sábado, 24 de septiembre de 2016

CAVILACIONES EN TORNO A UNA ESPAÑA IMPERFECTA

«No somos nosotros. Es este país el que no tiene remedio», se trata de una de las frases con la que uno de los personajes de la inquietante y sorprendente película de Álex de la Iglesia «Balada triste de trompeta», escruta la locura intrínseca de sus protagonistas.

Y es que será porque a este país le tenemos ese cariño especial que se le tiene al menos avispado de la familia, a ese cuñado que sabe de todo o a esa oveja descarriada que siempre vuelve al redil para libar de la teta materna, pero este país que es muy imperfecto es a la par y paradójicamente un fantástico país para vivir.

Es imperfecto porque por más que nos empeñemos en hacerlo moderno, todos contribuimos y nos empeñamos en ser un poco medievales. Decía un profesor mío que tuve en secundaria que España era un país por hacer, que cuando alguien quería meter un cable para un suministro habría la correspondiente zanja, y al año siguiente si otro tenía que suministrar algo parecido habría otra zanja al lado, no valía la anterior. Así está nuestro país lleno de zanjas cubiertas de forma burda, de pegotes de alquitrán que tapan los baches de las carreteras y de edificios públicos que se construyeron a bombo y platillo y que hoy son pasto del pasto.

Y recuerdo que en la antigua EGB, yo aprendí (en la década de los 70) que había tres tipos de países, los desarrollados, los subdesarrollados y los que estaban en vías desarrollo, citándose en este último grupo a España. Y ahí seguimos lamentablemente, hemos avanzado mucho pero la distancia que nos llevan países cercanos al nuestro en un conglomerado de magnitudes sigue siendo enorme: educación, cultura, bienestar social, igualdad, solidaridad..., siempre me hacen sentir que tendremos que continuar durante varias décadas abriendo zanjas nuevas para tender un cableado de valores que en nuestro país no existe.

No tenemos remedio, puedes pulsar en cada una de las manifestaciones de este país y casi nada va como la seda, todo el mundo está descontento, el de arriba, el de abajo, el del medio. Hay mucha tela que cortar y basta con que te acodes en la barra de un bar para que escuches de otros lo que tú mismo piensas: los políticos, el paro, la corrupción, los jóvenes, la inseguridad..., gracias a Dios hace unos años que el terrorismo dejó se ser el principal problema para los españoles, ahora tenemos a otros terroristas, no matan pero hacen también mucho daño.

Decía en 2014 Carlos Lesmes, Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General de Poder Judicial algo así como que la ley en España estaba pensada para el robagallinas pero no para el gran defraudador; desde luego una afirmación tan turbadora como veraz. Al final es eso, cada expresión patria no demuestra más que la imperfección propia de un país que está por hacer y al que le falta mucho rodaje, mucho cableado.

El aserto de Lesmes, dicho sea de paso, formaría parte de una de esas típicas conversaciones de bar a las que yo aludía antes. En España te pueden meter en la cárcel por robar una tarjeta de crédito y comprar pañales para tu bebé; la justicia se empeña en ser lenta o rápida, pero tan certera como injusta. No son los jueces, son las leyes, es el sistema. La administración de justicia se debate entre el intento, fallido a todas luces, de modernizarse y la montaña de expedientes que se acumulan en sus oficinas por la escasez de personal y logística en todos sus niveles.

Mientras tanto, mientras el sistema se deviene imperfecto, otros celebran que esto sea así. Y otra vez hay que atender a esa percepción de barra de bar, esa que nos dice que la justicia no es igual para todos. No se puede entender que Jordi Pujol, que ha defraudado a manos llenas, y no conculco su presunción de inocencia, pues él mismo ha reconocido el fraude continuado durante muchos años, pues que siga paseándose por la calle tan honorable él.

