viernes, 25 de julio de 2014

HIJO DE SANTANERO Y A MUCHA HONRA

Pues ese hombre vestido con mono de obrero es mi padre, recibiendo de manos del señor Giménez-Cassina (Director General de Metalúrgica Santana) el reconocimiento como «Obrero ejemplar»; corría el año 1969, yo apenas era un bebé y con aquella especie de galardón, le premiaron con un reloj con el escudo de Santana, que llevó puesto en su muñeca durante muchos años y un dinerito extra para comprar algunas cosillas para casa.

Era aquel Linares de los años 70 y 80 del siglo pasado, que yo viví intensamente, una ciudad bulliciosa donde en torno a tres mil trabajadores acudían diariamente a la factoría que fabricaba aquellos míticos vehículos Land Rover.

Una ciudad que era, sin duda, cosmopolita a su manera, aquel monstruo industrial absorbió mano de obra durante muchos años y necesitó obreros cualificados y no cualificados que vinieron principalmente de toda la provincia de Jaén, pero también de toda Andalucía e incluso del resto de España.

Sin ir más lejos nuestra familia vivía (y siguen viviendo mis padres) en un barrio obrero, donde el 95% de los hombres trabajaban en Santana, y había de muchos puntos, de Torredelcampo, Alcalá la Real, Villanueva de la Reina, Alcaudete, pero también los había de la provincia de Almería, de Fuenteobejuna (Córdoba), de Sevilla capital, uno de los mejores compañeros de mi padre era de Manzanares (Ciudad Real) y mis padres que eran de Begíjar. En fin, son los sitios que he recordado así a bote pronto, pero como digo había de muchos sitios. Esto tal vez hacía que Linares fuera una ciudad atípica, con ese conglomerado de culturas y tradiciones, de costumbres rurales, pues muchos procedían del medio rural, y todos creo que racionales habitantes de una ciudad que les estaba dando su sustento y a la que habían de defender. Era y es difícil encontrar en Linares a un linarense de pura cepa, es decir, con sus ocho apellidos linarenses.

Todavía recuerdo que los sonidos de la sirena, que apenas estaba a quinientos metros de mi casa, y a esa llamada, centenares de operarios que entraban o salían, andando o en coche, generando unos embotellamientos puntuales y unas manifestaciones multicolores, que aquello parecía más un llamamiento a ir a un partido de fútbol monumental o a un concierto de música excelso.

En estos días vacacionales, me encontré en la playa a un antiguo trabajador, a uno de los miles de santaneros que forjaron sus vidas a golpe de herramienta, y recordábamos casi al alimón, aquellos años de bonanza, de prosperidad, de bienestar general de un pueblo y de una comarca, años en los que no paraban de salir camiones tráiler con vehículos Land Rover a sus lomos, destinados a toda España, pero también a muchos países europeos y africanos; de hecho, mi padre era capaz de sobresaltarnos cuando veía algún coche autóctono en algún documental o película que sabía a ciencia cierta que había sido fabricado apenas a unos metros de nuestra casa, y quién sabe si alguna vez fue tocado por sus manos. Fueron años en los que ahora uno sabe que las cosas iban bien, aunque yo lo viera entonces como lo más normal del mundo, teníamos un economato que era una envidia, traspasaba las fronteras de la propia empresa, a los niños nos daban regalos para Navidad, los obreros también recibían algunos regalitos navideños, había un periódico, Santana patrocinaba un sinfín de actividades, y sobre todo y lo más importante, había trabajo, mucho trabajo y el que quería podía trabajar casi el tiempo que quisiera.

Mi padre recuerda aquellos años también con esa añoranza, en los que efectivamente me confirma que había meses en los que cobraba más por horas extras que por la jornada normal. Mi padre comenzó a trabajar en 1959, permaneciendo allí unos treinta años hasta su jubilación. Me cuenta que siempre fue un currante, realmente lo fue, y que tal vez su tozudez física le impidió ascender en otros campos y departamentos en los que hubiera tenido un mejor salario y menos cansancio acumulado. Estuvo muchos años siendo probador de vehículos, incluso una vez tuvo un accidente por un fallo mecánico, sin consecuencias afortunadamente, y en su última época estaba en control de calidad, convirtiéndose en un cliente exigente que había de poner fallos a lo que viera mal y según dice, lo hacía con absoluto celo lo que no parecía gustar a sus superiores. Esta época ya coincidía con la presencia de Suzuki, de infausto recuerdo, aunque me referiré después a eso.

Para la historia de la familia queda el hecho de que gracias a su pericia en la conducción, mi padre siempre comentó que fue el chófer del entonces príncipe D. Juan Carlos con ocasión de una visita a Santana. Aquello siempre nos pareció su particular leyenda urbana, sobre todo porque no hay foto ni recorte de periódico; pero se lo pregunté recientemente y me aseveró que era cierto, así que no veo por qué mi padre iba a inventarse a esto, así que fue verdad.

