sábado, 24 de noviembre de 2012

JUGANDO A CONSTRUIR ALGO Y OTRAS PERIPECIAS

La mayor parte de las veces que escribo sobre juegos en mi blog, lo hago con un acusado tono de desencanto, sobre todo porque añoro los juegos que yo hacía en mi infancia en la calle y que ahora es impensable ver a los niños actuales repetirlos o reeditarlos. Apenas hace dos semanas escribía sobre los juegos de cuerdas y combas, y auguraba que difícilmente en España se volverían a popularizar.

Con ese cierto desasosiego y hasta un poco de crítica hacia esta sociedad materialista publiqué aquella última entrada sobre juegos y, por unos días, mi experiencia personal me ha quitado la razón y mi estado de desazón, dándome un poco de vidilla porque he descubierto que sí, que hay niños que todavía juegan en las calles, que se entretienen con poco, que son imaginativos y que su vida es muy divertida, son niños del siglo XXI pero pueden jugar a cosas a las que hace un siglo sus antepasados también pudieron jugar.

Mis amigos saben de mi reciente paternidad y la edad de mi hijo, siete años, me obliga a sincronizar mi reloj vital con el suyo; obviamente él pide, como parte importante de su quehacer cotidiano y de su aprendizaje, jugar, jugar y jugar. Es por ello que ahora un porcentaje razonable de mi tiempo libre también se centra en el juego.

Tratamos de salir, si no está lloviendo, todos los días un poquito a la calle, generalmente por la tarde. Una tarde de estas hace unos diez días, salimos a estrenar su patinete, a cabalgar sobre su nuevo vehículo de tracción humana y a que aprenda mi mozalbete a tener equilibrio y no caerse (ha aprendido con bastante rapidez). Por fortuna y porque mi mujer y yo así lo decidimos vivimos a las afueras de Bailén, un pueblo de poco más de 18.000 habitantes, en una zona de expansión que por la crisis se ha quedado con las calles hechas pero sin edificar, con lo que hay mucho asfalto en buen estado y pocos coches, esto te da una cierta tranquilidad. También está el campo cerca, a apenas ciento cincuenta metros de mi casa ya estoy pisando hierba, descampados donde la gente tira escombros o busca afanosamente hormigas de ala.

Así que después de dar unas vueltas nos adentramos en el descampado más cercano, en el que por las lluvias de los últimos años y las más recientes de las últimas semanas se ha formado el cauce de un arroyillo que en cuanto deja de llover se seca; pero eso sí cuando cae agua tiene cierto caudal, lo que provoca que en determinadas zonas haya hecho taludes naturales que desde el lecho hasta lo alto pueden medir un par de metros. Y allí nos encontramos a un par de niños de unos doce años, entretenidos en cavar en el talud unos agujeros para empotrar en los mismos una especie de sillas hechas de baldosas tiradas en el mismo descampado.

Mi hijo que, en el poco tiempo que lo conozco, tiene predilección por los trabajos manuales y físicos, rápidamente me indicó que él también quería hacer eso y que volviéramos a casa a buscar herramientas. Con una cierta rapidez cogí lo primero que encontré, una palita y una gubia de las que se utilizan para jardinería. Regresamos al tajo y nos dispusimos (bueno en realidad sólo él, yo observaba), a realizar un agujero para hacer exactamente lo mismo que nuestra competencia que estaba a unos veinte metros de nosotros, es decir, una silla con los materiales que teníamos allí cerca. Pero no pasaron ni diez minutos cuando uno de los chavales se nos acercó y nos dijo que si nos queríamos unir a ellos en su “chiringuito”. Pues decidimos que sí y allí nos instalamos.

La sensación fue agradable, placentera y graciosa a la vez, nuestros nuevos amigos David y Miguel, lo tenían bien montado, sus obras, sus asientos, eran un buen entretenimiento para pasar el rato y para manejarse en trabajos manuales y en labores de obra y construcción a pequeña escala. Y digo gracioso también porque se habían equipado convenientemente para estas tareas con guantes, gafas de seguridad, un cubo para la arena sobrante, escardillo, martillo, espátula, niveles…, herramientas varias para su pequeña obra de arte y juego.

Le ofrecieron a mi hijo esas herramientas y él las usó raudo para hacer su asiento de similares características a las de sus colegas de obra. Se estaba haciendo de noche y fui a mi casa a por un par de linternas, mientras ellos seguían afanados en mover tierra y en ajustar con el nivel baldosas y azulejos. Allí continuaron animados por la leve luz de los improvisados focos, hipnotizados por sus particulares tareas.

Les dije que les iba a tomar fotos, la mayoría para quedármelas de recuerdo y otras para colgarlas en mi blog, eso sí tratando de que no aparecieran sus caras por aquello de la legalidad y la protección jurídica del menor. Es evidente que no hay ninguna maldad en mi propósito, todo lo contrario, y estoy seguro de que todo el mundo tiene esta perspectiva, porque con esto de las leyes, a veces se sacan de quicio.

