sábado, 23 de febrero de 2013

"CRÓNICAS DE UN PUEBLO", CRÓNICAS DE UNA ÉPOCA PRETÉRITA

No sé por qué, pero desde que empecé este blog tengo una especie de obsesión por saber cuál fue la primera serie que vi en la tele; creo haber hecho ya dos o tres artículos alusivos a esto, pero cada vez surge en mi memoria otra nueva serie que tira abajo todo lo que había escrito anteriormente.

Esta que traigo a colación en esta ocasión, no sé si fue la primera, pero sí, desde luego, de las primeras de mi infancia; una serie popularísima con un esquema que permitía esa aceptación por los telespectadores, en la única televisión que existía por entonces, y que por si fuera poco y no es nada baladí lo que voy a decir, contó con una sintonía de cabecera que es más popular si cabe que la propia serie.

Y lo más curioso de todo es que en el imaginario colectivo español se piensa que la sintonía es autóctona y nacional, porque tenía tanta marcha y ritmo que pareciera haberse compuesto expresamente para la serie. Por otro lado, el programa “Protagonistas” de Luis del Olmo, a través de las diferentes emisoras donde fue recalando y hasta hoy, siempre ha llevado también como sintonía principal la misma que la de esta serie. Pero no es obra de un compositor de aquí, sino que la popularizó el músico británico Norrie Paramor en la década de los 60 del siglo pasado, junto con su orquesta, con el nombre de “I could easily fall in love”. En esa década hubo varias versiones, con su letra, a cargo del afamado Cliff Richards, e incluso una versión francesa cantada por una tal Sheila, titulada “Toujours des beaux jours”, todas se pueden encontrar fácilmente en Internet, y tiene su punto escuchar una sintonía tan conocida pero con su letra, es la mejor forma de entender que fue una producción foránea, muy buena pero foránea.

Bien, pues “Crónicas de un pueblo” fue un proyecto televisivo abanderado por el inefable Antonio Mercero, con varios guionistas, los principales Juan Farias y Juan Alarcón, aunque contó a lo largo de su emisión con diversos directores; de ahí lo de proyecto, porque esas aportaciones a veces para un solo capítulo entiendo que querían darle frescura a la serie y una cierta expectación.

La serie comenzó a emitirse en torno a 1973 (en otros lugares se habla de 1971 y no lo tengo nada claro) y lo que se cuenta, y yo me lo creo, es que se hizo con la intención de hacer propaganda del ya decadente régimen franquista que en aquella época estaba en vías de extinción. De hecho, se propugnaba como un modo de inculcar a la parroquia que teníamos unas leyes magníficas y que en España se vivía de padre y muy señor mío. Las alusiones explícitas que se hacen al Fuero de los Españoles (una especie de Constitución franquista) son numerosas, aunque se suceden más en los primeros capítulos, toda vez que la serie enganchó más por sus personajes que por el mensaje supuestamente conciliador y buenista que se trataba de transmitir.

Y es que esta serie cumplió más allá del interés político, su papel de espejo de una sociedad que verdaderamente en los pueblos y en muchas ciudades vivía con un cierto sosiego, sin grandes lujos, pero sin carencias, lo cual indicaba que se estaba consolidando una amplísima clase media. Pocos años tenía yo en esas fechas, pero de lo que recuerdo y de lo que me han contado mis padres, más o menos era así.

Así que en ese pueblo nos veíamos reflejados todos personalmente, y los pueblos como entes también, ya que en este discurso populista tenían cabida las típicas fuerzas locales y las no tan fuertes: el alcalde, los concejales, el dueño del taller, el del bar, el que repartía el vino, el alguacil, el conductor de autobús, el guardia civil, el cartero, el barrendero, el cura o el maestro.

