sábado, 7 de septiembre de 2013

LA TERTULIA DE "VIVA LA GENTE DE LA TARDE" EN ANTENA 3 DE RADIO, MODELO DE TERTULIA

¡Qué tiempos aquellos en que las tertulias eran finas! Han pasado poco más de veinte años y mucha gente de mi época recuerda este espacio radiofónico que, inserto en el programa “Viva la gente de la tarde” en Antena 3 de Radio que presentaba Miguel Ángel García Juez, hacía las delicias de los escuchantes que anhelaban esa media horita de divertida conversación entre personas cultas y educadas.

Lo cierto es que se echan de menos tertulias de ese tipo, auténticas tertulias, porque poco después se instaló en los medios de comunicación de nuestro país, en especial en radio y televisión, una política de la incultura y del descrédito.

No sé qué fue antes si la gallina o el huevo, lo que sí es verdad es que comenzaron a surgir los programas de chismorreo que tanto triunfan en nuestra triste España desde entonces hasta nuestros días. Falsos periodistas se disponen a diario no a sacar los trapos sucios de gente pública, van más allá, pues se jactan de introducirse en las cloacas de la sociedad y esparcen inmundicia a tutiplén.

Hace no mucho vi un comentario en Twitter (red social que sigo con frecuencia y que bien gestionada por cada uno es un instrumento muy interesante de información) que señalaba acerca de la cultura en España, que era aquella que el señor Paolo Vasile había establecido en sus programaciones desde hace años. Para mí, las televisiones no ofrecen lo que el pueblo pide, sino que son ellas mismas las que imponen su filosofía para cambiar al espectador. Cada vez la gente ve más de Telecinco porque este medio abona su lodazal diariamente desde hace años. Del mismo modo, que Canal Sur tiene un idilio con la tercera edad y programa en este sentido.

Pero si hablamos de tertulias de otro nivel, las tertulias políticas o de actualidad, estas llevan la premisa de la descalificación y del enfrentamiento. Parece que uno no puede defender sus ideales sin lanzarse a la yugular del contrario y viceversa. No se respeta lo que el otro dice, cada uno defiende a capa y espada lo suyo, con soberbia y engreimiento y, además, lo hace con un halo de firmeza que pretende coquetear con la verdad absoluta. Y es que estoy cansado de que, en este escenario de crisis, vayan por televisión una serie de personajes que se han convertido en salvapatrias, manifiestos bufoncillos que declaman un discurso populista que bien meditado tiene las piernas muy cortas.

No obstante, a lo que iba, esta tertulia que hoy traigo a colación, la considero el verdadero modelo de tertulia, lo otro es o pestilencia o debate enconado. Yo me imagino que una tertulia debe ser una charla distendida entre amigos que no hablan de nada en concreto, que cambian de un tema a otro, que aportan conocimiento, incluso que de vez en cuando, de manera educada y graciosa se meten los unos con los otros, sin que nadie se moleste. Esto era aquella tertulia de finales de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo, en la que una serie de personas, comandadas por el periodista Miguel Ángel García Juez que moderaba mínimamente, charlaban de forma amigable de cualquier asunto sin ser necesariamente de actualidad. Personajes entre los que podíamos encontrar (siempre se reunían en torno a cuatro y no necesariamente estaban todos en el estudio, a veces alguien lo hacía en otro lugar desde el teléfono) a Luis Ángel de la Viuda, Luis Carandell, Alfonso Ortuño, Carlos Pumares (antes de que se postrara ante las televisiones para hacer el ganso), Fernando Vizcaíno Casas, Ladislao de Arriba...

Lo diferenciador y característico de estas personas era, a mi parecer, que eran hombres de mundo, personas con un importante bagaje vital y, en este sentido, se nutría mucho este espacio de las vivencias y anécdotas que referían cada uno de ellos. Quizás un joven como yo, en esa época, quisiera aspirar a ser como ellos, unos tipos “leídos y estudiados”, cultos y eruditos en muchos aspectos, pero sobre todo eran individuos bregados en la universidad de la vida.

De vez en cuando alguno comentaba tal o cual vivencia en algún lugar remoto y uno los admiraba porque te transportaba a esos lugares, narrados con vívida expresión por ellos; pero además realizando esos comentarios sin altanería y con absoluta naturalidad, te hacían pensar que tú alguna vez podrías tener esa impedimenta en la mochila de tu conocimiento vital.

Como digo, no había peleas, había piques graciosos, las anécdotas que comentaban despertaban tu sonrisa, nadie era más que nadie, ni quería imponer sus criterios sobre los demás, entre otros detalles porque no estaba configurada esta tertulia como espacio para el análisis de la actualidad política y social (lo que ahora ocurre), no había ideas enfrentadas, y si las había puntualmente, ninguno esgrimía el “yo soy más que tú”.

Lamento que la deriva de las tertulias, por un lado, hacía el cotilleo asqueroso y zafio, y por otro, hacia el debate político enconado, alimentado por la crispación social que se vive en estos momentos; se haya aposentado en España y no haya lugar para personas que tienen mucho que decir, que su discurso tiene los pies en el suelo, que no hace alardes ni es más que nadie y que, tal vez por su propio comedimiento no capta a una audiencia cada vez más aborregada y sometida a la caja tonta.

Y para muestra un botón, no era la única tertulia con caché que se movía por aquellos tiempos en nuestro país. El maestro del periodismo, Jesús Hermida, tenía un programa en Televisión Española que se llamaba “A mi manera”, también tenía un espacio de tertulia en la sobremesa; tal era el nivel de sus contertulios que corría el año 1989 y uno de sus habituales era Camilo José Cela con el que celebraron en aquel mismo programa su proclamación como Premio Nobel de Literatura. Ahora no me imagino a un personaje del carisma y recorrido de Cela, arrastrándose en los cenagales televisivos.

Por cierto, que podemos encontrar en Internet con suma facilidad cortes de este espacio radiofónico y podremos rememorar aquella auténtica tertulia vespertina que mucha gente de mi época rememorará, en especial aquellos que como yo vivíamos un idilio con Antena 3 de radio, una nueva radio que cambió el modo de comunicar a través de las ondas y que instruyó a muchos de los que éramos jóvenes en los 80 y los 90.

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