sábado, 5 de julio de 2014

"IF..." DE LINDSAY ANDERSON

Si «La naranja mecánica» fue una película irreverente aparte de otros muchos calificativos, esta «If...» lo es en grado sumo, tal vez sea el principal. Ciertas similitudes incidentales existen entre una película y otra, ese grado de irreverencia, el punto de violencia, la época de rodaje y en la que se sitúa la acción, los lugares (en Inglaterra) donde se desarrolla y un excelso Malcolm McDowell protagonista de ambas cintas que con su cara de niño malcriado inunda la escena en la que se halla.

Pero amén de eso las películas son diametralmente opuestas, esta «If...» es ante todo una desconocida para el gran público, mientras que la otra es un referente para los cinéfilos y parada obligada para todo aquel que quiera conocer la historia del cine universal, y apenas tres años separan a una de otra.

Su director Lindsay Anderson se aventura en un proyecto transgresor mirado desde la distancia, sobre todo porque incide en el sistema educativo británico en una época concreta, finales de los 60, en la que mundialmente se consideraba a los internados británicos como un modelo formativo y educacional al que acudían los hijos de los burgueses y aquellos adinerados que vivían en las colonias británicas y que deseaban para los suyos una educación ortodoxa y recta. Anderson le pega una puñalada trapera a esta estructura, llevándose por delante a las instituciones, al Estado y hasta a la Iglesia (me inclino a pensar que es católica y no anglicana, aunque no lo tengo claro).

La transgresión de la película se refleja, aparte de su temática, también en su forma de discurrir, algunos detalles nos ofrecen ese panorama, la alternancia de escenas en blanco y negro y color, el que no se reconoce el hilo argumental hasta más allá de su ecuador, el balanceo entre lo trágico y lo cómico y algunas escenas surrealistas que pueden desconcertar si no se las examina con suficiente perspectiva.

Un sistema jerárquico al más puro estilo militar ensalza a los veteranos y humilla a los más jóvenes, ello se adereza con el reiterado ensimismamiento de los que tienen que mandar, constantemente mirando su ombligo y desinteresados en la educación de las personas más allá de la educación en las aulas; eso generará distorsiones en todos los estudiantes; algo que se refleja en el día a día, las novatadas o los tratos humillantes que los que tienen que vigilar eluden, esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo por los siglos de los siglos.

Como siempre también, los más malos, no sé si por esa justicia automática, ¿divina?, que a veces deseamos que haya en el mundo, pues son los que más se divierten, pero son también los más damnificados y llevarán hasta sus últimas consecuencias su irreverencia.

Son niños bien, no lo olvidemos, son chicos que por sus antecedentes familiares han gozado de una educación privilegiada y cuentan, tal vez por dejadez de la familia que prefiere recluirlos y olvidar, con una economía holgada para caprichos de todo tipo; esa medida de los ricos ha hecho no pocas veces que les salga el tiro por la culata.

Este internado de pago es de los caros, eso se percibe no sólo en la elegante indumentaria, excesiva, de los estudiantes, sino en las habitaciones individuales o los espacios de estudio; penurias pasan pocas, más allá de la rancia disciplina, esa jerarquía cruel y ciega que desalentará a algunos.

Por cierto que los críticos de la película no se han puesto de acuerdo del todo en explicar la alternancia de escenas en color y blanco y negro. Yo al principio traté de buscarle su sentido, sinceramente creo que es intencionado, aunque no he alcanzado a descubrir la intención, tal vez debería verla más veces. La explicación oficial no puede ser más simple, el presupuesto de la película era muy ajustado y se decidió rodar parte de la misma en blanco y negro para ahorrar costes.

La película hace críticas directas al sistema, pero también hace guiños a otros asuntos que el director no quiere dejar pasar por alto aunque sean de pasada: el sexo, la homosexualidad, los pequeños vicios juveniles (alcohol y tabaco), los movimientos revolucionarios de América Latina, la guerra de Vietnam, el África negra, la anarquía... Ah, y un pequeño guiño a España, este sin ninguna intención, en una de las secuencias más gamberras, aparece en toda su inmensidad una preciosa motocicleta Ossa que a buen seguro era el sueño de los jóvenes de aquella época.

En cuanto a las escenas surrealistas, algunas son difíciles de encajar en la película por poco creíbles y otras, bien traídas, desmontan la tensión que la película tiene, dándole un toque cómico. Especialmente soberbia es aquella del reverendo del internado que después de que alguno le gaste una broma pesadísima, es capaz de perdonar saliendo desde su refugio ¡de un cajón!, ubicado en la habitación del rector donde permanece postrado.

Y para rematar la cinta, un soniquete envolvente que emociona en los momentos más recalcitrantes, una bellísima y desconocida música hasta ahora para mí, el Sanctus de la Missa Luba, una versión de la Misa latina basada en canciones tradicionales congoleñas y cantada por niños y adolescentes de dicha nacionalidad, sencillamente espectacular.

Por último, esta película de 1968, menudo año, con ese aire retro y esos peinados infames de los niños y los más jóvenes, y esas patillacas interminables de los no tan jóvenes, permite dar luz a una realidad que, tal vez, hasta ese momento estaba distorsionada.

En fin, una película absolutamente recomendable que entretiene sobremanera y que, por supuesto, tiene varias interpretaciones, sin dejar a nadie indiferente.

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