Cada uno de ellos tenía su trocito de gloria en la serie, todos entrañables y tan reales que parecían sacados de la vida misma. Especialmente simpático era el maestro, don Antonio, interpretado por el actor Emilio Rodríguez; entiendo que representaba al prototipo que las autoridades pretendían darle a la enseñanza española, nada de la letra con sangre entra (que yo la llegué a ver en las escuelas incluso algunos años después), más bien un tipo dialogante, tranquilo, rebosante de pedagogía y con un notable sentido común. Por supuesto, en su escuela también se erigían una serie de personajillos que le daban mucho juego a las tramas, pues sus alumnos siempre estaban metidos en todos los fregados.

Los currantes del pueblo le dan vida al mismo, con sus cuitas y enredos, dispuestos a pelearse y a juntarse en cuestión de nada, en un santiamén. Y lo hacen, magníficos actores, de forma tan natural que no se percibe la diferencia entre profesionales y gente del pueblo. Tienen sus piques entre ellos, pero ojo, en cuanto aparece alguien extraño en el pueblo dispuesto a distorsionar su paz, rápidamente se ponen en alerta para dejar en evidencia a ese individuo. Y es que buena parte de los capítulos tienen su base en la presencia de maleantes, listillos o buscavidas que intentan aprovecharse de las buenas gentes y de la honestidad e inocencia que parece caracterizar más a la gente del medio rural.

Y gente del pueblo participó y mucha, no en vano, la localidad donde se rodó la serie pasó a la historia por este hecho. Aunque la serie dice ambientarse en Pueblanueva del Rey Sancho, en realidad se grabaría en el pueblo madrileño de Santorcaz, que tenía pocos habitantes hace cuarenta años, y en la actualidad también, pues apenas supera los 800 vecinos.

Lo que sí se destila en la serie es que en esa época estábamos ante una sociedad machista, el hombre asume la mayoría de los trabajos del pueblo, y la mujer, salvo la boticaria, que a la postre se casará con el alcalde, se limita a realizar lo que antes se estilaba mucho, “sus labores”, es decir, la llevanza del hogar, la comida, el vestido… En ese momento no se apreciaba la carga discriminatoria que conllevaba, pues incluso en alguna entrega hay un hombre que amenaza abiertamente y sin ambages con darle para el pelo a su mujer.

Tal vez uno de los aspectos que más pueda sorprender viendo ahora la serie es que los guiones eran muy sencillitos, muy previsibles, de corta duración, unos veinticinco minutos, pero claro, analizando esto cuando ha pasado tanto tiempo y ha cambiado tanto la televisión; antes era lo que había y se ofrecía al telespectador un producto único y entiendo que con unas características ciertamente simplistas para contentar a la mayoría, grandes y también niños.

Duró no mucho la serie, con poco más de una veintena de capítulos, pero es imaginable pensar que en una serie grabada principalmente en exteriores hace cuarenta años suponía un coste importante, aparte de que la serie serviría para reponerse en sucesivas ocasiones.

En fin, una serie que marcó toda una época, y por qué no decirlo, abrió la temática a otras muchas series televisivas que nos suenan mucho más ahora, pero qué en algún detalle se pudieron inspirar en esta. Sin ir más lejos, la elogiada “Cuéntame” también nos muestra las fuerzas vivas de un barrio, el cura, el del bar, la peluquería, el quiosco…, y tampoco le va a la zaga la serie de sobremesa “Amar en tiempos revueltos”.

sábado, 16 de febrero de 2013

SUMO, UN DEPORTE DE DIOSES (IV)


Harumafuji
Bueno, pues ya viene mi particular entrega de sumo de cada año. Ya sé que puede parecer raro, pero un día me dio por seguir esta disciplina y soy uno de esos, yo diría que no más de un centenar de aficionados españoles, que estamos al día de lo que ocurre en este deporte ancestral japonés.

