domingo, 4 de diciembre de 2016

"LA TIENDA DE LA CALLE MAYOR", DE JAN KADAR Y ELMAR KLOS

Confieso que hasta hace bien poco no conocía nada de esta película, pero me impulsó el visionarla el hecho de que tuviera un buen puñado de premios tras su estreno, allá por 1965. Que una cinta checoslovaca ambientada en la 2ª Guerra Mundial rodada apenas veinte años después de su final, en un país en medio de Europa que sufrió con especial virulencia los avatares de aquel conflicto bélico, le da mayor valor si cabe a la trascendencia de la historia que nos cuenta.

En un pueblito rural eslovaco viven apaciblemente sus ciudadanos, entre ellos Anton (Tonko) Brtko (sí un apellido con muchas consonantes y una sola vocal, pues pronúnciese Bertko, pero con la «r» muy larga), un carpintero que lleva una vida muy normalita, acompañado siempre de su fiel perro Essenc y cuya única piedra en el camino es su mujer, caprichosa, rastrera y que lo trata con la punta del pie.

La llegada de los nazis es inminente y para ese día los vecinos de esa localidad partidarios de los alemanes, se han propuesto llevar a cabo en la plaza céntrica del pueblo una especie de torre de Babel construida con madera y que será rematada con el escudo de Eslovaquia (ya se deducía en el metraje los deseos de independencia de la parte oriental de Checoslovaquia), a modo de homenaje a los invasores o salvadores, según se mire, y como un modo de reafirmación del pueblo. Pero Tonko, más conocido por Tono, no colabora, es indiferente a su ejecución.

No obstante, uno de los jefes políticos del pueblo y estimulador de la obra es su cuñado Mark, con el que no parece que haga buenas migas. Una noche se presentan Mark y la esposa de este en su casa con todo tipo de viandas, alentándolo para que se haga afín a la nueva realidad, la de un movimiento político, el nazismo, que aspira a dominar toda Europa, con la recompensa de alcanzar una vida de cierta opulencia. Tono, que se posiciona fuera de la política, presionado por su mujer y por las circunstancias, recibirá en dicha cena un documento en el que se le nombra gerente de una mercería regentada por una señora judía, la señora Lautmann (la actriz Ida Kaminska).

A buen seguro que la «intervención» de negocios judíos en la 2ª Guerra Mundial fue algo común en media Europa, en donde los «blancos» se convertían en «arianizadores» de los judíos. Así que con escaso convencimiento Tono se presentará en la tienda en cuestión, que se sitúa en la calle Mayor del pueblo y justo enfrente de donde se está erigiendo el monumento de madera. Allí está la anciana señora Lautmann, una viuda encantadora con la cabeza un poco ida que realmente no se entera de qué es lo que quiere Tono. Ha de intervenir un vecino, el señor Kuchar, para decirle que a Tono lo ha engañado su cuñado, porque desde hace años la vieja no vende nada y vive de la solidaridad del resto de la comunidad judía.

No obstante, y considerando la ofensiva del movimiento nazi, Tono se verá con los rectores de dicha comunidad judía que le prometerán un sueldo fijo a cambio de que efectivamente haga como que está en el negocio, pero sin hacer daño a la ancianita.

Y Tono será feliz por un momento en su vida, se enamora en el sentido maternofilial de la entrañable anciana. Tono es un hombre íntegro así que la ayudará en todo lo que puede, menos en el negocio, así, le arregla todos los muebles desvencijados que tiene en su casa, y la respetará en absolutamente todo. La señora Lautmann por su parte le ofrecerá ese cariño, esa bondad de la vejez que muchos hemos recibido de nuestros abuelos.

Esa felicidad se traslada a su casa, donde la fiera de su mujer ahora es más dócil, porque Tono abraza el fascismo, como ella quería, le trae regalos y un buen sueldo. Ahora ya no lo trata como antes, y de algún modo, lo eleva a un pedestal.

Hasta ahí la película se desenvuelve en un ambiente desenfadado, casi de comedia, las expresiones de Tono y su forma de ser (protagonizado por el actor Jozef Kroner), y la música que lo acompaña, dan la sensación de que estamos ante una película costumbrista, simpática, hasta cómica. Pero la película va girando, sus directores Jan Kadar y Elmar Klos la van a tornar inevitablemente seria, nos devolverán a la realidad.

