domingo, 24 de enero de 2010

NEW AGE Y ENYA

Si este blog debe navegar de forma regular por algunas aguas, lo hará por unas mansas y tranquilas, a medio camino entre la música y las rarezas (una de las mías). Sí, porque este capítulo de la música, que me apasiona, se desvincula de lo comercial, de lo popular, de lo que esta en la televisión, en la radio, en las listas de descargas y en las melodías de los móviles.

Hoy voy a hablar de la música con mayúsculas, esa que es tan grande, tan genial, tan elaborada, que curiosamente el número de seguidores es mínimo, yo diría que inversamente proporcional a la enorme calidad de los compositores que forman parte de esta gran familia casi desconocida.

Tengo la intención en este blog, de vez en vez, de hacer un pequeño homenaje a esas gentes que hacen una música muy privada, en sellos minoritarios y con un público muy escaso, pero eso sí, absolutamente fiel.

Pero ¿de qué música estoy hablando? Me refiero, sin duda, a la música “New Age”, un concepto que no es fácil de definir, o al menos no tiene una dimensión unívoca. En esta magnitud entraría la música ambiental, la electrónica, composiciones de vanguardia, nuevo jazz, músicas étnicas... Es un conglomerado en el que se compendian músicas de muy diverso calado y tendencia, con dos rasgos fundamentales: minoría de seguidores y grandísima calidad.

No obstante, la primera cuestión que se puede plantear el lector es cómo siendo una música de tanta calidad, no es popular, no llena, no despierta el interés y la admiración de los canales comerciales. En principio, yo diría que la respuesta es sencilla, por un lado, y egoísta por otro. Generalmente son músicas que no tienen letra y, en muchos casos, melódicas y “suaves” al oído, lo que implica que no inspiran al baile, no llegan a las discotecas y, por ende, a uno de los públicos que más música consume, la juventud. La parte egoísta es que, con la mayor modestia, hay que tener un cierto oído y alguna cultura musical. Hay que saber escuchar ciertas músicas, por ejemplo las de vanguardia, y estar dispuesto a ponerle letra a esas melodías que nos evocan, por lo menos a mí, muchas emociones y sentimientos.

Pero, cómo llega a mí la New Age. Creo que desde muy pequeño me sentía especialmente atraído por la música sin letra, me hacía sentirme protagonista de la misma, me veía en el cielo, contemplando el mundo; esa música me parecía de otra galaxia, me sentía pleno de modernidad, sí de modernidad, siempre me pareció y me parece que era un tipo de música que se adelantaba a las demás. Siempre recuerdo ir con mi madre por las calles de Linares a mediados de los 70 y escuchar coches de publicidad con sintonías arrebatadoras para mí; me trae buenos recuerdos aquello y buena parte de mi búsqueda musical en la vida ha estado marcada por el descubrimiento de qué intérpretes eran capaces de inventar esas melodías tan celestiales. Ahora ya, a balón pasado, es sorprendente cómo hace más de treinta años, sin demasiados artilugios electrónicos, compositores de la talla de Vangelis, Joel Fajerman, Jean Michel Jarre, Michael Nyman..., eran capaces de elaborar sus obras.

Siempre he entendido que buena parte de la New Age era la continuidad en nuestra época de la tradicional música clásica, yo creo que en muchos casos lo ha sido, aunque los más puristas renieguen de esta consideración.

Un capítulo aparte hay que hacer a la persona que creo que más ha hecho por la New Age en toda su historia, y que se permitió el lujo de rebasar esa frontera casi inexpugnable que separa la música minoritaria de la del gran público. Se trata de Enya, ya sé que todo el mundo la conoce y que, hoy por hoy, es casi una autora comercial, pero yo le alabo el gusto, y pienso que aun con toda la superproducción con la que cuenta en la actualidad su música sigue siendo mágica, celestial. Enya a buen seguro que se ha hecho multimillonaria, pero tuvo que hacer una apuesta muy arriesgada y lo que es más importante, con su triunfo, ha permitido que otros muchos autores salieran del anonimato y del reducto de cuatro coleccionistas estrambóticos, para hacerse un huequillo y permitirles vivir medianamente de esto.

Hoy en día, muchos maestros de la música hacen de su pasión una profesión y, desde luego, con más esfuerzo, calidad y menos recompensa que otros “triunfitos” a los que se lo dieron todo hecho (y con una calidad ínfima en muchos casos); pueden hacer algunos conciertos, confeccionar bandas sonoras para películas, sintonías para anuncios o programas de televisión, composiciones para grandes eventos...

Este artículo se lo dedico a Enya, porque llegó a mis oídos como otra de esas casualidades de la vida. Hace más de veinte años, cuando Internet ni existía, los 40 principales de la Ser que, entonces creo que eran bastante fieles con la lista y menos mercantilistas que ahora, emitían los sábados por la tarde un programa de una emisora de Estados Unidos bastante popular que anunciaba también los principales de la lista en aquel país. Durante varias semanas asistí a la ascensión de Enya y aquel disco mítico Watermark. Y era casualidad porque yo tenía antes una grabación de música celta del grupo donde ella cantaba hasta ese momento, Clannad (otro grupo poco conocido). Entonces le dije a mis amigos, ¡ojo, que esto es un pelotazo! No me dieron crédito, y a la postre estaba claro que llevaba razón porque al poco tiempo Enya también se coló en la listas de nuestro país, y todo cambió…, bueno a lo mejor no mucho, pero fue un aliento de aire fresco para los gustos musicales de los españoles.

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