En dos noticias se podrían resumir los últimos doce meses, la más importante desde luego es que el 2012 nos trajo un nuevo yokozuna (el 70º de la Era Moderna), el mongol Harumafuji (en la foto de cabecera) que, además, ha arrebatado la hegemonía en el último año al otro yokozuna, el también mongol Hakuho y, de hecho, de los últimos seis torneos oficiales, Harumafuji se ha llevado tres, por dos de Hakuho. La otra noticia lo es por su reiteración más que por su relevancia, en este deporte nipón sigue sin ganar un torneo un japonés y ya va para siete años, desde que Tochiazuma lo hiciera en el Torneo de Año Nuevo de 2006, es decir, se han celebrado cuarenta y dos torneos oficiales y los japoneses no han podido disfrutar con uno de sus luchadores recogiendo la Copa del Emperador. El público nipón se va acostumbrando pero no, de hecho, el sumo pierde popularidad año tras año por este motivo, aunque por alguno más; y es que con alguna distancia sería algo así como ver en lo alto del escalafón del toreo en España a matadores extranjeros, y no a uno sino a varios.

Y de verdad que este año sí que estuvieron cerca los nativos, especialmente en el atípico Torneo de de primavera celebrado en el Ryogoku Kokugikan de Tokio, y a la última jornada llegaron con opciones tres luchadores, dos de ellos japoneses, la eterna promesa Kisenosato y el irregular Tochiozan, junto con el veterano mongol Kyokutenho (37 años). De esas dos posibilidades de tres, todo salió al revés, Kisenosato perdería su último combate y no podría luchar en el desempate, en el encuentro final entre los otros dos se llevaría la palma el foráneo.

Es evidente, aunque parezca una verdad de Perogrullo que se acerca el momento en que un japonés se lleve la palma, aunque también es cierto que no se divisa un gran aspirante a yokozuna, es la diferencia entre ser buenos luchadores, que los hay, y ser luchadores brillantes. Los que lo vemos desde fuera achacamos esto a la falta de garra y combatividad de los luchadores nipones, o lo que es lo mismo, también es culpa del coraje y entrega de los sumotoris extranjeros que siguen inundando las dos primeras divisiones del sumo (las profesionales), esta sería una razón aunque habría algunas más. Por cierto, en 2012 se incorporó por primera vez en la historia un luchador del continente africano, el egipcio Osunaarashi, y como no podía ser de otro modo, ya está escalando con rapidez por los rangos más bajos del sumo, y a buen seguro que en breve estará en las categorías profesionales.

En todo caso, pese a que el sumo en Japón no vive una época dorada el ascenso a yokozuna de Harumafuji ha animado a los aficionados un poco este pasado año, por lo que comentaba de que le ha robado la hegemonía a Hakuho y que, además, Harumafuji responde a un patrón de luchador que llama mucho la atención a los apasionados de este deporte y a los menos duchos en esta disciplina, pues si alguien toma una imagen mental del sumo, tendremos a dos luchadores orondos ataviados con una especie de taparrabos; y Harumafuji pasa por ser curiosamente en la actualidad de los más livianos (129 kg.) entre los cuarenta y dos luchadores de la primera división, lo cual quiere decir que se enfrenta con hombres que tienen mucho más peso que él, pero su base de judo, su rapidez y su estrategia compensan su falta de peso. La verdad es que es espectacular verlo luchar sobre todo contra esos hombres grandes a los que doblega con gran eficacia.

Es curioso, pero lo que también denota la cultura japonesa es que lo mismo que encumbran a sus héroes, los defenestran a las primeras de cambio; y cuando hablamos de yokozunas, los nipones no se andan con chiquitas. Harumafuji cumplió con el requisito “legal” de vencer en dos torneos consecutivos siendo ozeki (el segundo escalafón del sumo) y en su primer torneo como yokozuna sus resultados fueron algo discretos, ganando nueve combates y encajando seis derrotas. Las vacas sagradas del sumo pusieron el grito en el cielo y comentaron que como tuviera un resultado más así, se plantearían degradarlo, en el caso de un yokozuna la degradación equivale a invitarlo a retirarse. Puede que al valeroso Harumafuji le pudiera la presión de su nuevo rango, pero al torneo siguiente, el pasado de Año Nuevo acalló a todos sus posibles detractores, imponiéndose con un contundente 15 – 0. A mí me gusta bastante, es relativamente joven, nació en 1984, y tiene todavía mucho que decir, creo que tiene poderío por lo menos para un lustro, y eso es darle mucha salsa al sumo.

