sábado, 23 de mayo de 2015

EL COLECCIONISMO EN LOS BARES COMO VALOR AÑADIDO

Es posible que en esta humilde bitácora mía a la que doy de comer semanalmente haya referido en el pasado que la filatelia está de capa caída en este país, aunque eso no necesariamente ha de ser sinónimo de que el coleccionismo se encuentre en similar circunstancia. Sí que es cierto que el coleccionismo está presente casi en cada casa, en cada familia, pero no se explota lo suficiente. En España escasean los comercios dedicados al coleccionista sea del tipo que sea, y me consta que en otros países hasta las grandes superficies dedican pasillos enteros a esta afición, con elementos de todo tipo para las varias clases de coleccionismo más populares e incluso las que no.

Y dicho esto, pues es verdad que el coleccionismo no está muerto en España, aunque sí un pelín dormido, o como digo, poco aprovechado. Acostumbramos a que haya asociaciones para todo y, sin embargo, se echa de menos la promoción de coleccionistas heterogéneos a través de estos colectivos para difundir una pasión tan satisfactoria que, en muchos casos, se queda en un anonimato para la mayoría de los mortales.

Pero el coleccionismo vive, vive casi en cada esquina. Suelo acudir a los bares como buen español y andaluz, me gusta tapear y me gusta departir, aparte de que siendo, como es, un hábito saludable, también ayudas a mantener a un montón de familias en este país que se ganan la vida, haciendo la ídem más agradable a los demás.

A mí mujer siempre se lo digo, me gustan los bares que tienen tema, es decir, que tienen una temática, que están decorados de tal o cual manera, de tal guisa que aunque sea por un momento te parezca que estás en un rancho, en un cortijo, en una estación, en un cafetín francés o en medio de la sabana africana. Por contra, me siento algo más incómodo en esos bares insulsos que parecen un todo 100, sin espíritu, sin alma, que no hay por donde cogerlos.

Y no, no me estoy refiriendo a esos bares temáticos adornados con todo lujo de detalles, decorados por empresas que se dedican a montarte el negocio «llave en mano», me refiero a algo más de andar por casa, algo montado por familias que empiezan con un poco y van haciendo del local un lugar con esencia, cada día añaden algo y ese algo va haciendo más entrañable el lugar.

El coleccionismo es un elemento fundamentalísimo para favorecer esa esencia, en realidad, si nos fijamos a nuestro alrededor, hay bares que sin ser propiamente temáticos, sí que le dan un toque singular cuando rematan sus paredes o estanterías con alguna colección, de billetes, sellos, fotografías antiguas, botellas de gaseosa, latas de refresco y hasta estampitas de santos...

Recuerdo en el pasado, en el pueblo de mis padres, Begíjar, que había un bar con una larga barra que atesoraba cientos de llaveros, y la clientela se afanaba por agrandar la familia con ese llavero que le habían dado en tal o cual sitio... No sé por qué aquel bar, que aún sigue existiendo y en el mismo sitio, un día decidió reformarse y eliminó de la estantería de la barra aquella colección impresionante de llaveros.

Del mismo modo, sin ser exactamente una colección, cuando era chico y salía con mis padres de paseo, me gustaba que fuéramos a los bares de la calle La Virgen de Linares, porque había dos bares con detalles muy particulares, uno (que ya no está ni recuerdo el nombre), tenía un monito cogido con una cadena en la ventana, muy apacible y simpático, que se dejaba tocar, pero sobre todo, queríamos llegar con unos cacahuetes para ofrecérselos al apacible animalito. Más arriba estaba el bar La Marina, que contaba con un precioso acuario y que hacía las delicias de los más pequeños.

Hay bares que sin saberlo, reafirman con sus acciones que el coleccionismo es un valor, aunque sea con una colección de fotos del dueño con toreros famosos, aunque sea con almanaques antiguos de su club de fútbol favorito..., esos son los detalles que le dan entidad a un negocio, que te hacen pensar, a mi por lo menos me produce esa sensación, que ese bar tiene anclas en el pasado y vocación de futuro, que otros muchos estuvieron allí antes que tú y le proporcionaron una impronta que le permitió que aquel bar fuera y sea un pequeño universo con algún aspecto único.

Por cierto que el sueño de todo experto en mercadotecnia es que tu negocio sea visitado por algo muy concreto, aunque lo que ofrezcas como fundamento no sea tan atractivo en sí. El tener una colección y si es hecha de forma personal (no comprada ex profeso) incrementa el valor añadido de ese negocio. Y es que una colección le da un matiz museológico a un bar, a una cafetería, o a un pub, como aspecto museológico lo es en sí cualquier aspecto singular o único que pueda atraer a la gente, incluso más allá del propio municipio. Ejemplos hay muchos, ya sea porque tal o cual bar está especializado en una tapa concreta (aquí en mi pueblo, en Bailén, no puedes pasar una primavera sin ir al «Cojo» a tomarte unos caracoles), o porque tiene una reliquia, para los de esta provincia, Jaén, les será fácil recordar esa taberna de la capital en la que se muestra en una urna de cristal un jamón decimonónico, que da algo de grima verlo y que no es nada en relación inversamente proporcional con la historia que tiene y, por lógica, con el interés que suscita en la ciudadanía.

También recuerdo en mi época estudiantil en Granada muchos bares de ese carácter, aunque rememoro con especial añoranza uno muy singular, se llamaba El cura, aunque nadie sabía cómo se llamaba exactamente, porque no tenía nombre, lo nombrábamos así porque el extraño personaje que lo regentaba se decía que había estado vinculado a la Iglesia. No siempre abría a diario y nadie sabe por qué, allí acudía una fauna tan extraña como él, un día estaba simpático que se acordaba perfectamente de ti y otras veces no te conocía y era algo huraño, su bar, chiringuito, cafetería o pub, que no se sabía muy bien lo que era, era en realidad una casa con muchos recovecos, algo laberíntica, con un piano en una de sus habitaciones. Disponía de una colección fabulosa de discos que jamás habíamos visto, el tipo decía haber ido a propósito a Francia para comprarlos, nombres y músicas que jamás habíamos escuchado por estos lares.

La nómina de bares que cuentan con una colección en sus paredes sería interminable y tal vez jamás nos hayamos fijado en ello, o si nos hemos fijado quizá no nos hemos percatado de que eso tiene su sentido y su fin, la decoración sí, pero también el fomentar veladamente la pasión por coleccionar y darla a conocer a la clientela.

Por eso, desde aquí aplaudo que los bares sigan siendo pequeñas islas de coleccionismo, donde nos podemos encontrar sorpresas agradabilísimas que para un amante de este arte como yo, me hacen sentir congratulado con el mundo en el que vivo.

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