sábado, 5 de octubre de 2013

"EL CORONEL CHABERT", DE HONORÉ DE BALZAC

Ya dije hace unas semanas que no necesariamente lo nuevo es lo mejor en el terreno literario, ni yo me dedico en exclusiva a tantear los últimos lanzamientos. De hecho encontré por casualidad en la biblioteca municipal de mi pueblo esta joyita, una miniatura de Honoré de Balzac, editada por Alfaguara en 2011 (por cierto, en edición no venal, entiendo que es un obsequio a determinadas instituciones) y que demuestra que una obra del segundo tercio del siglo XIX, que amén de su temática, en su espíritu y en los planteamientos humanos que desarrolla, está plenamente vigente.

Es más, como siempre he odiado a aquellos autores que se recrean en detalles que no aportan nada al conjunto más allá de su propio enaltecimiento; en esta novela Balzac condensa en poco más de cien páginas un contenido perfecto, con una historia que va creciendo y cuyo desenlace, no por ser esperable, te lleva a reflexionar ampliamente. Son de esas historias que dejan poso, sobre todo porque basculan sobre la condición humana, quizá la más salvaje de las condiciones.

Adentrándonos en el contenido, desde los entresijos de un despacho de un abogado parisino a inicios del siglo XIX, descrito con un asombroso realismo, los escribientes, pasantes y recaderos del ilustre procurador Derville, observan como aparece un siniestro personaje que parece salido del mismo infierno.

Los chupatintas que forman parte de la peculiar fauna de esta ajada oficina no tienen mejor ocurrencia que burlarse de él citándolo con su jefe de madrugada. Por suerte este parece estar hecho de una mejor pasta que sus subalternos y dados los antecedentes y el misterioso aire que rodea al inopinado personaje, accede a recibirlo a tan intempestivo horario.

Chabert, que es como dice llamarse, cuenta una historia increíble, en la que llegamos a la conclusión, pues, de que no sólo parece salido del infierno, sino que es que ha renacido desde el fondo de la tierra. Así es, Chabert dice ser un célebre coronel francés, en período napoleónico, cuando nuestros vecinos eran el azote de Europa, que cae en la batalla de Eylau, en esa época perteneciente al vasto reino prusiano y hoy es la ciudad rusa de Kaliningrado. Dado por muerto y enterrado junto a montones de soldados en una fosa común, con gran esfuerzo y ayudado por los miembros de algún anónimo, callado e involuntario colaborador consigue salir a la superficie nevada. Es recogido por una humilde familia que después de tenerlo en su casa medio año lo traslada al hospital de Heilsberg, en la actual Polonia, donde yace durante otros seis meses, librando una batalla entre la vida y la muerte hasta que al final consigue recordar quién es.

Muerto en vida, enfermo y desnudo sin más propiedades que lo que lleva puesto y sus recuerdos, vaga por toda Europa con el objetivo de volver a su casa y volver a ser quien fue, un hombre prestigioso, con una importante fortuna y con una bella mujer. Pero en Francia no encontrará más que puertas que se le cierran.

Sin identidad, sin dinero y con una mujer que asumiendo la muerte decretada de su cónyuge y que ha contraído feliz e interesado matrimonio y tienes dos vástagos; Derville será tal vez su último cartucho, un último intento por volver a la vida definitivamente.

Derville en un ejercicio de generosidad infinita lo cree y lo provee económicamente a cuenta de los resultados futuros de sus gestiones nada sencillas. Ha de pedir los papeles de identidad que se hallan en el hospital prusiano de Heilsberg e iniciar una serie de argucias legales y una estrategia con la “viuda”. Obviamente, esta no querrá saber nada de esta sorpresa que le ha deparado el destino y que pretende desmontar el bienestar de que goza y que, por supuesto, ante un muerto en vida, aceleradamente envejecido, no va a ceder un ápice.

Los movimientos ajedrecísticos se suceden y la buena señora, que reconoce que ese pordiosero Chabert fue su marido, en un último intento por mantener su posición, apela a la sensibilidad y pone contra las cuerdas a su ex (mostrándole su hogar, presentándole a sus niños...). Chabert se dará cuenta de la artimaña cuando estaba ya casi derrotado, y reniega de aquella que compartió su lecho.

Pero, en todo caso, ya es demasiado tarde el desprecio que siente de los que fueron sus seres queridos, sus allegados, las instituciones..., le supera. Termina admitiendo que es mejor vivir con dignidad aunque no tenga nada, dice Chabert textualmente: “vale más llevar lujo en los sentimientos que en la indumentaria, no le temo al desprecio de nadie”.

Concluye esta novelita, que es una auténtica introspección en la condición humana, con un breve alegato de Derville, en el que relaciona lo que es capaz de hacer un ser humano por dinero o por una posición, familias que se desmiembran por una herencia, padres que odian a sus hijos y viceversa (hasta el límite de la muerte, y lo vemos cada día en los medios de comunicación)... Y dice una frase muy sabia: “todos los horrores que los novelistas creen inventar, están siempre por debajo de la verdad”. Cuan cierto es, y simplemente me pregunto tras las experiencias que vivimos a diario, ¿qué horrores nos quedan por ver?

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