sábado, 24 de octubre de 2015

EL FÚTBOL SE SIGUE PENSANDO LO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS Y MIENTRAS PREMIAMOS A LOS TRAMPOSOS

Se dice tradicionalmente con bastante acierto que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos y el rugby un deporte de villanos jugado por caballeros. Este nada desacertado aserto pretende significar que en el rugby, aparentemente rudo y un tanto salvaje, sus practicantes suelen ser bastante deportivos y tienen una ética bastante arraigada, de hecho, pese a los golpes que se meten, es infrecuente ver rencillas entre ellos, amén de que aún está institucionalizado (no tanto en los profesionales y sí más en categorías amateur) el tercer tiempo, ese post partido en el que los dos equipos confraternizan y se toman unas birrillas. Por contra, el fútbol es un deporte más fino, de menos contacto, pero donde la pillería y el engaño están en primera plana, y por supuesto, el intentar confundir al árbitro.

El rugby tiene ese código ético que lo hace diferente a tantísimos deportes, no se le protesta al árbitro que es la máxima autoridad en el terreno de juego y se le respeta, hay una norma sagrada que es la de que «no te quejarás de ninguna decisión arbitral». Los jugadores liman asperezas en el campo y ya digo que los enfrentamientos son muchos menos que los que nos pensamos; pero lo que es más importante es que los jugadores de rugby no simulan, no engañan y por si fuera poco el árbitro cuenta con una magnífica herramienta como es la grabación de vídeo y un asistente que analiza la jugada desde varios ángulos para aconsejar al principal la toma de decisión. El rugby es, no nos engañemos, un deporte bastante puro.

Un deporte el rugby, por cierto, que actualmente está disputando la Copa Mundial y donde sus jugadores se desmarcan tanto del fútbol que escuché hace no mucho unas declaraciones de un representante del equipo médico de la organización en las que señalaba que mientras en el fútbol el jugador finge estar lesionado en el rugby todo lo contrario, finge no estarlo para permanecer en el campo y participar con los compañeros de su pasión, de la victoria o de la derrota, o sea, que no se que quita del medio.

Siempre he defendido que los deportes deben valerse de las tecnologías existentes para evitar que una decisión arbitral ponga en riesgo la ilusión de millones de personas y, por supuesto, el dinero que se invierte en los grandes acontecimientos deportivos, cuestión nada baladí y que no debiera depender de un juicio subjetivo. En el rugby ocurre (aunque a veces los árbitros se continúan equivocando), también en el tenis, baloncesto, taekwondo, hockey sobre hierba, atletismo... Tantos y tantos deportes que prefieren rearbitrarse desde un estudio de televisión y en tiempo real, para filtrar la natural imperfección humana a la hora de juzgar, máxime cuando hay que tomar una determinación en décimas de segundo y se ha demostrado científicamente que el ojo humano es incapaz de discriminar, por ejemplo, un fuera de juego, si una pelota ha entrado en la portería o si ha tocado línea (en el tenis) y todo esto en un lapsus de tiempo.

Pero el fútbol sigue erre que erre, y no permite como en el rugby o en el tenis, deportes de masas, que se pare el juego por un momento, y no pasa nada, para comprobar el hecho objeto de duda o discusión. Todo ello bien organizado, con varias cámaras y un árbitro que analice las imágenes a la máxima velocidad, no debiera interferir en ningún caso en el normal desarrollo del encuentro; y ello porque interrupciones en el fútbol hay muchas, cuando hay cambios, cuando un jugador se lesiona o cuando se va a tirar una falta, y nadie pone el grito en el cielo.

No obstante, esto es lo que tenemos, es paradójico que el deporte más mediático del mundo y el que más dinero mueve, siga resolviéndose como se hacía hace un siglo, a criterio subjetivo de un árbitro, bienintencionado pero humano; y los guiños a la tecnología son mínimos, una cámara en las porterías para los clásicos goles fantasma y sólo en los grandes eventos.

Dicho esto, el futbolista, que convive con esta sutil falla del sistema, tiende a aprovecharse de ello, las simulaciones, los piscinazos, los teatros por agresiones inexistentes..., están a la orden del día. Y no sólo es malo que esto ocurra sino que la opinión pública, los aficionados, premian al tramposo (algo impensable en el rugby), a ese que se tira en el área cuando no lo han tocado y falsea el resultado de un partido y le roba literalmente el pan de sus hijos al contrario. Pero todo se ve muy bien en los medios de comunicación, que qué listo ha sido Cristiano Ronaldo o Messi (y no digo que estos sean más tramposos que otros) que se la ha colado al árbitro y lo ha forzado a pitar un penalti inexistente. El fútbol, no nos engañemos es un deporte bastante impuro.

Por eso, muy de vez en cuando, los medios de comunicación nos sorprenden con alguna noticia acerca de que algún jugador ha sido honrado y ha reconocido la verdad. Son los menos, porque esta honradez no se paga y precisamente por lo raro que es, se le da cancha, por eso precisamente, porque es muy curioso.

Y cuando se es honrado en el fútbol, todo el mundo se extraña, es como si le cambiaras el paso a los otros jugadores, a los árbitros y a la gente que está viendo el partido.

