viernes, 8 de agosto de 2014

"EL CHICO SOBRE LA CAJA DE MADERA", DE LEON LEYSON

Tengo considerada a «La lista de Schindler» como una de las mejores películas de la historia del cine. En mi clasificación particular desde luego que es de las cinco mejores. Y, sin embargo, sólo la he visto una vez, una producción con tan fuerte contenido, tan incómoda como zahiriente, hay que verla en determinadas condiciones y con el cuerpo dispuesto para ello. Aparte, uno la tiene como ese juego de café o esa vajilla que sólo se utiliza en las grandes ocasiones, y quiero reverla en una gran ocasión, tal vez cuando mi hijo sea algo mayor y podamos reflexionar acerca de la misma.

Pues encontré este libro, como siempre, buscando ese género de las vivencias de personas anónimas, no militares, que vivieron aquella despiadada 2ª Guerra Mundial, y Leon Leyson se presentaba como una revisión, no cinematográfica (con la carga ficticia que siempre atesora una película), de lo que fue trabajar en la fábrica de Oskar Schindler.

Leon Leyson (Leib Lejzon en su Polonia natal), la persona más joven de la famosa lista, vivió en primerísima persona los esfuerzos que hizo Schindler por salvar a algo más de mil judíos. No obstante, es más allá de un homenaje a Schindler, un relato de los muchos que pudieron sobrevivir a la barbarie del holocausto, sufriendo todo tipo de vicisitudes: hambre, enfermedades, daños físicos, pérdidas familiares, el horror de ver la muerte cada día, los éxodos, la intransigencia de los iguales...

En este libro, Leyson nos traslada todo eso, en una historia breve (apenas 150 páginas), sincera pero sencilla a la vez, que no se recrea en el morbo, dice lo justo y en el momento justo, se para en momentos críticos, pero es ante todo el documento vivo de un niño que se hizo maduro durante la Guerra, desde su Polonia natal hasta su cautiverio obligado y posterior liberación.

Este tipo de relatos me llenan de profunda tristeza aunque es una tristeza deseada por mí, y la primera reflexión que me ha provocado el libro, es la que viene dada por algo que se narra en alguno de sus pasajes y que es, de algún modo, una repetición de lo que he leído en libros de la misma temática: La salvación o la supervivencia no era una cuestión de inteligencia, era suerte. Sabemos las historias de los que vivieron para contarlo, pero cuántas grandes historias y sufridas se quedaron sin escribir, porque a los que las protagonizaron les mató «la última bala», que relata Leyson en este libro.

Lo curioso de la historia de aquel benjamín de la lista que fue Leon Leyson es que probablemente hubiera quedado en el olvido de no ser por la propia película. La vida de Leyson fue pasando de lo duro y errático que supusieron aquellos primeros años de vida, a una madurez, adultez y ancianidad en Estados Unidos, donde su vida fue ejemplar pero normal. Desde que llegó a su nuevo país, apenas quiso hablar de su pasado, para evitar que se abrieran sus heridas, a excepción de sus círculos más íntimos, y mucha gente desconocía que estaba ante un testigo directo de lo que reflejaba aquella película.

El éxito de la película provocó que aflorara la información sobre aquella bella aunque cruda historia de heroísmo y el anonimato de Leyson fue ya imposible de mantener. A través de múltiples entrevistas y conferencias, donde según cuentan sus semejantes iba sin guión y respondiendo ilimitadamente a las preguntas que le hacía la concurrencia, se fue conformando este libro que aunque lleva su firma fue recopilado por su mujer Elisabeth B. Leyson y Marilyn J. Harran, profesora universitaria y activista en favor de la memoria de los que sufrieron el holocausto.

Leyson conoció no sólo la denigración de sus semejantes antes de la Guerra y el trato despiadado de los nazis que asesinaban sumarísimamente sólo por gusto (de ahí que sobrevivir al holocausto fuera en muchos sentidos una cuestión de suerte); también tuvo que luchar en una Polonia de desgobierno tras el fin de la Guerra, que las secuelas del racismo y la homofobia continuaban existiendo; del mismo modo, que le sorprendió que al llegar a Estados Unidos existiese la segregación de los negros.

