domingo, 6 de junio de 2010

"ESPERANDO A GODOT", DE SAMUEL BECKETT

Aunque alguna vez pasó por mis manos y creo que comencé a leer esta obra, realmente no ha sido hasta ahora cuando he reunido algunas ganas y tiempo para abordarla. Y digo abordarla porque esta obra de teatro supone un ejercicio arriesgado de lectura, y que no pocas veces te deja al borde del colapso, del desistimiento de esta causa.

No es una lectura fácil, es como un cuadro impresionista, desde cerca lo ves y no distingues nada, es desde lejos donde lo comprendes y lo ves todo. En esta obra se entrelazan diálogos absurdos de personajes imposibles que esperan permanentemente a Godot (es un juego de palabras, God es Dios en inglés), que no es ni más ni menos que su destino.

Fue hace unos setenta años, cuando Beckett fraguó este proyecto, cumbre del existencialismo; quizá el momento de su realización, en paralelo con la consolidación de otras corrientes artísticas de vanguardia, hizo de esta obra un auténtico símbolo del teatro alternativo.

En esa distancia, en ese leer entre líneas es cuando se le saca el auténtico provecho y la riqueza a “Esperando a Godot”, máxime si nos imaginamos la fuerza interpretativa de sus personajes, que nos revelan con sordidez lo animal, lo groseramente bestial (tómese bestial de forma peyorativa) que es la condición humana.

En las idas y venidas de cada escena se suceden los temores de los personajes, sus alegrías y sus inquietudes; es como un escaparate magnificado de lo que un ser humano hace a lo largo de su vida, es bueno, es malo, es ruin, es cobarde, es solidario pero a la vez egoísta, y el mensaje más allá de lo que puedan señalar otras criticas es la profundidad que tiene el destino para nuestras vidas. Cuanto más desesperanzados estemos en ese destino más frustrados y más irascibles somos hacia los demás y, al contrario, aquel que consigue estar de buenas con su futuro es más alegre en la vida.

Ya digo que estos personajes, con sus vaivenes, están fundamentalmente frustrados, buscan su egoísmo, buscan denigrar a su semejante, que no es otra cosa que enterrarse a sí mismos, hacerse más animales, convertir al ser humano en ese animal que muchas veces es más irracional que otros a los que llamamos salvajes o bestias.

No soy de los que piensan que un autor hace una obra literaria con una determinada intención, eso sería estrechar el cerco de sus interpretaciones. El teatro, la poesía, la narrativa en general, máxime cuando son ejercicios vanguardistas, algo complejos de asimilar como este, tienen que ser necesariamente abiertos a la búsqueda de las múltiples variables que deliberadamente o no, ha puesto el escritor. Desde luego, “Esperando a Godot”, no tiene naturaleza unidireccional y es un perfecto ejemplo de cómo a través de su introspección podemos sacar numerosos flujos de debate.

A mí me deja un regusto amargo, no por la excelencia de una literatura arriesgada e innovadora para su época, sino porque la evolución de la obra, pese a que no es demasiado larga en su puesta en escena, calculo que no más de cuarenta minutos, te va impregnando de una atmósfera cada vez más inmunda, más agobiante, una sensación de que no hay destino para sus personajes principales, Vladimir y Estragón, y deben decidir entre seguir esperando o pasar a otra dimensión a través del suicidio, la horca.

Sin duda, una lectura obligada si queremos conocer y ahondar en lo que es la vanguardia, lo abstracto, más allá de un cuadro con colores abigarrados en el que no podemos saber qué hay dentro. Un libro al que hay que acceder sin prejuicios, sólo leer y deducir dentro de cada uno, a qué Godot esperamos nosotros.

Por último, y ya desde la vertiente interpretativa, se me antoja que preparar esta obra en el escenario, tiene que ser de una cierta complejidad, los actores han de ofrecer muchos registros y ser capaces de generar una atmósfera que a veces unos diálogos inocentemente absurdos, parecen no ofrecerte.

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