sábado, 9 de enero de 2010

BUENAS A TODOS

Hola a todos y a nadie. Llevaba ya varios años dándole vueltas a modelar un blog y siempre, entre los agobios de la vida y una cierta apatía por afrontar un camino inhóspito, me llevaron a ir posponiendo su creación.

Hago el blog porque me gusta escribir, inicialmente para sentirme bien conmigo mismo, y disfrutar de mis reflexiones, para que no se me queden en mi mente y puedan permanecer imperecederas en el futuro, por si alguna vez tengo alguna fuga de neuronas y, entonces, ya no pueda tener tiempo para anotar mis recuerdos.

El blog nace sin un horizonte definido, quizá en el futuro tenga una temática más específica; en principio, nace con una vocación personal, en el que iré incluyendo mis reflexiones, mis vivencias, mis experiencias de la vida, y aquellos aspectos de mi universo vital que me apasionan, que me llenan o ¿por qué no?, aquellos que me enojan.

Para este primer día, esta “ópera prima”, también le he dado muchas vueltas a cuál iba a ser el objeto central de mi debut. Me venían sentimientos de miedo, de responsabilidad, y al final me planteé escribir de lo que me diera la gana sin la mayor presión. Esto se mantiene, espero, aunque en estos últimos días he madurado más la idea y medité que estando ya en el ecuador de mi vida, una persona normal tiene muchas anécdotas o historias escondidas que serían bonitas de contar, de revivir y de transmitir. Así que rebusqué y logré acordarme de una bien bonita, al menos para mí, que por su casualidad me trae momentos muy gozosos.

La podría titular “El día que conocí a Sergio Mendizábal”.

Pues corría el año 1992, aquel famoso año de las Olimpíadas de Barcelona (me gusta este nombre más que Juegos Olímpicos) y la Expo de Sevilla, y yo por mor de mis estudios universitarios había ido retrasando mi incorporación a filas, a la por entonces obligatoria mili.

Finalmente a regañadientes tuve que alistarme, con la esperanza de que aquello terminara rápido y no retrasara o impidiera mi ilusionante ascensión profesional. En aquella tarde de mayo me monté en un tren en Linares – Baeza con destino a Córdoba; billete pagado por el Ejército español que fue tomado por una ingente cantidad de reclutas que copaban vagones enteros y especialmente aquellos anexos al bar del tren.

Mi instinto primario, mi formación y mi edad, 24 años (sacaba más de seis años a la mayoría de los muchachos, y a una edad tan corta eso es un mundo), me impedían mezclarme con esa maraña de jóvenes que se tomaban la mili como una fiesta y que se emborracharon ampliamente en el tren, si antes no venían ya bebidos. Yo reflexionaba sobre el sentido de estar nueve meses de tu vida, auténticamente parentéticos, haciendo algo en contra de tu voluntad, y sobre todo, no entendía la alegría con la que otros afrontaban una experiencia tan poco edificante.

Bueno, no había ya vuelta atrás, se trataba de pasarlo lo mejor posible y aprovechar para intentar obtener aspectos positivos de una experiencia impuesta. Entré en el tren y fui pasando vagones hasta uno donde había gente normal y pocos o ningún recluta. Los asientos de los trenes de antes, creo que los de ahora no distan mucho de aquellos, son dobles, por lo que debes compartir asiento con alguien. Y allí quedaba uno libre, un señor mayor con aspecto pintoresco, yo diría que unos 70 años…, me senté a su lado y aquel viaje a Córdoba sería inolvidable.

Nada me hacía presagiar que aquel señor con pinta de sabio despistado tenía una historia curiosa y apasionante que contarme. Le comenté que me iba a la mili y seguramente también le apunté lo disgustado que iba a una misión a la que iba obligado. Después de mis datos iniciales, me comentó para mi sorpresa que era actor, creo que era la primera vez en mi vida que yo, “un chico de provincias” me topaba con todo un actor. Me dijo que se llamaba Sergio Mendizábal y que su papel más conocido era el de capellán en la película española “La vaquilla” de Berlanga, que yo no había visto (entonces no tenía demasiada pasión por el cine). Durante el trayecto me contó sus aventuras apasionantes en el mundo del cine, todo un descubrimiento para mí en el día en el que dejaba de ser persona para convertirme en un número.

Recuerdo especialmente dos detalles de Sergio Mendizábal, su cara, cara de vasco recio y a la vez abuelo entrañable, y que al contarle que yo era de Linares, me cogió las señas de casa y prometió que me mandaría una foto firmada de Palomo Linares, pues decía que era muy amigo de su mujer Marina Danko (nunca llegó, pero me daba igual). Todo un bautismo que ahora se me antojaría un poco “friki”, pero que hace casi veinte años fue una historia curiosa y, repito, inolvidable.

Justo al acabar la mili, creo incluso que para mayor casualidad, la primera noche que dormía en mi casa, echaban en la tele…, sí “La vaquilla”, y ahí pude comprobar, por si me quedaba algún atisbo de duda que, efectivamente, mi contertulio en aquel tren era Sergio Mendizábal.

Con el tiempo me he ido aficionado mucho al cine, pero no al cine comercial de las carteleras de actualidad, no; si hay alguna película buena de ahora, la dejo que madure como el buen vino y luego la veo en la tele, la descargo, me la dejan o lo que sea. Tal vez no sea la forma más ortodoxa de verlo pero así estoy viendo magníficas joyas del cine de siempre. Así, lo vi recientemente haciendo también de cura en “Tristana”, y es que tenía aspecto de muy buena persona.

Valiéndome de Internet, magnífico invento, he podido conocer más de la vida de este vasco, cuyo verdadero nombre es Hermenegildo de Igarzábal y Sánchez de Mendizábal; y que ha sido un notable actor secundario español, de dimensión internacional, con apariciones en películas tan conocidas como “Mr. Arkadin”, “Viridiana”, “El verdugo”, “La muerte tenía un precio” o “El bueno, el feo y el malo”, para completar yo diría que cerca de un centenar de títulos.

Hasta donde llega la información de Internet, parece ser que Sergio aún no ha muerto, debe ser un venerable anciano de casi 90 años. Así que desde aquí un saludo estés donde estés por permitirme gozar con esta anécdota de mi vida que llevaré conmigo para siempre, y ser mi inusitado acompañante en este bautismo de fuego.

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