domingo, 1 de diciembre de 2013

"LA SAGA DE LOS RIUS", LA AUTÉNTICA SAGA FAMILIAR

No sé sinceramente, a las alturas del partido, si fue primero la gallina o el huevo; pero tengo que afirmar que, en mi humilde opinión, esta serie que hoy traigo a colación, creo que produjo en el español hablado y escrito la popularización de la palabra «saga», hasta el punto de que se ha utilizado su significado más allá que lo que recoge el diccionario de la RAE, pues «saga» es un relato novelesco que abarca las vicisitudes de dos o más generaciones de una familia, y se ha extendido tanto su uso y se ha desnaturalizado su esencia que ya se habla de saga, para hablar de una familia sin más. No sé si opinará igual mi compañero de trabajo y, a la sazón, amigo, Nicolás Linares, que se ha convertido en las últimas fechas en seguidor fiel de este blog y cualificadísimo corrector ortográfico y de estilo del mismo, desde aquí mi más sincero agradecimiento.

Lo cierto es que esta era una de esas series de televisión que yo me perdí de niño, o para ser más exactos que, en cuanto empezaba la sintonía de cabecera (los domingos por la noche en TVE allá por 1976 - 1977), y aparecían los rombos, uno, quizá dos, ya sabíamos que había que ir a calentar la cama.

Pero merecía la pena que recordara esta serie, porque fue una de las grandes producciones de Televisión Española en los años 70, y porque fue repuesta en diferentes ocasiones y no tuve tiempo ni oportunidad para engancharme.

Para empezar hay que decir que este relato novelesco que dio lugar a esta «saga» no existió como tal, y sí una serie de novelas, cinco concretamente que escribió el autor barcelonés y periodista de profesión Ignacio Agustí a lo largo de varios años, en lo que se conoce como la pentalogía «La ceniza fue árbol»; no obstante, esta serie televisiva sólo incluye sus dos primeras novelas, «Mariona Rebull» escrita en 1943 y «El viudo Rius» creada esta en 1944.

Fue, en su momento, una de las series más caras de Televisión Española; todo un dechado de medios que efectivamente se percibe al visionarla por la cuidada elección de los decorados, objetos y mobiliario de época, indumentarias, así como la esmerada identidad de los exteriores con lo que se quiere contar. No sólo los personajes estaban vestidos de época, sino que su apariencia también estaba muy trabajada: maquillajes, peinados, barbas o bigotes en los hombres...

Esa meticulosidad en los detalles podría desembocar en el único punto de crítica en la serie y es que el coste que imagino que implicaba el montaje de escenarios o la redecoración de interiores, o la búsqueda de exteriores, conllevaba en muchas ocasiones el que hubiera escenas muy largas, en las que no pasa nada, en la que sólo hay lucimiento para los cámaras, la fotografía y el montaje posterior. Sí, yo creo que esa era la crítica principal a esta serie, que era un poco lenta, sus trece capítulos a tenor de lo que se narra en esta saga, en esta aventura familiar, podrían haberse comprimido algo más si se hubiera obviado ese enaltecimiento de lo nimio. Por si fuera poco, en cada capítulo se empezaba con un resumen un poco largo de lo sucedido en el anterior (una costumbre que se mantiene) y a veces no contenía lo verdaderamente relevante, como pasa ahora.

En cualquier caso, su director Pedro Amalio López con el guión de Juan Felipe Vila San Juan, concibió un producto televisivo fastuoso y fabuloso, en el que la trama es en realidad el discurrir de una familia de la burguesía empresarial catalana de finales del siglo XIX y principios del XX. No hay un único hilo argumental sino que los elementos principales que representan los hitos de la familia Rius se van sucediendo a lo largo de su historia y van tomando su debido protagonismo.

En cualquier caso, sí hay una columna vertebral y es la fábrica, la industria textil que los Rius poseen y sobre la que gira el devenir de los personajes de la familia; personajes que, por otro lado, son pocos en los que es la familia estricta, pero que sobre ellos giran otros muchos.

Esa fábrica es una forma de vida para Joaquín Rius, interpretado por Fernando Guillén (fallecido precisamente este año 2013 y este papel que encarnó me invitó también a ver la serie), podríamos decir que es casi su vida, porque en muchos momentos de esta saga es capaz de sacrificar a su familia e incluso su integridad para defender su negocio.