En el terreno negativo hay una noticia que ciertamente me amarga un poco y es que una de las esperanzas europeas de alcanzar el máximo rango en el sumo, el estonio Baruto, hasta hace poco ozeki, ha tenido que bajar al tercer rango (sekiwake), a causa de las lesiones, especialmente la de su rodilla izquierda. Tuvo que retirarse en dos torneos seguidos siendo ozeki, y en el último como sekiwake podría haber recuperado el rango de ozeki si hubiera conseguido diez victorias de quince, pero sólo logró ocho, porque se notó que no estaba totalmente recuperado. Así que le toca empezar otra vez de nuevo para recuperar el rango de ozeki, es decir, esta es una regla no escrita: tiene que lograr el cómputo mínimo treinta y tres victorias en tres torneos. Es un luchador que me gusta mucho, grande pero no torpe, con mucha fuerza y que ya había puesto contra las cuerdas a los mejores. Vamos a ver como evoluciona su estado físico.

Hay una última noticia que quiero resaltar, negativa pero entrañable a la vez, y es que en el último torneo también se consumó, debidos a sus malos resultados la retirada de uno de los sumotoris más populares de Japón, Takamisakari, más conocido por Robocop. No era de los mejores, nunca obtuvo grandes resultados, pero su forma de acceder al dohyo y afrontar los combates, golpeándose el pecho y apretando las manos en un singular ritual, hacían las delicias de la afición nipona y mundial. A veces el sumo tiene estas cosas, no los mejores son los más queridos, y este ha sido un claro ejemplo de luchador de la clase media que ha sido admirado por el gran público. Con su retirada se va uno de los iconos del sumo, a ver si alguien ocupa su lugar.

Y termino como empecé, ¿qué nos va a deparar el 2013? Habrá que seguir la pugna entre los dos yokozunas y esperar a que caiga la breva este año y un japonés consiga un gran torneo, para eso tienen que fallar los dos grandes, y eso no es fácil.

sábado, 9 de febrero de 2013

GOOMER, UN VIVIDOR GALÁCTICO

El cómic no tiene que ser necesariamente un divertimento para niños, de hecho, los hay que van dirigidos al público no infantil; ahí está, por ejemplo, la revista satírica “El jueves” estandarte de las historietas, que repasan la actualidad de nuestro país a través de su humor ácido.

Y eso, que ha habido personajes de cómic que han tenido su éxito en el público mayorcito, porque directamente sus chistes y su temática no es fácilmente entendible por un niño, tal es el caso de Goomer, un viajero galáctico fondón, procedente de la Tierra que acaba en un planeta donde nada es lo que parece. Se trata de un personaje creado por la pareja de humoristas gráficos Ricardo & Nacho, el primero de ellos es el dibujante y a veces guionista, y el segundo sólo se dedica a los guiones.

Estas historietas nacieron allá por el año 1988, cuando un servidor ya dejaba la adolescencia y opositaba a ser un adulto de su tiempo, algo progre e intelectualoide, como muchos amigos de aquella época, que no éramos nada y nos creíamos ser todo. Pues en esa época progre pintaba mucho comprar un periódico los domingos con su suplemento; El País era el que más tirón tenía, no necesariamente había que leerlo (yo sí lo hacía), bastaba con doblarlo y llevarlo en la mano o bajo el brazo y que la gente te lo viera.