Pues eso, nos despedimos que ya era noche cerrada y en estos días de noviembre que son de los más cortos del año, eso ocurre a poco más de las siete de la tarde. Quedamos emplazados para el día siguiente con objeto de seguir haciendo construcciones, yo sugerí que se podía hacer una escalera natural, excavando los peldaños en la tierra arcillosa.

He de apuntar que instantes antes de que nos hicieran la invitación a unirnos a su equipo, vi desde la distancia como Miguel y David parecían estar incordiados por otros niños, pues respondían a las preguntas de estos con bastante parquedad. Efectivamente me confirmaron que se trataba de los macarrillas del barrio.

Y es que al día siguiente, mi hijo y yo llegamos los primeros al tajo y nuestra obra lamentablemente estaba destrozada. No cabía duda, habían sido los gamberretes barriales. Llegaron nuestros dos amigos y vieron como nosotros con un poco de tristeza y resignación el estropicio. Yo traté de animarlos porque por desgracia en eso el mundo no ha cambiado y yo también tuve que soportar en mi infancia a niños que disfrutaban haciendo daño a los demás, pero que no había que venirse abajo porque eso era darles alas a tus enemigos, que precisamente lo que persiguen es eso que tú te molestes y que te sientas mal, amén de que soy de los convencidos de que el mal nunca triunfa y que el futuro pone a cada cual en su sitio (en mi barrio así ocurrió y los malos hoy son don nadie). La confirmación de la autoría de los hechos vino al poco rato, ya que mientras que estábamos en nuestro particular duelo, los “malos” desde la distancia se reían señalando que sí, que habían roto nuestra cabaña.

También les comenté, haciendo un símil propio de mi edad que si el Gobierno español se hubiera rendido a las primeras de cambio al terrorismo nada sería igual, así que había que luchar, y si habían roto nuestros asientos había que reconstruirlos, y si los volvían a romper, nosotros persistiríamos, así sucesivamente hasta que se cansaran, que no hay mal que cien años dure.

Pero la vida transcurre y como buenos niños, y de eso me alegro un montón porque me demuestra que el mundo se mueve y que la infancia todavía tiene futuro, un día hacen una cosa como si les fuera su destino y al día siguiente se cansan y empiezan con otra; así que por el momento no hemos vuelto al lugar de los hechos.

Y eso, que la vida sigue y mi hijo tiene una obsesión por las cuerdas, con atar, enganchar y arrastrar y ser arrastrado, sueña con construir algo con ruedas para llevar a su “amiga favorita” que es nuestra gata Nina, y con el nuevo patinete en la nómina de sus juguetes ya está dándole vueltas a la cabeza acerca del asunto. Para empezar ya se le ocurrió que por qué no enganchábamos a nuestra perra Lúa a su patinete para que ella estirara; la perra un poco veterana ya corrió unos minutos, pero cuando se dio cuenta del percal y de que tenía que hacer un sobreesfuerzo pues se paró y dijo que hasta aquí habíamos llegado. Así que convinimos en que el cable eléctrico que estaba utilizando como enganche se podía acoplar a la bici de Miguel y estirar del patinete de mi hijo, y así nos divertimos, ellos con el juego y yo mirando.

Al día siguiente me tocó a mí desempolvar mi bici de montaña porque la perra se nos había despistado y tuve que acoplarle un cojín encima del cuadro para que pudiera sentarse mi chaval mientras yo pedaleaba por dos. La situación se complicó porque Lúa no aparecía y eso era rarísimo. Miguel y David me ayudaron a buscarla y la encontramos en la puerta de la farmacia más cercana a mi casa, apenas a doscientos metros, allí estaba tumbada esperándome, y eso que había pasado por allí unos minutos antes, pero claro no había pronunciado su nombre ni ella está acostumbrada a verme en bicicleta. Pasé un mal rato.

En fin, que puesta al día la bici, el cojín ya se ha hecho fijo, y ahora también me toca a mí enganchar el cable para tirar de mi hijo, pero lo doy por bueno, él disfruta una barbaridad y yo soy un niño más, es la verdad.

O sea, que hace un par de semanas me sentía un poco bajo de moral cada vez que hablo de los juegos que murieron en las calles y en la memoria de los que fuimos niños, pero el presente también reivindica que la infancia sigue existiendo con fortaleza y con ilusión. Y ahí estaban y están para convencerme de ello David y Miguel, dos niños sanotes y buenos que disfrutan con su infancia, que destilan alegría y felicidad, y que se relacionan con su mundo aprovechando las calles para jugar, esas calles donde también uno se hace persona, donde uno también se educa, ¿puede haber mayor maravilla?

Y, por supuesto, también sirve esto como reivindicación del ruralismo, lejos del mundanal ruido, los que vivimos en pueblos tenemos esta ventaja con respecto a las grandes ciudades, todo está a la mano, todo lo disfrutamos de manera llana y natural, todos nos conocemos y sabemos nuestros límites.

La vida en sus diferentes modalidades, versión ¡nos lo pasamos pipa!

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