o verdes, sólo familias que intentan ganarse la vida honradamente, mandan a sus hijos al colegio y pagan sus impuestos religiosamente, tienen derecho a protestar y a quejarse, porque dificultades todos pasamos y más de uno se encoleriza cuando observa como otros viven al margen de cualquier ley y tienen más facilidades que tú y hasta tienen mejor televisión que tú, mejor coche que tú y mejor aire acondicionado que tú.

Mi buen amigo Pedro Pérez de Jaén, buen seguidor de esta bitácora, ha asistido en primera persona como al lado de su bloque normal de familias normales de clase media, se construyó hace unos años un monumental bloque para familias con pocos recursos; la dificultad en la elección de las familias es enorme, es complicado acertar siempre. Las familias trabajadoras del bloque de Pedro se quejaban de antemano porque sabían que podían tener problemas en el futuro. El bloque se construyó y los problemas surgieron, no todas las nuevas familias causaron ni causan problemas, probablemente la mayoría con problemas laborales y económicos tratan de apañarse y avanzar, pero basta con que haya unas pocas manzanas negras para que se genere un mal ambiente. El garaje subterráneo donde podían haber dejado su vehículo todas esas familias necesitadas tuvo que cerrarse por parte del Ayuntamiento de Jaén al poco tiempo porque se utilizaba de cualquier cosa menos de garaje, llámese depósito – taller para destripar coches robados, llámese estercolero, llámese trastero de bártulos inservibles.

No sé si está pareciendo algo radical esta reflexión que hoy hago, pero nunca me he sentido racista ni xenófobo y sí he asumido que tengo un cierto rechazo social a esas personas que viven al margen de nuestra sociedad porque quieren, y lo vuelvo a decir, me da lo mismo que sean blancos, negros, verdes, azules, gitanos, árabes, eslavos o chinos. Siempre he pensado que precisamente entre esas personas inadaptadas por convicción hay más xenófobos que en el resto de la sociedad, ahí existe un claro germen de xenofobia, no porque se sienten superiores, sino porque odian a esa sociedad que le está constantemente tendiendo la mano.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

"LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS", DE ANTONIO ROMÁN

Ya lo comenté hace algunas semanas cuando hablaba de las historias de Roberto Alcázar y Pedrín, que somos un país que, en muchas ocasiones, se avergüenza de su propia historia. Ni la historia de las victorias, esas de hace algunos siglos cuando España tenía un imperio en el que no se ponía el sol y que siempre recuerda en algunas de sus obras y en sus artículos el escritor Arturo Pérez Reverte; pero tampoco la historia de las derrotas, esas que nos hicieron hincar la rodilla en tierra y doblegarnos ante nuestros enemigos.

La película que traigo a colación nos habla de una historia épica en medio de la derrota. Los últimos de Filipinas fueron un grupo de soldados que se mantuvieron atrincherados en la Ermita de San Luis de Tolosa en Baler, un punto de la costa oriental de este país asiático, en la época en que era una colonia hispana, soportando el asedio de las tropas locales, aguantando estoicamente sus ideales y la fidelidad a su patria, hasta el límite de la muerte de algunos miembros de ese destacamento; aun cuando les habían mandado varias comunicaciones acerca de que España, sus políticos, ya habían claudicado ante Estados Unidos. Por el Tratado de París de diciembre de 1898, nuestro país “cedía” oficialmente Filipinas, Guam y Puerto Rico, a cambio de veinte millones de dólares a los norteamericanos.

La historia en sí que relata la película ha quedado prácticamente olvidada en nuestros días. En el momento de su estreno, en 1945, en un contexto de posguerra y de necesidad de aferrarse a valores patrios, la propaganda franquista de la época propugnó la producción de películas en las que se ensalzaba el carácter recio del español. Sin ser una gran película (participan entre los actores más recordados, Fernando Rey, Tony Leblanc y Manolo Morán), sin grandes alardes, con algún que otro detalle cómico, con mucho de fervor patriótico, ni que decir tiene que “Los últimos de Filipinas” fue todo un éxito en los cines de hace más de medio siglo.