De vez en cuando sacaban algunos fascículos coleccionables con la revista semanal y eso era un acicate más si cabe para ser fieles a la cita dominical. Entre esas páginas del suplemento se encontraba “El pequeño País”, un espacio dedicado a los más pequeños del hogar para que se fueran aficionando a la lectura y compartieran con sus padres el placer de la lectura de un periódico. Entre esas páginas para la gente menuda se colaba este Goomer que a mí me impactaba y me hacía gracia a la vez. Ocupaba una página, no más, y no muchas viñetas, a veces sólo una; pero el cromatismo y la calidad artística de ese dibujo a todo color te obligaban a pararte y leer sus diálogos. En este sentido, el hecho de que a veces hubiera una viñeta o dos implicaba una gran concreción en sus chistes por parte de Ricardo & Nacho.

Y es que Goomer aparece un día en su vehículo espacial, como si de un camionero galáctico se tratara, y llega a un planeta donde sus habitantes no son humanos pero casi lo parecen por su forma de vida. La vida en ese planeta es exactamente igual que la que tendríamos en la Tierra pero con algunos matices, sus ciudadanos no son exactamente antropomórficos, son una especie de gusanos, amebas, pulpos, ranas, arañas, cucarachas…, con algunas variaciones genéticas.

Por supuesto, tienen una sociedad tan avanzada como la nuestra pero hay algunas particularidades; están sus habitantes, pero también todos los objetos cotidianos tienen vida propia, casi como unos ciudadanos más. A ver, pues el ascensor se va de cañas, las tarjetas de crédito lavan platos, tu diente postizo te saluda por las mañanas, las carreteras se comen a los coches que incumplen las normas, los coches se pelean entre ellos…, en cada historieta cualquier cosa cobra vida para hacer más desternillante y sorprendente su relato.

Pero Goomer se adapta a su nueva vida y lo hace al estilo macho ibérico algo chapado a la antigua, es decir, un poco crápula, guarrete, viciosillo, vago y aquí me las traigan todas; aunque pronto encontrará a su media naranja, Elma, que intentará ponerlo a raya y que sea un hombre de provecho, y no siempre lo conseguirá. Lo que no logrará es rebajar su barriga, pues Goomer es de los que se da a la buena vida aunque no tenga posibles.

Desde luego, las situaciones más disparatadas vendrán siempre en la constante fase de adaptación de Goomer a su nuevo planeta, porque va a ser incapaz de discriminar qué ser tiene vida. Así, confundirá a la dueña de un restaurante con un delicioso pastel que querrá zamparse, o vestirá a un insecto en su nuevo puesto en los grandes almacenes pensando que es un caballero, o se irá a la playa a disfrutar el sol de verano sin saber que allí el cambio de estación al invierno más riguroso se produce en un segundo.

Hubo una secuela de este personaje llevada al cine en 1999, concretamente la película se titulaba así, Goomer, con los directores José Luis Feito y Carlos Varela, que pierde un poco, por no decir bastante, la esencia del cómic de Ricardo & Nacho, quiero imaginar que es porque ellos mismos no fueron los autores de los dibujos (carece de la belleza cromática y la expresividad del papel), ni de la adaptación de las tiras cómicas a un guión cinematográfico que debe tener la duración de un largometraje, en este caso, la película discurre a lo largo de setenta y cinco minutos, sin duda, un metraje excesivo y una historia en la que se meten con calzador las inconexas tiras semanales de los autores. Y bueno, le dieron el Goya a la mejor película de animación, es obvio que porque no había ni hay mucho que elegir en este sector en nuestro país. A mí particularmente no me convenció, pero mi hijo la vio sin separarse de la tele hace unos días y, por tanto, le voy a dar un aprobado.