La llegada de los nazis es inminente, y con su llegada el cerco sobre los judíos y los que los ayudan cada vez se hará más estrecho. De hecho, al señor Kuchar lo detiene la policía política, lo apalean y lo condenan a muerte por ser un blanco que ayuda a los judíos.

Jamás ha tenido Tono problemas con los judíos, se puede considerar que tiene muchos amigos entre ellos, de hecho, el barbero Katz ya le alerta de lo que se les viene encima, y sentencia una frase palmaria: «Cuando las leyes están en contra de gente inocente. ¡Es el fin! El fin de los que las aprobaron».

La tensión crecerá, Tono tendrá un altercado con su mujer, la cual volverá a las andadas, a ser una bestia ruin y despreciable que le exige a su marido que se aproveche de la viejita y que rebusque por la casa y la tienda para encontrar su tesoro, las joyas y el oro que se decía que todo judío acopiaba en su domicilio. Tono en un trance de locura abofeteará a su mujer, haciendo más visible la división de caracteres casi irreconciliable en el matrimonio.

Y llega el final, ya nada es tan desenfadado ni tan apacible como al principio, Tono apura unas copas de alcohol, seguramente vodka, con Piti Batchi el pregonero del pueblo, en un bar de la localidad, en una noche que se presume larga, en la que se aventura la llegada de los nazis con objeto de deportar a todos los judíos del pueblo. Con los efectos del alcohol y decidido a salvar a toda costa a la señora Lautmann del final terrible que todos presumen para los judíos del pueblo, Tono acudirá a casa de la anciana que en sus cortas luces dará por hecho que se ha peleado con su mujer y le hace una modesta cama en el mostrador de la tienda.

A la mañana siguiente Tono se levanta como si no hubiera pasado un segundo, aun le quedan varios tragos de la última botella, y el miedo le conminará a seguir bebiendo. Es el miedo, y aquí está la clave de toda la película, el que hará que un hombre íntegro se convierta en un ser abyecto; será la palpable demostración de que el ser humano en condiciones límite es capaz de deshacer sus principios en un tris.

Es sábado, el sabbat día sagrado semanal para los judíos; y ahora Brtko, acuciado por la interminable lista de vecinos judíos que, por orden alfabético, resuena por la megafonía instalada en la plaza del pueblo, decide abrir la tienda en contra de los preceptos de la comunidad judía y de la propia señora Lautmann, y lo hace para evitar que lo tomen por otro más, como Kuchar, otro blanco que ayuda a los judíos.

Mientras divisa con nitidez desde los cristales de la puerta de la mercería, Tono experimenta un miedo insuperable, el miedo a un final horrible, el miedo a morir. Tono ya no es Tono, ahora es un ser desatado, acuciado por el instinto de supervivencia, y quiere entregar a la vieja.

Los últimos veinte minutos de la película son de una tensión indescriptible, de un ritmo frenético y con un final que no quiero desvelar, pero que es brillante.

Y a todo esto la reflexión no solo ha de hacerse por la introspección en la psicología humana que hacen los directores, sino también por el triste poso que siempre me deja la barbarie cometida contra la comunidad judía en Europa central durante el transcurso de la 2ª Guerra Mundial.

Además en un pueblo como el que nos narra la película, subyace que los judíos eran gente normal y corriente, no había problemas de desintegración ni de segregacionismo y, de repente, el tsunami del fascismo inundará media Europa y pondrá el dedo en los no iguales, sin mayor razón, solo por el hecho de no ser como una teórica mayoría. Un régimen autoritario que rompe los engranajes de cualquier persona y que es capaz de quebrar su conciencia.

Increíble esta película, «La tienda de la calle Mayor» (Obchod na korze, en su título original) que no deja indiferente; se puede ver perfectamente hoy, no importa que esté en blanco y negro, ni subtitulada, ni que sea checoslovaca, es un largometraje buenísimo, pero también hay que avisar, no es apto para sensibleros.

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