Me interesan menos estas disquisiciones y sí el trasfondo épico que tiene la historia en sí. Este destacamento de sesenta unidades estuvo fortificado durante casi un año, del 30 de junio de 1898 al 2 de junio de 1899, con un armamento limitado, con escasos víveres, sufriendo enfermedades y alguna que otra deserción. Lo que le da el carácter extraordinario a esta historia es que tanto las tropas y el gobierno provisional filipino, como autoridades estadounidenses, intentaron a través de misivas hacerles entender que tenían que deponer las armas pues desde diciembre de 1898, Filipinas había dejado de ser una colonia española. Siendo instigados por grupos locales, siguieron resistiendo por lealtad a sus principios y comunicaron que no abandonarían su posición a menos que se lo ordenase su referente, el Gobernador de Filipinas, el General Diego de los Ríos.

De los Ríos fue lógicamente el último Gobernador español de ese país, el cual ya se encontraba en España desde principios de 1899. Él mismo se encargó de mandar a un emisario, el Teniente Coronel Cristóbal Aguilar y Castañeda para llevar de vuelta a Manila y posteriormente a España al destacamento. Tampoco creyeron a este mando que dejó, eso sí, unos cuantos diarios de la época para que verificaran que la información que les había dado era cierta y que debían ya, deponer su actitud. Leyeron los periódicos y se convencieron de que todo estaba manipulado por los filipinos (ahora con los medios que tenemos hubiera sido enormemente fácil). A los pocos días releyendo esos diarios el que era el mando superior en este sitio, el Teniente Martín Cerezo (el Capitán del destacamento había fallecido unos meses antes por enfermedad) descubre una pequeña leyenda en la que se informa del traslado a Málaga de un Teniente amigo suyo, que le había señalado que después de la guerra pediría ese traslado; persuadido ya sí, de que esa noticia no podía haber sido alterada a conciencia, fue entonces cuando firma definitivamente su capitulación.

Bueno, pues una bella historia de carácter, de raza, de tenacidad, del valor de lo español, que no hay que avergonzarse de esto. Permítaseme decir que esto también es memoria histórica, no sólo la que viene referida a la Guerra Civil y a un solo bando, que está bien que se recuerde este momento duro de la historia de nuestro país, pero otros como el de los últimos de Filipinas también. Y con ello tantos y tantos episodios que quedarán en el olvido más absoluto.

Cuando llegó el año 1998 el recuerdo de nuestros medios de comunicación y de nuestros políticos hacia este acontecimiento o hacia el mismo en sí de la derrota en Cuba y las cesiones de Filipinas y Puerto Rico, pasó casi de soslayo. Qué bonito hubiera sido celebrar este centenario, retomando el guión de esta película y haber hecho una superproducción para rememorar una de los pasajes más apasionantes de nuestra historia, porque sinceramente creo que había y hay mimbres para construir un relato cinematográfico excepcional, que bien pudiera haberse titulado “Los héroes de Baler”.

Por cierto que de los sesenta españoles que resistieron en la Ermita de San Luis de Tolosa durante casi un año, quince murieron de disentería o beriberi, dos murieron en los combates con tropas locales, seis desertaron y dos fueron fusilados por intentar desertar. Por tanto, al final volvieron a España, treinta y cinco héroes, de casi todas las regiones, uno de ellos era nuestro comprovinciano, el soldado Felipe Castillo Castillo, natural de Castillo de Locubín, donde tiene una calle con su nombre, y espero y deseo que siempre haya sido ensalzado, honrado y agasajado por sus convecinos por lo que fue, un héroe de nuestro país.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

STRATEGO ES, SIN DUDA, TU JUEGO

Ya lo he comentado en alguna ocasión que tengo una razonable deriva sentimental hacia los juegos de mesa. La época, como también apunté la semana pasada, es propicia para sacar estos juegos de baúles, armarios, estanterías y pasar agradables horas con amigos y familia.