En fin, lo de la película no borra ni un ápice esa nostalgia que me trae Goomer, esa leve ansia con la que repasaba el semanal de El País hace años, para encontrarme con las ocurrencias de este terrícola singular en un planeta tan sorprendente y extraño, pero también tan corriente como el que habitamos.

sábado, 2 de febrero de 2013

"JUAN CARLOS, EL REY DE UN PUEBLO", DE PAUL PRESTON

No pude ver hace unas semanas la entrevista que le hizo Jesús Hermida al Rey en TVE el pasado 4 de enero, pero estaba colgada en la Red y le dediqué un rato para verla y analizarla, sobre todo porque no es habitual que nuestro Monarca ofrezca entrevistas teóricamente distendidas. Y digo teóricamente distendidas, porque en realidad esta última no lo fue; anunciada con pompa y artificios, fue un interviú demasiado hermético y teledirigido, preguntas muy generales, respuestas muy previsibles; nada de meter el dedo en el ojo, nada de yernos ni de elefantes ni de políticos corruptos... En este sentido, me pareció una continuación del discurso de Navidad, en un formato más llano y de la calle y teniendo como invitado de excepción a Hermida, el prototipo de los periodistas pedantes y sobreactuados.

Y dicho esto, se ha hablado mucho en el 2012 del Rey, por lo que hay a su alrededor, vía Urdangarín, y por sus traspiés, vía Botsuana. Realmente lo del elefantito me molestó, le molestó a la mayoría de los españoles, con la que estaba y está cayendo parecía poco decente que la figura más representativa y protocolaria de nuestro país estuviera jugando a los safaris por mucho que fuera a gastos pagados. Rompía, de algún modo, el idilio que tenía con buena parte de la población española que era muy seguidora y casi incondicional de don Juan Carlos; era muy habitual escuchar a gente de todos los signos políticos y extracciones sociales señalar que no eran monárquicos y sí juancarlistas.

Pues eso, ese ranking de popularidad ha visto como ha perdido puntos en 2012; creo que lo del elefante me incitó a leer este libro que le pedí hace unos meses a mi suegro y que me podía ayudar a prospectar con mayor juicio en la figura de nuestra Majestad.

El libro es un tocho, con lo que he ido leyéndolo a ratos y siendo una especie de biografía cualificada, me permitía seguirlo con facilidad por donde lo había dejado. Paul Preston obra con todo lujo de detalles un proyecto grandioso que a buen seguro le habrá costado años de esfuerzo e investigación, con cientos de referencias bibliográficas en las que habrá que tenido que leer miles de páginas de libros, periódicos, documentos oficiales, etc. Es, tal vez, la mejor semblanza que se ha hecho del Rey hasta la fecha y, además, lo hace con la mayor objetividad posible, no da puntadas sin hilo, ensalza las virtudes del Monarca pero también sus errores y sus defectos.

Probablemente lo que más me llamó la atención al inicio del libro, cuando se relata su infancia y juventud, es que la sangre azul no provoca un halo especial, don Juan Carlos es reconocido en sus primeros años de vida como un niño normal y en la juventud igualmente, siendo un alumno del montón y hasta cierto punto mediocre. Sólo la constancia y la necesidad de saberse destinado a una misión única e irrepetible lo harían adquirir las adecuadas tablas para asumir la importante responsabilidad que se le presentaba en el horizonte.

Quizás este sea el primer detalle interesante de la personalidad de don Juan Carlos, el hecho de que sea un tipo común y corriente, de que así sea percibido por la gente, y recordando a Miguel A. Revilla, del que hace unas semanas traía a este blog su libro “Nadie es más que nadie”, él mismo señalaba después de sus repetidos contactos personales con el Rey, que con toda seguridad le gustaría algún día poderse levantar por la mañana y darse una vuelta por la calle como un ciudadano más, pero me temo que eso no fue ni será posible, al menos sin ir acompañado de una eficaz e impenitente escolta.