Es cierto que yo siempre lo vi trabajar mucho, enamorado de su trabajo, de esos trabajadores que están en el tajo veinte minutos antes de que hubiera que engancharse; sólo una vez recuerdo que estuviera de baja, tuvo un dolor de lumbago y aquello fue un acontecimiento familiar, pues estuvo en cama tres o cuatro días y resultaba atípico y excepcional acudir a su dormitorio a cualquier hora porque allí permanecía escuchando la radio y allí que nos metíamos por aquella inexplicable atracción que tenía la cama de nuestros padres.

El tal Giménez-Cassina al que hacía alusión al principio fue el aventurero empresario, que junto con otro visionario, Antonio Sáenz, invirtieron unos tres millones de pesetas para adquirir unos terrenos, que fueron los que dieron el nombre a la empresa, Metalúrgica Santa Ana, pues así se llamaba la finca donde se situó la factoría, era el año 1956. Lo que tal vez no sepa la gente es que no comenzó haciendo Land Rover desde su inicio, sino que era una empresa destinada a la fabricación de maquinaria agrícola.

Fueron las dimensiones del monstruo que allí se montó lo que permitió abrir el negocio, primero fabricando cajas de cambio para Citroën España, en 1958, y en 1959 con el acuerdo con la firma británica Land Rover, coincidiendo con la entrada de mi padre en la empresa, que estuvo funcionando fantásticamente durante un cuarto de siglo.

En los años 80, y viendo que Land Rover se dormía un poco en los laureles ante la cada vez más potente presencia de marcas procedentes del mercado asiático, fundamentalmente de Japón y Corea del Sur, se propició un acuerdo estratégico con Suzuki, que duró hasta mediados de los 90. Y todo fue razonablemente bien hasta que los nipones no pudieron soportar más el mantenimiento de una producción que no era rentable o que lo era menos que disponer del mismo poder productivo pero pagando salarios notablemente inferiores a los españoles, como los eran en los incipientes países de la Europa del Este que comenzaban a despertar de su parálisis comunista. Para entonces, en 1991, los de Suzuki ya habían echado a andar una planta en Hungría, que aún sigue funcionando.

Mucho se luchó por mantener ese maná, la ciudad se volcó por entero, y hasta la comarca, como jamás se había visto, hasta hubo una huelga general en la misma, y recuerdo alguna manifestación donde no faltó nadie, fue un grito último, el último aliento de lo que era irreversible.

La Junta de Andalucía tomó el mando de las operaciones, y no seré yo quien juzgue negativamente la gestión realizada, más allá de buscar un mercado y actividades alternativas para la planta, sinceramente fue una manera de no destrozar a Linares, sino que la muerte de la factoría fuera paulatina, casi paralela al envejecimiento de sus trabajadores, que no hubiera brusquedades ni una revolución social en una ciudad que vivió gracias a Santana.

Los humanos somos muy malos y poco corporativos en los trabajos físicos, donde se suele criticar bastante al igual. Mucho se especuló con las causas del derrumbamiento de Santana, que fueron las que fueron y ahí las he resumido, pero también se habló con poca elegancia de que había muchos santaneros que no daban el callo. Niego rotundamente la mayor, como en cualquier trabajo y empresa hay trabajadores muy buenos, buenos, normales, regulares, malos y muy malos, y de verdad, no creo que los pocos o muy pocos garbanzos negros fueran la palanca que desmoronó aquella gallina de los huevos de oro.

Aunque mi padre no estudió ninguna carrera ni era un mando superior ni intermedio, el hecho de haber sido un operario cualificado le permitió hacer algunos viajes inolvidables para nosotros, por lo que contaba, estuvo en un par de ocasiones en Casablanca (Marruecos), donde Santana tenía una pequeña planta de producción (también tenía sus estrategias), o sus escalas en Vigo, donde iba a realizar pruebas en la factoría de Citroën, de hecho, durante mucho tiempo, mis hermanos y yo lo vimos en un Citroën GS rojo, que le servía de banco de pruebas para las cajas de cambio; recuerdo que alguna vez de camino al colegio me pilló lloviendo, me vio por la calle, y me montó en su «coche rojo», ¡qué orgullo!

El Linares actual da un poco de pena, efecto de la crisis y efecto también de aquel proyecto industrial que agonizó y murió definitivamente hace unos años. Como en muchas localidades de nuestra depauperada Andalucía, los paseos y las plazas se llenan de jubilados y de parados de eterna duración, que fueron en su momento los importantes engranajes de una maquinaria potentísima.

En fin, valga esta humilde reseña como homenaje a aquellos trabajadores que dieron lo mejor de cada uno para construir sus familias y engrandecer la ciudad que los acogió.

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