domingo, 26 de noviembre de 2017

FORGOTIFY, EL PARAÍSO DE LA MÚSICA OLVIDADA

No miento si digo que me azoro un poco cuando paso por algún tenderete de esas inopinadas ferias del libro que de vez en vez hay en nuestros pueblos y ciudades, y compruebo cuanta cantidad de literatura existe, y que por el precio ínfimo que tiene, la lee o la ha leído nadie o muy poca gente. Libros especializados o simplemente novelas de autores casi desconocidos que se acumulan en esos montones de libros feria tras feria esperando a que alguien los adquiera a un precio indigno. Y ahora en este mundo, donde por suerte hay una enormidad de editoriales, prácticamente en cualquier localidad de mediana población, uno se puede editar su libro a sí mismo y experimentar el gozo de haber escrito y publicado un libro, aunque luego la tirada sea tan pequeña que la comprarán familiares y amigos, o sea, que te costará los dineros, como vulgarmente se dice.

Así que tanto saber, tan incalculable, o tanto truño, terminará irremisiblemente (más hoy día con la facilidad de acceder a todo conocimiento y actualizado a través de Internet), vendiéndose al peso y quién sabe si triturándose en una industria papelera o quemándose como combustible como si de un Fahrenheit 451 se tratara.

Pero, ¿y qué pasa con la música? Pues partimos de la base de que, aunque también han proliferado las discográficas, no producen a la misma velocidad que una editorial, no obstante, aun así el conjunto de composiciones musicales que se han llevado a cabo en la historia y que se han grabado, también da para pensar que habrá músicos, compositores, grupos, coros, bandas..., que apenas habrán sido escuchados más que por sus allegados.

Se calcula que existen no menos de cien millones de temas musicales originales diferentes y la combinación de las doce notas musicales (siete más sus cinco semitonos) hace que los resultados de composiciones posibles sean infinitos, y que gracias a Dios la producción de bellezas sonoras nos permitirá sorprendernos eternamente, por tanto, tampoco es baladí afirmar que existan canciones editadas que no ha escuchado nadie.

Confieso que la llegada de la Navidad es un momento propicio para escuchar música, tal vez algo más de tiempo libre, la necesidad de un poco de relajación, de inspiración y de ambientar unas fechas propicias para reflexionar sobre la existencia de uno. Con la llegada de Internet también han ocupado una parte de nuestras vidas esas plataformas gratuitas para escuchar música, cualquier música, toda la música; hay varias y probablemente la más popular, aunque no estoy seguro de que esto sea así es Spotify.

Probablemente alguien se haya preguntado alguna vez si Spotify y el resto de plataformas tienen un marchamo legal, o lo que es lo mismo, en esta era de la piratería, tal vez ahora menos persistente que hace una década, ¿para qué descargar música si la tengo al instante con esta aplicación?, y en consecuencia, ¿Spotify paga a los que hacen la música? Obviamente que sí, aunque tú no puedas tener el archivo en tu ordenador, qué falta te hace si a golpe de clic tienes la música que quieras. Y para eso las plataformas llegan a acuerdos económicos con las discográficas para pagar una cantidad por cada reproducción, en la jerga por cada stream; cantidades muy pequeñas, pero que con muchas reproducciones suponen un suculento botín. Se calcula que Spotify y otras plataformas pagan a la discográfica, dependiendo del autor, canción y época, entre medio céntimo y un céntimo de euro por cada reproducción; y luego a su vez, las discográficas ya se las averiguan con sus artistas.

Si asumimos el dato redondo de que en 2017 acumulamos esos cien millones de temas musicales diferentes, incluidas versiones de los mismos, se calcula que en Spotify se alojan en torno a veinticinco millones de esos temas. Luego, queda mucho fuera, pero debe ser algo muy raruno porque ya es complicado no encontrar algo en la plataforma.

Por otro lado, cada día Spotify incorpora algunos millares de temas nuevos en su oferta de dimensiones casi cósmicas, con lo que abruma pensar que cada día se produce más y más música y que cada día cualquier mortal tiene una brecha más importante entre lo que conoce, insignificante, y lo que desconoce, prácticamente todo. Sí, porque aunque mucha gente presuma de saber de música, los datos no pueden ser más contundentes, y apenas sabemos un pelín de lo comercial o de algún estilo musical muy especializado o concreto.

Spotify dispone de un contador de reproducciones, que te permite saber cuánta gente como tú ha escuchado lo que tu estás escuchando. Para mí, que soy un aficionado a la música New Age y que navego con bastante aleatoriedad, porque la plataforma te sugiere artistas del estilo musical que escuchas en ese momento, muchas veces aterrizas en algún músico o grupo que apenas ha recibido mil reproducciones; y siento, si lo que oigo es bueno, de algún modo, que tengo el privilegio de tener una joya en las manos al alcance pocas personas.

