sábado, 23 de febrero de 2013

"CRÓNICAS DE UN PUEBLO", CRÓNICAS DE UNA ÉPOCA PRETÉRITA

No sé por qué, pero desde que empecé este blog tengo una especie de obsesión por saber cuál fue la primera serie que vi en la tele; creo haber hecho ya dos o tres artículos alusivos a esto, pero cada vez surge en mi memoria otra nueva serie que tira abajo todo lo que había escrito anteriormente.

Esta que traigo a colación en esta ocasión, no sé si fue la primera, pero sí, desde luego, de las primeras de mi infancia; una serie popularísima con un esquema que permitía esa aceptación por los telespectadores, en la única televisión que existía por entonces, y que por si fuera poco y no es nada baladí lo que voy a decir, contó con una sintonía de cabecera que es más popular si cabe que la propia serie.

Y lo más curioso de todo es que en el imaginario colectivo español se piensa que la sintonía es autóctona y nacional, porque tenía tanta marcha y ritmo que pareciera haberse compuesto expresamente para la serie. Por otro lado, el programa “Protagonistas” de Luis del Olmo, a través de las diferentes emisoras donde fue recalando y hasta hoy, siempre ha llevado también como sintonía principal la misma que la de esta serie. Pero no es obra de un compositor de aquí, sino que la popularizó el músico británico Norrie Paramor en la década de los 60 del siglo pasado, junto con su orquesta, con el nombre de “I could easily fall in love”. En esa década hubo varias versiones, con su letra, a cargo del afamado Cliff Richards, e incluso una versión francesa cantada por una tal Sheila, titulada “Toujours des beaux jours”, todas se pueden encontrar fácilmente en Internet, y tiene su punto escuchar una sintonía tan conocida pero con su letra, es la mejor forma de entender que fue una producción foránea, muy buena pero foránea.

Bien, pues “Crónicas de un pueblo” fue un proyecto televisivo abanderado por el inefable Antonio Mercero, con varios guionistas, los principales Juan Farias y Juan Alarcón, aunque contó a lo largo de su emisión con diversos directores; de ahí lo de proyecto, porque esas aportaciones a veces para un solo capítulo entiendo que querían darle frescura a la serie y una cierta expectación.

La serie comenzó a emitirse en torno a 1973 (en otros lugares se habla de 1971 y no lo tengo nada claro) y lo que se cuenta, y yo me lo creo, es que se hizo con la intención de hacer propaganda del ya decadente régimen franquista que en aquella época estaba en vías de extinción. De hecho, se propugnaba como un modo de inculcar a la parroquia que teníamos unas leyes magníficas y que en España se vivía de padre y muy señor mío. Las alusiones explícitas que se hacen al Fuero de los Españoles (una especie de Constitución franquista) son numerosas, aunque se suceden más en los primeros capítulos, toda vez que la serie enganchó más por sus personajes que por el mensaje supuestamente conciliador y buenista que se trataba de transmitir.

Y es que esta serie cumplió más allá del interés político, su papel de espejo de una sociedad que verdaderamente en los pueblos y en muchas ciudades vivía con un cierto sosiego, sin grandes lujos, pero sin carencias, lo cual indicaba que se estaba consolidando una amplísima clase media. Pocos años tenía yo en esas fechas, pero de lo que recuerdo y de lo que me han contado mis padres, más o menos era así.

Así que en ese pueblo nos veíamos reflejados todos personalmente, y los pueblos como entes también, ya que en este discurso populista tenían cabida las típicas fuerzas locales y las no tan fuertes: el alcalde, los concejales, el dueño del taller, el del bar, el que repartía el vino, el alguacil, el conductor de autobús, el guardia civil, el cartero, el barrendero, el cura o el maestro.

Cada uno de ellos tenía su trocito de gloria en la serie, todos entrañables y tan reales que parecían sacados de la vida misma. Especialmente simpático era el maestro, don Antonio, interpretado por el actor Emilio Rodríguez; entiendo que representaba al prototipo que las autoridades pretendían darle a la enseñanza española, nada de la letra con sangre entra (que yo la llegué a ver en las escuelas incluso algunos años después), más bien un tipo dialogante, tranquilo, rebosante de pedagogía y con un notable sentido común. Por supuesto, en su escuela también se erigían una serie de personajillos que le daban mucho juego a las tramas, pues sus alumnos siempre estaban metidos en todos los fregados.

Los currantes del pueblo le dan vida al mismo, con sus cuitas y enredos, dispuestos a pelearse y a juntarse en cuestión de nada, en un santiamén. Y lo hacen, magníficos actores, de forma tan natural que no se percibe la diferencia entre profesionales y gente del pueblo. Tienen sus piques entre ellos, pero ojo, en cuanto aparece alguien extraño en el pueblo dispuesto a distorsionar su paz, rápidamente se ponen en alerta para dejar en evidencia a ese individuo. Y es que buena parte de los capítulos tienen su base en la presencia de maleantes, listillos o buscavidas que intentan aprovecharse de las buenas gentes y de la honestidad e inocencia que parece caracterizar más a la gente del medio rural.

Y gente del pueblo participó y mucha, no en vano, la localidad donde se rodó la serie pasó a la historia por este hecho. Aunque la serie dice ambientarse en Pueblanueva del Rey Sancho, en realidad se grabaría en el pueblo madrileño de Santorcaz, que tenía pocos habitantes hace cuarenta años, y en la actualidad también, pues apenas supera los 800 vecinos.

Lo que sí se destila en la serie es que en esa época estábamos ante una sociedad machista, el hombre asume la mayoría de los trabajos del pueblo, y la mujer, salvo la boticaria, que a la postre se casará con el alcalde, se limita a realizar lo que antes se estilaba mucho, “sus labores”, es decir, la llevanza del hogar, la comida, el vestido… En ese momento no se apreciaba la carga discriminatoria que conllevaba, pues incluso en alguna entrega hay un hombre que amenaza abiertamente y sin ambages con darle para el pelo a su mujer.

Tal vez uno de los aspectos que más pueda sorprender viendo ahora la serie es que los guiones eran muy sencillitos, muy previsibles, de corta duración, unos veinticinco minutos, pero claro, analizando esto cuando ha pasado tanto tiempo y ha cambiado tanto la televisión; antes era lo que había y se ofrecía al telespectador un producto único y entiendo que con unas características ciertamente simplistas para contentar a la mayoría, grandes y también niños.

Duró no mucho la serie, con poco más de una veintena de capítulos, pero es imaginable pensar que en una serie grabada principalmente en exteriores hace cuarenta años suponía un coste importante, aparte de que la serie serviría para reponerse en sucesivas ocasiones.

En fin, una serie que marcó toda una época, y por qué no decirlo, abrió la temática a otras muchas series televisivas que nos suenan mucho más ahora, pero qué en algún detalle se pudieron inspirar en esta. Sin ir más lejos, la elogiada “Cuéntame” también nos muestra las fuerzas vivas de un barrio, el cura, el del bar, la peluquería, el quiosco…, y tampoco le va a la zaga la serie de sobremesa “Amar en tiempos revueltos”.

1 comentario:

Abel Haro Pulido dijo...

la serie no es de 20 capitulos, sino de 113 y segun Jesus Guzman de 130, hasta que alguien lo aclare