viernes, 31 de octubre de 2014

"MALAS TIERRAS", DE TERRENCE MALICK

Y, sin embargo, es bella. Sí, es la historia de una tragedia por capítulos, la aventura de un sádico y su novia en busca de la libertad, pero rezuma como pocas veces se ha hecho en el cine una atmósfera de ternura, de compadecimiento, que convierten una trama violenta en un bello poema.

La ópera prima de Terrence Malick que en 1973 tenía treinta años se basa en hechos reales que sirven de base para la construcción de un guión, escrito por el propio director, en el que se desvía de esa realidad en cierto modo y construye una historia sugerente, llena de atractivos y de un sinfín de lecturas.

Tal vez esa bisoñez de Malick y su cercanía por edad a los protagonistas de la acción le permiten reproducir las sensaciones que experimentarían unos personajes en las circunstancias que ellos vivieron, tanto estos que son inventados, como los reales.

Es una tragedia tranquila, casi inocente, no hay ensañamiento ni en el protagonista ni en las escenas. Él es aparentemente un tonto sin causa, sin interés por la vida, al menos en la película el director no destaca por qué Kit Carruthers (un joven Martin Sheen) es así, no se adentra en la razón por la que inicia y continúa un sangriento periplo. Probablemente quiso dejarnos reflexionando acerca de la imprevisibilidad de la juventud, su ímpetu y su descaro para hacer las cosas sin pensarlas demasiado, porque sí, a la brava.

Carruthers es un operario de la basura que un buen día conoce a una jovencita, Holly (Sissy Spacek), varios años menor que él, ésta es casi una niña, tierna, ingenua e inocente, un poco feúcha también; así que cuando el apuesto Kit se acerca a ella, tal vez piense que tiene que ser su amor prohibido, porque no va a conocer algo mejor con su aspecto un tanto del montón.

Esa pasión que se va destilando a cuentagotas es tan natural como la vida misma, sin aspavientos, algo arisca, pero a la vez llena de amor. El punto de inflexión ocurre al principio, el padre de Holly, que es huérfana de madre, un individuo ciertamente atípico, un tipo duro que pinta cartelería publicitaria con mucho talento, desaprueba esa relación; tal vez ese salto de edad, la pinta del joven y que no se observe que tenga oficio ni beneficio, lo cierto es que tratará de poner coto a los devaneos de su hija, y Kit Carruthers tirará por la calle del medio y se lo cargará sin demasiados miramientos (miramientos tendrá pocos con el resto de víctimas de la película).

Sorprende la actitud de Holly que apenas siente ni padece el asesinato de su padre, para ella es como una liberación. Tal frialdad de la niña se entiende por su inmadurez, y muy levemente a lo largo de la película va adquiriendo algunas tablas. De hecho sólo al final es cuando comprende todo lo anterior, le suena la campana y rompe con esa cadena de violencia y con su actor principal.

En contraposición a este suavísimo crecimiento interior de la joven, se produce en Kit una evolución inversa, pasa de ser un tipo duro y maduro capaz de apretar el gatillo sin penitencia, frío y sin sentimientos, a terminar siendo como un niño al que han pillado en el juego de «policías y ladrones»; como si aquello no fuera con él, en plan estrellita, buscando el protagonismo al más puro estilo y permítaseme la licencia «porque yo lo valgo».

Dicha cadena violenta tiene intervalos de paz y sosiego, de mucha poesía, es como un cuentecillo de adolescentes que por un extraño sentimiento de compasión, cuando uno lo observa, experimenta el impulso de querer paradójicamente que todo acabe bien, que tenga un final feliz, aunque sabes que eso no puede ocurrir.

Que nadie piense que esta película es una revisión de los Bonnie and Clyde, lo de esta pareja de ladrones era planificación y obcecación por la riqueza, en Kit y Holly no existe tal planificación, sus desventuras y giros se suceden por impulsos, sus hurtos son para la supervivencia, todo es errático, no tienen un plan preconcebido, todo es un sugerente «cualquier cosa puede ocurrir», y nutre mucho la película.

Por cierto, muy interesante simbología la que utiliza de forma no inocente el bueno de Malick: gestos, objetos, poses; cualquier cosa está puesta ahí por un sentido concreto, el dibujo que hace el padre de Holly en la carretera, el libro que lee Holly en el bosque, el sombrero que Kit se lleva de la mansión de un rico...

La voz en off es de lo más raro que he visto en una película, es algo espectacular. Uno espera que esa voz (la de Holly) lleve la película y anticipe lo que sucederá, pero Terrence Malick es absoluta y maravillosamente grosero y provocador, porque no es una voz del futuro, sino que es del presente, nos revienta nuestras premoniciones, no quiere que el público sepa lo que va a pasar y las reflexiones de Holly son discordantes.

Por último, sin que la música seleccionada por el director sea la fuerza de esta producción, es más su fotografía, bien es cierto que hay pasajes que llaman mucho la atención, son muy vitales; para un escasamente aficionado a la música clásica como yo, no se le ha escapado, sin embargo, los acordes de una composición de Karl Orff, con evidentes similitudes de su «Carmina Burana».

Una película fresca, juvenil, nada comercial y que con los años se ha considerado de culto, la cual recomiendo para pasar un rato agradable de cinefórum. Y es que en Malas tierras hay un buen terreno para la reflexión.

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