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Cuadrado rojo sobre fondo negro, de Kazimir Malévich |
Con buen criterio, en aquel curso de 3º de BUP en mi Instituto de Linares los profes decidieron hacer un viaje a Madrid para hacer una ruta artística. Seguramente es uno de los viajes más interesantes y mejor organizados a nivel educativo que hice jamás. Por cierto que era la primera vez que yo pisaba Madrid. En aquel sábado primaveral estuvimos por la mañana en el Museo del Prado y después en el Casón del Buen Retiro para ver el Guernica, en la sobremesa fuimos al Museo Nacional de Arte Moderno y por la tarde terminamos en la Fundación Juan March para ver una exposición de pintores vanguardistas rusos de principios del siglo XX, probablemente el nombre más conocido era el de Vassily Kandinsky.
Aquel viaje estuvo muy bien aprovechado, aprendimos mucho, nos lo pasamos bien y para un chico de provincias que iba a la mayor ciudad a la que hasta ese momento había pisado jamás, fue todo un cúmulo de experiencias y fotografías que se guardan a buen recaudo con añoranza en la memoria.
Fascinados por los cuadros clásicos en el Prado, por lo imponente del Guernica y por el atrevimiento de los contemporáneos aunque no exentos de virtuosismo, aquella exposición en la Fundación Juan March nos pareció lo más pobre del viaje. Aquello ya no parecía ni atrevimiento, aquello era más bien osadía, por no decir cachondeo, no todo pero si algunas obras significativas.
Y es que, entre los cuadros un poco incomprensibles pero razonablemente elaborados había otros que eran directamente una tomadura de pelo. Ocurrió una anécdota, que por el hecho de haber existido permite que esa vivencia no la olvides jamás. Pues como digo, en esa exposición a la que asistíamos algo asombrados, recuerdo con nitidez que mi amigo Gonzalo Luna (que sigue siendo mi amigo y a la sazón arquitecto en la actualidad) se percató de que había un cuadro que era muy curioso. Se titulaba algo así como «Cuadrado rojo sobre fondo negro», y no, que nadie se piense que era otra cosa, era precisamente eso, era pura mofa, algo que cualquier persona menuda de las que habitan en un jardín de infancia podría elaborar. Las risas fueron generalizadas y el cachondeo posterior irreprimible.
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Catálogo de la exposición |
Estudiando un poco el personaje de Malévich, fue el creador del suprematismo, una suerte de corriente artística basada en formas geométricas fundamentales, «tócate la pera», permítanme esta licencia. Lo más gracioso de todo, cachondo o tomadura de pelo, es que hay opiniones diversas y «cualificadas» que le otorgan su valor, su importancia y su trascendencia artística. Decía el propio Malévich y cito textualmente: «Las claves del Suprematismo me están llevando a descubrir cosas fuera del conocimiento. Mis nuevos cuadros no sólo pertenecen al mundo» y en concreto sobre el cuadro en cuestión, por llamarlo de alguna manera «Cuadrado Negro no sólo retó a un público que había perdido interés por las innovaciones artísticas, sino que hablaba como una forma nueva de búsqueda de Dios, el símbolo de una nueva religión». En fin, yo diría que este Chiquito de la Calzada ruso, directamente se reía del personal en la cara, primero por hacer lo que hacía y después por inventarse una justificación tan sumamente irónica.
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Obra de Malévich vendida por 60 millones de dólares |
Es posible que lo que voy a comentar moleste a gente, y también he de decir que yo no soy un experto en arte, lo cual no es sinónimo de que no me guste el arte. Ahora bien, entre la impresión que nos dejaron los cuadros del Prado y aquellos vanguardistas rusos, había no sólo un abismo de años sino también de calidad. Y, por cierto, lamento meterme tanto con el difunto Malévich que falleció hace una pila de años.
Soy así, soy de los que tiene que ver que un cuadro esté elaborado, aun cuando sea abstracto, que aunque me gusta menos que lo clásico, lo acepto si se nota que el autor se lo ha currado. Pero es que te encuentras cada cosa por ahí...
Hace dos o tres años acudí con mi padre a una clínica oftalmológica en Málaga, los oftalmólogos y otras profesiones médicas liberales se han convertido en los nuevos ricos y derecho tienen porque para eso han estudiado. Imagino que disponiendo de unas cuentas bancarias tan holgadas, no sabrán ni dónde invertir su dinero, de tal forma que tenían por allí una revista especializada en venta de cuadros. Cuadros interesantes había muchos y chorradas suprematistas o del género abstraigo y mequedoconelpersonal también había unos cuantos.
Yo entiendo el arte moderno como una superación del arte clásico, pero no una prostitución; entiendo que haya nuevas formas de entendimiento, pero no que sólo esté al alcance de una élite de intelectualoides. Aquel viaje a Madrid de hace treinta años me permitió abrir mi mente, en el Museo de Arte Moderno recuerdo un majestuoso cuadro de «El marino vasco Santhi Andía, el Temerario» de Ramón de Zubiaurre (cuadro que yo conocía por un libro que tenía en mi casa y el encontrarlo allí me impactó). Valoro el trabajo de otros artistas contemporáneos, y no soy un experto, pero son aquellos que aun innovando, sus creaciones no dejan de ser un trabajo bien elaborado.
Por contra, de vez en cuando ves obras de arte, no solo cuadros, sino también esculturas (de alguna birria mamotétrica se nutre mucho paisaje urbano). Y como pasa en cualquier corriente artística o en cualquier faceta de la vida, la omnisciencia no existe ni la perfección tampoco, ser un artista no es sinónimo de que todo lo que hagas sea arte, igual que no todo gran escritor escribe siempre bien. No obstante, una cosa es que te esfuerces, trabajes, luches, y luego saques un producto bien elaborado y que podrá gustar más o menos; y otra cosa es que le tomes el pelo a la gente y te rías de todos con composiciones infantiles que has hecho entre bostezo y bostezo.
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Jackson Pollock con una de sus obras |
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Autorretrato de Belin |
Por eso, si de vez en cuando, en algún museo del mundo, los encargados de la limpieza tiran a la basura obras de arte confundiéndolas con basura, pues será porque son precisamente eso.
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