Joaquín Rius en un nuevo rico y, como tal, no es bienvenido por la burguesía tradicional catalana, algo que pesará en la familia Rebull, con amplia tradición en el negocio de la joyería y que muy a regañadientes Don Desiderio Rebull accederá a enlazar a su joven y bella hija menor, Mariona (interpretada por una belleza como Maribel Martín), porque al final «la pela es la pela». No obstante, esa distancia familiar a la que he aludido anteriormente, le pasará factura de inmediato, pues la diferencia de caracteres, edad, intereses..., entre Joaquín y Mariona provocará que este volcán de mujer eche sus redes por otras aguas, y las manifiestas desavenencias tendrán un final trágico, pues Mariona muere en un atentado en el Liceo de Barcelona, cuando compartía palco con su amante. Son intensas las secuencias en las que Joaquín sale de su palco y recorre de lado a lado el Liceo, sorteando heridos, cadáveres y caos, hasta llegar al sitio donde sabía que se encontraría. Mariona deja a un marido maltrecho y agraviado, y a un bebé de escasos meses, Desiderio.

Si Joaquín Rius era, hasta ese momento, un hombre distante en su vida social, la muerte de su esposa le provocará un mayor ensimismamiento, mayor introversión y que se centre casi en exclusiva en su negocio, dejando un poco de lado la educación de su hijo Desiderio.

Con el nuevo siglo, en una Barcelona convulsa, la que dio lugar al atentado en el Liceo, también comienza a haber reivindicaciones laborales(en carruajes tirados por caballos) al Puerto de Barcelona; a la vuelta y ya de vacío es atacado por un piquete y el propio empresario hiere de muerte a uno de sus atacantes. Jamás le perdonarán esta afrenta y el haber roto la huelga con una actitud arrogante, así que grupos radicales le tenderán una emboscada poco después y lo herirán en una pierna (quedará cojo para los restos), pero matan a su fiel secretario Llovet.

Tendrá algo de tiempo también D. Joaquín Rius para formar parte de esa influyente burguesía catalana que acude a Madrid para exigir el necesario protagonismo de la pujante Cataluña, ya se sabe, cuotas de poder, proteccionismo para las industrias, y dinero, la historia no cambia. De paso, Rius mantendrá un escarceo amoroso con una joven de dudosa reputación, personaje que interpreta la exuberante actriz, en aquella época, Ágata Lys.

Tras esos años convulsos, donde hubo serios problemas económicos para los Rius, la 1ª Guerra Mundial supone el espaldarazo para su negocio textil, buena parte del mundo en guerra requiere de indumentaria y ropa militar y los catalanes se especializan en este menester. Comienzan los cambios en la factoría de los Rius y afrontan una importante reforma de sus instalaciones.

A todo esto, aquel niño Desiderio Rius (el actor Emilio Gutiérrez Caba) ya se ha hecho mayor, pero no ama la fábrica como su padre, le va la buena vida, montar a caballo, gastar dinero, hacer negocios para ganar sin dar un palo al agua, y es ciertamente díscolo como su madre, pues para colmo mantiene una doble relación; por un lado, la novia oficial, la chica de buena familia y con posibles, modosita y educada, Crista Fernández (encarnada por la actriz Victoria Vera) y, por otro lado, con la francesita Jeannine (la belleza europea de Teresa Gimpera), una maniquí de modas, lo que hoy sería una modelo, de vida un tanto ligera, y que vuelve loco a Desiderio.

Los últimos episodios narrarán esa doble relación, la cierta distancia y no querer saber lo que pasaba de Don Joaquín Rius, y desde luego las estrategias de acoso y derribo por parte de la madre de Crista Fernández para intentar que Jeannine se apartara de Desiderio; a la postre lo logrará con la partida de la francesa hacia Sudamérica.

El casamiento de Desiderio con la novia buena, la fetén, la oficial, supondrá el culmen de las familias Fernández y Rius, especialmente para Don Joaquín Rius que verá como su estirpe se mantiene y cuidará el buen honor de su apellido y sobre todo que seguirá con la tradición familiar transmitida de generación en generación en el boyante negocio textil.

Es particularmente brillante el papel de Fernando Guillén como Don Joaquín Rius, probablemente uno de los mejores de su carrera, esta sencillamente sensacional. En general hay muy buenas interpretaciones, tal vez la que se queda poco convincente es la de Emilio Gutiérrez Caba, al que no lo veo demasiado metido en el papel, lo veo un tanto insulso.

Al parecer se escuchó después de la emisión de esta serie que tal vez TVE pudiera continuar con la saga, rescatando las tres novelas restantes de la pentalogía de Ignacio Agustí, tituladas «Desiderio», «Diecinueve de julio» y «Guerra Civil». Al final eso obviamente no se llevó a la realidad, lo que podría haber sido un golpe de efecto, y hoy tampoco tendría sentido, pues ello implicaría que perdiera el espíritu que le imprimieron los actores y escenarios utilizados hace casi cuarenta años.

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