Bien, pues al hilo de todo esto, a unos jóvenes estadounidenses, Lane Jordan, J. Hausmann y Nate Gagnon, vinculados a la industria digital y erradicados en San Francisco se les ocurrió la idea de alzar la voz de aquellos que tienen escasa o ninguna relevancia en Spotify, y crearon Forgotify, un juego de palabras entre el verbo en inglés to forget (olvidar) y el nombre de la plataforma.

Consiguieron incrustar un ejecutor remoto (un player en terminología informática), que rápidamente se ve en la página web forgotify.com, el cual te reproduce los primeros segundos de la canción, donde directamente te va seleccionando a esos grupos y cantantes desconocidos, olvidados o poco suertudos, y te invita o bien a iniciar una sesión en Spotify, o bien te abre en otra ventana del ordenador una web de Spotify si no quieres instalar esta aplicación. A mí me gusta más abrir el Spotify que tengo instalado porque así puedo ver la discografía del elegido para la gloria efímera.

Estos ingenieros calcularon que de esos veinticinco millones de temas alojados en la referida plataforma musical en torno a un 20 % no se han escuchado jamás, o apenas menos de cien tristes reproducciones, es lo que en esta plataforma se califica como índice de popularidad cero, y eso que somos en torno a cien millones de usuarios de Spotify en el mundo y creciendo.

Y ahí empieza un apasionante viaje hacia lo desconocido, una experiencia única, única pero también irrepetible, porque cuando escuchas ese tema que casi no se ha pinchado, Forgotify lo elimina de su base de datos, que no Spotify, donde seguirá alojado. Es como una oportunidad de rescatar de la tristeza del anonimato, de la invisibilidad, a un montón, millones de canciones que muchas veces no sabes por qué han caído tan bajo en cuanto a popularidad, es una oportunidad de retribuir, aunque sea de forma nimia, el esfuerzo realizado para componer, para grabar..., así los hacemos a sus intérpretes importantes por un día, bueno, por tres o cuatro minutos.

La tal experiencia cobra carácter de excepcionalidad ya que si alguien ha escuchado algo de Forgotify alguna vez, la secuencia de dos canciones seguidas al azar no las habrá escuchado nadie en toda la historia, prácticamente con toda seguridad; desde luego nunca ya a través de Forgotify, pues como he señalado las «recicla», aunque seguirán estando en Spotify con una visita de más, algo es algo.

Es muy relevante subrayar que el algoritmo creado por los magos de Forgotify permite también experimentar un viaje distinto, entretenido y variado, y ello porque se ha configurado con una serie de requerimientos, tal que el aplicativo se configura para que aleatoriamente la selección no repita estilos, épocas y mucho menos grupos o cantantes. En una sesión que hice al azar mientras redactaba esta entrada probé el aplicativo y me «cayó» un grupo de New Age, un disco remix de Ibiza (toda una sorpresa), un cantante negro de estilo jazz, un grupo de country, alguna que otra composición de música clásica y una cantante de ópera..., todo muy sutil.

¿Acabará alguna vez Forgotify? Dudo que ocurra, tenía que estar mucha gente mentalizada para usar este servicio y quererse enganchar a escuchar música rareja o escasamente popular, y al ritmo en que se suben canciones diariamente a Spotify, creo que tendremos Forgotify para mucho rato, básicamente para siempre.

Por último, y dado que lo he apuntado al principio me pregunto qué pasa con lo que no está en el cosmos de Spotify, pues se me ocurre que esos setenta y cinco millones de temas que Spotify no aloja se hayan perdidos, en discográficas locales o de países poco desarrollados, sin ningún interés; casi esperando a que alguien se lleve montañas de discos para aterrizar, quién sabe, alguna vez en una feria del libro, o del disco.

Desde luego, si uno se pica con Spotify, puestos a rizar el rizo, tampoco está mal ver el grupo o músico que nos toca e intentar buscar algo en Internet, a veces los resultados son sorprendentes, puesto que poca relevancia tendrá si está en Forgotify, ya que Internet cifra la inexistencia de lo que estás buscando, todo muy penoso. Por eso digo que Forgotify ofrece el milagro de visibilizar momentáneamente a los anónimos de la música.

Mi recomendación es algo así como echa el freno Magdaleno, si quieres vivir un momento especial que ningún ciudadano del planeta ha experimentado, sumérgete en Forgotify, y piensa que si crees que sabes de música, estás completamente equivocado.

En fin, me apasiona lo oculto, lo raro, lo poco conocido, en la música y en otras ramas y Forgotify te ofrece la oportunidad de escuchar por primera vez algo que nunca has escuchado y que muy poca gente ha escuchado, es como para sentirse un privilegiado, aunque sea por un momento.

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