sábado, 12 de julio de 2014

"EL VIENTO DE LA LUNA", DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Muchas anécdotas y situaciones curiosas me ha generado el hecho de crear este blog y mantenerlo regularmente cada semana con un articulillo nuevo, que no es ni más ni menos que el reflejo de lo que voy haciendo en mi tiempo libre; a este respecto, el sentido de bitácora que tiene un blog, cobra en este su significado más exacto.

Pues ocurrió que un domingo de hace unos tres o cuatro meses una buena vecina que, en su momento, me confesó que era asidua a este mi blog, llamó a mi casa y me ofreció dos libros de Muñoz Molina, al hilo de la opinión que yo había mostrado acerca de un reciente y mordaz ensayo de este autor titulado «Todo lo que era sólido».

Como reza el refrán, que yo he escuchado a los más viejos «El que tiene un buen vecino tiene un buen matino», o algo parecido, para dar a entender que tener un buen vecino es realmente un tesoro, tengo la suerte de mantener buenas relaciones de vecindad con bastantes personas que viven en mi alrededor, en especial las relaciones las mantiene mi esposa, que pasa más tiempo en el hogar, pero no rehuyo el contacto con mis vecinos, aunque mi carácter algo frío me hace estar algunas veces distante.

Pues eso, mi vecina Trini, a la que tengo por amiga, me ofreció este «El viento de la Luna» y «El jinete polaco», y todo ello venía porque, de algún modo, en mi crítica de «Todo lo que era sólido», me inclinaba a pensar que Muñoz Molina se desempeñaba mejor en el ensayo, en el artículo periodístico, en el relato costumbrista, y yo lo veía perdiendo enteros en la novela pura, donde en mi opinión bajaba su caché. Esto es notablemente pretencioso por mi parte, tratándose del prestigioso Antonio Muñoz Molina, todo un Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

Ya le dije a Trini que, en su momento, leí «El jinete polaco», pero que el otro no, y ella precisamente me recomendaba fervientemente este que traigo ahora aquí, pues le remontaba a su Torreperogil natal, localidad cercana y con un fuerte influjo de la Úbeda comercial y bulliciosa, como lo han sido y lo siguen siendo un montón de pueblos de la parte oriental de la provincia de Jaén. A ella le recordaba el libro tantas vivencias en esa Úbeda de Muñoz Molina (en el libro denominada Mágina), si no de finales de los 60, en donde se recrea la acción, sí de los 70.

Nada dista ese escenario y sobre todo la parte costumbrista con el que los habitantes de la provincia de Jaén, somos capaces de identificar e identificarnos. Los recuerdos de nuestros antepasados que trabajaban en el campo de sol a sol, comunidades rurales donde la percepción de los adelantos se apreciaba tan lenta como las glaciaciones. También yo he vivido, de algún modo, ese influjo ubetense, mis padres ambos nacidos en Begíjar, han tenido esa tendencia casi respetuosa, de afirmación de sus raíces al ir a comprar a Úbeda, aunque viviéramos en Linares. De revivir de vez en vez, esas entradas a Los Biedma, donde los dependientes y especialmente los dueños, te recibían a voces, de una manera rayana en la impertinencia, contraria de todo punto a los cánones del comercio, fueron unos adelantados a los chinos; también de nuestras visitas a la zapatería El Rayo, o al Métrico; paseos apresurados con esa figura siniestra de la estatua del General Saro divisando la plaza que lleva su nombre, que como recuerda Muñoz Molina estaba agujereada por disparos de bala, y lo era a mi parecer, siniestra precisamente por el recuerdo de lo que pudo ocurrir en el pasado. Una Úbeda, en definitiva, histórica y señorial, donde sus gentes también lo parecían y lo parecen, más educadas que en otros lugares, y una Úbeda siempre gélida en invierno que en sus paseos parece realmente una ciudad más castellana que andaluza.

Pues no se trata de una novela, sinceramente no lo es, apenas pasa nada, no existe trama novelesca y sí relatos vivenciales del escritor, recuerdos de su infancia y de su juventud, que a buen seguro son absolutamente reales, desconozco si por él mismo o por experiencias cercanas a él. Ahí está la esencia de esta especie de ensayo novelesco que reseña un ciclo vital del personaje del propio Antonio Muñoz Molina en su adolescencia, mostrado en paralelo con la llegada del hombre a la Luna en 1969. El cómo el protagonista vive las estrecheces de una existencia sin grandes alardes, donde se ve integrado en un mundo del que quiere desafectarse sin maldad, por ese impulso personal hacia el conocimiento que le permitirá abrirse camino en el mundo. Algo que vivió realmente, pues Antonio es un hombre de mundo que voló desde muy joven; acostumbra a tocar todo tipo de asuntos, incluidos los científicos, en su colaboración mensual en la revista «Muy Interesante», de la que soy un abnegado seguidor.

Por esas vivencias pasan también sus inclinaciones sexuales de adolescente, su educación y el influjo de haber pertenecido a una escuela regida por una congregación religiosa, los recuerdos del pasado reciente que aún no ha olvidado la Guerra Civil (estamos hablando de finales de los años 60), de cómo una ciudad va poco a poco enchufándose a la modernidad. Particularmente me emociona rememorar los tiempos de la aceituna, el vocabulario propio de esta faena tan arraigada en la provincia de Jaén, y donde claramente me he sentido identificado.

No pasa nada, pero realmente pasan muchas cosas, en el universo vecinal tan anónimo y a la par tan cargado de vida, se suceden personajes que nunca pasarán a la historia, que no fueron nada ni nadie, pero que para el autor supusieron pequeñas tramas que esculpirían su acerbo personal.

Es un libro ameno de leer, excesivamente rimbombante en algunos pasajes, donde Muñoz Molina se recrea con su pluma elocuente, pero que a veces sobra por repetitivo.

Queda dicha que me ha gustado, aunque en el apartado de lo menos bueno, el final del libro se queda un poco liviano, la fusión entre la realidad de Mágina y los avatares de los primeros hombres que pisaron la Luna no termina de llegar a un punto común. Y en lo que respecta a la faceta vital del protagonista, también se pierde un poco el hilo al final, con unos saltos en el tiempo que despistan un poco. En todo caso, el fin es bueno, y el relato es emotivo, el de un escenario que jamás se volverá a repetir en nuestras vidas, por fortuna en lo malo, y que quedará en nuestras neuronas para siempre.

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