Por otro lado, se acerca la Navidad, momento de celebraciones, dispendios y regalos, ¡ay, cuánto sufro con los regalitos! Sí, porque soy bastante malo para regalar, nunca acierto y no lo paso bien en esos días frenéticos y cruciales en los que tienes que ir a la caza y captura de los múltiples regalos navideños. ¡Cuánto bien hizo por el mundo el “amigo invisible”!

En fin, yo continuaré con mis problemas existenciales hasta que las vacaciones navideñas nos digan adiós y haya fracasado una vez más en mis elecciones de obsequios y agasajos. Por si acaso a alguien esta en mi misma tesitura, me atrevo a sugerir un juego de mesa muy interesante, que hará las delicias de grandes y pequeños, siempre y cuando, eso sí, los destinatarios tengan gusto por este tipo de juegos, es decir, los de toda la vida, nada de tecnología punta.

Es curioso porque hace apenas tres o cuatro años, estaba buscando el juego que hoy traigo a colación, “Stratego”, todo un clásico de mi niñez y adolescencia, cuando mi compañera de trabajo y buena amiga Eva Ruiz, me lo localizó en Linares y a un precio muy asequible. Así que fui raudo a conseguir este añorado juego.

La selección del título de hoy para este articulillo no es gratuita, y es que el anuncio de la tele de hace cerca de tres décadas (que también en aquellos años nos machacaban en televisión con publicidad de juguetes en la previa navideña), tenía el siguiente eslogan: “Stratego es tu juego”.

Nunca tuve este juego de niño, pero sí que recuerdo haber jugado bastantes veces; era relativamente conocido entre niños y adolescentes. Tengo un recuerdo gratísimo de una tarde que estuve jugando en Begíjar con un amigo de la infancia, Víctor, fue el 21 de diciembre de 1983, ¿por qué me acuerdo? Pues porque ese día decidimos velar armas divirtiéndonos con la estrategia militar, hasta el choque decisivo e histórico del España – Malta en Sevilla, sobran los comentarios.

Pero, ¿qué tiene Stratego? Unas características que lo hacen sumamente atractivo: reglas fáciles, partidas rápidas, mucha acción y diversión asegurada. En un tablero se disponen dos ejércitos de cuarenta hombres cada uno. Cada ejército tiene su cuadro de mando perfectamente definido, es decir, quién manda sobre quién, quién es más fuerte y lo que es más importante en el cuerpo a cuerpo a qué rival vence. Pues tan fácil como saberse el escalafón, o más fácil aún, las piezas van numeradas y el 10 (el mariscal) gana a todas las demás, el 9 a todas las inferiores y así sucesivamente. En caso de empate en el grado militar, ambas piezas se eliminan. Por supuesto, cada jugador desconoce la situación de las piezas del rival (sólo se ve la espalda siempre igual de cada uno de los miembros del ejército) y se va teniendo esa información a medida que avanza el juego, pues a cada ataque hay que mostrar, darle la vuelta a la pieza, de quién se trata.

Y poco más, hay un par de reglas especiales, como que hay bombas inamovibles en el terreno que sólo pueden ser desactivadas por los minadores, y que el espía, un individuo de un grado bastante bajo tiene la excepcional facultad de poder matar al mariscal.

Por último, y lo más importante, el objetivo del juego es conquistar la bandera rival, también inamovible. Con estas premisas, los jugadores disponen sus piezas estratégicamente (lo que le da lógica al nombre del juego) de acuerdo con un plan mental, con el fin de preservar la bandera, defenderla, pero tener también piezas bien colocadas para poder atacar al enemigo y lograr la victoria, o sea, su bandera.