Hoy voy a poner un ejemplo clásico de algo que sucedió hace varios años, y aunque ya digo, no es algo inédito en el fútbol, sí que es poco habitual.

Tal vez esta sea, como digo, probablemente una de las famosas anécdotas de la historia del fútbol, porque al protagonista le dio ese día por tener un subidón de honradez. Corría el año 1997 y nos encontramos en la Liga Inglesa (la Premier League), la que se presume una de las ligas más honestas y caballerosas del mundo, en la que los jugadores se baten el cobre y suele primar la honradez entre rivales; en un partido de aquella competición el delantero del Liverpool Robbie Fowler se adentraba en el área en busca de un balón franco, en lo que era una clara oportunidad de gol, cuando el guardameta Seaman del Arsenal llega tarde al balón, levanta los brazos y lo derriba, Fowler cae e inmediatamente se levanta haciendo expresivos gestos de que no había sido penalti, o sea, que no le había tocado el portero, que se había tirado a la piscina.

El árbitro de la contienda no dudó ni un instante y pitó el penalti sin contemplaciones, por mucho que Fowler le insistiera en que no había sido. Es más, entiendo que el árbitro no saliera de su asombro, es decir, que el jugador le estuviera enmendando la plana. Dice luego la historia y hay una evidente controversia con ello, que Fowler tiró el penalti con desgana, que lo rechazó Seaman y otro jugador del Liverpool se encargó de rematar entre los tres palos. Yo no estoy tan de acuerdo en que Fowler lo tirara con desgana, para empezar si no hubiera querido lanzarlo podría haberse negado, y si quiso no haberlo marcado, pues con tirarlo fuera o a las nubes ya estaba hecho; pero no, Fowler abrazó a efusivamente a su compañero tras el gol, por tanto, creo que no fue honesto del todo, pudo haber hecho un completo y se quedó a las puertas.

Ni que decir tiene que el que quedó como un tonto fue el señor colegiado, porque decretó el penalti y no fue capaz de revertir su decisión, porque los árbitros en el fútbol son así, o el mismo fútbol es así, no quieren reconocer que se han equivocado, y es que yo creo que si hubiera cambiado la decisión nada hubiera pasado. A todo esto hay que decir que los aspavientos de Seaman en la jugada en cuestión, levantando los brazos desde el suelo cerca de un metro, hicieron que la credibilidad del penalti fuera total, es decir, que nadie se hubiera dado cuenta del engaño a no ser por la pasajera honestidad de Fowler. Un Fowler curiosamente conocido por otro penalti que sí marcó y que celebró simulando que esnifaba la cal de la línea de gol, todo un clásico de la mucha falta de pedagogía y educación que tienen los futbolistas.

En definitiva que sigo defendiendo a capa y espada el uso de tecnologías para todos los deportes, siempre de forma racionalizada, mediando entre el mantenimiento del ritmo y la no pérdida de espectacularidad; mientras tanto, seguiremos asistiendo al triste espectáculo de cada fin de semana, con jugadores deshonestos y árbitros humanos que fallan, incluso menos que los deportistas a los que han de juzgar. La paradoja es que los árbitros están mal vistos y a los jugadores que fallan y que generalizadamente engañan, pues les reímos la gracia.

2 comentarios:

Graciela Susana Bengoa dijo...

Hola Pedro, soy Susana del curso Encontrando tesoros en la red, aquí estoy aceptando con gusto la visita a éste tu otro blog.

La verdad no soy bloguera, ya tenía un blog que había creado con intenciones de trabajarlo en el futuro pero quedó vacío, nunca lo inicié, hasta ahora como parte del ejercicio del curso del que formamos parte. Pero por lo que veo, tenemos en común, es que nos gusta hablar, expresar.

Me encantó tu artículo sobre el fútbol, comparto 100% lo que dices, incluso tengo un compañero de trabajo que además es árbitro de fútbol, lo comenté con él, para saber si esto se plantea dentro de su ámbito y me dijo que si, que además también está de acuerdo con utilizar la tecnología pero que para el fútbol no es viable desde el punto de vista del negocio, es como la ambiguedad de la ley, cuando más cintura tienes más lugar te das para moverte con los reglamentos según te convenga. No olvides que el fútbol antes que deporte es un gran negocio y recién ahora se hizo lo impensable, tirar abajo ese gran poder que conformaba la FIFA & Co. que parecían los intocables. Saludos y felicitaciones por tu blog.

Ramón dijo...

Absolutamente de acuerdo, Pedro, con todo lo que escribes.
Soy aficionado desde crío, pero apenas conservo nada de mi pasión infantil. Aparte de otras consideraciones generales sobre el deporte espectáculo, este tema de la conservación de un reglamento del siglo XIX, y de medios para arbitrar propios de ese siglo (la vista de un solo señor), me han ido convirtiendo en un descreído desde jovenzuelo.

Parece claro, y alguna vez lo han insinuado en declaraciones directivos de FIFA o UEFA, que les interesa la polémica generada por las situaciones de injusticia. Quizá, sí, si aplicaran la tecnología que hay en otro deportes, como el fútbol americano, y dieran sentido común al vetusto reglamento... perderían la mitad de la atención y del negocio. Pero desde luego los que lo seguimos lo haríamos más satisfechos.
Un saludo Pedro y también a los lectores de esta estupenda web.