Don Juan Carlos ha vivido en una auténtica encrucijada, inserto en una historia tan sui géneris como la española, con un Guerra Civil de la que sale un caudillo que, teóricamente propugnaba la vuelta de la monarquía (de hecho, yo de pequeño siempre oía hablar que nuestro régimen político era el reino, sí, un reino sin rey), pero al que le gustó la poltrona y eso de ir bajo palio en las iglesias, y lo que iba a ser algo provisional terminó durando casi cuarenta años. Tuvo que venir a España por designio de su padre y necesariamente se fue apegando a Franco; tenía que estar nadando y guardando la ropa, no podía enemistarse ni con uno ni con otro; estaba en una cuerda floja sustentada por ambos y de la cual, además, tiraban con fuerza. Eso le ocasionó no pocos problemas en su vida, especialmente con su padre, que tenía a su hijo como puente para recuperar la monarquía. Sin embargo, Don Juan Carlos casi no pudo hacer otra cosa, fue más que listo práctico, pues abrumado por lo que realmente estaba ocurriendo, que los derroteros de Franco iban por la vía de saltarse la línea sucesoria, y que al caudillito le salió la vena paternal, tiene lógica que hubiera una cierta relación, vista ahora con recelo, aunque creo que impostada por parte del por aquel entonces Príncipe para conseguir su objetivo final.

Capítulo aparte y una cierta atención merece ese episodio tantas veces comentado y con tantas versiones, acerca de la muerte de su hermano menor Alfonso. Ciertamente no sabremos jamás con exactitud qué es lo que pasó, lo que sí es claro es que no fue un accidente de caza como en muchas ocasiones se ha comentado en la calle. Fue un accidente desafortunado pero doméstico, pues sí está confirmado que ambos hermanos estaban jugando con una pistola en el interior de su casa en El Estoril (Portugal) y ahí la historia tiene dos versiones, o que jugaran a apuntarse pensando que la pistola estaba descargada, o que algo o alguien le diera al brazo y la pistola se disparara sin querer. Lo que queda nítido es que no fue un accidente de caza. Aquel suceso le afectó mucho a él y a toda la familia, imagino que habrá vivido y seguirá viviendo con ese quiste cada día que se despierte.

Y una vez hecho este paréntesis, hay que decir que don Juan Carlos fue pasando de tipo normal y corriente a personaje responsable y consciente de la enorme tarea que tenía por delante. Ahí sí hay que darle su auténtico valor, pues yo creo que él era el único en toda España, en los tiempos de la dictadura, que sabía por dónde debía orientarse el futuro de nuestro país. También ejerció una fina diplomacia, un ejercicio de cirugía pausada para ir dando pasos sin molestar casi sin que se notara, pero preparando el fin del régimen, la muerte de Franco. Ese complejo equilibrio tal vez tenga hoy más valor si cabe que el que se apreció en su momento.

A la par que se movía con diligencia entre las cañerías de la política también se fue construyendo una imagen cercana, viajaba mucho, a veces con doña Sofía, visitó prácticamente toda España, ciudades importantes y otras no tanto, estaba en eventos de cierto relumbrón, era el estandarte del desarrollo tecnocrático español (limitado desarrollo visto ahora desde el horizonte), y una de sus máximas expresiones era la visita de fábricas. Y aquí sí tengo una experiencia personal a la mano, pues también visitó la célebre y ya muerta, factoría de Land Rover en Linares, Metalúrgica Santana, donde mi padre trabajaba de probador de coches. Él siempre me contó que fue el encargado de llevar en coche al en ese momento Príncipe, por la factoría y que obviamente le chocó la mano y todo eso. Yo, de vez en cuando, he sondeado a mi padre para que confirmase si aquello fue verdad o era una milonga, y él siempre manifestó que sí que era verdad, así que no hay ninguna duda.