Como digo, las reglas son muy sencillas, hay que pensar mínimamente, acordarse de cuáles son las piezas enemigas que ya se han mostrado, para atacarlas con una pieza de escalafón superior; observar qué piezas se han quedado aisladas, inmóviles, ya que pueden ser las bombas, o más importante aún, la bandera.

Puedo asegurar que niños y jóvenes con los que he podido jugar recientemente, es decir, desde que me compré el juego, han disfrutado muchísimo del mismo; por eso esta es mi humilde recomendación para un buen presente navideño.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

DE PUENTE A PUENTE Y...

No habrá deporte más nacional y patrio que el de irse de puente, o meramente disfrutar del mismo, bueno quizá sí lo haya, la siesta. Por más que la crisis no pare de acechar sobre nuestras cabezas, siempre se habla del puente como un oasis en mitad del desierto de la cotidianidad y del bullicio rutinario. Los medios de comunicación se hartan de advertirnos de la mayor afluencia de vehículos en nuestras carreteras y de que tenemos que extremar las precauciones. Ya digo que ni la crisis se carga los puentes, puede que pase menos gente por ellos, pero que siguen siendo un punto de destino y deseo para los españoles, desde luego.

Pues si hay fechas en el año que me gustan sobremanera, sin lugar a dudas, me decanto por el período que va desde el puente de los Santos hasta el otro puente (acueducto) de la Constitución – Inmaculada. A mí siempre me ilusiona cuando empezamos una nueva estación, especialmente esta, cuando dejamos el calor y tenemos que sacar la ropa de invierno. Ese fresquillo te obliga a desempolvar las estufas, a encender chimeneas, calefacciones, es un reclamo para hacer nuestros hogares más acogedores, para permanecer más en casa, leyendo un buen libro, viendo una película, escuchando música, sacando los juegos de mesa del baúl...

Alguien me dijo no hace mucho una sentencia popular que yo no conocía, para referirse a estas fechas, donde no sólo tenemos un fin de semana largo, sino que por lo desapacible del clima, como este pasado, dan lugar a pronunciarla: “Es un fin de semana de las tres B, bota, baraja, borrego”. La he oído después con alguna variación, cambiando borrego por barbacoa o algo similar, pero no se modifica el sentido.

Si hay algo que tiene lugar en este paréntesis de fechas es que toman cuerpo numerosas costumbres ancestrales que hacen de estas semanas de las más entrañables del año, en mi opinión casi más que la Navidad. Empezamos con la excusa de llevarles flores a nuestros difuntos, para rescatar los dulces tradicionales, ya sea huesos de santo, buñuelos, y lo que es más típico de nuestra tierra, las gachas. Yo, precisamente no soy muy aficionado a ellas, por ser demasiado empalagosas o porque el nombre que le pusieron a este dulce me suena mal, pero ahí están, cada primero de noviembre deleitando a tantos apasionados, extrayendo una sonrisa del que se come el tradicional trozo de corcho y fastidiando también a todas esas personas que sufren las ocurrencias del gracioso de turno, que se dedica a depositar el sobrante en las cerraduras de las puertas.

Y eso, como se va acercando el frío y los fuegos hogareños lo permiten, vienen las castañas, la preparación de mantecados para las fiestas que se avecinan y también las matanzas, ¿cómo no? Sí, ya sé que las matanzas han perdido solera, y ahora es sólo es un reducto costumbrista de las zonas rurales, pero incluso así, no es infrecuente que algunas familias, en las ciudades también, elaboren sus propios embutidos, ya que el acceso a los ingredientes y a la maquinaria para una producción familiar y limitada es relativamente sencillo.

También es el tiempo de las nueces, de los níscalos, de la caza para el que le guste (yo disfruto de comer las piezas que me regala algún que otro amigo), de irse el domingo al campo a hacer una lumbre y comerse unas buenas viandas o las primeras aceitunas aliñadas de la temporada, por supuesto, caseras.

En fin, una época entrañable para hablar, para escuchar, para amar, para la nostalgia, pero también para la alegría.