El profesor alemán, doctor Neu, del que recibía clases de diversas materia en la Alemania desmantelada de después de la Guerra, y donde Leon trataba de recuperar el tiempo perdido de varios años sin escolarizar, refleja lo que ocurrió en aquel país, muchos seguidores del nazismo acuñaban la máxima de «Nosotros no sabíamos nada», pero este profesor dio con la tecla y le dijo a su mujer en una ocasión cuando argumentó eso, algo así como «No digas eso», queriendo dar a entender que todos los alemanes nazis o no sabía lo que estaba ocurriendo, y Neu en un gesto que le honra, no quería encubrirlo.

El papel de sus padres fue fundamental para que Leyson tuviera la suerte de salir con vida de su cautiverio, tanto su madre que velaba por él, como su padre que gracias a su pericia técnica se convirtió en una pieza clave en las fábricas de Schindler.

De Schindler qué decir, en la película se ve a un personaje noble que tiene un nivel de vida exagerado para la época y las circunstancias. ¿Formaba parte eso de su estrategia? Probablemente o casi seguro, es cierto que era un vividor y mujeriego, pero eso le reportaba un estatus con respecto al régimen nazi, al que agasajaba y hacía formar parte de sus excesos, lo que hoy llamaríamos corrupción, y que le permitía mantener unas relaciones fantásticas que desembocaban en flexibilidad para sus negocios, para contar con judíos en su nómina de trabajadores.

Schindler, ese personaje contradictorio como lo califica Leyson, no era igual que el resto de los nazis, eso era claro, sus fábricas eran una tapadera para ocupar gente, primero hacía menaje de hogar, y luego armas en sus últimos momentos, aunque sus valedores calificaban sus producciones como inservibles. Era ante todo un hombre bueno, que trataba a sus obreros con respeto, al que no le importaba acercarse a altas horas de la madrugada, después de sus fiestas para conversar con sus empleados, de los que se sabía el nombre de prácticamente todos, incluido el benjamín Leyson, que no era un obrero suficientemente capacitado y que para llegar a su máquina había de subirse a una caja de madera. Precisamente el conocimiento que Schindler tenía de sus obreros le permitió que en la lista final se incluyera al joven Leon, que había sido borrado inicialmente. La historia puso en su sitio a Schindler que pasó penurias económicas durante el resto de su vida y fue ayudado por muchos judíos, y fue enterrado en Israel, siendo oficialmente el único nazi que yace en tierras hebreas.

Reconforta saber que aunque el protagonista de esta historia sufrió mucho, y en no pocos momentos estuvo a punto de morir, al final la suerte estuvo con él, y todo ello pasando por haber perdido a miembros de su familia sin haber podido hacer absolutamente nada. Los recelos que se mantuvieron en Europa tras la Guerra, obligaron a su familia, como a otras muchas, a emigrar a Estados Unidos, donde comenzaron una nueva vida. Leon Leyson, que tenía una gran facilidad para los idiomas, se adaptó con cierta facilidad a su nuevo país, no tanto a sus padres. Allí llevó una vida cómoda y dichosa, se casó, tuvo dos hijos, fue un buen estudiante y se dedicó a la educación. Nos dejaría el pasado año el que fuera el superviviente más joven de aquella célebre, y los que le conocieron, especialmente su familia, hablan de él maravillas.

Cuesta creer, a la altura de las circunstancias que con la coyuntura del conflicto entre Israel y Palestina, no salga nadie o se acallen las voces de quien puede hablar (aún viven hoy supervivientes del holocausto), pregonando la barbarie que se está cometiendo. No digo que los israelíes no se puedan defender, siempre de forma justa, legítima y proporcional, pero el ataque indiscriminado a escuelas y las imágenes de infantes muertos amparándose en que con ellos se esconden los terroristas, nos hacen revivir una historia que pensábamos que tardaría mucho tiempo en repetirse y es que no aprendemos. Ahí lo dejo.

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