Uno de los momentos más críticos de la vida de don Juan Carlos llegaría con el deceso de Franco; siendo elevado a Rey de forma inmediata, continuó en esa labor de tira y afloja, intentando llevarse bien con todo el mundo pero sin confiarse a nadie, más que a sus amigos y consejeros. Seguía con lo que hoy se denomina la hoja de ruta, aunque aquellos años de la transición fueron especialmente convulsos; desde luego nada plácidos para don Juan Carlos que desde la izquierda le tachaban de fascista y desde el otro bando de excesivamente aperturista. Fueron años complicados, de crisis económica, paro, de un terrible terrorismo sinsentido, y no podía descansar ni un solo día sin que alguna noticia luctuosa tiñera a la sociedad española.

A todo esto, llegó otro momento señalado en la historia reciente de nuestro país, el 23 de febrero de 1981, cuando se procedía a la investidura de Calvo Sotelo (UCD) en el Congreso de los Diputados. Esta había llegado tras la dimisión de Suárez, que había sido sobrepasado por los acontecimientos y que era incapaz de afrontar los múltiples problemas que tenía España, ahora también vemos con perspectiva el difícil papel que tuvo que afrontar Suárez, pero por aquel entonces fue muy criticado, para ejemplo cabe destacar que en los últimos meses de su presidencia casi no se le vio en actos públicos ni siquiera en los entierros de víctimas terroristas que eran muy sonados y a veces múltiples.

Mucho se ha escrito sobre el papel de nuestro Monarca en aquel intento de golpe de estado, Paul Preston analiza ampliamente la situación que daría para estar escribiendo muchas páginas aquí y no es mi intención. Un resumen muy simple y soslayado es que don Juan Carlos estaba muy descontento y había manifestado que la situación debía cambiar, y eso lo había comentado en círculos militares; pero de ahí a un gobierno de concentración con vocación militar había un trecho; obviamente nuestro Rey siempre quiso un cambio desde la democracia y el ordenamiento jurídico que los españoles nos habíamos otorgado.

Ese cambio y su mayor tranquilidad llegarían con el gobierno socialista de Felipe González, el país comenzó a crecer, se estabilizó la inflación, ese desarrollo generó empleo, y la presión del terrorismo, aunque existente, fue cada vez más limitada gracias a la acción de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Llegarían unos años de cierta paz y el Rey tendría oportunidad de estar orgulloso (y satisfecho) de su familia, se casarían sus hijas, le darían nietos y poco más, porque el libro se queda en 2002, es decir, ya no se refleja el enlace del Príncipe Felipe; ni por supuesto, cómo los yernos del Rey salieron rana, o no, porque mucho debe querer la Infanta Cristina a su consorte con la que le está cayendo para, en principio, ser una incondicional.

Y claro, el libro tampoco habla de las caídas del Rey, del “¿por qué no te callas?, del disparo al pie de su nieto que considerando los antecedentes familiares era para que esta familia no quisiera ni acercarse un arma, ni por supuesto, las andanzas de “Juancar” por Botsuana.

En fin, el libro ha respondido bien a uno de los motivos por el que me propuse leerlo, el sacar una opinión más cualificada de la figura de nuestro Rey. Pues vale, lo perdono, lo del paquidermo y de algún modo todas aquellas cosas en las que haya podido equivocarse. Lo cierto es que la historia le colocará en un buen lugar cuando ya no esté con nosotros y, en líneas generales, sigue teniendo el aprecio del pueblo. Desde luego la misión para la que ha dedicado gran parte de su vida y en la que ha tenido que bregar muchísimo, creo que la ha cumplido.

Por eso, y aunque sea salirse un poco de este hilo discursivo y el poso que me ha dejado este libro de Paul Preston, cuando escucho a soplagaitas como este Willy Toledo, te das cuenta que en este país hay mucha incultura histórica (y muchos culturetas como este hacen gala de ello), que quieren regalarle el oído a cuatro ignorantes. Hay mala uva y sobre todo hay demasiada inquina basada en hacer titulares que llegan a los radicales de siempre, esos que protestan abiertamente con que los bancos tienen la culpa de la crisis, que habría que mandar al paredón a todos los banqueros, pero luego lucen buenas cuentas… bancarias, vayamos a tonterías.