Pero es que muy pocos de los de arriba van a la cárcel, muy poquitos, tal vez cuatro tontos, tan tontos que ni siquiera se lo han sabido buscar dadas las imperfecciones del sistema, cuatro cabezas de turco que Dios sabrá las prebendas que tal vez obtendrán al salir de la prisión y todo con tal de no tirar de la manta. Sí, la cárcel es para pelagatos como la justicia para robagallinas. Que en el día de hoy, septiembre de 2016, Rodrigo Rato no esté en la cárcel es un insulto a los ciudadanos españoles, y como esa escoria otros tantos como él.

Esa sensación de los ciudadanos que protestan en esa improvisada tertulia de bar también es la de la inmensa mayoría de la población española, que es una amplísima clase media, entre la que me encuentro, que raja de los de arriba y de los de abajo. Los de arriba tienen dinero para buenos abogados, evadir la justicia, el dinero y los impuestos, y si van a la cárcel es para expurgar sus culpas (que no para expurgar su patrimonio) por un período muy limitado de tiempo, ¡escasísimo a todas luces!; un período que a muchos les supone un retiro espiritual, una especie de vacaciones pagadas en el hotel la trena, y que cuando salen viven la vida mejor que tú y que yo, porque ya han previsto que su patrimonio ilegal haya quedado expedito de toda compulsión pública.

También hay reproches para los de abajo, más o menos justificados, esos que reciben víveres del banco de alimentos pero desayunan todos los días donde tú, esos que tienen hijos como un modo de beneficiarse económicamente del sistema y que luego se olvidan de llevarlos a la escuela, esos que parecen haberse adaptado a vivir de un subvencionismo, que ya no se sabe, como si fuera el dilema de la gallina y el huevo, si se ha hecho para ellos, o ellos se han mimetizado con él para perpetuarlo, de tal manera que prefieren vivir con menos dinero, pero también con menos problemas, que trabajar, tener más, pero multiplicar los gastos y, por ende, los problemas.

Y eso, mientras tanto, la clase media, o sea, los empleados públicos, los autónomos y la pequeña y mediana empresa, los obreros de las industrias..., estamos sosteniendo a unos y otros, somos la reserva económica y espiritual de España.

Mal ejemplo dan nuestros políticos que cuando se han hecho profesionales de este mundillo, cada vez más nauseabundo, no quieren dejarlo bajo ningún concepto, cuando hay indicios de que algo de su gestión huele mal. Como decía un amigo mío, cuando has estado comiendo jamón de pata negra cada día, cuesta mucho volver a comer mortadela con aceitunas. Dicho de otro modo, los políticos de las altas esferas de nuestro país han dejado la clase media y ya son clase alta, y en un reduccionismo muy básico por mi parte, también se ríen del resto.

Nuestro país es imperfecto, yo no soy de los que suele ser un pesimista, ni de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en muchos aspectos España va para atrás como los cangrejos. Puede que hayamos estado en una crisis económica larga pero puntual, pero la crisis de valores es permanente. Nuestra juventud por una serie de circunstancias que sería extenso analizar, tiene muchas menos inquietudes que la de mi generación, lo he dicho alguna vez y lo repito, la situación es tan preocupante que por primera vez en la historia de nuestro país, los hijos tienen menos educación y valores que los padres.

Lo peor de todo es que la inmundicia que asalta los noticiarios de nuestro país es tristemente la punta del iceberg, una punta minúscula de lo que seguramente existe y jamás sabremos. Me pregunto cuántos de esos políticos o deportistas o famosos esconden un engaño, un fraude, una corrupción, hoy lo desconocemos mañana quizá también; y ellos se acostarán cada noche riéndose de todos nosotros.

El día que en España puedas ir en bici por la montaña y te encuentres con un armario sin llave con repuestos para la bici (parches, pegamento, bomba) y nadie se lo lleva como ocurre en el norte de Europa, o vayas a un parque público y haya mesas con tableros de ajedrez con sus fichas y que nadie roba (es habitual en Estados Unidos), entonces seremos un país desarrollado; a día de hoy no, ni visos.

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